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martes, 1 de diciembre de 2009

“Right from the beginning” Pat Buchanan, Director de Comunicación de Ronald Reagan (1985-1987)


El Director de Comunicación que quiso ser Presidente


Patrick (“Pat”) J. Buchanan, periodista, es autor de más de media docena de libros sobre política, relaciones internacionales y el papel de América en el mundo. Sobre todo, es abanderado de un tipo de revolución conservadora radical que se sitúa a la derecha de Ronald Reagan y los llamados “neocons” o neoconservadores que le sucedieron.

En su primer libro de memorias, “Right from the beginning” (publicado en diciembre de 1988) llama extraordinariamente la atención que Buchanan apenas dedique atención –es decir, espacio, páginas-, a sus “jefes”. A Nixon, para quien trabajó durante ocho años como “senior political advisor”, le despacha en un capítulo: insisto, brevedad absoluta sobre ocho años de vida profesional, trabajando muy cerca de uno de los Presidentes más polémicos de Norteamérica, en todo el siglo XX (Nixon es equivalente a, por ejemplo: el Caso Watergate que le llevó a dimitir, la apertura de las relaciones con China, la crisis del petróleo en 1973 y la Guerra árabe-israelí de Yom Kippur, la Guerra de Vietnam y las tormentosas relaciones entre Nixon y su mano derecha en política exterior, Henry Kissinger, entre otras muchas cosas).

Con Gerald Ford, que sucedió a Nixon en la Presidencia y duró poco en el cargo, trabajó muy pocos años y, quizá, Buchanan no consideró importante mencionar su trabajo para un Presidente “irrelevante”.

En el caso de Ronald Reagan, la ausencia de referencias es todavía más sangrante debido a la enorme relevancia de la Presidencia de Reagan para la historia de América. Buchanan trabajó como senior political advisor, para Reagan. Y fue su Director de Comunicación entre 1985 y 1987. Sin embargo, en este libro de memorias publicado en diciembre de 1988 (justo cuando Reagan va a dejar de ser Presidente y le va suceder George Bush Padre), Buchanan apenas menciona a Ronald Reagan. Extraño y curioso, al menos.

Una primera lectura, poco atenta, podría llevar a interpretar el silencio de Buchanan hacia Reagan, el gran autor, inventor y motor de la Revolución Conservadora en el Partido Republicano, como un pasar por alto un período profesional poco brillante para Buchanan. En los años en que sirvió a Reagan, Buchanan fue un Director de Comunicación muy polarizador: acuñó la frase “I am a Contra, too”, “yo también soy un Contra”, para apoyar la política del Presidente, a favor de los Contras en Nicaragua, frente a los Sandinistas de Daniel Ortega. En dicha frase, Buchanan ya se va retratando: más que transmitir política que hacen otros (Reagan), Buchanan quiere articular su propia agenda. De hecho, su libro de memorias es más un libro sobre sus propias ideas políticas, que sobre los Presidentes a los que sirvió. Buchanan se da más importancia a sí mismo que a sus Jefes.

Como Director de Comunicación de Reagan, Buchanan defendió públicamente a Oliver North, el comandante que, bajo órdenes del “entorno más cercano al Presidente”, vendió armas a Irán, a cambio de la liberación de rehenes americanos en el Líbano (presos de Hizbulá, grupo chií muy cercano a los ayatolás de Irán) y, con ese dinero, financió la guerra ilegal americana y de los “Contras” en Nicaragua, frente al gobierno marxista de Daniel Ortega. Todo esto no es cuestión baladí: este escándalo casi le costó la Presidencia a Ronald Reagan. “Alguien” se saltó la ley a la torera y llevó a cabo actos ilegales para cumplir supuestos mandatos presidenciales. Reagan negó todo conocimiento de los hechos, aunque sus políticas eran claras y explícitas: luchar contra la expansión del comunismo en el continente americano, con todos los medios a su alcance. Varios miembros del Staff de Reagan tuvieron que dimitir, por el “escándalo Irán-Contra”. No fue el caso de Buchanan, único miembro del Equipo Presidencial que dio la cara y defendió abiertamente a Oliver North, quien a las órdenes de Bud McFarlane (Asesor del Presidente en el Comité de Seguridad Nacional), fue brazo ejecutor de las más negras políticas de Reagan.

Buchanan está asociado a la polémica, como Director de Comunicación. Cuando, en 1985, Reagan visitó el cementerio germano de Bitburg, en que además de soldados del Ejército Alemán, había 48 miembros de las Waffen SS, Buchanan hace unas declaraciones explosivas…, letales para el Presidente Reagan: “no podíamos dejar que la opinión pública creyera que el Presidente había cedido a las presiones del lobby judío”. ¿Se puede ser más políticamente incorrecto? Cuando Reagan anunció que iba a visitar dicho cementerio, aún no sabía que había soldados de las SS (asesinos de judíos, víctimas del Holocausto nazi). La opinión pública mundial se le echó encima. Reagan cuenta en sus memorias que “hasta Nancy mostró su oposición a mi visita: Ron, tengo el presentimiento de que, en esto, estás equivocado”. Pero Reagan no quiso dar su brazo a torcer e, incluso, cuando supo quiénes estaban enterrados allí, mantuvo su decisión de acudir al cementerio, para no ofender a los alemanes. El objetivo de la visita era recuperar las relaciones con el antiguo enemigo, Alemania, mediante la honra a los soldados caídos. Pero a Reagan el tiro casi le salió por la culata, porque, efectivamente, el lobby judío americano se le echó encima y, con él, la prensa y la opinión pública mundial. Casi, ni siquiera es Reagan quien tiene que defenderse o explicar sus actos: es Buchanan quien lo hace por él. Buchanan, realmente, no defiende al Presidente: El Dircom defiende su propia visión geopolítica.

La “gracia” del asunto es que Ronald Reagan, en su propio libro de memorias “An American life”, publicado en 1990, un año largo tras dejar de ser Presidente, tampoco hace mención de Pat Buchanan. Y, en su larguísimo y muy detallado volumen (censurado parcialmente por Nancy Reagan) de “Diarios Presidenciales”, publicado a finales de 2007, Reagan apenas habla de Buchanan. Esto es muy llamativo, porque Reagan desciende a mucho detalle en sus diarios presidenciales, que abarcan de 1980 a 1989. Habla de todos y cada uno de los personajes que le rodean en la Casa Blanca, excepto de su Director de Comunicación.

¿Por qué unos (Presidentes) y otro (Dircom) se ignoran mutuamente en sus respectivas memorias? Por una muy sencilla razón: porque Buchanan quería ser él mismo Presidente y, de hecho, tuvo y tiene en muy poca estima a los Presidentes a los que sirvió. En otras palabras, Buchanan cree que el único y verdadero merecedor del cargo de Presidente era él y no Nixon, Ford o Reagan. Con razón no habla de ellos en sus memorias: el protagonista es él y sus ideas, no unos presidentes indignos del cargo, en su opinión, enormemente subjetiva, por cierto.

En 1986, aún siendo Reagan Presidente, y él todavía Director de Comunicación, Buchanan da un discurso en que afirma que “sólo el tiempo dirá si, verdaderamente, el Presidente Reagan ha iniciado una Revolución Conservadora que durará décadas”. En realidad, es Buchanan quien desea liderar esa revolución. Considera que Reagan es demasiado “soft”; que no está suficientemente a la derecha. Sin embargo, el paso de los años acabará dando la razón a Reagan y no a Buchanan. Reagan gobernó ocho años; le sucedió el Vicepresidente Bush Padre. Clinton gobernó ocho años, gracias a la aparición de un independiente (Ross Perot, en 1992 y 1996) que robó millones de votos a los republicanos que, además, estaban divididos. En 2000 y 2004, George Bush Hijo devolvía la Casa Blanca a los republicanos. En 2008, por un margen no demasiado elevado, Obama recupera la Casa Blanca para los Demócratas. En América, se considera que, el último cuarto de siglo ha sido Republicano, conservador.

Sin embargo, ¿Quién lidera la Revolución Conservadora de estos últimos 25 años? ¿Buchanan, el periodista, comunicador y Dircom, o el Presidente Reagan? La respuesta la dieron todos los candidatos republicanos a las elecciones presidenciales de 2008. En los diversos debates electorales que celebraron en la Ronald Reagan Presidencial Library, todos, uno detrás de otro –incluido McCain, por supuesto-, afirmaron ser dignos sucesores de la herencia Reagan. Nancy Reagan tuvo que hacer un endorsement (apoyo) de todos y cada uno, para que hubiera paz en el bando republicano. Ninguna mención a Buchanan. El vencedor fue el actor/comunicador Ronald Reagan, no el intelectual/extremista, Pat Buchanan.

Buchanan se presentó como candidato republicano presidencial en 1992 y 1996, pero no consiguió ganar las primarias, frente a George Bush Padre y Bob Dole, respectivamente. En 2000, se presentó como independiente, por el Partido de la Reforma. En el 2004 volvió al Partido Republicano.

Pat Buchanan es autor de más de media docena libros y, posiblemente, miles de artículos. En todos ellos deja claras sus ideas políticas, que le sitúan más a la derecha que el propio Partido Republicano. Católico tradicionalista, critica a la Iglesia Católica americana, “por tibia”. En su momento, apoyó las políticas del “apartheid” del régimen racista de Sudáfrica. Condenó moralmente a las víctimas del sida y pidió que no hubiera control de armamentos, ni negociaciones sobre la carrera nuclear.

Hoy es un comentarista político de la cadena de televisión MSNBC y continúa escribiendo y publicando libros y artículos. Este año, por ejemplo, ha publicado su última obra, “Churchill, Hitler, and the unnecessary war”.

Resignado a su papel de comunicador, parece haber entendido, finalmente, que se quedó a las puertas de la grandeza, sin alcanzarla. Y que la gloria, otorgada a otros y a él negada, fue bien merecida. Lección de humildad que, si aprendida, es bienvenida: él es, sólo, el Director de Comunicación que quiso ser Presidente.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Berlín y Moscú, dos ciudades unidas por la Caída del Muro


Hoy, cuando se cumple el veinte aniversario de la Caída del Muro de Berlín, vienen a mi memoria los maravillosos y recientes recuerdos de mis dos visitas turísticas a ambas ciudades, que hicimos mi mujer y yo este verano pasado. Durante un mes, agosto, recorrimos varias ciudades de los Países del Este, entre ellas Berlín y Moscú.

Para mí era inevitable que esas visitas turísticas fueran sobre todo “históricas”. Tantas horas empleadas en las lecturas sobre el Comunismo, la Guerra Fría, el Muro…; y encontrarse de repente en los mismos lugares en que sucedieron algunos de los acontecimientos más importantes del siglo XX. Simple y llanamente, impresionante.

Karl Marx, en “El Capital”, expone muy bien su propia teoría filosófica del determinismo histórico y cómo, inevitablemente y como fruto de la Lucha de Clases, el Socialismo acabará triunfando sobre el Capitalismo. Sin embargo, no acertó en el diagnóstico final, al menos en lo que, muchos años después de publicadas sus obras, sucedió en la Unión Soviética y en sus países satélites. Lenin hizo una brillante y cruel Revolución en la Rusia de los Zares y el Estado Bolchevique fundado por él, sobrevivió durante siete décadas. Sin embargo, hoy, en Moscú, el único vestigio que queda del Comunismo es su Mausoleo, en la Plaza Roja, junto al Kremlin y frente a los Almacenes GUM.

Recuerdo mi emoción, al entrar en el Mausoleo de Lenin. Embalsamado, durante unos segundos, guardias uniformados al estilo soviético te permiten contemplar el cadáver de Lenin, sin pararte, apresuradamente, y, por supuesto, sin poder hacer fotos. A pocos metros del Mausoleo, en el Kremlin, gracias a su último inquilino de la época comunista, Gorbachev, se tomaron decisiones de cierta apertura y relativa libertad (glasnost, perestroika), que hicieron posible la Caída del Muro. Decisiones que posibilitaron que la libertad, en sentido democrático pleno, llegara a muchas repúblicas ex soviéticas, y a los países del Este de Europa. Gorbachev lo narra con todo detalle en una de sus autobiografías: “Memorias de los años decisivos, 1985-1992”. Nadie mejor que él para explicar lo que hizo y por qué lo hizo. Recomiendo vivamente la lectura de dicho libro: Gorbachev es diáfano, honesto, directo, aunque su prosa sea…, francamente aburrida.

El otro gran protagonista de la Caída del Muro, en mi opinión, es Ronald Reagan. Este Presidente norteamericano hizo de la derrota del Comunismo -“empire of evil”, lo denominó- un leit motiv de su Presidencia, al tiempo que impulsó con multitud de acuerdos la reducción de los arsenales nucleares de las dos super potencias. Amigo de frases rompedoras y conceptos sencillos pero poderosísimos, puso en marcha la llamada “Guerra de las Galaxias” o escudo antimisiles (Strategic Defense Initiative o SDI, en su denominación en inglés), que acabó por arruinar a los soviéticos en su lucha por alcanzar la paridad en materia de “nuclear deterrence”.

Pero sobre todo, Ronald Reagan (“An American life” y “The presidencial Diaries”, dos lecturas obligadas sobre el tema), el actor, fue capaz de impresionar para siempre al mundo cuando, teniendo como telón de fondo el Muro de Berlín, le espetó a Gorbachev: “Mr Secretary General, Mr Gorbachev, tear down that Wall!”, Señor Gorvachev, ¡derribe ese muro! ¿Quién no recuerda esta escena en televisión? Yo la tuve muy presente, en mi visita a Berlín de este verano pasado. Como tuve en la cabeza la imagen de Kennedy (JFK), dirigiéndose a miles de berlineses, nada más construido el Muro, por orden de Nikita Krushchev, y dijo aquello de: ¡“Yo también soy berlinés”!

Junto a la Puerta de Branderburgo y, muy cerca de donde estaba el Muro, se encuentran la Embajada de los Estados Unidos y el Museo Kennedy. Este Museo es reconocible a un kilómetro de distancia no porque se vea nada que recuerde al Presidente Kennedy, sino por una inmensa foto del Presidente Obama, que recuerda la visita que hizo a Berlín en el verano de 2008, en plena campaña electoral entre candidatos republicanos y candidatos demócratas, antes de las elecciones presidenciales, de noviembre de ese mismo año.

Obama, como Kennedy y Reagan antes que él, habló ante cientos de miles de berlineses sobre Libertad, que es lo que representa la Caída del Muro de Berlín.

sábado, 31 de octubre de 2009

Ronald Reagan: ilusión y optimismo vital


Los expertos y estudiosos de la mente humana, como el psiquiatra Enrique Rojas dicen que lo que caracteriza a una persona deprimida es su constante mirar hacia el pasado, con nostalgia, echándolo de menos. Por contraste, el optimista es aquel que mira siempre hacia el futuro, teniendo en la cabeza y en las manos un proyecto vital. Ahí entra en juego la ilusión que, en opinión del mismo doctor Rojas, es el secreto de la felicidad.

Ronald Reagan es un ejemplo formidable de persona vitalista, con ilusión y enormemente optimista. Más allá de los topicazos, que identifican a Reagan con rasgos de político militarista (“warmonger”, dirían en Norteamérica), “fascista” (como si en América hubiera muchos fascistas) y otras imbecilidades sin fundamento, lo interesante es fijarse en el hombre, y no sólo en el político.


En sus memorias, publicadas en 1989 (“An American Life”) y en sus “Presidencial Diaries”, publicados hace un año, a finales de 2008, podemos descubrir al hombre, más allá del personaje público. Y he de decir que Reagan se revela como un tipo maravillosamente atractivo, en lo personal.

En el primero de los dos libros, vemos a un Reagan joven que nace y crece en el seno de una familia muy pobre. Reagan no se avergüenza de sus orígenes humildes. Cuando llega a ser Presidente de Norteamérica, se lo recuerda a unos y a otros, para dejar claro que el famoso sueño americano (“American Dream”) se basa en el trabajo duro y esforzado, con independencia de los orígenes sociales. Es el mismo Ronald Reagan que confía plenamente en el New Deal de FDR (Roosevelt, Presidente desde 1932 a 1945) y confía en que esas políticas públicas sacarán a América de la Gran Depresión. Reagan fue Demócrata durante tres décadas, hasta que se pasó al bando republicano. Fue Gobernador de California y uno de los Presidentes más y mejor valorados por los norteamericanos en el siglo XX, según TODAS las encuestas.

Todo el libro rezuma optimismo: ilusionado con su carrera de actor; ilusionado con su carrera política; ilusionado con acabar con el comunismo; ilusionado con poner en marcha su Strategic Defence Initiative (SDI o “Guerra de las Galaxias”); ilusionado con negociar con los Secretarios del PCUS acuerdos para reducir los arsenales nucleares; ilusionado con que “el sol vuelva a brillar de nuevo en América” (lema de su primera campaña electoral en 1980); ilusionado con que los americanos vuelvan a sentirse de nuevo orgullosos de su Nación y de ser norteamericanos: ilusión, ilusión e ilusión, como base y fundamento de la felicidad, porque se tiene un proyecto de vida por el que luchar.

En “The Presidencial Diaries”, vemos a un Reagan dedicando todas las noches (de 1980 a 1989) un buen rato a escribir un diario “up-close and personal”, íntimo y personal. Un Reagan que, incluso en los peores momentos de su Presidencia, mantiene el optimismo vital. ¿Por qué? Es fácil de identificar ese porqué en todas las entradas de su diario: su profundo y tierno amor a su esposa, Nancy Reagan, y su enorme fe y confianza en Dios. Esos dos pilares son el fundamento de su optimismo y, en última instancia, los motores de su ilusión y proyecto de vida.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Un mes de agosto lleno de noticias


Inicié mi viaje por el norte, centro y este de Europa, en Berlín. Cómo no, fui a la famosa Puerta de Brandenburgo. Al lado, la embajada de los Estados Unidos y el Museo Kennedy, que rememora la visita de JFK a la capital alemana recién construido el Muro de Berlín, que separó tantos años el sector libre (occidental), del soviético. Su visita, simbólica, en los años sesenta, pretendió dar apoyo y ánimo a los alemanes, que temían una invasión soviética: “Yo también soy Berlinés”, dijo Kennedy.

Ronald Reagan, también acudió a Berlín. Y, con su célebre discurso en que, casi gritando espetó: “Señor Gorbachev, derribe usted ese muro” marcó un antes y un después en las relaciones entre Occidente y el Imperio Soviético, que culminaría, poco después, en la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría. La Unión Soviética no sobrevivió y tampoco los regímenes comunistas de Europa del Este. Este otoño, precisamente, se cumple el vigésimo aniversario de tales acontecimientos.

Barack Obama también estuvo en Berlín, el verano pasado, en plena campaña presidencial: cientos de miles de personas acudieron a escucharle. Tan simbólica fue su visita, que el Museo Kennedy del que hablaba tiene en la entrada desplegada una fotografía de Obama, y no de JFK, como cabría esperar.

Dado el enorme interés que despierta Obama, su formidable atractivo y lo mucho que protagoniza la actualidad periodística, no es de extrañar lo que contaba de la fotografía. Gran parte de las noticias de agosto han venido marcadas por la actividad frenética de Obama, incluso cuando ha estado de vacaciones en el exclusivo lugar llamado Martha’s Vineyard, también favorito de los Clinton.

Obama empezó el mes intentando sacar adelante un segundo paquete económico que revitalice la primera economía del mundo: la americana, claro está. Reforma de la sanidad, educación, nueva regulación financiera y energía han sido los pilares de su estímulo económico. No consiguió sacarlo adelante, por la oposición de Congreso y Senado, antes del receso vacacional. Si Niall Fergurson en su formidable historia del capitalismo (“The Ascent of Money, 2008) afirma que los Medicci, de Florencia, inventaron la técnica negociadora del “win-win”, en que todos ganan, Obama está intentando aplicarse el cuento, puesto que quiere que, demócratas y republicanos, por igual, apoyen sus medidas. Loable esfuerzo, tanto por la intención como por el resultado, si lo consigue.

Si consiguió Obama, en la primera semana de agosto el nombramiento de la primera mujer hispana como juez del Tribunal Supremo, en este caso a pesar de la oposición republicana. Motivo de alegría, para los hispanos, un servidor incluido. La primera mujer para el puesto (pero no hispana) la nombró Ronald Reagan (Sandra Day O’Connor, en 1981).

Y, mientras Obama se dedicaba a la política económica (y a celebrar su 48 cumpleaños, a principios de agosto), el Presidente destinaba a los dos Clinton en sendas misiones diplomáticas. A Hillary, Secretaria de Estado, a un tour por países de Africa en que ha predicado acerca de los derechos civiles (ya dijo ella, siendo Primera Dama, en una conferencia en Pekín, aquello de “los derechos de las mujeres, son también derechos humanos”: a los chinos, no les gustó, al resto de mundo, nos encantó).

Al ex Presidente Bill Clinton le encomendó una misión más complicada: ir a Corea del Norte, hablar con su Líder y liberar a dos ciudadanas/periodistas americanas, encarceladas en el país estalinista. Bien por Clinton y sus formidables dotes diplomáticas. Mal por la obsesión de los comunistas de Corea del Norte por las cárceles, los gulags y los campos de concentración. Por cierto, en mi “paseo” por los países del antiguo Bloque Soviético y en la propia Rusia, pude apreciar lo que ya sabía: que en ninguno de esos países gobiernan los comunistas, ahora que hay elecciones libres y, en vez de tanques (Hungría, 1956; Checoslovaquia, 1968), hay papeletas y urnas electorales.

De hecho, para animarme con la temática, decidí releer tanto las memorias, “An American life”, como los diarios presidenciales “The Reagan Diaries” de quien se dice que, junto con Juan Pablo II y Margaret Tatcher, acabó con el comunismo: Ronald Reagan. Leerlas por segunda vez y pasear por la formidable Plaza Roja de Moscú fue toda una experiencia. Y, por cierto, en Rusia, tampoco quieren saber nada del antiguo PCUS: votan mayoritariamente a Putin, o a su sucesor, Medvedev. Tipos fascinantes, ambos dos. Me llamó la atención que, en el segundo número de agosto de Newsweek, su editor internacional, y presentador de CNN, Fareed Zakaria, afirmara que “los republicanos acusan a Obama de querer hacer de los Estados Unidos un país como Rusia, comunista, sin darse cuenta de que Rusia ya no es comunista”. Doy, fe, porque estuve en Rusia y porque, si no me equivoco, Putin ganó dos elecciones con mayoría muy absoluta, sin ser comunista, sino nacionalista.

La economía, protagonista de la actualidad

En agosto, además de un Obama que intenta sacar adelante su reforma sanitaria contra viento y marea, generando un impresionante debate en todo el país (en las televisiones americanas no se hablaba de otra cosa y se han celebrado “town halls” sobre la cuestión en casi todos los pueblos de América), también se habló mucho de economía. Japón anunciaba que salía de la recesión (crecimiento del PIB del 1%), al igual que Francia y Alemania (crecimientos del PIB del 0,3%). Al final del verano, España confirmaba que, en términos interanuales, decrecía un 4,2% y el empleo decrecía un 7%, en el segundo trimestre del año. Como todos sabemos, el mes de agosto ha acabado con un cambio de gobierno, en Japón (de derechas, al centro izquierda) y, en España, con una anunciada subida de impuestos. Por su parte, China confirmaba un crecimiento cercano al 8% de su PIB en el primer semestre del año. Sin subidas de impuestos, creo (estoy seguro).

Sigo absolutamente convencido de que si alguien nos va a sacar de la recesión va a ser Estados Unidos. Una economía de demanda, consumista y capitalista, como la suya, necesariamente “tira” de los demás, cuando se recuperan el consumo y la inversión. Al fin y al cabo, los chinos fabrican y exportan lo que los demás consumimos y, por tanto, compramos.

Me encanta la actitud de Obama hacia el mundo de los negocios: por un lado, rescata y estabiliza el sistema financiero y, con sentido común, culpa a muchos irresponsables de Wall Street. Pero eso no le impide creer en la economía de libre mercado: en declaraciones exclusivas a Business Week, del 29 de julio, Obama afirmaba que cree tanto en la economía de libre mercado como en la necesidad de un gobierno más eficaz y eficiente.

Su actitud ante el mundo de los negocios no parece estar marcada por prejuicios: se reúne semanalmente con líderes empresariales y les escucha y pide opinión: come y cena con presidentes de empresas como Intel, UBS, General Electric, Kodak, etc. Dice que va poner en marcha más políticas antitrust (especialmente en el sector tecnológico), para liberalizar más el mercado, lo cual redundará en beneficios para los ciudadanos.

Ahí no creo que tenga problemas: todavía no se conoce la existencia de presidentes de gobierno socialistas en Estados Unidos. Y algunos de los mejores presidentes norteamericanos (FDR, JFK o Clinton) han sido Demócratas, que no es sinónimo de socialista.

Donde sí se va a encontrar oposición, y fuerte, va a ser en la famosa reforma del sistema sanitario. Coindicí en Gdansk (en la misma ciudad polaca en que el sindicato Solidaridad inició sus huelgas en 1970 y en 1980 contra el régimen comunista, en pro de los derechos de los trabajadores y de un régimen democrático) con una familia californiana: a los cinco minutos de empezar a comer, ya estábamos hablando de la reforma sanitaria: y, a pesar de ser demócratas, decían estar en contra de las políticas de Obama. Estas mismas actitudes las reflejan las encuestas, que muestran una mayoría de norteamericanos (de ambos partidos) contrarios a la cobertura universal de tipo europeo que disfrutamos nosotros. No voy a entrar en el porqué de este debate, porque daría para varios, muchos libros y no es objeto de esta reflexión. Pero nadie podrá negar que el liberalismo corre por las venas de los norteamericanos, que saltan a la primera de cambio cuando oyen de una posible intervención estatal en sus vidas y negocios.

Buenas noticias para Obama, en el frente económico: a mediados de mes, con un Bernanke renovado en su puesto por Obama (le nombró Bush, en 2006), la FED decía que la economía americana se estaba estabilizando; al mismo tiempo, un panel de economistas afirmaba en The Wall Street Journal que la recesión, en USA, se está ya acabando. Desgraciadamente, no es el caso de España, donde el desempleo seguirá creciendo, y el consumo bajando: y, con la combinación de ambos, la confianza de la gente de la calle no despega, sino que se hunde, y así no saldremos de la crisis. Y, con subidas de impuestos, menos.

El 19 de agosto se celebraron dos aniversarios interesantes: el quinto de la salida a Bolsa de Google (todo un fenómeno, no se puede negar) y el vigésimo del “picnic” que en 1989 se celebró en la frontera entre Hungría y Austria: de repente, y sin que las tropas soviéticas lo impidieran (¡Gracias Gorbachev!), miles de alemanes del Este pasaron a Hungría y de ahí a Austria y de ahí al lado libre del Muro de Berlín. El muro caía meses después, el 9 de noviembre, “del otoño del cambio”.

No quiero acabar hablando de algo tan sórdido como de la recesión (continua, sempiterna) en España: según Almunia, Comisario Europeo de Economía, en España, la crisis, por sus factores endógenos: construcción y desempleo en caída libre, durará un año más que en el resto de Europa, donde según, “The Conference Board”, ya se vislumbra la recuperación.

Prefiero acabar hablando del senador Edward Kennedy, último patriarca de la familia Kennedy, fallecido el 26 de agosto. Como muy bien dijo el Presidente Obama, en su funeral, “Kennedy ha sido uno de los políticos más importantes de los últimos cincuenta años”. No gobernó, como sus hermanos Jack, Presidente, y Bobby, Fiscal General. Pero tampoco murió asesinado. Durante 46 años sacó adelante muchísimas leyes a favor de los derechos civiles, de las minorías y de los desfavorecidos. Una de las últimas, una reforma de la inmigración, junto con John McCain y el Presidente George W. Bush, que desgraciadamente no pudo salir adelante, debido a la oposición republicana. (Y eso que McCain y Bush, creo, eran y son republicanos).

Se han publicado millones de páginas sobre Teddy Kennedy, últimamente, así que no diré lo obvio. Tan sólo destacaré su capacidad para hacer amigos, incluso entre sus oponentes políticos. Nancy Reagan, mujer del ex Presidente, en una carta muy sentida, explicó que su marido y Kennedy, a pesar de no estar de acuerdo en casi nada, eran muy amigos, y que la gente se hubiera sorprendido de saber el mutuo aprecio personal que se tenían. Bien por Reagan y bien por Kennedy. Descanse en paz.