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lunes, 14 de diciembre de 2009

“P.S.” Pierre Salinger, Jefe de Prensa de John Kennedy y LB Johnson, y Director de Campaña de Robert Kennedy


El Dircom más completo y polifacético del siglo XX

“If Pierre knows, the press knows”, le dijo el asesor Kenny O’Donnell al Presidente Kennedy, a propósito de la gestión de la Crisis de los Misiles, de octubre de 1962. La frase está sacada de la película “Trece días”, dirigida por Roger Donaldson y protagonizada por Kevin Costner (2001). El 90% de la película se basa en la trascripción original de las cintas que grabaron las conversaciones, deliberaciones y discusiones del Presidente Kennedy con su Gabinete, en la gestión de la Crisis de los Misiles. En la película se aprecia que, la relación de Pierre Salinger con los periodistas era tan estrecha que, si el Jefe de Prensa de la Casa Blanca sabía lo que estaba pasando, los medios de comunicación se enterarían de inmediato. Y Kennedy y sus asesores querían resolver la crisis sin generar un pánico general entre la población, al tiempo que negociaban en secreto con “los Soviets”. Aunque, en los inicios de la Crisis, Pierre Salinger no estuvo involucrado, sí lo estuvo durante toda su gestión (trece días) y fue testigo y co-protagonista de cómo Kennedy, y sus más allegados asesores, la resolvieron.

Pierre Salinger es uno de los Directores de Comunicación más completos y polifacéticos, interesantes y fascinantes del siglo XX. Trabajó con JFK desde el inicio de su campaña presidencial, en 1960, hasta que el Presidente fue asesinado, el 22 de noviembre de 1963. Durante esos años, Salinger formó parte del círculo de personas más cercano al Presidente, de aquello que muchos llamaron “la Corte de Camelot”. Como afirma Clint Eastwood, refiriéndose al Presidente Kennedy, en su película “In the line of fire”, “Kennedy was different, the whole country was different” (1993): Kennedy dio a la Casa Blanca, y a la Presidencia de Norteamérica, un glamour inigualable. Pierre Salinger es testigo ocular de lo que sucede en aquella Casa Blanca, dirigida por un Presidente tan excepcional, al tiempo que, en ocasiones, Salinger se convierte en co-protagonista de los acontecimientos.

A sus años en la Casa Blanca, con Kennedy, primero y con LBJ’s, después (fue Jefe de Prensa de Johnson durante los primeros meses de su presidencia), Salinger dedica su primer libro de memorias, publicado en 1967: “With Kennedy”. A lo largo de sus casi cuatrocientas páginas, vemos a un Jefe de Prensa innovador en materia de gestión de comunicación, al servicio de un Presidente igualmente en vanguardia. Son Kennedy y Salinger los primeros en utilizar la televisión como medio más eficaz para transmitir mensajes políticos a las masas. Con Ike (Eisenhower), el Presidente anterior a Kennedy, las ruedas de prensa presidenciales, se entregaban a los medios grabadas en una cinta. Kennedy y Salinger deciden hacer una rueda de prensa presidencial cada semana, en directo y, habitualmente, con preguntas en vivo de los periodistas acreditados en la Casa Blanca. Ahí empezó la tradición, convertida en costumbre, que deriva casi en obligación (aunque no ley).

Salinger es el primer Jefe de Prensa de la Casa Blanca del siglo XX que establece una relación directa, cordial y de confianza con los periodistas que cubren informativamente al Presidente. Seguramente, hoy, sus métodos de relación con los medios nos parecen “de Perogrullo” o “de ordinaria administración”. Pero a principios de los años sesenta del siglo pasado, fueron revolucionarios y, por ello, tienen un enorme valor histórico.

En realidad, Salinger, es un avezado en casi todo. Un adelantado a su tiempo. Con pocos años, como Mozart, ya tocaba perfectamente el piano. A los diecinueve años, dirigía & comandaba un submarino en plena Guerra Mundial (la Segunda). Siendo periodista joven, decide embarcarse en la aventura de desenmascarar al líder sindical mafioso Jimmy Hoffa. Esta actuación le hará intimar con Robert Kennedy, quien dirige una Comisión de Investigación sobre el mismo asunto en el Senado. Gracias a este encuentro de intereses, comienza una relación con la familia Kennedy que incluye a Salinger en el “sancta sanctorum” de personas más allegadas al futuro Presidente Kennedy.

Desde esta cercanía, en “With Kennedy” descubrimos muchas interioridades de la Administración de JFK. La crisis de Bahía de Cochinos, nada más asumir la Presidencia, la lucha por los derechos civiles, las cumbres con los líderes soviéticos para reducir armamento nuclear o, como ya hemos dicho, la gestión y solución de la Crisis de los Misiles. Sin embargo, Salinger describe un Kennedy demasiado positivo. Y se pinta a sí mismo bajo la mejor de las luces posibles. Se ve que Salinger quiere mantener vivo el mito de “la Corte de Camelot”. Y, ciertamente, aporta una perspectiva muy interesante de su trabajo como Jefe de Prensa de Kennedy y de su Presidencia. Sin embargo, no es la biografía adecuada para conocer verdaderamente al Presidente. Cuando menos hay que complementarla con la monumental obra “A thousand days: John Kennedy in the White House” de Arthur M. Schlesinger y, sobre todo, con la más reciente biografía de Robert Dallek “An unfinished life” (2003), que acudiendo a archivos y fuentes de información totalmente nuevas, aporta datos definitivos y sorprendentes sobre el Presidente Kennedy.

Salinger no estuvo junto a Kennedy cuando éste fue asesinado, en noviembre de 1963. Salinger solía acompañar habitualmente al Presidente en sus viajes, dentro y fuera del país. En aquel fatídico día en Dallas, Salinger estaba en un avión acompañando al Secretario de Estado, Dean Rusk, para preparar la primera visita de estado de un presidente americano a Japón, desde la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, la actividad profesional de Salinger no acaba con el asesinato de su idolatrado jefe y amigo. Más bien, su trabajo en la Casa Blanca es un aperitivo, un “springboard”, un trampolín desde el que hacer cosas mayores y trascendentes. Con el nuevo Presidente, Johnson (LBJ), Salinger continúa siendo Jefe de Prensa, pero no había sintonía entre ambos (tampoco la hubo entre Kennedy y LBJ) y, a los pocos meses, lo deja. Decide entrar en política y, durante unos meses es Senador demócrata, sustituyendo a un amigo senador recientemente fallecido. Cuando llegan las elecciones al Senado, las pierde, frente a su contrincante republicano. Salinger llega a pensar en presentarse él mismo a las elecciones presidenciales, pero es consciente de sus limitaciones. Como afirma en su segundo y definitivo libro de memorias (P.S. de 2001), “la prensa no respeta la vida privada de los políticos, y yo he tenido una vida privada muy complicada”. Según Salinger, los medios hubieran destrozado un candidato presidencial que tuvo cuatro esposas y era conocido por sus continuas infidelidades conyugales.

En 1968, Salinger está de nuevo en la carretera, esta vez como Director de Campaña de Robert (Bobby) Kennedy. A dicha experiencia, dedica un nuevo libro: “An honorable profession: a tribute to Robert F. Kennedy”. Aquí cuenta las interioridades de una campaña electoral dura y reñida, en que la lucha contra la pobreza y acabar con la guerra de Vietnam son las dos grandes causas del candidato Kennedy. Pero, una vez más, el asesinato trunca las esperanzas. Robert Kennedy fue asesinado a tiros en la cocina del Hotel Ambassador, en California (ver “Bobby”, de Emilio Estevez, protagonizada por Anthony Hopkins, Helen Hunt, y Demi Moore, entre otros) justo después de saber que había ganado las primarias demócratas en dicho estado, -sustancialmente crítico para ganar las primarias presidenciales- y, en última instancia, la Casa Blanca. En esta ocasión, Salinger estaba a cuatro pasos del amigo, Bobby, cuando éste fue asesinado.

Salinger decide abandonar el país y, durante más de dos décadas, trabaja como corresponsal y “Bureau Chief” para ABC News en París. No hay que olvidar que Pierre Salinger es de madre católica francesa y, él mismo católico y, “afrancesado”. Durante muchos años vuelve a construir una reputación formidable de sí mismo como periodista: se implica en la crisis de los rehenes de Irán de 1979 y hasta entabla negociaciones “con los de Hizbulá”, cuando estos cogen rehenes americanos en el Líbano, ya con Reagan como Presidente. Salinger culmina su carrera trabajando como Vicepresidente para una gran agencia de relaciones públicas con sede en Washington, B-M.

Niño prodigio, extraordinariamente culto, periodista político, corresponsal de guerra, jefe de prensa de la Casa Blanca, Director de Campañas electorales, político él mismo…, Pierre Salinger aporta en sus libros de memorias, con humildad (a veces, eso sí, con cierta vanidad propia de quien se sabe muy inteligente) una ingente cantidad de datos e información útil para quien quiera ser “el perfecto y completo Director de Comunicación”. Sus memorias condensan cinco décadas de experiencia profesional junto a varios de los hombres más influyentes de la política y el periodismo del mundo.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Scott McClellan, White House Press Secretary (2003-2006) o la incauta fascinación del Poder


“What happened: Inside the Bush White House and Washington’s Culture of Deception” (Public Affairs Books, 2008) son las memorias del que durante tres años fue Jefe de Prensa de la Casa Blanca (2003 a 2006). Bien es verdad que Scott McClellan era un hombre que trabajaba para Bush desde los años noventa, cuando éste era Gobernador de Texas.

Su nombre se puede asociar al del grupo de personas más cercano al Presidente: el gran experto electoral Karl Rove (artífice de las victorias de Bush en Texas y en las Presidenciales de 2000 y 2004), Condoleezza Rice, Karen Hughes (Dircom o Directora de Comunicación de Bush, muchos años), Andy Card (White House Chief of Staff), Dick Cheney (Vicepresidente) y Donald Rumsfeld (Secretario de Defensa).

Leí las memorias de Scout McClellan nada más publicadas en Estados Unidos, a mediados del año pasado, 2008, durante una estancia de mi mujer y yo en Londres. Su libro causó tanta polémica en los Estados Unidos que McClellan tuvo que testificar varias veces ante Congreso y Senado. ¿Por qué? La respuesta es un drama al estilo Shakespeare.

La historia viene de muy atrás, de cuando este experto en comunicación y relación con medios se embarca en una aventura profesional vinculada al entonces Gobernador de Texas, George W. Bush. McClellan se deja atraer, fascinar, por un político que, en Norteamérica se denomina como “bipartisan”, es decir, que pone los intereses de los ciudadanos, de su Estado o de la Nación, por encima de los de su Partido, en este caso, el Republicano. Además, Bush acuña un concepto muy poderoso y atractivo, que le hace ganar elecciones: es el “Compassionate Conservatism”. En una sociedad liberal en extremo, dividida entre “winners y losers”, entre los que tienen –gracias a la economía de libre mercado, máximo exponente del capitalismo- y los que están excluidos del sistema, Bush dice que sus políticas son inclusivas: “nobody will be left behind”. McClellan se siente muy atraído por ese político que no polariza opiniones y muestra misericordia con los pobres. Así lo demuestran las encuestas. Para McClellan, Bush personifica (“embodies”) el buen samaritano, las bienaventuranzas del Evangelio…

Sin pensárselo dos veces, McClellan, trabaja día y noche para Bush, primero en Texas y luego en la Casa Blanca. Siempre, en el Equipo de Comunicación del Gobernador & luego Presidente. Sin embargo, comete un error garrafal, de los que uno acaba pagando “dearly”, muy caramente: McClellan, como profesional de la comunicación, como Jefe de Prensa de Bush, piensa -está convencido-, de que forma parte del “inner circle of the President”. Cegado por la luz que emana del Poder, es incapaz de darse cuenta de que, realmente, él no forma parte de ese “sancta sanctorum” de verdaderos elegidos que sí son realmente los más cercanos al Presidente Bush. El gran error de McClellan es el de “creérselo”, como comúnmente se dice.

McClellan es un simple Portavoz de la Casa Blanca. Dicho así, suena aparentemente contradictorio: muchos Jefes de Prensa y Portavoces de la Casa Blanca han tenido y tienen mucho poder. Porque, como en su momento Pierre Salinger con JFK (Kennedy), eran, y son, “The President’s ear”: estaban/están presentes en el momento en que se tomaban/toman las decisiones políticas más importantes, y participaban/participan de ellas. Como consecuencia, llegado el momento, transmitían/transmiten a los medios de comunicación (en Estados Unidos, “The Fourth Power”) y a la Opinión Pública, dichas decisiones con conocimiento de causa, y con toda la información, y todos los ases en la manga.

McClellan debió pensar que él era para Bush lo que Salinger fue para Kennedy. Y se equivocó de la A a la Z. McClellan es una mera correa de transmisión (más bien el último eslabón de la cadena) de decisiones que han tomado otros. El, lleno de vanidad, porque está cerca del Poder, transmite desde el Podio de la White House a los medios de comunicación, pensando inconscientemente dos cosas: primero, que él tiene toda la información; segundo, que lo que está comunicando a los periodistas acreditados en la Casa Blanca es, radical y simplemente, “la verdad” (con minúsculas).

Tarde y amargamente se da cuenta McClellan, de “La Verdad” (con mayúsculas). Un buen día se cae del guindo y empieza a darse cuenta de cosas: bien se trate del Huracán Katrina o de la Guerra de Irak, curiosamente, los periodistas más avezados acreditados en la Casa Blanca, saben más que él sobre esos temas. Caso inédito en la Historia de la Comunicación de la Presidencia de Norteamérica. Eso significa dos cosas, primero, concluye McClellan: los periodistas tienen “otras” fuentes de información, distintas y más fiables que él, dentro de la Casa Blanca, que están filtrando información: sin que él se entere. En otras palabras, el Jefe de Prensa de Bush está siendo “puenteado” en el desempeño de su trabajo de comunicador. Y, en segundo lugar, McClellan, empieza a entender que esas mismas fuentes (“gargantas profundas”, podríamos decir, como en el Caso Watergate de Nixon) a él le están engañando y, como consecuencia, él está (inconscientemente, involuntariamente) engañando a Medios de Comunicación y Opinión Pública.

Los Medios de Comunicación le ponen en evidencia, primero privadamente, y después en público, varias veces. McClellan aparece ante los periodistas como un hombre desinformado. Su prestigio ante los medios, dice él, no se vio empañado, “porque ellos sabían que yo no les mentía a propósito, sino que yo mismo era objeto de engaño”. La cuestión es que, engañar a los Medios y la Opinión Pública Americana en temas como la Guerra de Irak (¿de verdad que, “sí había & no había”, armas de destrucción masiva que justificaran la invasión de Irak?) es una cuestión muy grave. Y, por eso, en el verano de 2008, Congreso y Senado exigen a McClellan que testifique ante Comisiones Especiales (Special Hearings) para explicar realmente qué pasó y si, de verdad, el Pueblo Americano fue engañado.

McClellan nunca llegó a saber a ciencia cierta quién le mintió. Al menos eso dice en su libro. Exonera de culpa al Presidente Bush directamente, pero no a su entorno más cercano. Indirectamente apunta hacia dos de los consejeros más cercanos al Presidente: al consultor y experto electoral Karl Rove (cuyas memorias espero como agua de mayo, en breve) y al Jefe de Gabinete, Andy Card. McClellan, de manera muy naive, les pregunta varias veces a ambos dos “si ellos le han mentido, cuando le han hecho comunicar ciertas cosas al Pueblo Americano, que luego se han demostrado falsas”. Lógicamente ellos siempre (se) lo niegan y McClellan queda en la eterna duda: “To be or not to be”… (Hamlet, Shakespeare).

“What happened: Inside the Bush White House and Washington’s Culture of Deception” es un libro de memorias indispensable para todo Jefe de Prensa y/o Director de Comunicación (Dircom) que quiera evitar la terrible situación en que se encontró el autor del libro: engañado por sus Jefes, comunicó mal y pagó por ello (tuvo que dimitir, por “vergüenza torera”); y, sobre todo, enseña a ser humilde y no creérselo: estar cerca del Poder no significa ser o tener poder.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Berlín y Moscú, dos ciudades unidas por la Caída del Muro


Hoy, cuando se cumple el veinte aniversario de la Caída del Muro de Berlín, vienen a mi memoria los maravillosos y recientes recuerdos de mis dos visitas turísticas a ambas ciudades, que hicimos mi mujer y yo este verano pasado. Durante un mes, agosto, recorrimos varias ciudades de los Países del Este, entre ellas Berlín y Moscú.

Para mí era inevitable que esas visitas turísticas fueran sobre todo “históricas”. Tantas horas empleadas en las lecturas sobre el Comunismo, la Guerra Fría, el Muro…; y encontrarse de repente en los mismos lugares en que sucedieron algunos de los acontecimientos más importantes del siglo XX. Simple y llanamente, impresionante.

Karl Marx, en “El Capital”, expone muy bien su propia teoría filosófica del determinismo histórico y cómo, inevitablemente y como fruto de la Lucha de Clases, el Socialismo acabará triunfando sobre el Capitalismo. Sin embargo, no acertó en el diagnóstico final, al menos en lo que, muchos años después de publicadas sus obras, sucedió en la Unión Soviética y en sus países satélites. Lenin hizo una brillante y cruel Revolución en la Rusia de los Zares y el Estado Bolchevique fundado por él, sobrevivió durante siete décadas. Sin embargo, hoy, en Moscú, el único vestigio que queda del Comunismo es su Mausoleo, en la Plaza Roja, junto al Kremlin y frente a los Almacenes GUM.

Recuerdo mi emoción, al entrar en el Mausoleo de Lenin. Embalsamado, durante unos segundos, guardias uniformados al estilo soviético te permiten contemplar el cadáver de Lenin, sin pararte, apresuradamente, y, por supuesto, sin poder hacer fotos. A pocos metros del Mausoleo, en el Kremlin, gracias a su último inquilino de la época comunista, Gorbachev, se tomaron decisiones de cierta apertura y relativa libertad (glasnost, perestroika), que hicieron posible la Caída del Muro. Decisiones que posibilitaron que la libertad, en sentido democrático pleno, llegara a muchas repúblicas ex soviéticas, y a los países del Este de Europa. Gorbachev lo narra con todo detalle en una de sus autobiografías: “Memorias de los años decisivos, 1985-1992”. Nadie mejor que él para explicar lo que hizo y por qué lo hizo. Recomiendo vivamente la lectura de dicho libro: Gorbachev es diáfano, honesto, directo, aunque su prosa sea…, francamente aburrida.

El otro gran protagonista de la Caída del Muro, en mi opinión, es Ronald Reagan. Este Presidente norteamericano hizo de la derrota del Comunismo -“empire of evil”, lo denominó- un leit motiv de su Presidencia, al tiempo que impulsó con multitud de acuerdos la reducción de los arsenales nucleares de las dos super potencias. Amigo de frases rompedoras y conceptos sencillos pero poderosísimos, puso en marcha la llamada “Guerra de las Galaxias” o escudo antimisiles (Strategic Defense Initiative o SDI, en su denominación en inglés), que acabó por arruinar a los soviéticos en su lucha por alcanzar la paridad en materia de “nuclear deterrence”.

Pero sobre todo, Ronald Reagan (“An American life” y “The presidencial Diaries”, dos lecturas obligadas sobre el tema), el actor, fue capaz de impresionar para siempre al mundo cuando, teniendo como telón de fondo el Muro de Berlín, le espetó a Gorbachev: “Mr Secretary General, Mr Gorbachev, tear down that Wall!”, Señor Gorvachev, ¡derribe ese muro! ¿Quién no recuerda esta escena en televisión? Yo la tuve muy presente, en mi visita a Berlín de este verano pasado. Como tuve en la cabeza la imagen de Kennedy (JFK), dirigiéndose a miles de berlineses, nada más construido el Muro, por orden de Nikita Krushchev, y dijo aquello de: ¡“Yo también soy berlinés”!

Junto a la Puerta de Branderburgo y, muy cerca de donde estaba el Muro, se encuentran la Embajada de los Estados Unidos y el Museo Kennedy. Este Museo es reconocible a un kilómetro de distancia no porque se vea nada que recuerde al Presidente Kennedy, sino por una inmensa foto del Presidente Obama, que recuerda la visita que hizo a Berlín en el verano de 2008, en plena campaña electoral entre candidatos republicanos y candidatos demócratas, antes de las elecciones presidenciales, de noviembre de ese mismo año.

Obama, como Kennedy y Reagan antes que él, habló ante cientos de miles de berlineses sobre Libertad, que es lo que representa la Caída del Muro de Berlín.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Un mes de agosto lleno de noticias


Inicié mi viaje por el norte, centro y este de Europa, en Berlín. Cómo no, fui a la famosa Puerta de Brandenburgo. Al lado, la embajada de los Estados Unidos y el Museo Kennedy, que rememora la visita de JFK a la capital alemana recién construido el Muro de Berlín, que separó tantos años el sector libre (occidental), del soviético. Su visita, simbólica, en los años sesenta, pretendió dar apoyo y ánimo a los alemanes, que temían una invasión soviética: “Yo también soy Berlinés”, dijo Kennedy.

Ronald Reagan, también acudió a Berlín. Y, con su célebre discurso en que, casi gritando espetó: “Señor Gorbachev, derribe usted ese muro” marcó un antes y un después en las relaciones entre Occidente y el Imperio Soviético, que culminaría, poco después, en la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría. La Unión Soviética no sobrevivió y tampoco los regímenes comunistas de Europa del Este. Este otoño, precisamente, se cumple el vigésimo aniversario de tales acontecimientos.

Barack Obama también estuvo en Berlín, el verano pasado, en plena campaña presidencial: cientos de miles de personas acudieron a escucharle. Tan simbólica fue su visita, que el Museo Kennedy del que hablaba tiene en la entrada desplegada una fotografía de Obama, y no de JFK, como cabría esperar.

Dado el enorme interés que despierta Obama, su formidable atractivo y lo mucho que protagoniza la actualidad periodística, no es de extrañar lo que contaba de la fotografía. Gran parte de las noticias de agosto han venido marcadas por la actividad frenética de Obama, incluso cuando ha estado de vacaciones en el exclusivo lugar llamado Martha’s Vineyard, también favorito de los Clinton.

Obama empezó el mes intentando sacar adelante un segundo paquete económico que revitalice la primera economía del mundo: la americana, claro está. Reforma de la sanidad, educación, nueva regulación financiera y energía han sido los pilares de su estímulo económico. No consiguió sacarlo adelante, por la oposición de Congreso y Senado, antes del receso vacacional. Si Niall Fergurson en su formidable historia del capitalismo (“The Ascent of Money, 2008) afirma que los Medicci, de Florencia, inventaron la técnica negociadora del “win-win”, en que todos ganan, Obama está intentando aplicarse el cuento, puesto que quiere que, demócratas y republicanos, por igual, apoyen sus medidas. Loable esfuerzo, tanto por la intención como por el resultado, si lo consigue.

Si consiguió Obama, en la primera semana de agosto el nombramiento de la primera mujer hispana como juez del Tribunal Supremo, en este caso a pesar de la oposición republicana. Motivo de alegría, para los hispanos, un servidor incluido. La primera mujer para el puesto (pero no hispana) la nombró Ronald Reagan (Sandra Day O’Connor, en 1981).

Y, mientras Obama se dedicaba a la política económica (y a celebrar su 48 cumpleaños, a principios de agosto), el Presidente destinaba a los dos Clinton en sendas misiones diplomáticas. A Hillary, Secretaria de Estado, a un tour por países de Africa en que ha predicado acerca de los derechos civiles (ya dijo ella, siendo Primera Dama, en una conferencia en Pekín, aquello de “los derechos de las mujeres, son también derechos humanos”: a los chinos, no les gustó, al resto de mundo, nos encantó).

Al ex Presidente Bill Clinton le encomendó una misión más complicada: ir a Corea del Norte, hablar con su Líder y liberar a dos ciudadanas/periodistas americanas, encarceladas en el país estalinista. Bien por Clinton y sus formidables dotes diplomáticas. Mal por la obsesión de los comunistas de Corea del Norte por las cárceles, los gulags y los campos de concentración. Por cierto, en mi “paseo” por los países del antiguo Bloque Soviético y en la propia Rusia, pude apreciar lo que ya sabía: que en ninguno de esos países gobiernan los comunistas, ahora que hay elecciones libres y, en vez de tanques (Hungría, 1956; Checoslovaquia, 1968), hay papeletas y urnas electorales.

De hecho, para animarme con la temática, decidí releer tanto las memorias, “An American life”, como los diarios presidenciales “The Reagan Diaries” de quien se dice que, junto con Juan Pablo II y Margaret Tatcher, acabó con el comunismo: Ronald Reagan. Leerlas por segunda vez y pasear por la formidable Plaza Roja de Moscú fue toda una experiencia. Y, por cierto, en Rusia, tampoco quieren saber nada del antiguo PCUS: votan mayoritariamente a Putin, o a su sucesor, Medvedev. Tipos fascinantes, ambos dos. Me llamó la atención que, en el segundo número de agosto de Newsweek, su editor internacional, y presentador de CNN, Fareed Zakaria, afirmara que “los republicanos acusan a Obama de querer hacer de los Estados Unidos un país como Rusia, comunista, sin darse cuenta de que Rusia ya no es comunista”. Doy, fe, porque estuve en Rusia y porque, si no me equivoco, Putin ganó dos elecciones con mayoría muy absoluta, sin ser comunista, sino nacionalista.

La economía, protagonista de la actualidad

En agosto, además de un Obama que intenta sacar adelante su reforma sanitaria contra viento y marea, generando un impresionante debate en todo el país (en las televisiones americanas no se hablaba de otra cosa y se han celebrado “town halls” sobre la cuestión en casi todos los pueblos de América), también se habló mucho de economía. Japón anunciaba que salía de la recesión (crecimiento del PIB del 1%), al igual que Francia y Alemania (crecimientos del PIB del 0,3%). Al final del verano, España confirmaba que, en términos interanuales, decrecía un 4,2% y el empleo decrecía un 7%, en el segundo trimestre del año. Como todos sabemos, el mes de agosto ha acabado con un cambio de gobierno, en Japón (de derechas, al centro izquierda) y, en España, con una anunciada subida de impuestos. Por su parte, China confirmaba un crecimiento cercano al 8% de su PIB en el primer semestre del año. Sin subidas de impuestos, creo (estoy seguro).

Sigo absolutamente convencido de que si alguien nos va a sacar de la recesión va a ser Estados Unidos. Una economía de demanda, consumista y capitalista, como la suya, necesariamente “tira” de los demás, cuando se recuperan el consumo y la inversión. Al fin y al cabo, los chinos fabrican y exportan lo que los demás consumimos y, por tanto, compramos.

Me encanta la actitud de Obama hacia el mundo de los negocios: por un lado, rescata y estabiliza el sistema financiero y, con sentido común, culpa a muchos irresponsables de Wall Street. Pero eso no le impide creer en la economía de libre mercado: en declaraciones exclusivas a Business Week, del 29 de julio, Obama afirmaba que cree tanto en la economía de libre mercado como en la necesidad de un gobierno más eficaz y eficiente.

Su actitud ante el mundo de los negocios no parece estar marcada por prejuicios: se reúne semanalmente con líderes empresariales y les escucha y pide opinión: come y cena con presidentes de empresas como Intel, UBS, General Electric, Kodak, etc. Dice que va poner en marcha más políticas antitrust (especialmente en el sector tecnológico), para liberalizar más el mercado, lo cual redundará en beneficios para los ciudadanos.

Ahí no creo que tenga problemas: todavía no se conoce la existencia de presidentes de gobierno socialistas en Estados Unidos. Y algunos de los mejores presidentes norteamericanos (FDR, JFK o Clinton) han sido Demócratas, que no es sinónimo de socialista.

Donde sí se va a encontrar oposición, y fuerte, va a ser en la famosa reforma del sistema sanitario. Coindicí en Gdansk (en la misma ciudad polaca en que el sindicato Solidaridad inició sus huelgas en 1970 y en 1980 contra el régimen comunista, en pro de los derechos de los trabajadores y de un régimen democrático) con una familia californiana: a los cinco minutos de empezar a comer, ya estábamos hablando de la reforma sanitaria: y, a pesar de ser demócratas, decían estar en contra de las políticas de Obama. Estas mismas actitudes las reflejan las encuestas, que muestran una mayoría de norteamericanos (de ambos partidos) contrarios a la cobertura universal de tipo europeo que disfrutamos nosotros. No voy a entrar en el porqué de este debate, porque daría para varios, muchos libros y no es objeto de esta reflexión. Pero nadie podrá negar que el liberalismo corre por las venas de los norteamericanos, que saltan a la primera de cambio cuando oyen de una posible intervención estatal en sus vidas y negocios.

Buenas noticias para Obama, en el frente económico: a mediados de mes, con un Bernanke renovado en su puesto por Obama (le nombró Bush, en 2006), la FED decía que la economía americana se estaba estabilizando; al mismo tiempo, un panel de economistas afirmaba en The Wall Street Journal que la recesión, en USA, se está ya acabando. Desgraciadamente, no es el caso de España, donde el desempleo seguirá creciendo, y el consumo bajando: y, con la combinación de ambos, la confianza de la gente de la calle no despega, sino que se hunde, y así no saldremos de la crisis. Y, con subidas de impuestos, menos.

El 19 de agosto se celebraron dos aniversarios interesantes: el quinto de la salida a Bolsa de Google (todo un fenómeno, no se puede negar) y el vigésimo del “picnic” que en 1989 se celebró en la frontera entre Hungría y Austria: de repente, y sin que las tropas soviéticas lo impidieran (¡Gracias Gorbachev!), miles de alemanes del Este pasaron a Hungría y de ahí a Austria y de ahí al lado libre del Muro de Berlín. El muro caía meses después, el 9 de noviembre, “del otoño del cambio”.

No quiero acabar hablando de algo tan sórdido como de la recesión (continua, sempiterna) en España: según Almunia, Comisario Europeo de Economía, en España, la crisis, por sus factores endógenos: construcción y desempleo en caída libre, durará un año más que en el resto de Europa, donde según, “The Conference Board”, ya se vislumbra la recuperación.

Prefiero acabar hablando del senador Edward Kennedy, último patriarca de la familia Kennedy, fallecido el 26 de agosto. Como muy bien dijo el Presidente Obama, en su funeral, “Kennedy ha sido uno de los políticos más importantes de los últimos cincuenta años”. No gobernó, como sus hermanos Jack, Presidente, y Bobby, Fiscal General. Pero tampoco murió asesinado. Durante 46 años sacó adelante muchísimas leyes a favor de los derechos civiles, de las minorías y de los desfavorecidos. Una de las últimas, una reforma de la inmigración, junto con John McCain y el Presidente George W. Bush, que desgraciadamente no pudo salir adelante, debido a la oposición republicana. (Y eso que McCain y Bush, creo, eran y son republicanos).

Se han publicado millones de páginas sobre Teddy Kennedy, últimamente, así que no diré lo obvio. Tan sólo destacaré su capacidad para hacer amigos, incluso entre sus oponentes políticos. Nancy Reagan, mujer del ex Presidente, en una carta muy sentida, explicó que su marido y Kennedy, a pesar de no estar de acuerdo en casi nada, eran muy amigos, y que la gente se hubiera sorprendido de saber el mutuo aprecio personal que se tenían. Bien por Reagan y bien por Kennedy. Descanse en paz.