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lunes, 7 de junio de 2010

El honor de los sondeos electorales

Los sondeos electorales o de carácter político tienen la molesta cualidad de mostrar las tendencias de los ciudadanos en intención de voto o su opinión sobre cuestiones candentes y resulta por ello lógico que sean denostadas por unos u otros cuando no reflejan lo que ellos consideran su realidad. Los que nos dedicamos de manera profesional a la elaboración de estas magníficas herramientas sociológicas estamos más que acostumbrados a esta situación y contamos de antemano con un considerable caudal de críticas al resultado de nuestro trabajo. Pero cuando conceptos como manipular, amañar o cocinar sondeos se convierten en piezas del lenguaje común y se instalan de forma machacona en el entorno social, entonces llega el momento de poner algunos puntos sobre algunas íes.

Cualquier sondeo, y mucho más uno de carácter electoral o político, es el fruto de una metodología muy precisa en la que intervienen elementos científicos y éticos. Y me gustaría incidir en los éticos, pues son los que confieren respetabilidad a los datos que fluyen de las frías, aunque exactas, fórmulas estadísticas. Según cómo se plantee el sondeo y cómo se respeten una serie de cuestiones previas depende en gran medida la veracidad del resultado final. Y aquí, la ética nos impone una serie de ideas muy claras. No aceptamos resultados previos por parte del cliente que generen titulares vistosos en los medios de comunicación. En casi todas las ocasiones, son el resultado inevitable de una serie de preguntas que sólo sirven para provocar al encuestado o que estén formuladas de manera que unas respuestas influyen en las siguientes.

El equilibrio en el cuestionario, llegando incluso a redactar las preguntas de la misma manera que en sondeos anteriores para asegurar una comparación rigurosa, es algo que cuidamos de forma estricta. Aplicamos un estricto control de calidad para verificar a quién se llama para hacerle la encuesta, qué cuestionario se le hace y cómo se gestionan los datos obtenidos. Todos los datos y todas las ponderaciones estadísticas que hacemos las guardamos en bruto para que cualquiera pueda comprobar la exactitud de los resultados obtenidos.

Nosotros, los artífices de los sondeos, no determinamos los resultados e incluso en el caso de que ese resultado resulte verdaderamente sorprendente, si la metodología ha sido la correcta, los publicaremos y aguantaremos el chaparrón. Siempre, en todos los casos, negociamos con nuestro cliente la forma de presentar los resultados. Nuestra integridad profesional está en juego en ese momento. En los medios no abundan los expertos estadísticos y la búsqueda de un titular atractivo es siempre imperiosa, por lo que es necesario mostrar el que de verdad refleja el resultado del sondeo, sea el que sea. Con una metodología matemática que no entiende de subjetividades, un análisis riguroso de los datos y unos planteamientos éticos cuidados al extremo, trabajando -como mínimo- sobre una muestra de 1.000 encuestados y con un margen de error del 3%, las empresas de sondeos somos capaces de mostrar la realidad social sobre una cuestión política o económica concreta, con una aproximación o índice de confianza del 95,5%.

Los sondeos electorales o políticos esporádicos muestran la realidad del aquí y ahora, no pronostican nada. Muestran la clasificación en un momento concreto, no quién va a ganar la Liga. De ahí la necesidad de no dar valor absoluto a un único sondeo o a una sola toma de datos en un momento concreto del tiempo: lo razonable y honesto es adoptar la postura de medir consistentemente a lo largo del tiempo, para estudiar la tendencia evolutiva, tener en cuenta tanto hechos especiales o extraordinarios que pueden alterar el curso de los acontecimientos, así como el devenir corriente en que no hay altibajos en el estado de ánimo de los encuestados. Los comportamientos y las tendencias se anticipan siempre y cuando hayamos medido con muchísima frecuencia, y con muestras muy amplias a lo largo del tiempo.

Como hizo la Campaña por América del presidente Obama, durante los años 2007 y 2008 en su carrera hacia la Casa Blanca, cuanto más frecuentes y abundantes sean las encuestas, mejor. Mayor muestra -siempre y cuando ésta haya sido elaborada con criterios estadísticos rigurosos-, que representa fielmente el universo de potenciales votantes, siempre es garantía de mayor índice de probabilidad y de reducir el margen de error (hasta un límite matemático, claro está). Utilizar las metodologías más adecuadas: en ocasiones, entrevistas personales; otras, telefónicas. Con ciertos colectivos de posibles votantes, las encuestas online, a través de internet, suelen ser especialmente eficaces. Y, siempre que sea posible, utilizar -combinándolas-, tanto técnicas de investigación cualitativa como cuantitativa, y con tanta asiduidad como sea posible.

De esta manera sí es posible anticipar comportamientos y predecir tendencias; aunque, como todo en la vida, el acertar, exija más dedicación, recursos y esfuerzos.

Jorge Díaz-Cardiel. Tribuna publicada en Cinco Días el 7 de Junio de 2010

martes, 11 de mayo de 2010

Karl Rove o la comunicación al servicio de ganar elecciones

"Los libros del enemigo", dice un pie de foto en el diario El País, del viernes 26 de marzo de 2010. En la fotografía se puede ver al presidente norteamericano, Barack Obama sosteniendo en sus manos un par de libros: "Buscaba libros para sus hijas, Sasha y Malia, pero se encontró con munición ideológica del enemigo. Barack Obama posa en una librería de Iowa con las obras del ex candidato presidencial republicano Mitt Romney y el estratega de George Bush, Karl Rove. La fotografía está firmada por la agencia de noticias Reuters.

En su libro sobre las elecciones presidenciales de 2008, el director de campaña de Obama, David Plouffe ("The audacity to win"), habla con muchísimo respeto de Karl Rove. Sin entrar en controversias ni en juicios sobre la moralidad o inmoralidad de las actuaciones de Rove (siempre objeto de debate), Plouffe admira el genio del principal consejero de George W Bush. Incluso cita a Obama alabando las campañas dirigidas por Rove, especialmente la de 2004, que llevó a la reelección a George Bush, frente al demócrata John Kerry. Una de las grandes hazañas de Karl Rove, según parece dijo Obama, fue conseguir la total unidad del equipo que trabajaba a favor de la reelección del presidente. En la campaña electoral de 2008, las superestrellas del equipo de Hillary Clinton se disputaron entre sí la primacía; en el tándem electoral republicano de John McCain y Sarah Palin, hubo más que disensiones y enfrentamientos, como puso de manifiesto en su propio libro de memorias Sarah Palin ("Going rogue. An American life").

Sabiendo que la desunión es germen de derrotas, Obama dio instrucciones a sus consejeros para que siguieran el ejemplo de la disciplina impuesta por Karl Rove en sus campañas electorales. Y no le faltaba razón al presidente, porque al aplicar la receta al pie de la letra, Obama consiguió la presidencia en noviembre de 2008. Al igual que la alcanzó George Bush en 2000 y 2004. Incluso mucho antes, porque, gracias a Karl Rove, George Bush ganó las elecciones a gobernador del estado de Texas en 1994 y en 1998. Y Texas, tradicionalmente, había sido mayoritariamente, un estado demócrata: el ex presidente Lyndon B. Johnson era tejano y, hasta que ganó Bush hijo sus primeras elecciones a gobernador, en 1994, lo habitual era que los tejanos votaran en clave demócrata. Rove consiguió para Bush sus victorias electorales, al igual que lo hizo para más de setenta senadores y congresistas republicanos para quienes trabajó desde su propia empresa ("Rove + Company") a lo largo de diecinueve años. Debido a tanta victoria electoral a él atribuida, se dice que George Bush hijo le dio el apodo de "El Arquitecto". Otros, más preocupados por las presuntas actuaciones (faltas de ética) de Rove, le han denominado "Maquiavelo" o "Príncipe de las Tinieblas".

No sé si tanto para despejar dudas sobre la moralidad de sus maquinaciones, como teniendo por objetivo dejar claro lo formidable y eficaz de sus actuaciones, Karl Rove publicó en marzo de 2010 sus memorias. Tituladas "Courage and Consequence. My Life as a Conservative in the Fight" ("Coraje y Consecuencias. My Vida como un Conservador en la Lucha", de Threshold Editions), sus 598 páginas -en la versión en inglés de tapas duras- son un manual del perfecto consultor político, experto en marketing electoral, que utiliza todas las herramientas de que dispone, al objeto de que sus clientes ganen elecciones. Frente a quienes se les llena la boca con "la gestión de intangibles", Rove da lecciones prácticas sobre cómo utilizar la comunicación, las relaciones públicas, el marketing electoral, las encuestas políticas, las estadísticas y hasta los conocimientos de historia de la presidencia de Estados Unidos, al servicio de un solo fin: ganar elecciones.

Muchos buscan en este tipo de libros el conocer más cosas sobre el presidente al que sirvieron los autores de las obras. Otros intentan desentrañar "los misterios de la historia". La autobiografía de Karl Rove ciertamente da algunos datos interesantes sobre George W. Bush y aporta datos relevantes sobre la historia de Estados Unidos a lo largo de dos décadas. Sin embargo, esas dos características no son las más importantes del libro, ni mucho menos. Cualquier persona interesada en política y economía de Norteamérica sabrá mucha de la información que, con respecto a esos dos temas, cuenta Karl Rove en su libro. En cambio, cómo ha puesto en marcha de manera exitosa tantas campañas electorales "el Arquitecto", no es moneda de cambio corriente de la sabiduría popular.

¿Cuáles son los pilares de una campaña electoral exitosa? Rove describe la hoja de ruta que hay que seguir al pie de la letra para ganar elecciones. Primero, la campaña debe girar en torno a grandes ideas que reflejen la filosofía del candidato y que, al mismo tiempo, sean percibidas por los votantes como importantes y relevantes.

Segundo, la campaña debe tener clara conciencia de las actitudes del electorado, así como conocer en detalle las fortalezas y debilidades tanto del candidato propio como las de los competidores.

Tercero, la campaña tiene que basarse en datos históricos; Rove afirma que "las campañas electorales del pasado pueden ayudarte a entender lo que podría pasar en las campañas electorales del futuro".

En cuarto lugar, Rove recomienda el uso de sofisticados métodos de modelización, que permitan identificar potenciales votantes, a los que hacer propuestas que les atraigan, y garanticen que van a votar a tu candidato. Esto supone disponer de formidables bases de datos en que estén localizados millones de potenciales votantes, así como tantos rasgos que les definan como sea posible.

La quinta característica de una campaña eficaz y exitosa es el asumir que hay formas correctas y formas incorrectas de criticar a tu oponente. No piense el lector que Rove está refiriéndose a la presunta moralidad o inmoralidad en la manera de atacar al enemigo. A lo largo de todo el libro Rove da a entender que no le preocupa tanto la ética (el deber ser de las cosas) como la eficacia. Cuando tantos le han criticado por -presuntamente- haber llevado a cabo actuaciones ilícitas (contra Mc Cain, por ejemplo, senador por Arizona, contrincante electoral de George Bush en las primarias republicanas del año 2000), Karl Rove parece despreciar tales críticas. No presta atención a la (supuesta) falta de ética de sus actos: a Rove sólo parece preocuparle la eficacia de lo que hace.

Es tanto como decir: "¿Cómo es posible que me acusen de hacer tal o cual cosa inmoral si, en realidad, es una estupidez?". No lo dice abiertamente, pero Rove aparentemente está de acuerdo con aquello de que "el fin justifica los medios". De hecho, y a modo de ejemplo, Rove critica a Nixon -presidente acusado de haber sido el más inmoral y anti ético de todo el siglo XX, en Estados Unidos, y que tuvo que dimitir por el caso Watergate- no por sus inmoralidades, sino por cometer estupideces. Como en una ocasión dijo un historiador: "es como criticar a Hitler no por la inmoralidad de asesinar a seis millones de judíos, sino por la imbecilidad de enfrentarse al mismo tiempo con los soviéticos y los norteamericanos".

El sexto rasgo de la perfecta campaña electoral es que debe tener un plan estratégico, disciplina y la inclinación constante a actuar: "Una campaña roviana fija objetivos y continuamente mide su consecución".

En séptimo lugar, Rove recomienda utilizar las tecnologías de la información de manera intensiva, así como reclutar voluntarios tanto como sea posible.

Por último, el autor destaca que una campaña dirigida por él debe centrarse en tres recursos vitales: conocimiento e información para el candidato; voluntarios dispuestos a salir a la calle a conseguir votos; y el dinero necesario para hacer realidad los dos primeros elementos.

Sabiendo ya cómo lleva a cabo Karl Rove sus campañas electorales, es verdaderamente fascinante leer cómo consiguió que un estado habitualmente demócrata como Texas votara por un candidato republicano como George Bush. Es impresionante comprobar cómo Rove domina las artes demoscópicas: estudia las tendencias de evolución demográfica en Texas (uno de los más grandes estados de la Unión) y llega a la conclusión de que, en 1994 Texas es un estado mucho más conservador de lo que se piensa. Y, al igual que hizo Obama muchos años después, en su campaña presidencial de 2008, Rove "fue a pescar votos" a caladeros distintos de los habitualmente republicanos: Latinos, Afroamericanos, católicos, demócratas conservadores y hasta independientes. Rove sale de las grandes ciudades y busca el voto rural. Identifica los deseos de la población tejana de disponer de una educación mejor, una sanidad distinta, un mayor crecimiento económico, y se lo ofrece en la persona de George Bush hijo. Es apreciable en los relatos de Karl Rove que, en realidad, su candidato es un producto que él tiene que vender a la opinión pública.

En la campaña presidencial del año 2000, Rove, junto a la asesora de comunicación Karen Hughes, encuentra "el Dorado" de los lemas electorales que llevarán a George Bush hijo a la presidencia: "the compassionate conservatism" ("conservadurismo compasivo", sería la traducción literal). Dice Rove que, en una ocasión, el ex presidente demócrata Bill Clinton "le dijo a George Bush hijo que cuando escuchó ese lema por vez primera en sus labios, supo que los demócratas corrían peligro de perder las elecciones presidenciales del año 2000".

Un libro tan extenso es prolijo en anécdotas, experiencias y ejemplos. De ahí que, junto al hecho de estar muy bien escrito -al menos en su versión original, en inglés- sea un libro que recomiendo leer despacio, para saborearlo y tomar notas.

En otro orden de cosas, la propia experiencia vital del autor muestra que no es cierta la tan manida y tradicional visión conservadora de América que muestra uniformidad en el perfil de la sociedad americana. El autor reconoce que la gran mayoría de la sociedad americana es conservadora, lo cual no significa que no haya una enorme diversidad. Karl Rove cuenta en su libro, que aún a día de hoy no tiene claro si su padre fue o no homosexual; dice que no entiende cómo es posible "la falta de perspectiva vital de mi madre, que decidió abandonarse, y acabó suicidándose"; él mismo ha sido protagonista de dos matrimonios fracasados: sus dos esposas, la segunda muy recientemente, le han abandonado. La historia personal de Karl Rove, en sus propias carnes, muestra que no todas las familias americanas -al menos no el 100 por cien, como pretenden hacer creer ciertos políticos y políticas americanos, conservadores y conservadoras- viven el Sueño Americano en sus vidas personales.

Rove, que fue principal asesor del presidente del 2000 al 2007 ("Senior Advisor") y "Deputy Chief of Staff" del 2004 al 2007 ("Subdirector de Personal" de la Casa Blanca, literalmente), repasa con detalle las primarias y las presidenciales del 2000 y del 2004, dando lecciones magistrales sobre cómo ganar elecciones. Ya en la Casa Blanca, Rove cuenta la intrahistoria -que diría Unamuno- de las jornadas que siguieron al 11 de Septiembre de 2001; explica las decisiones de ir a la guerra en Afganistán y en Irak -por las cuales, lejos de pedir perdón a lo que él denomina "la progresía liberal", muy al contrario, saca pecho, con orgullo-; da razón de la actuación de la Administración para la que trabajó, en la solución del desastre del Huracán Katrina de agosto de 2005; y, por último, da su versión de los hechos a propósito de la filtración a la prensa de la identidad de la agente de la CIA, Valerie Plame debido a la afirmación del marido de ésta -embajador Wilson- de que la Administración Bush había inventado las pruebas que demostraban la existencia de armas de destrucción masiva ("WMD", en sus siglas inglesas), que fueron la justificación utilizada por George Bush para invadir Iraq.

Ciertamente, la versión de los hechos de Karl Rove contrasta enormemente con la del ex Director de la CIA por aquellos años, George Tenet ("At the center of the Storm", "En el centro de la Tormenta", que es el título de su libro de memorias) y del ex jefe de prensa de Bush, Scott McClellan ("What happened", biografía en que da su versión de los hechos): ambos ex colaboradores de Bush dicen - de manera complicada, como quien no tiene certeza, ni el cien por cien de la información disponible- que el organizador del entuerto, fue el propio Karl Rove.

Más allá de disputas, y de las ideas políticas de cada uno, este libro es una lectura obligada para cualquier experto en marketing electoral que quiera aprender cómo poner en marcha una campaña eficaz y dar un buen uso a los recursos demoscópicos y de comunicación.

En la actualidad, Rove escribe en The Wall Street Journal, en el semanario político Newsweek y participa en las tertulias -y es entrevistado con frecuencia- de la cadena de televisión Fox, donde también colabora Sarah Palin.

martes, 4 de mayo de 2010

Obama: reformas y elecciones de noviembre de 2010

“Eso es, echemos a los inmigrantes ilegales de Norteamérica. Pero no nos olvidemos de decirles, antes de que se vayan, que recojan la basura de las calles y rieguen nuestros jardines”. Con palabras como éstas, el fallecido senador demócrata Ted Kennedy solía ridiculizar la postura de quienes se negaban –entonces y ahora- a regularizar la situación de millones de inmigrantes de origen hispano, en Estados Unidos.

El último intento de llevar a cabo una regularización –de derecho- de una situación –de hecho-, que afecta a millones de latinos que viven al norte del Río Bravo, se llevó a cabo en 2006; la iniciativa partió del entonces Presidente, George Bush hijo, y contaba con el apoyo de John Mc Cain (senador por Arizona, estado epicentro de la polémica, hoy, en lo referido a la reforma de la inmigración, en Estados Unidos) y de Ted Kennedy (senador demócrata por Massachussets). Pero aquel año fue electoral, el presidente perdió el control de las dos Cámaras, que fueron a manos demócratas, y la reforma quedó aparcada.

Cuatro años después, en mayo de 2010, la situación (en limbo legal) de 10 millones de hispanos, pende de un hilo. Millones de latinos miran a Obama: los que le votaron en 2008 (12% del electorado, a nivel nacional; 15% en estados fronterizos con México, como Arizona o Texas) le preguntan ahora el tan manido “¿qué hay de lo mío?”.

Y de esta manera terminó Obama el primer trimestre del año e inicia el segundo, de 2010, camino a las elecciones legislativas de noviembre de este año. Obama encara su carrera hacia las legislativas de noviembre de 2010 habiendo conseguido sacar adelante una parte importante de su programa electoral: habiendo cumplido con un buen número de sus promesas electorales, por un lado, empezando a encauzar ahora el resto de políticas “que le llevaron a querer ser presidente, en primer lugar”, como el propio Obama suele recordar.

A pesar de la oposición del partido republicano y de una parte muy importante de la sociedad americana, Obama y el partido demócrata aprobaron en el Congreso y en el Senado la reforma sanitaria. En un ejercicio de realismo práctico, Obama prefirió que saliera adelante una ley que no era tan ambiciosa como la que él había prometido, que dejaba fuera la opción pública de cobertura médica, pero que garantizaba la cobertura a 31 millones de americanos. A finales de marzo de 2010, tras año y tres meses de debates, enfrentamientos, encuestas a favor y en contra, se aprobaba la ley más importante en materia social desde la puesta en marcha de Medicare y Medicaid (en 1965, con Lyndon B. Johnson, como presidente) y la creación de la Seguridad Social, por Roosevelt, en los años treinta del siglo pasado.

Para aprobar su reforma sanitaria, Obama tuvo que consumir mucho capital político y llegar a muchos compromisos, tanto con miembros de su propio partido (demócratas católicos opuestos a la financiación pública de los abortos, por ejemplo) como con legisladores republicanos. Hoy, a principios de mayo de 2010, hasta el gobernador republicano del estado de California, Arnold Schwarzenegger, apoya la reforma sanitaria federal de Obama.

Una parecida capacidad de alcanzar compromisos y acuerdos va a necesitar Obama para impulsar tanto la reforma de la inmigración como la reforma reguladora del sistema financiero. Tanto a favor como en contra de Obama se cuenta lo muy predecible de su comportamiento. En la medida en que ambas reformas estaban presentes en sus discursos de 2006 y 2007, así como en su programa electoral (“Change we can believe in. Barack Obama’s plan to renew America’s promise”, “El cambio en que podemos creer. El plan de Barack Obama para renovar la promesa americana” de 2008), es fácil prever que el presidente hará todo lo posible para sacar las reformas adelante.

Las reformas de la inmigración y de la regulación del sistema financiero presentan diferencias esenciales, cara a su aprobación, frente a la reforma sanitaria que salió adelante en marzo de 2010. En el caso de la reforma de la inmigración, aún cuando demócratas y republicanos –por motivos electorales, fundamentalmente, aunque no solamente por eso- no se pongan de acuerdo, todos ven la necesidad de hacer algo al respecto. Ya hemos dicho que el presidente Bush, en 2006, quiso impulsar una reforma similar a la de Obama. Tener en la ilegalidad a 10 millones de latinos que viven en Estados Unidos, muchos de ellos trabajando de facto y están cobrando un salario por el que no pagan impuestos, no parece tener mucho sentido, desde el punto de vista económico. Para los republicanos, hay cuestiones ideológicas de por medio; para los demócratas, son muy importantes los derechos civiles de las minorías.

Reconociendo su existencia legal, seguramente se recaudaría más por afiliaciones a la Seguridad Social, y se aumentaría la recaudación de impuestos. Además, atendiendo a consideraciones sociológicas y “electorales”, los hispanos se integran fácilmente en las comunidades en que viven, quieren formar parte del Sueño Americano y desean prosperar, en vez de vivir al margen de la ley y de la sociedad americana. La ley que ha aprobado en Arizona la gobernadora republicana Jan Brewer, y que permite a la policía detener a cualquier inmigrante sin papeles (frente a la legislación federal que lo permite, siempre y cuando se piense con fundamento que el detenido ha podido cometer un delito), podría arrojar el voto hispano en brazos de Obama, en las elecciones legislativas de noviembre de 2010, si el presidente y su partido se convierten, durante los próximos meses, en los defensores de los derechos de los inmigrantes.

En el caso de la reforma de la regulación del sistema financiero que quiere aprobar Obama, los republicanos están contra las cuerdas. Los dos grandes partidos están básicamente de acuerdo en sacar adelante la reforma, pero los republicanos se oponen a darle la razón al presidente. Actuando así, aparecen ante la opinión pública como los defensores de los bancos de inversión y de los que –el imaginario popular y los medios de comunicación- entienden que fueron causa del desaguisado económico más desastroso para América y el mundo, desde la Gran Depresión de 1929. Muchas encuestas dicen que la mayoría de la población americana está a favor de la reforma reguladora del sistema financiero que quiere impulsar Obama.

Una encuesta publicada por el semanario The Economist (de YouGov, publicada el 1 de mayo de 2010) dice que dos tercios de la sociedad norteamericana están de acuerdo en no volver a rescatar a los bancos con dinero público (con impuestos de los contribuyentes) si tuvieran problemas, como en el 2008. Igualmente, una mayoría de americanos apoyaría que el gobierno federal dejara caer bancos con problemas serios; apoyan que se rebajen por ley los riesgos que los bancos pueden permitirse en sus inversiones; están a favor de que se regulen las inversiones más complejas (derivados, por ejemplo, que Warren Buffet denomina como “armas financieras de destrucción masiva”); creen que hay que poner límites a las remuneraciones de los altos ejecutivos de Wall Street, y quieren que se cree la Agencia de Protección del Consumidor Financiero, impulsada por Obama.

Con un apoyo tan abrumador de la opinión pública a la reforma financiera de Obama, por mucho que los republicanos no quieran dar oxígeno al presidente, tarde o temprano tendrán que apoyar con matices la ley del presidente, si no quieren ser ellos los asfixiados por una opinión pública muy enfadada y resentida con Wall Street. Otra encuesta de las mismas fechas, publicada por ABC News/Washington Post decía que el 65% de los norteamericanos apoyan los actuales esfuerzos por meter en vereda a Wall Street. Más les vale a los republicanos tomar buena nota de lo que piden sus propios electores: según la encuesta de YouGov para The Economist, entre votantes registrados, si las elecciones legislativas de noviembre se celebraran hoy, un 48% votaría demócrata y un 42% votaría republicano. Cierto que las encuestas no son artículos de fe, ni las elecciones se van a celebrar hoy: las encuestas son semáforos de colores (verde, ámbar, rojo), que indican a los políticos “el por dónde van los tiros”, para que –si quieren- puedan tomar decisiones basadas en información.

Tampoco Obama pasa por su mejor momento demoscópico, según las encuestas. Un sondeo de Real Clear Politics (RCP), publicada por Newsweek el 1 de mayo de 2010, muestra que la nación está dividida, con respecto al presidente: un 47,9% aprueban su gestión; el 46% la desaprueban. La encuesta de The Economist da resultados similares en cuanto a la polarización de la sociedad y es aún más negativa para Obama: el 45% de americanos aprueban la gestión del presidente y un 48% la desaprueban. Por quinto mes consecutivo, el tracking político mensual de Pew da al presidente índices de aprobación inferiores al –saludable- 50%. Cosa curiosa: la encuesta de The Economist afirma que el 51% cree que Obama dice lo que realmente cree, y, según el 49%, Obama sólo dice lo que la gente quiere escuchar. Son mayoría los que otorgan credibilidad al presidente, quien en cualquier caso, incluso contra marea, va sacando adelante sus promesas electorales:

Obama prometió ponerse a trabajar para solucionar la crisis económica. Por tercer trimestre consecutivo, la economía norteamericana da signos positivos: en el primer trimestre de 2010, en términos anualizados, el Producto Interior Bruto americano creció el 3,2%, impulsado por el consumo privado, de las familias (y no tanto por la inversión de empresas). Menor al crecimiento experimentado en el último trimestre de 2009 (5,6%) y con una tasa de paro aún en el 9,7%. Pero, con tres trimestres en positivo y con el índice de confianza de ciudadanos y empresas subiendo ligeramente, cabe decir que –desde el punto de vista macroeconómico- Norteamérica ha salido de la recesión y está poniendo las bases para empezar a tener un crecimiento sano, basado en el consumo (dos tercios del producto interior bruto americano) y la inversión.

Obama, que en los últimos meses ha viajado más por el ancho mundo que por dentro de Estados Unidos, ha dado pasos importantes en materia de seguridad nacional y relaciones internacionales. El presidente “empezó” por dejar claro a su principal aliado en Oriente Medio, Israel, que los asentamientos judíos en Jerusalén Este (zona musulmana, palestina) y en Cisjordania, no eran conforme a derecho, constituían una injusticia y, desde un punto de vista práctico, eran un obstáculo para la paz entre árabes y judíos. Hoy, en mayo de 2010, dos meses después de la trifulca, los israelíes han paralizado (de hecho) las construcciones en Jerusalén Este. Obama –si el desastre ecológico y económico que ha causado el colapso de la plataforma petrolera de BP en las costas del Golfo de México lo permite- está en disposición de presentar ahora, en breve, un plan de paz para Oriente Medio. Ha demostrado a los países árabes moderados que Estados Unidos es capaz de enfrentarse a Israel; al mismo tiempo, Obama ha mantenido la presión sobre la principal amenaza para la seguridad de Israel: Irán.

Durante el mes de abril de 2010, Obama firmó con el presidente ruso, Medvédev, un acuerdo para controlar las armas nucleares, reduciendo en un 30% el número de armas nucleares ofensivas de ambos países. Obama, tal y como prometió en Praga en abril de 2009, “committed America to seek the peace and security of a world without nuclear weapons”, “comprometió América a buscar la paz y seguridad que se derivan de un mundo sin armas nucleares”. A mediados de abril de 2010, Obama convocó a docenas de países a una Cumbre en Washington sobre Seguridad Nuclear. El objetivo fue frenar o parar la proliferación nuclear. Estados Unidos se auto impuso normas sobre cómo y cuándo utilizar su arsenal nuclear. Esas normas hacen posible un mundo más seguro entre naciones que –al menos, aparentemente- quieren la paz: Estados Unidos, Rusia, China, etc. Pero excluyen a aquellos países que deciden ir por libre y amenazan la paz mundial, como es el caso de Irán o Corea del Norte.

En mayo de 2010, a punto de celebrarse en el seno de Naciones Unidas, la Conferencia de revisión del Tratado de No Proliferación, Estados Unidos busca aliados para imponer más sanciones a Irán, si el país persa persiste en su intención de desarrollar su programa nuclear. Con matices y equilibrios, China y Rusia parecen dispuestos a apoyar a Estados Unidos. Si Obama lo consigue, será una gran victoria para él en política internacional.

Mientras tanto, en el frente interno, los dos partidos calientan motores cara a las elecciones legislativas de noviembre de 2010. El partido de Obama, que ocupa la Casa Blanca y aún tiene mayoría en el Congreso y el Senado, se muestra unido frente a la opinión pública: es lógico que sea así, porque es el que tiene más que perder. No así los republicanos, que se enfrentan a un potencial y peligroso “split” o división del voto conservador: el movimiento popular auto denominado “Tea Party” (en referencia a los descargadores de té en Boston, que en 1773 iniciaron la revuelta contra los británicos que culminó con la Declaración de Independencia de 1776) podría desgarrar el voto republicano en las elecciones de noviembre de 2010.

Este movimiento popular conservador amenaza con retirar su apoyo a los candidatos republicanos que, bien no sean suficientemente conservadores, bien lleguen a acuerdos con los demócratas y/o con el presidente Obama. Como en las elecciones a presidente de 1992 y 1996, la aparición de un candidato conservador al margen del partido republicano (Ross Perot, entonces), restó posibilidades de ganar a George Bush padre (1992) y al senador por Kansas, Bob Dole (1996), entregando la presidencia, en ambas ocasiones, al demócrata Bill Clinton.

La única persona, líder político, que parece capaz de aunar al partido republicano, a sus bases tradicionales y a las más conservadoras del “Tea Party” es Sara Palin. Ella no se presenta a candidata en noviembre de 2010, pero mantiene alto su perfil público y su popularidad con el electorado conservador, gracias a su participación en mítines organizado por el Tea Party, el éxito de su libro autobiográfico (“Going rogue”) y su programa de televisión en la cadena FOX.

Sara Palin es una incógnita cara al futuro: como abierta está aún la carrera electoral de noviembre de 2010.

lunes, 21 de diciembre de 2009

“The audacity to win”: David Plouffe, Campaign Manager, Obama for America


The inside story and lessons of Barack Obama’s historic victory

“Say you are a business trying to expand your percent of market share against an established brand-name product. Your competitor’s customers have been buying their product for decades and are unlikely to sample something new. How do you outsell that competitor without converting their customers? You have to recruit new buyers”. Ampliar la base electoral (tanto del bando Demócrata, como Republicano e Independientes) fue la piedra angular, fundamental, sobre la que el Director de Campaña “Obama for America”, David Plouffe, construyó el edificio que permitió a Barack Hussein Obama ganar las primarias y las elecciones de 2008 y convertirse en el Primer Presidente Afro Americano de los Estados Unidos de América.

En “The Audacity to win”, título a propósito extraído de la añada de libros autobiográficos de Obama (del segundo, “The Audacity of Hope”), David Plouffle cuenta, explica y describe, con todo lujo de detalle, cómo él y su equipo, consiguieron batir a Hillary Clinton en las primarias del Partido Demócrata, primero, y ganar a John McCain en las elecciones presidenciales de noviembre de 2008, después. El libro se acaba de publicar hace poco más de un mes y, gracias a la cortesía del autor, he podido leerlo muy rápidamente, al hacerlo llegar a mis manos poco después de salir a las librerías y estar él todavía de “tour”, promocionando el libro en Estados Unidos.

Con independencia de las ideas políticas de cada uno, creo sinceramente que éste es un libro que hará las delicias de Directores de Comunicación de diversas procedencias (también de periodistas): Dircoms , de la empresa privada que buscan nuevos métodos sobre cómo comunicar; para aquellos que trabajan en el sector público o en la política y quieren innovar en estrategias y/o en tácticas; para Directores de Comunicación (Dircom) que tienen inquietudes intelectuales y quieren leer un libro muy bien escrito que, en última instancia y, en palabras del autor, es “the inside story and lessons of Barack Obama’s historic victory”. Porque la gracia de todo este libro es que, gracias a lo que David Plouffe explica a lo largo de 390 páginas, Obama ganó las elecciones. A toro pasado, todos sabemos por qué ganó las elecciones y cómo lo consiguió. Más aún si, como un servidor y tantos otros, en su momento seguimos la campaña electoral durante los años 2007 y 2008, día tras día. Plouffe recoge toda esta historia política y electoral única en América en este volumen que, aseguro, se lee muy rápido, porque de lo bien que está escrito “te engancha desde el principio”.

Ampliar la base electoral del candidato Barack Obama, decíamos al principio. Incorporar a las minorías étnicas y raciales, así como a los grandes alejados de la política: los jóvenes. Este fue el gran reto que el Director de Campaña de Obama se fija desde el año 2006, cuando él y sus colegas de la firma dedicada a consultoría electoral, AKP, acarician la posibilidad de que Obama sea candidato presidencial dos años más tarde. ¿Por qué esa estrategia electoral? Porque desde el primer momento, queda claro que el enemigo a batir se llama Hillary Rodham Clinton. Para el Equipo de Obama, Hillary Clinton es sinónimo de varias cosas terroríficas: tiene en sus manos la maquinaria electoral y la organización más potente de todo el Partido Demócrata. Su nombre, su apellido, Clinton, es el de más popularidad de todo el país: conocimiento espontáneo y sugerido, además de notoriedad, mucha imagen y buena imagen, en general. Hillary está rodeada de un equipo de gente muy experta, ducha en muchas campañas electorales. Y, sobre todo, Hillary tiene mucho dinero y, junto con su marido, es una avezada conseguidora de fondos multimillonarios para sus campañas electorales. Dos grandes defectos identifica Plouffle en la candidatura de Hillary Clinton: su equipo lo componen “primma donnas” que luchan entre sí por tener poder y acceso a los Clinton, por un lado y, por otro, Hillary pertenece a “lo peor”, que para Plouffe es pertenecer al Establishment de Washington.

Plouffe quiere derrotar a Hillary Clinton desde el principio. Para ello, sabe que tiene que poner en práctica un nuevo tipo de campaña electoral. Primero, lo que en América llaman “a grassroots campaign”, con cientos, miles, millones de voluntarios en todo el país dispuestos a dejarse la piel trabajando para evangelizar, puerta a puerta, a favor de la candidatura de Obama. Segundo, mediante la utilización de las nuevas tecnologías. El planteamiento de Plouffe es sencillo…, y poderoso: si la tecnología forma parte de la vida ordinaria de las personas y, cada vez más, la población general utiliza las nuevas tecnologías para tantas cosas en su vida, ¿por qué dejar fuera la política de las nuevas tecnologías? Una buena website y la utilización intensiva de las redes sociales online iba a ser esencial para conseguir adeptos y levantar fondos para la campaña.

En opinión de Plouffe, la gente de Clinton sería incapaz de hacer nada de esto: llevaban demasiados años sin estar implicados personalmente en campañas electorales y estaban “out of touch with the new realities”. En otras palabras, les llama anticuados y considera que están fuera de juego. Peor aún, la perspectiva de la gente de Obama es que los Clinton estaban tan confiados en que iban a ganar que, como en la fábula de la liebre y la tortuga, cuando los Clinton quisieron ponerse las pilas, ya era demasiado tarde.

¿Quién es la gente de Obama? En el libro, Plouffe cita muchas personas, pero yo me quedo con dos, además del autor: con David Axelrod, socio de Plouffe y senior strategist de la campaña, y Robert Gibbs, Director de Comunicación. Estos tres mosqueteros son “the inner circle” de la campaña de Obama for America. A lo largo del libro aprendemos a conocerlos bien, así como a la familia Obama, con multitud de anécdotas inéditas, conversaciones, reuniones, conference calls, etc.

Desde los inicios, para Plouffe hay un objetivo fundamental: las primarias se ganan al principio y eso significa arrasar en Iowa, sobre todo, y en New Hampshire. Como sabemos, Obama, para sorpresa de todos, ganó en Iowa y Hillary hizo lo propio en New Hampshire. Plouffe partía de la premisa de que los Clinton no iban a hacer nada en Iowa, lo cual les daba la oportunidad a los de Obama de patearse las calles para apelar al votante registrado demócrata y persuadirle de que votara por Obama.

A lo largo de todas estas páginas descubrimos muchas cosas interesantes: las dudas del matrimonio Obama, sobre si presentarse o no a las elecciones (¿Cómo afectará la campaña a nuestra vida familiar? ¿Seremos capaces de organizar una campaña ganadora o será todo un esfuerzo inútil?); nos damos cuenta del “odio” que Plouffe y sus gentes profesan a Hillary y su entorno; el desprecio insultante que sienten por Sarah Palin o, sorprendentemente, el enorme respeto que les despierta el Presidente Bush y sus logros electorales durante dieciséis años.

Para los que nos dedicamos al oficio de las encuestas, descubrimos el inmenso valor que el Equipo de Obama daba a las encuestas pre-electorales y a las electorales. Las encuestas deben ser diarias, cercanas (en cada ciudad, estado, etc) y con muestras muy amplias y representativas, para que el margen de error sea muy pequeño y el índice de confianza y probabilidad, muy elevado: ¡qué gran lección! Plouffe se ríe de los Clinton a este respecto, porque “confiaban en las encuestas nacionales de Gallup”, y así les fue, que perdieron las primarias en estados clave…

Obama tenía enormes dudas sobre si presentarse o no. Impuso sus condiciones antes de tomar una decisión: sólo lo haría si eran capaces de organizar una campaña creíble. Obama y sus gentes debían responder a las demandas de cambio que exigía la sociedad americana, en 2006 y en adelante. La campaña, frente al “conventional wisdom” debía ser totalmente innovadora. Las vidas matrimoniales y familiares de los Obama no debían sufrir consecuencia de la campaña. Y, en última instancia, una actitud muy sana de higiene mental y de humildad: “si no ganamos, tampoco pasa nada”.

En el libro, insisto, muy bien escrito y con muchísimos datos y detalles, descubrimos cómo se gestó el lema electoral de “change we can believe in”, como si el cambio que propugnaba Hillary Clinton no fuera creíble. También aprendemos a conocer al autor y al Presidente. Eso sí, bajo una luz demasiado positiva, para ambos, como si no tuvieran defectos. Y este es una de las críticas que, en mi opinión, se le pueden hacer al libro. Consciente o inconscientemente, Plouffle se describe a sí mismo y a Obama demasiado positivamente y, muchas veces, “los demás” (los Clinton, Sarah Palin, McCain, etc.) son muy malos y tontos. Tanto maniqueísmo llega a ser molesto.

Al menos, y esto es mucho, el libro hace que encajen las piezas del puzzle y descubramos todos los entresijos de una campaña electoral exitosa. El libro puede dividirse en dos partes: las primarias contra Hillary Clinton y la campaña electoral contra McCain. En ambos casos destacan dos cuestiones: la importancia de las encuestas, como ya he dicho antes, y el estilo de Obama a la hora de tomar decisiones: es deliberativo, no es impulsivo, escucha todos los puntos de vista y, por fin, decide un rumbo concreto, asumiendo la responsabilidad.

En última instancia, el libro podría resumirse en lo siguiente: es una coctelera de la victoria de Obama, cuyos ingredientes son un candidato carismático y buen comunicador; una campaña y una maquinaria electoral innovadoras; millones de voluntarios adictos, enganchados y comprometidos a una causa; el uso inteligente de Internet , las nuevas tecnologías y las redes sociales online; un electorado deseoso de cambio; errores de bulto y demasiada confianza en las campañas de Clinton y McCain y conseguir dinero a raudales.

Es una lectura imprescindible, conseguible en inglés en Amazón (editorial Viking) por casi 28 dólares aunque, al escribir esto, descubrí una oferta de 16 dólares. Go for it! – Yes, you can!

sábado, 28 de noviembre de 2009

“Alan Greenspan: the age of turbulence”: sesenta años de historia económica


Cuando Alan Greenspan publicó su segundo libro de memorias (“Alan Greenspan: the age of turbulence”), aún no había estallado la tormenta financiera, ni el credit crunch, ni la consiguiente crisis económica. El capitalismo estaba en “full swing”, a tope, reverberante, triunfante, sin un modelo económico alternativo que le hiciera competencia. El Producto Interior Bruto Mundial disparado, el crecimiento del empleo, desbocado, y los mercados financieros, funcionando eficazmente. Es en este contexto en el que Greenspan decide condensar, en un extenso volumen, sus sesenta años de experiencia en el mundo económico.

A Greenspan se le conoce, sobre todo, por sus casi 20 años como Presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos. Como él mismo reconoce, desde ese puesto, tuvo acceso a información privilegiada, amén de poder consultar muchas y variadas fuentes. Para un economista voraz de datos, eso es un lujo asiático, un manjar exquisito, despierta una sana envidia formidable. Pero la historia “económica” de Greenspan comienza mucho antes. Cuenta sus experiencias como analista y como consultor de empresas. Es proveedor de información fiable, de datos. El muestra lo que hay: variables macro económicas, modelos de predicción y anticipación, explica qué va a pasar con la economía o con sectores de actividad económicos concretos. Pero otros toman las decisiones. Durante cuarenta años, Greenspan es proveedor de datos. Esto es fundamental para entender correctamente su papel en la Reserva Federal y su proceso mental en la toma de decisiones.

Para mí, esto es más importante que su conocimiento de los Presidentes o líderes internacionales a los que trató. Para Greenspan, es la psicología la que induce a las crisis económicas: si hay pánico entre la población general, la gente deja de consumir y, por tanto, las empresas dejan de producir. La consecuencia es clara: la economía se para. Me llama la atención la sincera forma en que Greenspan explica las cosas: “antes de que me trajeran las estadísticas económicas, yo siempre pedía encuestas, para saber la confianza de los Consumidores”. Todo buen economista maneja “hard data” (variables macro) y “soft dat`” (índices de confianza del consumidor). El inventó la categoría, como suele decirse, y acabó manejándola con maestría. Ayer (21 de noviembre de 2009), trabajando con el Servicio de Estudios de La Caixa, pude apreciar la misma (sabia) filosofía.

Una segunda lección aprendida por el autor y que nos transmite a los lectores: los humanos somos insaciables, siempre queremos más. Cuando conseguimos un cierto nivel de vida, de bienestar económico, casi automáticamente, lo damos por hecho y pasamos a otra cosa: ya conseguido ese objetivo, ahora quiero más. No consolidamos el terreno conquistado. Ansiamos más confort, más dinero, mejor vida, mejores vacaciones. Greenspan cree que la economía de libre mercado, el capitalismo, son las mejores formas de proveer a los ciudadanos esos “goodies”.

Pero a Greenspan se le fue la mano: desreguló demasiado los mercados y dio demasiada manga ancha a los bancos de inversión americanos. Permitió invertir a través de Internet sin control, sin límites, con exceso de información no contrastada. Extraños productos financieros fueron comercializados sin que nadie les hubiera dado el visto bueno, o estudiado su posible riesgo. Un año después de publicado su libro (por The Penguin Press, 2007), la prensa –y medio mundo- le exigía responsabilidades por la crisis económica. Newsweek publicaba su foto en portada y el titular decía: “Blame it on him!”, o “¡Cúlpele a él!”.

Greenspan ha reconocido que, habiéndose dejado llevar por el entusiasmo del triunfo del capitalismo, bajó la guardia, dejó hacer y pecó de dar demasiada libertad a “la mano invisible” de Adam Smith. Ha publicado una nueva edición de su libro con un capítulo dedicado a la crisis, en que entona su particular mea culpa.

Sin embargo, nada de esto, empaña, para mí, la gran aportación de su libro que, como todos los que me gustan, he leído dos veces: sesenta años de historia económica norteamericana y mundial condensada en un libro.

¿Qué más se puede pedir cuando te apasiona la economía?

miércoles, 25 de noviembre de 2009

"All too human", de George Stephanopoulos Senior Advisor on Policy and Strategy & Communications Director de Bill Clinton


Las delicias de los amantes de "El Ala Oeste de la Casa Blanca” & el Director de Comunicación que decidió no vender su alma al diablo

Para los amantes y seguidores de la famosa serie de televisión "El Ala Oeste de la Casa Blanca" o "The West Wing", este libro será la traducción exacta al papel, de lo que han visto en televisión. El gran mérito -entre otros muchos- de esta obra publicada en 1999 es que el autor recrea con todo lujo de detalles la vida en la Casa Blanca. Matizo: llegas a conocer a la perfección "la vida y milagros" de los miembros más importantes del Equipo de Bill Clinton. Tanto de aquellos que (como David Wihelm y James Carville, junto a G. Stephanopoulos) hicieron posible la primera victoria electoral de Clinton, en noviembre de 1992, como de los que, desde dicha fecha hasta diciembre de 1996 (cuando el autor abandona la Casa Blanca) trabajan día y noche para hacer realidad la visión política de Clinton, incluso a pesar de Clinton. (Con sus escándalos constantes de todo tipo, no sólo sexuales, Clinton parecía empeñado en arruinar su propia Presidencia).

Confieso que leí este libro varios años después de haber sido publicado, en contra de mi costumbre de comprar un libro, y estudiarlo, nada más salir a las librerías. En este caso, mi fascinación por el Presidente Clinton me llevó a leer, en 2004, su autobiografía en un par de ocasiones. La segunda lectura, mientras descansaba en el Cortijo de unos íntimos amigos en la Semana Santa de aquel año. Mis amigos no entendían por qué, en vez de dormir, devoraba las páginas de la autobiografía del, para mi gusto, uno de los mejores Presidentes de Norteamérica del siglo XX. Pero claro, como todos, también Clinton tenía sus defectos. Algunos defectos, conocidos por casi más de la mitad de la Humanidad, que ya es decir.

Una de las cosas que me llamó la atención en "My life" (Bill Clinton, 2004) es que, a toro pasado, pide perdón a su primer Jefe de Prensa, George Stephanopoulos, "por haberle puesto encima demasiada presión”, durante los años que trabajó para él (entre septiembre de 1991 y diciembre de 1996, cuando Stephanopoulos dimite y abandona la Casa Blanca). Clinton piensa que los problemas personales de Stephanopoulos (su Senior Political Advisor y Communications Director), fueron consecuencia de las excesivas cargas de trabajo que él, Clinton, como Presidente, puso sobre los hombros de su colaborador.

Con la fama que Clinton (los dos Clinton) tenía de quemar a sus equipos, matándoles a trabajar, las "apologies" (disculpas) del Presidente me llamaron poderosamente la atención. Más aún, Clinton también hace referencia en sus memorias, a la tormentosa relación que tuvo, durante muchos años, con su particular Pedro Arriola, Dick Morris, el encargado de las encuestas para el Presidente; quien, en varias obras publicadas, se despacha a gusto de los Clinton y "ajusta cuentas con ellos". En otras palabras, Morris habla muy mal del matrimonio Clinton. Aunque esto es objeto de otro artículo.

Dos referencias tan concretas de un Presidente tan polémico y polarizador, como Bill Clinton, a dos de sus colaboradores "acusándose a sí mismo de quemarlos" (profesionalmente, se entiende), ya eran demasiadas, como para no despertar mi atención. Así que decidí leer las obras de Stephanopoulos y de Morris. En este artículo, me referiré solamente a la del Dircom, es decir, a la del primero.

Llama la atención la transparencia con que Stephanopoulos habla de sí mismo: sus problemas con la bebida, su parálisis facial, debido al estrés que le causaba trabajar para Clinton y, en última instancia, su depresión. En una sociedad, y en un mundo orientado a la comunicación, y al "venderse bien", no es habitual encontrar un personaje conocido capaz de desnudar su alma ante el público.

La historia comienza en septiembre de 1991, cuando el autor y Clinton se encuentran por vez primera. Y el relato acaba en diciembre de 1996, cuando G. Stephanopoulos dimite de su trabajo en la Casa Blanca. Entre ambas fechas, median dos campañas electorales, vitales para la vida política de Estados Unidos: la de 1992 (que celebré en la fiesta que organizó en Madrid la Embajada americana en España, en el Hotel Intercontinental de Madrid) y la de 1996. Conocemos a un Stephanopoulos que comienza como Jefe de Prensa de Clinton, a las órdenes de Dee Dee Myers, y acaba como Senior Advisor on Policy and Strategy.

Más allá de conocer las interioridades del trabajo de los más estrechos colaboradores de Clinton, con muchísimo lujo de detalle, éste es un libro cuya columna vertebral no son los datos, sino un formidable dilema moral: Stephanopoulos es un hombre extremadamente religioso (que estudió Teología ortodoxa griega y pensó en hacerse sacerdote de dicha religión) que tiene que elegir, entre continuar en el trabajo de sus sueños, o traicionar su conciencia. El autor, finalmente, se decide por la mejor opción: quiere tener la conciencia tranquila y resuelve su profundo conflicto moral dimitiendo de su puesto.

Stephanopoulos es claro y directo: "Clinton es un hombre muy complicado. Responde a las presiones y placeres inherentes a la vida pública de una manera, que es tan impresionante como repulsiva".

He aquí al Director de Comunicación que prefirió no vender su alma al diablo. La apuesta, incluso profesionalmente, le salió bien. En 1997, Stephanopoulos empezó a trabajar en la Cadena de Televisión ABC. Hoy, es uno de los hombres más influyentes de América, con más de media docena de programas dirigidos o participados por él, en dicha cadena. Es News' Chief Washington Correspondent y presentador de "This Week with George Stephanopoulos", uno de los más afamados y con más altas audiencias "Sunday morning talk shows" de las televisiones americanas. En "The Week", Stephanopoulos ha entrevistado a todos los políticos más influyentes de Washington, y de medio mundo, desde 1997 hasta el día de hoy. Tiene 600.000 seguidores en Twitter.

Su éxito profesional es una lección de humildad para aquellos que, siendo poderosos en un momento dado, maltratan a los que tienen por debajo. Como recomienda un influyente amigo mío, "trata bien a todo el mundo, que nunca sabes con quién, y cómo, te vas a encontrar en el futuro".

El libro, publicado en octubre de 1999 por Back Bay Books, puede comprarse en Amazon por 21,40 dólares, en su versión de “tapas duras”, que es la que recomiendo.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Scott McClellan, White House Press Secretary (2003-2006) o la incauta fascinación del Poder


“What happened: Inside the Bush White House and Washington’s Culture of Deception” (Public Affairs Books, 2008) son las memorias del que durante tres años fue Jefe de Prensa de la Casa Blanca (2003 a 2006). Bien es verdad que Scott McClellan era un hombre que trabajaba para Bush desde los años noventa, cuando éste era Gobernador de Texas.

Su nombre se puede asociar al del grupo de personas más cercano al Presidente: el gran experto electoral Karl Rove (artífice de las victorias de Bush en Texas y en las Presidenciales de 2000 y 2004), Condoleezza Rice, Karen Hughes (Dircom o Directora de Comunicación de Bush, muchos años), Andy Card (White House Chief of Staff), Dick Cheney (Vicepresidente) y Donald Rumsfeld (Secretario de Defensa).

Leí las memorias de Scout McClellan nada más publicadas en Estados Unidos, a mediados del año pasado, 2008, durante una estancia de mi mujer y yo en Londres. Su libro causó tanta polémica en los Estados Unidos que McClellan tuvo que testificar varias veces ante Congreso y Senado. ¿Por qué? La respuesta es un drama al estilo Shakespeare.

La historia viene de muy atrás, de cuando este experto en comunicación y relación con medios se embarca en una aventura profesional vinculada al entonces Gobernador de Texas, George W. Bush. McClellan se deja atraer, fascinar, por un político que, en Norteamérica se denomina como “bipartisan”, es decir, que pone los intereses de los ciudadanos, de su Estado o de la Nación, por encima de los de su Partido, en este caso, el Republicano. Además, Bush acuña un concepto muy poderoso y atractivo, que le hace ganar elecciones: es el “Compassionate Conservatism”. En una sociedad liberal en extremo, dividida entre “winners y losers”, entre los que tienen –gracias a la economía de libre mercado, máximo exponente del capitalismo- y los que están excluidos del sistema, Bush dice que sus políticas son inclusivas: “nobody will be left behind”. McClellan se siente muy atraído por ese político que no polariza opiniones y muestra misericordia con los pobres. Así lo demuestran las encuestas. Para McClellan, Bush personifica (“embodies”) el buen samaritano, las bienaventuranzas del Evangelio…

Sin pensárselo dos veces, McClellan, trabaja día y noche para Bush, primero en Texas y luego en la Casa Blanca. Siempre, en el Equipo de Comunicación del Gobernador & luego Presidente. Sin embargo, comete un error garrafal, de los que uno acaba pagando “dearly”, muy caramente: McClellan, como profesional de la comunicación, como Jefe de Prensa de Bush, piensa -está convencido-, de que forma parte del “inner circle of the President”. Cegado por la luz que emana del Poder, es incapaz de darse cuenta de que, realmente, él no forma parte de ese “sancta sanctorum” de verdaderos elegidos que sí son realmente los más cercanos al Presidente Bush. El gran error de McClellan es el de “creérselo”, como comúnmente se dice.

McClellan es un simple Portavoz de la Casa Blanca. Dicho así, suena aparentemente contradictorio: muchos Jefes de Prensa y Portavoces de la Casa Blanca han tenido y tienen mucho poder. Porque, como en su momento Pierre Salinger con JFK (Kennedy), eran, y son, “The President’s ear”: estaban/están presentes en el momento en que se tomaban/toman las decisiones políticas más importantes, y participaban/participan de ellas. Como consecuencia, llegado el momento, transmitían/transmiten a los medios de comunicación (en Estados Unidos, “The Fourth Power”) y a la Opinión Pública, dichas decisiones con conocimiento de causa, y con toda la información, y todos los ases en la manga.

McClellan debió pensar que él era para Bush lo que Salinger fue para Kennedy. Y se equivocó de la A a la Z. McClellan es una mera correa de transmisión (más bien el último eslabón de la cadena) de decisiones que han tomado otros. El, lleno de vanidad, porque está cerca del Poder, transmite desde el Podio de la White House a los medios de comunicación, pensando inconscientemente dos cosas: primero, que él tiene toda la información; segundo, que lo que está comunicando a los periodistas acreditados en la Casa Blanca es, radical y simplemente, “la verdad” (con minúsculas).

Tarde y amargamente se da cuenta McClellan, de “La Verdad” (con mayúsculas). Un buen día se cae del guindo y empieza a darse cuenta de cosas: bien se trate del Huracán Katrina o de la Guerra de Irak, curiosamente, los periodistas más avezados acreditados en la Casa Blanca, saben más que él sobre esos temas. Caso inédito en la Historia de la Comunicación de la Presidencia de Norteamérica. Eso significa dos cosas, primero, concluye McClellan: los periodistas tienen “otras” fuentes de información, distintas y más fiables que él, dentro de la Casa Blanca, que están filtrando información: sin que él se entere. En otras palabras, el Jefe de Prensa de Bush está siendo “puenteado” en el desempeño de su trabajo de comunicador. Y, en segundo lugar, McClellan, empieza a entender que esas mismas fuentes (“gargantas profundas”, podríamos decir, como en el Caso Watergate de Nixon) a él le están engañando y, como consecuencia, él está (inconscientemente, involuntariamente) engañando a Medios de Comunicación y Opinión Pública.

Los Medios de Comunicación le ponen en evidencia, primero privadamente, y después en público, varias veces. McClellan aparece ante los periodistas como un hombre desinformado. Su prestigio ante los medios, dice él, no se vio empañado, “porque ellos sabían que yo no les mentía a propósito, sino que yo mismo era objeto de engaño”. La cuestión es que, engañar a los Medios y la Opinión Pública Americana en temas como la Guerra de Irak (¿de verdad que, “sí había & no había”, armas de destrucción masiva que justificaran la invasión de Irak?) es una cuestión muy grave. Y, por eso, en el verano de 2008, Congreso y Senado exigen a McClellan que testifique ante Comisiones Especiales (Special Hearings) para explicar realmente qué pasó y si, de verdad, el Pueblo Americano fue engañado.

McClellan nunca llegó a saber a ciencia cierta quién le mintió. Al menos eso dice en su libro. Exonera de culpa al Presidente Bush directamente, pero no a su entorno más cercano. Indirectamente apunta hacia dos de los consejeros más cercanos al Presidente: al consultor y experto electoral Karl Rove (cuyas memorias espero como agua de mayo, en breve) y al Jefe de Gabinete, Andy Card. McClellan, de manera muy naive, les pregunta varias veces a ambos dos “si ellos le han mentido, cuando le han hecho comunicar ciertas cosas al Pueblo Americano, que luego se han demostrado falsas”. Lógicamente ellos siempre (se) lo niegan y McClellan queda en la eterna duda: “To be or not to be”… (Hamlet, Shakespeare).

“What happened: Inside the Bush White House and Washington’s Culture of Deception” es un libro de memorias indispensable para todo Jefe de Prensa y/o Director de Comunicación (Dircom) que quiera evitar la terrible situación en que se encontró el autor del libro: engañado por sus Jefes, comunicó mal y pagó por ello (tuvo que dimitir, por “vergüenza torera”); y, sobre todo, enseña a ser humilde y no creérselo: estar cerca del Poder no significa ser o tener poder.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Encuestas hoy: quién ganaría las elecciones; desconfianza en los políticos y nuevos liderazgos


La semana pasada, última del mes de octubre de 2009, el diario económico Expansión publicó una encuesta entre población general realizada por Ipsos Public Affairs España. De entre las encuestas publicadas en medios de comunicación en los últimos meses, la de Ipsos es la que más muestra tenía, con un índice de probabilidad estadística del 95,5 y un margen de error de +/- 3,2%: mil individuos elegidos aleatoriamente, entrevistados por teléfono, representando a los muchos millones de ciudadanos que vivimos en España y tenemos derecho a votar. Este dato es relevante y hay que tenerlo en cuenta cuando se realizan encuestas políticas en que se pregunta por intención de voto, y se hace estimación del voto.

Los resultados de la encuesta de Ipsos Public Affairs no han sido muy distintos, esencialmente, de los del resto de las encuestas publicadas en las últimas semanas. Si acaso, han sido aún más acertados, por la amplitud de la muestra, enormemente representativa de la población general española, desde el punto de vista estadístico y sociodemográfico. Básicamente, los ciudadanos con derecho a voto expresan que, de celebrarse elecciones generales hoy, le otorgarían la confianza al Partido Popular, frente al Partido Socialista, que perdería las elecciones y –quizá-, el Gobierno de la Nación. Pero todo esto, con matices. La diferencia en estimación de voto entre PP y PSOE es mínima y, casi, podría hablarse de empate técnico entre ambos partidos. Serían necesarios pactos post-electorales para que alguien formara gobierno. Hasta aquí, todo entra dentro de la normalidad de la vida ordinaria democrática.

Pero, al desgranar los datos, observamos hallazgos relevantes, que encierran verdades más profundas y graves. La población española en su conjunto no aprueba la labor que están llevando a cabo los dos grandes partidos. En el caso del PSOE, los ciudadanos son críticos con la que, entienden, es una mala gestión de la crisis económica. Y, por lo que se refiere al PP, no sólo no obtiene rédito electoral de la crisis económica, sino que se ve envuelto por los escándalos de corrupción, las trifulcas entre facciones del partido, luchas por el poder y crisis de liderazgo.

Cuando hablamos de población general, podemos desglosar y distinguir entre votantes del PSOE y votantes del PP. Unos y otros son críticos y negativos con sus partidos y con sus líderes. En el caso del PSOE y su líder, José Luís Rodríguez Zapatero, ambos son penalizados. En el caso de los votantes del PP, éstos son más críticos con su líder, Mariano Rajoy, que con el partido, aunque éste, tampoco salga bien parado. Sin embargo, en el PSOE no hay crisis de liderazgo, porque todos se lo otorgan sin paliativos a Zapatero, mientras que en el caso del PP ese problema sí que existe.

Alberto Ruiz Gallardón y Esperanza Aguirre siguen siendo más populares entre los votantes del PP que el propio Mariano Rajoy. Y, en el caso de celebrarse las elecciones generales ahora, el líder del PP con más posibilidades de derrotar a Zapatero sería Alberto Ruiz Gallardón. Los datos son tozudos y curiosos: Esperanza Aguirre atrae enormemente a los votantes de su propio partido, los aúna en torno a las siglas del PP. Alberto Ruiz Gallardón mantendría los votantes tradicionales del PP (si no tienen otra opción, ¿a quién van a votar, sino a Gallardón?) y, lo que es más importante, no alienaría a los votantes del PSOE. Por un lado, habría votantes del PSOE que estarían dispuestos a votar a un PP liderado por Gallardón. Por otro lado, habría votantes del PSOE que, presentándose Gallardón a las generales, se abstendrían de votar al PSOE y se quedarían en casa: este escenario dañaría mucho electoralmente al PSOE y, eventualmente, podría otorgarle la victoria al PP…, “por los pelos”. Todo ello, en un entorno en el que la participación electoral se reduciría mucho y la abstención se elevaría.

Lo que de verdad preocupa a los españoles

Sin embargo, desde un cierto punto de vista, todo lo anterior es irrelevante, a efectos prácticos: en principio, y si no hay adelanto electoral, no habrá comicios generales, hasta la primavera de 2012. Mucho camino queda por recorrer hasta entonces. Lo más importante, hoy, es saber qué preocupa verdaderamente a los españoles.

Las respuestas son claras y, casi, no haría falta realizar una encuesta para saberlas: a los españoles les preocupa muchísimo el paro y la economía; y el llegar a fin de mes. Dentro de este marco de preocupaciones tan concretas, los ciudadanos esperan y desean soluciones de los partidos y de los políticos. Sin embargo, no las encuentran. Lo que ven, es lo contrario de lo que quieren, y esto genera desconfianza entre los ciudadanos acerca de la política y los políticos.

A los ciudadanos no les interesa si va a haber elecciones generales hoy, sino mantener su puesto de trabajo, si lo tienen, o encontrar trabajo, si lo han perdido. Sin embargo, según Eurostat, a cierre de octubre, el paro en España superaba el 19%, más que doblando la media europea. 3.000 personas pierden su empleo en España cada día. Con independencia de cuál sea su intención de voto mañana, los ciudadanos observan inermes cómo las medidas del Gobierno para sacar España de la crisis, simplemente, no funcionan, no surten efecto, no son eficaces. Al mismo tiempo, Alemania, Francia y Estados Unidos (al menos, desde el punto de vista macroeconómico, su PIB empieza a crecer) empiezan a salir de la recesión. Quien gobierna tiene la obligación de solucionar los problemas: el PSOE no lo está haciendo y, por ello, lo pagaría (relativamente) caro en unas elecciones generales mañana.

¿Y en el PP? Ni siquiera sus propios militantes están contentos ni están satisfechos con la labor de oposición que hace el Partido Popular. Y la imagen de su líder, Mariano Rajoy (que no levanta cabeza por encima del 33% de buena imagen desde finales del 2004 hasta hoy), sigue por los suelos, alcanzando mínimos históricos. Dicen que Rajoy no quiere ni oír hablar de esto y que, sus “gurús” más cercanos le dicen solamente lo que él desea escuchar. Mientras tanto, a la crisis de liderazgo en la cúspide, se suceden escándalos de corrupción, enfrentamientos internos y liderazgos contrapuestos.

José María Aznar se ofreció amablemente a dar la fórmula mágica del triunfo a Rajoy: una triple receta consistente en “un proyecto, y no varios; un partido, y no varios, y, a ser posible, un líder y no varios; al menos a mí me fue bien de esta manera”, dijo Aznar. Como forma de solucionar los problemas del PP puede que los consejos del ex Presidente Aznar sean eficaces. Sin embargo, los españoles desconfían hoy de las actuales formas de hacer política.

La gran cuestión a dirimir es quién y cómo va a sacar del atolladero económico a los españoles. Si los españoles no confían en los políticos, ¿quién solucionará los problemas? Se imponen nuevos proyectos, partidos renovados y, por qué no, nuevos liderazgos. La ciudadanía se lo merece.

sábado, 31 de octubre de 2009

Ronald Reagan: ilusión y optimismo vital


Los expertos y estudiosos de la mente humana, como el psiquiatra Enrique Rojas dicen que lo que caracteriza a una persona deprimida es su constante mirar hacia el pasado, con nostalgia, echándolo de menos. Por contraste, el optimista es aquel que mira siempre hacia el futuro, teniendo en la cabeza y en las manos un proyecto vital. Ahí entra en juego la ilusión que, en opinión del mismo doctor Rojas, es el secreto de la felicidad.

Ronald Reagan es un ejemplo formidable de persona vitalista, con ilusión y enormemente optimista. Más allá de los topicazos, que identifican a Reagan con rasgos de político militarista (“warmonger”, dirían en Norteamérica), “fascista” (como si en América hubiera muchos fascistas) y otras imbecilidades sin fundamento, lo interesante es fijarse en el hombre, y no sólo en el político.


En sus memorias, publicadas en 1989 (“An American Life”) y en sus “Presidencial Diaries”, publicados hace un año, a finales de 2008, podemos descubrir al hombre, más allá del personaje público. Y he de decir que Reagan se revela como un tipo maravillosamente atractivo, en lo personal.

En el primero de los dos libros, vemos a un Reagan joven que nace y crece en el seno de una familia muy pobre. Reagan no se avergüenza de sus orígenes humildes. Cuando llega a ser Presidente de Norteamérica, se lo recuerda a unos y a otros, para dejar claro que el famoso sueño americano (“American Dream”) se basa en el trabajo duro y esforzado, con independencia de los orígenes sociales. Es el mismo Ronald Reagan que confía plenamente en el New Deal de FDR (Roosevelt, Presidente desde 1932 a 1945) y confía en que esas políticas públicas sacarán a América de la Gran Depresión. Reagan fue Demócrata durante tres décadas, hasta que se pasó al bando republicano. Fue Gobernador de California y uno de los Presidentes más y mejor valorados por los norteamericanos en el siglo XX, según TODAS las encuestas.

Todo el libro rezuma optimismo: ilusionado con su carrera de actor; ilusionado con su carrera política; ilusionado con acabar con el comunismo; ilusionado con poner en marcha su Strategic Defence Initiative (SDI o “Guerra de las Galaxias”); ilusionado con negociar con los Secretarios del PCUS acuerdos para reducir los arsenales nucleares; ilusionado con que “el sol vuelva a brillar de nuevo en América” (lema de su primera campaña electoral en 1980); ilusionado con que los americanos vuelvan a sentirse de nuevo orgullosos de su Nación y de ser norteamericanos: ilusión, ilusión e ilusión, como base y fundamento de la felicidad, porque se tiene un proyecto de vida por el que luchar.

En “The Presidencial Diaries”, vemos a un Reagan dedicando todas las noches (de 1980 a 1989) un buen rato a escribir un diario “up-close and personal”, íntimo y personal. Un Reagan que, incluso en los peores momentos de su Presidencia, mantiene el optimismo vital. ¿Por qué? Es fácil de identificar ese porqué en todas las entradas de su diario: su profundo y tierno amor a su esposa, Nancy Reagan, y su enorme fe y confianza en Dios. Esos dos pilares son el fundamento de su optimismo y, en última instancia, los motores de su ilusión y proyecto de vida.

lunes, 28 de septiembre de 2009

La Candidatura Olímpica Madrid 2016 merece ganar el 2 de octubre


Acaba de saberse que Obama sí representará a Chicago ante el Comité Olímpico Internacional (COI) el próximo 2 de octubre. No cabe duda que Obama es un Presidente carismático que arrastra a las masas y encandila a muchos con su retórica.

Nosotros contamos con la Familia Real, cuyos miembros son Olímpicos; con el Presidente de Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero y un buen número de autoridades y deportistas españoles de renombre internacional, entre otras personalidades. También, nuestra Candidatura estará siendo presentada –y representada- por el líder político más y mejor valorado por todos los españoles, en los últimos seis años: el Alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón. Esto, tozudamente, lo dicen las encuestas semana tras semana desde enero de 2004 hasta el día de hoy.

También las encuestas dicen que la Candidatura Olímpica Madrid 2016 es la que más apoyo popular tiene de las cuatro ciudades que “compiten”. Una inmensa mayoría de habitantes de la ciudad de Madrid, la Comunidad de Madrid, y toda la Nación, apoyan la Candidatura de la Capital de España. Y no sólo la apoyan, sino que desean ardientemente que gane. Creen los ciudadanos, con buen criterio, que Madrid está más que suficientemente preparada para alojar los Juegos Olímpicos de 2016. Tiene infraestructuras, hoteles, restaurantes, ofertas de ocio, voluntarios a mansalva, seguridad ciudadana y mil cosas más que, en su conjunto, no reúne ninguna de las otras ciudades candidatas.

Ayer, domingo 27 de septiembre de 2009, una marea humana de cientos de miles de personas, construyó un mosaico de colores olímpicos en la Plaza de Cibeles que expresaba su deseo de que Madrid sea la ciudad elegida. Esta mañana, en cadenas de radio tan variopintas como la COPE, la SER, Intereconomía o RNE escuché a muchos ciudadanos reflejar individualmente lo que expresan colectivamente las encuestas: los madrileños, los españoles, creen que es muy bueno, para Madrid y para España, ganar la Candidatura Olímpica: piensan que se generará “oficio y beneficio”, negocio y trabajo, que es lo que más necesitamos en España, en estos momentos.

España necesita ganar los Juegos Olímpicos de 2016. Madrid se lo merece.

Fotografía EFE

lunes, 14 de septiembre de 2009

Obama, Alberto Ruiz Gallardón y la Candidatura Olímpica Madrid 2016


La semana pasada fue especialmente relevante para la Presidencia de Obama y para los Estados Unidos. En muchos aspectos, la segunda semana de septiembre de 2009 pasará a la historia como la más simbólica de todo el año, para Barack Obama.

En el frente doméstico, Obama presentó oficialmente su Plan para la Sanidad en Estados Unidos. Desde un punto de vista comunicativo, eligió la fórmula más solemne a disposición de los presidentes norteamericanos, además del discurso del Estado de la Nación y de los discursos inaugurales: un discurso (de 47 minutos) ante Congreso y Senado juntos. A modo de ejemplo, Roosevelt lo hizo en 1941, cuando declaró la guerra a las potencias de Eje, tras el ataque japonés a Pearl Habour; LBJ se dirigió al poder legislativo tras el asesinato de Kennedy; Ronald Reagan fue recibido por ambas cámaras tras el atentado contra su vida, en 1981. George W Bush fue aclamado por ambas, tras los atentados del 11S.

Obama pudo haber anunciado su Plan para la Sanidad norteamericana de muchas maneras, evitándose incluso la agonía de un verano plagado de tertulias en los medios de comunicación y town halls por todo el país en que expertos, periodistas, políticos y opinión pública/población general han opinado apasionadamente sobre un plan del que apenas sabían nada. La forma en que Obama está haciendo las cosas demuestra su inteligencia política. En serio. Ahora lo veremos.

Por un lado, el Presidente quiere evitar los errores que cometió Bill Clinton. También este Presidente quiso revitalizar y renovar la Sanidad norteamericana. Pero lo hizo de manera inapropiada e ineficaz, generando críticas incluso entre su propio partido y entre sus votantes, “matando” el capital político ganado tras las elecciones en que derrotó a George H. W. Bush, en 1992.

Primero, encargó a su mujer (First Lady, pero sin cargo electo) que, de manera “secretista”, elaborara un plan complejo al margen del proceso legistativo y gubernamental, con expertos no elegidos por los ciudadanos –anatema, en América-. Segundo, se comprometió a presentar un plan y aprobarlo en un tiempo récord: 100 días, en 1993. El Plan con el que apareció Hillary Clinton al cabo del período comprometido era extremada complejo. Y difícil de explicar y “vender” a la sociedad americana. Tercero, Clinton no se aseguró de tener el apoyo de los congresistas y senadores de su propio partido, que se sintieron alienados por su propio Presidente. Cuarto, al hacer las cosas de manera “secretista”, Clinton no tuvo el apoyo de la opinión pública, absolutamente necesario. Aquello de “gobernar para el pueblo pero sin del pueblo”, de antaño, no vale en una América cuya Constitución empieza con un plural “we, the American people...”: los americanos llevan muy mal que no se les consulte y no se cuente con ellos: después de todo, son la primera democracia de la tierra, en todos los órdenes.

Las consecuencias de los errores de Clinton y su mujer son bien conocidos: la reforma sanitaria no fue aprobada ni en el Congreso ni en el Senado; Clinton perdió mucho apoyo popular; tuvo enormes conflictos dentro del partido y, cuando se celebraron –en 1994- las llamadas midterm elections, los demócratas perdieron el control de las dos Cámaras, por vez primera desde finales de la Segunda Guerra mundial. Tanto Hillary, en “Living History” (2003), como Bill Clinton, en “My life” (2004) reconocen sus errores en la forma en que hicieron las cosas, en esta materia.

Obama, en cuanto a la reforma sanitaria, no ha querido cometer los mismos errores. Más aún, creo que ha querido imitar a dos Presidentes expertos en ganarse el favor de congresistas y senadores, de ambos partidos: LBJ (Johnson) y Ronald Reagan (ver “The Presidents: the transformation of the American Presidency from Theodore Roosevelt to George W. Bush”, de Stephen Graubard, 2004). Obama lleva todo el verano llamando a unos y otros, entrevistándose con ellos y tratando de conseguir su apoyo. Y sus continuas explicaciones y apelaciones (aún siendo todavía genéricas) a la población general están dando sus frutos: todas las encuestas publicadas tras su discurso del miércoles 9 de septiembre por la noche, le dan ratios de aprobación superiores al 60%. Esto no significa que aún no le quede mucho terreno que recorrer, pero al menos, ha cerrado un ciclo favorable en favor de su reforma. El propio Clinton dice, en su biografía, que tras su debacle con la sanidad, fue acusado de gobernar a base de encuestas, de lo mucho que se apoyaba en ellas.

Sin llegar a tanto, claramente Obama está teniendo en cuenta lo que piensa la gente. Especialmente, porque Obama sabe que el individualismo corre por las venas de los norteamericanos y que la intervención del Estado en sus vidas, a demócratas y republicanos, provoca sarpullidos innecesarios y no buscados. Por eso, Obama camina con mucho cuidado en este camino de la reforma sanitaria. Y, al final, con su pragmatismo habitual, sacará adelante una reforma de compromiso que contente a todos.

Aunque este fin de semana haya habido manifestaciones de gentes contrarias a su plan en Washington (también las tuvo Bush en contra de la guerra de Irak o Nixon contra la de Vietnam o Clinton por su reforma de la Administración que enervó a los funcionarios americanos), creo que el Presidente busca una comunicación eficaz: mejor aún, ha supeditado la comunicación al servicio de su fin último, que es sacar adelante la reforma sanitaria y que sus senadores y congresistas mantengan sus escaños, en las elecciones del año que viene: sin ellos, la reforma no saldrá adelante y su capacidad de gobernar se verá seriamente comprometida. En ese sentido, Obama demuestra que, más que gestionar intangibles, la comunicación debe estar al servicio de algo superior que contribuya al bienestar de la gente, de la sociedad, de las empresas y los individuos.

A nadie se le oculta que su reforma sanitaria tiene un enorme coste económico, además de político: muchos billones de dólares. Sin entrar en el detalle, -para nada- de las mil páginas que Obama ha presentado al Congreso, sí diré, que lo que se gasta o pretende gastar Obama en sanidad es mucho menos de lo que la Reserva Federal (FED) se ha gastado desde marzo de 2008 (Bearn Stearns, ¿recuerdan?) en rescatar bancos y estabilizar el sistema financiero. Y todo experto en economía, de derechas y de izquierdas, está de acuerdo en que esta intervención del estado en la economía financiera, era necesaria para que el dinero fluyera a familias y empresas (“la financiación es la sangre de la economía", afirma Alan Greenspan, en “The age of Turbulence”, 2007). Lo que se gastaría Obama en sanidad, de sacar adelante su plan, es mucho menos de lo gastado en la guerra de Irak, como demuestra en su obra maestra el premio Nóbel de Economía Joseph Stiglitz “The Three Trillion Dollar War: the true cost of the Iraq conflict” (2008).

Y, además, hay muchos americanos que sí están de acuerdo en reformar la sanidad americana, con ciertas condiciones: dando más cobertura, ofreciendo una alternativa pública a las de las aseguradoras privadas, haciendo la Sanidad más eficiente y reduciendo sus costes (América gasta 1,5 más en Sanidad que la Unión Europea, por ejemplo, y, sin embargo, tiene 47 millones de personas fuera del sistema sanitario, frente a nuestro sistema de cobertura universal), al tiempo que la convierte en fuente de revitalización de la economía y generación de empleo. Porque estos parámetros –y no otros- son los que definen, a grandes rasgos, los objetivos de la reforma sanitaria de Obama. Las soflamas -no ciertas- de que Obama es socialista y quiere introducir el comunismo en los Estados Unidos son absolutamente fuera de lugar y sin sentido, por mucho que tantos, de izquierda (en Europa) y de derecha (en América), se empeñen en repetirlo.

Además de la reforma sanitaria, Obama honró a los asesinados por Al Qaeda en el 11 de septiembre de hace ocho años. Y, con su retórica, que no es la de su predecesor, reafirmó su intención y determinación de acabar con el terrorismo islamista y que no le temblará la mano a la hora de luchar contra Bin Laden y sus secuaces. Obama será demócrata, pero no de izquieras: antes que nada es norteamericano y, por tanto, patriota. Si Bill Clinton bombardeó los campamentos de Bin Laden en el desierto, Obama perseguirá al saudí hasta los confines de la tierra, aunque respetando la ley y sin torturas.

También en el ámbito económico, la semana pasada ha sido importante para Obama y para América. El secretario del Tesoro Timothy Geirthner, afirmó que la economía americana empezaba a ver la luz al final del túnel. Por contraste con algunos comentarios que vemos y escuchamos en otras latitudes más cercanas, Geirthner fundamentó sus afirmaciones en datos, estadísticas y estudios. El estímulo económico del Presidente, por ejemplo generó más de 1,5 millones de empleos, en lo que llevamos de año. Desgraciamente en España, este mes pasado ha generado más desempleo y, según nuestro ministro de Trabajo, Corbacho, la tasa de paro podría alcanzar el 20% de la población activa. En marzo de 2008, Zapatero hablaba de pleno empleo, para esta legislatura, en víspera de elecciones.

En Comercio Exterior Obama tomó una decisión histórica: subir los aranceles a la importación de neumáticos chinos. Desde que Nixon y Kissinger iniciaran la política del deshielo con Mao y la China comunista, los gobiernos americanos habían tenido una relación cordial con los chinos: con la excepción del conflicto por Taiwan, americanos y chinos se llevan bien en lo económico; ya se habla del G-2, frente al G-20. No hay que olvidar que China financia buena parte de la deuda estadounidense (deuda pública, deuda de los bancos, deuda del consumo, deuda de la inversión, deuda de las familias, etc). Por ese motivo, la reacción airada de las autoridades chinas, que no se ha hecho esperar, tiene especial relevancia: la decisión de Obama, en defensa de los intereses económicos americanos (los sindicatos de los sectores afectados ya han mostrado su alegría por la medida, porque se salvarán muchos puestos de trabajo en América, al tiempo que se perderán en China: así es el juego de las redes y de la globalización) podría interpretarse como proteccionista y despertar una guerra comercial que no sería buena para nadie. Sin embargo sospecho que la sangre no llegará al río y que Obama se sentará a hablar con los chinos, antes de que comiencen los problemas.

Al igual que ha dicho que está dispuesto a sentarse a hablar con norcoreanos y con iraníes para parar sus programas nucleares. El diálogo ya empezó con su predecesor, pero a Bush, su retórica del “eje del mal” no le ayudó a la hora de establecer ciertas relaciones diplomáticas. La visión multilateral de Obama será de gran utilidad para resolver conflictos internacionales.

Por último, una decisión curiosa y de índole interna podría afectarnos mucho a los españoles. Obama anunció esta semana que su mujer, Michelle, y no él, acudiría a Copenhage a defender la Candidatura de Chicago para los Juegos Olímpicos de 2016. Esta decisión podría tener muchas repercusiones: a los miembros del COI, que se reúnen el próximo 2 de octubre en Copenhage, les gustan las representaciones de muy alto nivel, a la hora de defender candidaturas olímpicas.

En el caso de Madrid, nuestra candidatura, que presentará el Alcalde Alberto Ruiz Gallardón, irá encabezada por la Familia Real al pleno (la única enteramente olímpica, por cierto: todos sus Miembros han participado en alguna Olimpiada). La Candidatura Olímpica Madrid 2016, con su lema “tengo una corazonada o I feel it in my bones” es la que más apoyo popular tiene de las cuatro opciones, con más del 90% de la población española a favor, según las encuestas.

Sin Obama, nuestra Candidatura, ya de por sí sólida y fuerte, podría verse seriamente reforzada a los ojos del COI. Ojalá sea así y, ganando por sus propios méritos, Madrid se convierta en la sede de los Juegos Olímpicos de 2016.

Fotografía  EFE