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lunes, 11 de noviembre de 2013

Consecuencias económicas y electorales del acuerdo en Estados Unidos

"Es hora de que el país mire hacia adelante". Con estas palabras, el presidente Obama quiso poner fin a la crisis vivida en Estados Unidos en las últimas dos semanas, con el cierre parcial del gobierno y la posibilidad de que Estados Unidos cayera en una suspensión de pagos, por vez primera en su historia. De hecho, tras firmar la ley que permite que el gobierno vuelva a disponer de fondos y que el límite del techo de gasto se extienda hasta el 7 de febrero, Obama ya ha puesto encima de la mesa sus prioridades para los próximos meses: quiere que se apruebe la reforma de la inmigración -promesa electoral- y que, para mediados de diciembre de 2013, republicanos y demócratas alcancen un acuerdo a largo plazo "sobre ingresos y gastos" que garantice que, durante los próximos diez años, el país no se gobierna "a golpe de crisis" y se acaba con la intertidumbre que atenaza las economía norteamericana y mundial cada vez que hay que aprobar un presupuesto anual o se acerca la fecha tope del techo de endeudamiento del Gobierno.

No hay que olvidar que ya son tres años en que se ha vivido una situación como la actual: en agosto de 2011, el Speaker of the House, John Boehner y el Presidente Obama alcanzaron un acuerdo en la undécima hora, en el último momento, para evitar el desastre. Ya entonces, la intertidumbre pasó factura a Estados Unidos: la agencia de calificación crediticia Standard & Poors rebajó un grado la triple A a la economía norteamericana. Ahora, tres años más tarde, ha sido Fitch quien ha puesto en vigilancia la calificación crediticia de Estados Unidos. En agosto de 2011 se acordaron los recortes de gasto público conocidos como "Sequestration" que, en caso de no haber acuerdo sobre el presupuesto y el límite de techo de deuda del gobierno federal, entrarían en vigor el 1 de marzo de este año. Como anticipamos a finales de 2012 en el diario Cinco Días, esos recortes entraron en vigor el 1 de marzo y, como consecuencia, tan solo en el ejercicio fiscal actual, casi 750.000 funcionarios han perdido su puesto de trabajo, se le ha restado medio punto (-0,5%) al crecimiento económico y programas esenciales del Gobierno -tanto sociales como en defensa- han sido recortados en su financiación. El acuerdo de la madrugada del 16 al 17 de octubre de 2013 no va a parar los recortes del gasto públicos iniciados con el Sequestration.

De hecho, a pesar del acuerdo alcanzado, una parte sustancial del mal, ya está hecho. El cierre parcial del gobierno -con cientos de miles de funcionarios sin trabajar ni cobrar- tiene efectos sobre el crecimiento económico. En el cuarto trimestre del año (T-4), el Producto Interior Bruto se verá mermado en un -0,3%, algo en lo que coinciden tanto S & P como las firmas de consultoría económica Macroeconomics Advisers y ADVICE Strategic Consultants. Las ganancias empresariales de firmas muy importantes en Wall Street se verán resentidas: más de 100 de las 500 empresas que componen el Índice S&P 500 ya han emitido profit warnings: es decir, avisan que ganarán menos debido al cierre parcial del gobierno durante los pasados dieciséis días. Puede que el Gobierno norteamericano no tenga un peso tan fuerte -en tamaño- como los gobiernos europeos, por ejemplo. Pero, en términos económicos, el gobierno estadounidense actúa como "multiplicador del crecimiento". Enteras industrias tienen una fuerte relación con el gobierno: las tecnologías de la información (Intel, Google, IBM, Microsoft, Hewlett-Packard, y tantas otras), la energía (petróleo, gas, electricidad, renovables), la gestión de infraestructuras, el turismo, las telecomunicaciones, la aviación y, por supuesto, DEFENSA (Boeing, Lockheed, entre otras). Si el gobierno no puede pagar nóminas, tampoco puede pagar proveedores y muchas de estas empresas son proveedoras del gobierno federal.

Todo este fiasco ha tenido un efecto directo en la confianza empresarial y en la de los consumidores. Las encuestas de la Reserva Federal y las del Tesoro dicen que la confianza de los empresarios -un índice que los economistas traducimos en algo tan concreto y tangible como la intención de las empresas de invertir- ha caído quince puntos desde que se inició la crisis actual. Y, tanto Gallup como la Universidad de Míchigan nos dicen que, en las dos primeras semanas de octubre de 2013, el índice de confianza de los consumidores ha caído casi 20 puntos, alcanzando su nivel más bajo desde el inicio de la crisis económica, y la quiebra de Lehman Brothers a mediados de septiembre de 2008. Que se resquebraje la confianza de los consumidores es esencial en una economía que, como la norteamericana, tiene un componente esencial en el consumo, porque supone el 71% de su Producto Interior Bruto. 

Una incertidumbre similar se ha extendido en el sector de la construcción y en el mercado inmobiliario. Uno de los síntomas de la recuperación económica iniciada en Estados Unidos en junio de 2009 -además del crecimiento económico y la creación de empleo-, ha sido el aumento del número de transacciones de compraventa de viviendas y que el precio de la vivienda no ha parado de aumentar a un ratio del 12-15% cada trimestre desde junio de 2009. En Estados Unidos, como indica el Índice S&P-Case Shiller, que aumenten tanto las transacciones como el precio de la vivienda es una buena noticia porque es síntoma de recuperación económica. Otra cosa es que, como han puesto de relieve los estudios del recién premio Nobel de Economía, Shiller, haya que evitar la formación de burbujas en la fijación de los precios de los activos, en este caso, concretamente los inmobiliarios, como ya defendió en 2003 en su obra "Irrational Exuberance".

La incertidumbre ha afectado a los inversores en deuda pública norteamericana. China tiene en sus manos casi 1,3 trillones de dólares americanos en deuda pública extranjera, que supone en torno al 22,9% del total de deuda emitida. Si Estados Unidos no hubiera podido pagar a los inversores, la huída de inversiones hubiera sido mayúscula. El problema es que la tan sola posibilidad de que esto hubiera podido suceder, ha tenido un efecto muy negativo en la reputación y el prestigio de la economía americana como "valor seguro y valor refugio en el que invertir", como también lo es el dólar. En la lucha por la primacía económica y geopolítica mundial, China se frota las manos. El primer ministro chino declaró que "ya es hora de que se acabe la primacía económica norteamericana". Como si estuviéramos en los tiempos de la guerra fría, entonces Moscú, ahora, Beijing quieren disputar a Estados Unidos el liderazgo mundial. La crisis derivada de la falta de acuerdo hubiera sido desastrosa, para la economía mundial, sí, pero como se deduce de las declaraciones de Le Kiang, "a río revuelto, ganancia de pescadores", siendo, en este caso, los chinos quienes pescan.

El acuerdo alcanzado por el Senado y la Cámara de Representantes supone que el gobierno federal dispondrá de fondos hasta el 15 de enero y la fecha límite para el techo de endeudamiento del gobierno -hoy, en 16,7 trillones de dólares americanos- se extiende hasta el 7 de febrero. Es decir, no se ha resuelto el problema de fondo, sino que se ha ganado tiempo para, durante los próximos meses, seguir negociando. El presidente Obama lo ha dejado claro: quiere que para el 13 de diciembre haya un acuerdo bipartidista entre republicanos y democratas para que, durante la próxima década, "la cuestión de los ingresos -impuestos- y el gasto público, esté encauzada". Gobierne quien gobierne, Estados Unidos no puede estar cada año al borde del precipicio, sea fiscal, presupuestario o de deuda. 

Sin embargo, ha habido acuerdo, aunque sea temporal y parcial. Los números son elocuentes: en el Senado han votado 81 senadores a favor y 18 lo han hecho en contra. Y hay que tener en cuenta que la mayoría demócrata en el senado es my exigua, lo que significa que muchos senadores republicanos han votado a favor del acuerdo. En la Cámara de Representantes, donde los republicanos tienen mayoría, han sido 285 los congresistas que han votado a favor y 144 lo han hecho en contra. Esto significa que ha habido disenso y división dentro de las filas republicanas. 87 congresistas republicanos han votado a favor; todos los demócratas (198) votaron a favor. 

La gran cuestión es porqué los republicanos -o una parte importante de sus miembros en ambas cámaras- han votado a favor del acuerdo. La respuesta hay que entenderla en clave electoral. Y, en noviembre de 2014 habrá elecciones de mitad del segundo mandato de Obama. Las encuestas -las haga quien las haga, es decir, con independencia del signo político- penalizan a los republicanos porque la población les culpa por su actitud y comportamiento obstruccionistas. Ejemplos: una encuesta reciente del diario The Wall Street Journal -no sospechoso de ser simpatizante del presidente Obama- da como resultado que "el 53% de los norteamericanos culpa a los republicanos de la actual crisis presupuestaria y de poner en riesgo la economía del país". El tracking diario de ADVICE Strategic Consultants dice que el índice de aprobación de la gestión del presidente Obama pasa por mínimos históricos: está en el 43,9%. Pues bien, el del Congreso (Senado y Cámara de Representarntes) es aún mucho peor: un escaso 10%, con el 85% de los norteamericanos afirmando que están muy insatisfechos con la forma en senadores y congresistas hacen las cosas.

Es verdad que la sociedad norteamericana está muy dividida y polarizada. Muchos están en contra de la reforma de la sanidad que lleva el nombre de "Obamacare", aprobada por el Senado, la Cámara de Representates y la Casa Blanca en marzo de 2010. Pero que una parte pequeña -aun muy influyente- del partido republicano, compuesto por miembros del Tea Party haya hecho de la anulación de la reforma sanitaria de Obama la piedra angular del apalancamiento para sacar adelante el presupuesto federal para 2014 y ampliar la fecha límite del techo de deuda es algo que ha pasado factura -y muy cara- a los republicanos. Con su sistema electoral indirecto mediante delegados, un partido político no gobierna en Estados Unidos si no tiene un mínimo del 45% del favor de los votantes. Hoy, la estimación de voto para el partido republicano es del 30%. Ciertamente no todos los republicanos salen mal parados. Es muy probable que "paguen justos por pecadores" y que republicanos moderados sean penalizados por los votantes. En cambio, la minoría que representa al Tea Party saldría beneficiada en elecciones primarias republicanas, porque sus votantes premiarán a los candidatos más radicales. Esto será bueno para ellos, pero no para la gran mayoría de políticos republicanos. Las perspectivas electorales para un candidato demócrata presidencial en 2016 mejoran sustancialmente. Y la reforma sanitaria de Obama está para quedarse.
 
Publicado previamente el 17 de Octubre de 2013 en mi Blog en Cinco Días EE.UU y mercados emergentes

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Hillary Clinton, Presidenta, 2016

Empiezo por el final: las probabilidades de que Hillary Rodham Clinton sea candidata demócrata presidencial en 2016 aumentan cada día exponencialmente. He escrito mucho sobre esta materia durante la segunda mitad de 2012 y la primera mitad de 2013. Tuve dudas, como muchos, pero cada vez más esas dudas se están disipando; paulatinamente, tengo más claro que Hillary está seriamente considerando presentarse a las elecciones presidenciales norteamericanas y, esta vez sí, para ganarlas. 

Pasé de incrédulo a creyente cuando el fin de semana del 9 de agosto de 2013, el PAC (Political Action Committee) denominado “Ready for Hillary”, organizó un acto con famosos y millonarios a favor de su candidatura. Ya conocía otros dos PAC a favor de Hillary con los que estoy en contacto hace mucho tiempo. Pero “Ready for Hillary 2016” es muy especial, porque con independencia de que recauda fondos para su campaña electoral, está compuesto por muchas de las mujeres que han acompañado a Hillary en los últimos veinte años y, cuando fue Primera Dama (1993-2001), tuvieron su propio espacio físico en la Casa Blanca y se les denominó “Hillaryland”.

La senadora de Missouri Claire McCaskill había sido una ferviente creyente en la causa de los Clinton a finales de los años ochenta y primera mitad de la década de los noventa. Pero cuando estalló el escándalo de “Mónica”, McCaskill se alejó de Bill y de Hillary. Durante las primarias demócratas de 2007 y 2008, esta senadora “traicionó” a los Clinton y dejó de apoyarles para pasarse al bando de Barack Obama. Incluso, llegó a decir que “no confiaría en Bill Clinton si estuviera cerca de mi hija”, en alusión al apetito sexual del presidente, famoso durante décadas por sus devaneos extramatrimoniales. Hoy, cuando Hillary pudiera ser caballo ganador –el partido conservador o republicano, el GOP, tiene una fuerte crisis de identidad, de valores y principios, con demasiadas corrientes enfrentadas en su seno y, lo que es peor, va en contra de las tendencias demográficas de Estados Unidos- y a su partido no se le conocen otros candidatos, McCaskill vuelve a casa, es decir, al seno de los Clinton, formando parte de ese PAC.

La trayectoria profesional de Clinton es impresionante. La sigo de cerca desde que su marido ganó las elecciones presidenciales de noviembre de 1992, arrebatando la presidencia –y un segundo mandato- a George Bush padre. Recuerdo que aquella noche yo estaba en la fiesta que organizaba la Embajada norteamericana en España, escuchando feliz la canción-lema de la campaña electoral de los Clinton: “Don’t stop thinking about tomorrow”. Han pasados dos décadas, pero lo recuerdo como si fuera hoy. Clinton venía de “Hope” (esperanza), de un estado del sur, Arkansas, hijo de una familia pobre y desestructurada. La presidencia de Bill Clinton generó más riqueza que ninguna otra en todo el siglo XX: crecimiento medio del PIB del 3,5% y 22 millones de empleos creados en ocho años. Los tres últimos presupuestos federales de Clinton (1998, 1999 y 2000) arrojaron superávits que Bush hijo aprovechó para llevar a cabo bajadas de impuestos que Obama ha mantenido hasta muy recientemente, con la excepción, en el último presupuesto, del famoso “1%, o los que ingresan más de 200.000 dólares al año individualmente o 250.000 en pareja”.

No voy a escribir ahora sobre la presidencia de Bill Clinton, y tampoco sobre la trayectoria y logros de Hillary. He dedicado 20 años de estudio a esta formidable pareja: le leído miles de periódicos y
revistas y algo más de 400 libros. Ahora, cuando preparo mi tercer volumen sobre el presidente Obama (los primeros fueron “Obama y el liderazgo pragmático”, Profit, 2010; y “La Reinvención de Obama”, LID, 2011), me encuentro leyendo no menos de cuarenta volúmenes sobre Hillary (y sobre Bill).
Es inevitable. Un poco más arriba, escribí sobre “lo que se comenta en Washington”, entre la clase política norteamericana. En cambio, lo que se refiere a Hillary afecta a toda la nación americana y a prácticamente todo el planeta. Recuerdo que, cuando finalizaba y firmaba en Amán (Jordania), mi primer libro sobre el presidente Obama, en enero de 2010, leí una encuesta de Gallup sobre las mujeres más populares e influentes del mundo: una vez más Hillary Clinton aparecía la primera en ambos rankings. 

Voy a reiterar algo que ya escribí hace años: en su momento (2007 y 2008) apoyé la candidatura de Clinton y, cuando Obama se convirtió en candidato presidencial, me volqué por completo en Obama. Escribí largo y tendido sobre el acuerdo –tanto lo público como lo privado- entre Obama y Clinton. Obama se hizo cargo de las deudas de la campaña electoral de Clinton (10 millones de dólares); Clinton formaría parte del Gobierno de Obama, en caso de victoria y, en el futuro, Clinton recibiría el apoyo de Obama. Todo se ha cumplido al pie de la letra: por tanto, me alegro de haberlo publicado hace cuatro años, antes de que sucediera.

Clinton fue una excelente primera dama, cuando su marido fue presidente. Es cierto que voy a evitar entrar en toda polémica sobre su figura. Muchas mujeres conservadoras no la apoyan, porque difieren de sus puntos de vista. Muchas mujeres liberales no perdonan a Hillary que, cuando estalló el escándalo de las infidelidades del presidente en la Casa Blanca, “no le diera la carta de despido para no poner en peligro sus aspiraciones presidenciales”. En su libro de memorias “Living Memory”, Hillary da la siguiente explicación: “además de mi marido, era mi presidente”. Posiblemente, sus palabras no se entiendan desde una perspectiva europea: pero sí son comprensibles desde los ojos norteamericanos, donde el patriotismo (amor a la Patria) es un valor muy fuerte. 

Durante sus ocho años en la Casa Blanca, Hillary procuró sacar adelante una Reforma de la Sanidad incluso más radical que la de Obama de marzo de 2010, que provee cobertura sanitaria a 30 millones de norteamericanos que hoy no tienen ninguna. La forma y el fondo de aquella reforma le costaron al partido demócrata las elecciones de mitad de mandato de 1994, en que arrasaron los republicanos, tomando por vez primera en 60 años el control de la Cámara de Representantes. Como Primera Dama, Hillary luchó por los derechos humanos y por los derechos de las mujeres (“los derechos de las mujeres son derechos humanos”, dijo en Pekín en 1995, dando una fuerte patada en el trasero a los dirigentes comunistas).

Hillary pasó ocho años como “senadora junior por Nueva York”, familiarizándose con todo lo relativo con las fuerzas armadas norteamericanas, puesto que formó parte de la Comisión del Senado que se encarga
de dichos asuntos. Mientras tanto (2000-2008), su marido puso en marcha de manera exitosa y  floreciente la “Clinton Global Initiative”, un think tank de alcance mundial donde se dan cita millonarios, políticos, estadistas, banqueros, expertos en tecnologías de la información…; se discute y se buscan soluciones a problemas, como el hambre en el mundo, el acceso al agua y la vivienda en África y muchos países del Tercer Mundo: escribo estas líneas cuando Bill Clinton se encuentra en África intentando solucionar algunos de estos problemas en Tanzania. Ha publicado tres libros francamente buenos: el primero, de memorias, y los otros dos (“Giving” y “Back to work”) expresan sus ideas sobre el mundo del trabajo, los negocios, la economía y la beneficencia.

Hillary Clinton ha desempeñado un buen papel como secretaria de estado. Es anecdótico, pero ha viajado a más países que ningún otro secretario de estado antes que ella (130) y recorrido más kilómetros que ningún otro. Aunque tiene ideas propias, ha sido muy comedida en cuestiones de política internacional, sabiendo que ella tiene que expresar las ideas del presidente Obama. Quizá por eso, dejó las negociaciones concretas de temas espinosos en manos de diplomáticos expertos como George Mitchell (Oriente Medio) y Richard Holbroke (Irak, Afganistán). Algunos, como el director de Foreign Affairs han criticado a Clinton porque “no se haya mojado en asuntos complejos, para no comprometer su futura candidatura presidencial”. No digo que no, pero tampoco ha evitado Clinton ningún conflicto: China, Corea del Norte, Irán, Afganistán, Irak, Pakistán, Oriente Medio (Israel y Palestina), Rusia, etc. No voy a entrar en detalle en ninguno de estos temas porque estoy preparando un extenso libro sobre la materia.

Una periodista libanesa que ha seguido de cerca a Clinton durante sus cuatro años en Foggy Bottom (The
Building, la sede de la secretaría de estado estadounidense, en Washington), Kim Ghattas, ha publicado recientemente un libro sobre Clinton al frente de la política exterior americana: “The Secretary”, y la propia Hillary, entre conferencia y conferencia (por la primera cobró 750.000 dólares), escribe su segundo libro de memorias, que abarca el período 2000-2012; es decir los ocho años como senadora por Nueva York y los cuatro como secretaria de estado.

Si cabe, es más interesante, aun, la perspectiva electoral. Jamás se había publicado tanto sobre las elecciones en Norteamérica como en 2008 y 2012. Sobre las elecciones de 2008, históricas no porque se usaran las redes sociales, sino porque resultó victorioso un afro americano, ya he leído más de 200 libros. Y, sobre las elecciones de 2012, que también ganó Obama, ya he detectado casi cuarenta títulos. Lo más llamativo de estas obras es que resaltan el cambio radical electoral y demográfico que se ha producido en Estados Unidos en estos años y que alumbran un cambio de ciclo iniciado en 2008 que continuará en 2016: en otras palabras, si Obama no lo hace del todo mal, la victoria demócrata en 2016 estará asegurada. Y, si se presenta Hillary Clinton, volverá a ser una elección histórica, al convertirse en la primera mujer presidente y comandante en jefe de Estados Unidos (“Barack Obama and the new America: the 2012 election and the changing face of politics” de Larry Sabato; “After Hope and Change”, de James Caeser; “Collision 2012: Obama vs Romney and the future of elections in America”, de Dan Baltz: todos libros publicados en el segundo trimestre de 2013).


Publicado previamente el 14 de agosto de 2013 en mi Blog de Cinco Días EE.UU y mercados emergentes

Lo que se comenta en Washington ahora

Los entornos políticos de Washington son un microcosmos que tienen poca relación con lo que sucede, se dice o se piensa en el resto de Estados Unidos. Políticos, lobistas, analistas y periodistas componen un
ecosistema aislado del resto de la capital del país y, sobre todo, de los 311millones de norteamericanos. Eso sí, son un círculo de poder e influencia nacional e internacional de primer orden. Quizá por este motivo, a esta burbuja compuesta por unos pocos miles de personas, ha impresionado tanto que un medio de comunicación tradicional como The Washington Post sea adquirido por el magnate de internet y fundador de Amazon. En realidad, no es cierto que el nuevo orden se haya comido una columna vertebral del viejo orden: desde 1995, cuando vendía libros a través de Internet desde su garaje, Bezos entendió que Internet era un canal adicional de venta, aunque, eso sí, extremadamente barato para el consumidor, porque elimina el margen de la intermediación.

La forma en que los nuevos medios de comunicación digitales han difundido mundialmente los escándalos sobre el espionaje norteamericano, difundido por Bradley Manning y Edward Snowden, también han causado sensación en Washington. El poder político seguramente hubiera podido actuar, con la ley en la mano, para evitar la publicación en medios de comunicación, de secretos oficiales, acudiendo a argumentos como la necesidad de preservar la seguridadnacional. Y, aun así, The Washington Post desveló el escándalo del Watergate que acabó con la presidencia de Nixon, y tanto ese diario como The New York Times publicaron los “papeles secretos del Pentágono”, sobre la Guerra de Vietnam.

Hoy, el debate en la clase política es si –y cómo- se puede actuar legalmente contra medios de comunicación en Internet sobre los que es muy difícil ejercer un control. En el mejor de los casos, Washington ha demostrado que quizá pueda actuar contra los filtradores de las informaciones, como le ha sucedido al soldado Bradley Manning, condenado por un tribunal militar a 90 años de cárcel (inicialmente, 136 años) por filtrar a Wikileaks 700.000 documentos oficiales sobre el comportamiento del ejército y las agencias de inteligencia americanas en las guerras de Irak y Afganistán. Sin embargo, Snowden sigue viviendo libérrimo en Moscú, donde finalmente el presidente ruso, Vladimir Putin, le ha concedido asilo político: el presidente Obama, no sorprendentemente, ha dicho sentirse “decepcionado” por la decisión rusa, añadiendo que, desde que él es presidente, los rusos han mantenido un comportamiento propio de la Guerra Fría, derivado de una mentalidad que no ha cambiado desde la finalización de la Guerra Fría en noviembre de 1989. 

Versus lo que se comenta, dice o escribe en Europa, o incluso lo publicado por algunos medios de comunicación norteamericanos que han encargado encuestas entre población general sobre la materia, entre la clase política en Washington no hay debate sobre si hay que elegir entre mayores libertades y seguridad nacional. Desde los atentados del 11 de Septiembre de 2001, la clase política norteamericana optó por defender a las personas, aun a costa de la libertad. Cierto, el presidente Bush invadió dos países, desatando
las guerras de Irak y Afganistán, mientras que Obama ha puesto fin a esas dos guerras; con el primero, tuvo lugar la tortura, que Obama dio por terminada, pero si Bush abrió Guantánamo, ciertamente, Obama no la ha cerrado y, si bien el presidente demócrata ha evitado la guerra, también es verdad que ha multiplicado por 1.000 el uso de drones o aviones letales no pilotados. Con Bush hubo espionaje y con Obama también. Para la clase política norteamericana estas son cuestiones de estado, y no de partido, por lo que trascienden las estrechas líneas de la izquierda y la derecha.

Algunos especulan sobre, si con Bush, hubiera habido guerra con Irán, para evitar que consiga desarrollar armas nucleares con las que aniquilar el estado de Israel, como claman los líderes políticos iraníes. Es un
futurible que solo se habría resuelto de haber continuado Bush en la presidencia –cosa imposible, legalmente- cuatro años más. Obama ha preferido optar por el incremento de las sanciones económicas, con el apoyo de Naciones Unidas y el concurso de China y Rusia. Desde principios de julio, los iraníes
tienen un nuevo presidente, Hassan Rohuani, que promete bastante más que sus predecesores. Rohuani es un clérigo educado en la ciudad santa iraní de Quom,que ha estado vinculado al poder, desde los inicios de la Revolución de los Ayatolás del año 1979. Es un hombre que sabe cómo siente el iraní de la calle, la gente corriente: son muchos millones de personas a quienes preocupa la economía, el trabajo y la calidad de vida; los tres están hoy maltrechos, fruto de las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos. Por eso, Rohuani parece querer poner menos énfasis en la ideología y más en la necesidad defortalecer y mejorar la economía. Para lo cual, el nuevo presidente iraní sabe que necesita que Occidente levante el pie del acelerador de la presión sobre el país. Y ése es el motivo de que –desde que fue elegido hace menos de un mes- Rohuani haya dicho, hasta en tres ocasiones, que quiere negociar con Occidente y, sobre todo, con Estados Unidos. En Washington hay bastante expectación sobre cómo evolucionan las relaciones con Irán, puesto que, en los últimos doce años, muchos han sido los momentos de tensión, que podrían haber acabado en una intervención militar norteamericana. 

También hay buenas vibraciones en Washington sobre la reanudación del Proceso de Paz en Oriente Medio. Lleva tres años estancado, desde que, en 2010, Obama y Hillary Clinton pusieron presión en Israel sobre
los puntos centrales de la negociación: fronteras, dos estados, estatus de Jerusalén y asentamientos. Los israelíes, con Netanyahu, no estuvieron dispuestos a ceder en nada, y tampoco Hillary Clinton –quizá pensando en su posible candidatura presidencial en 2016, cuando necesitará el apoyo del lobby judío
norteamericano- quiso poner excesiva presión sobre Israel. Hoy, con John Kerry en la secretaría de estado, parece que se dan las circunstancias ideales para que, en Washington, se reanuden las conversaciones entre Israel y Palestina. Almenos, el gobierno de Israel y la Autoridad Nacional Palestina, están
dispuestos a hablar. Queda pendiente que Hamás, que gobierna en Gaza, se sume al acuerdo. La última vez que se vio en Washington una predisposición al acuerdo fue en el año 2000, con las negociaciones de Camp David impulsadas por Bill Clinton, que acabaron en nada, debido a la obstinación de Yasser Arafat.

Oriente Medio está muy presente en Washington este verano. 20 embajadas norteamericanas han sido cerradas, debido a que Al-Qaeda podría querer atentar contra intereses estadounidenses en países musulmanes de Oriente Medio: Jordania, Siria, Egipto, Yemen, Arabia Saudí, etc. Más aún, las comunicaciones que los servicios de espionaje norteamericanos han interceptado al líder de Al-Qaeda, Al-Zawahiri (egipcio, y segundo de a bordo con Bin Laden), dejan claro que este verano los terroristas islámicos podrían atentar contra turistas estadounidenses en todo el mundo. Los ataques en Libia de septiembre de 2012 que acabaron con la vida del embajador norteamericano en Benghazi, ya pusieron
de manifiesto que la amenaza de Al-Qaeda sigue vida, a pesar de la muerte de Osama Bin Laden en mayo de 2011. Su asesinato cerca de la capital de Pakistán, añadió tensión a las relaciones entre Estados Unidos y Pakistán, ya de por sí bastante estresadas, debido al uso de los drones norteamericanos en tierra pakistaní. Obama va a intentar recuperar esas relaciones, poniendo énfasis en la diplomacia que dirige Kerry. 

Lo que sucede en Egipto no deja de resonar fuertemente en Washington, a quien los medios de comunicación occidentales acusan de hipocresía: primero –y durante 30 años-, Washington apoyó el régimen militar de Mubarak, porque mantenía a los islamistas bajo control. Hubo elecciones libres tras la Primavera Árabe y, para sorpresa de muchos –que ignoran la realidadsocial en los países árabes- ganaron los Hermanos Musulmanes. Tras un año de gobierno del presidente Morsi, los militares (de Mubarak) han dado un golpe de estado, apoyados por egipcios secularistas como Ali El Baradei, que han apartado del poder a los Hermanos Musulmanes. Aquí hay dos cuestiones –y lo decimos, habiendo visitado varias veces buena parte de los países árabes y de Oriente Medio: los árabes tienen la fuerte sensación de que, desde Occidente y muy especialmente desde Norteamérica, se apoya la democracia en Oriente Medio, siempre y cuando quien gane las elecciones sean partidos no islamistas, sino secularistas; y, en segundo lugar, cada vez que hay elecciones libres, ganan los islamistas. Por eso no hay elecciones libres en Jordania o en Arabia Saudí,con el apoyo explícito de Estados Unidos. Ya hubo elecciones libres en Palestina, en 2007, y casi arrasaron los terroristas de Hamás, para escarnio de George Bush y Condolezza Rice, que impulsaron aquellos comicios. 

En Washington, hoy, hay bastante precaución sobre cómo proceder en Egipto: los senadores Graham y McCain han visitado Egipto, en estos días primeros de agosto, para pedir a los militares que devuelvan el poder a la democracia. Y, precisamente eso es lo que dicen los militares egipcios que están haciendo…

Dentro de las fronteras estadounidenses, lo que se comenta en Washington tiene fuerte sabor nacional: se especula con el nombre del nuevo presidente de la Reserva Federal (FED), en sustitución de Ben Bernanke. Obama ha dado pistas de que su elección será entre Larry Summers (ex secretario del Tesoro con Bill Clinton y ex presidente del Consejo Económico del presidente Obama) y la vicepresidenta actual de la FED, Janet Yellen. El presidente anunciará su decisión este otoño y el nuevo presidente de la FED tomará posesión en enero de 2014. 

Al mismo tiempo, Obama ha pospuesto hasta enero de 2015 la entrada en vigor de la Reforma Sanitaria que lleva su nombre, “Obamacare”, porque las empresas dicen que no están preparadas para proveer de seguro médico a los empleados. Los congresistas y senadores republicanos, con tal de “matar”esa ley, están dispuestos a bloquear el nuevo presupuesto para 2014, que empieza a discutirse ahora –lleva desde finales de marzo en el horno- y habrá de ser aprobado en otoño. Como en años anteriores, los republicanos prefieren un cierre temporal del gobierno, o que éste no pueda hacer frente a sus obligaciones financieras, con tal de bloquear cualquier iniciativa de Obama: “obstruccionismo” es el lema de los republicanos en Washington, como explica en su obra reciente (“The Center holds”, junio de 2013), Jonathan Alter. Esto no
es nuevo, porque todos los veranos, desde 2009, vivimos la misma situación, hasta que la Casa Blanca y los republicanos alcanzan un acuerdo para elevar el techo de gasto –endeudamiento- del gobierno federal, y aprueban un nuevo presupuesto. En los primeros años de la presidencia de Obama, esta situación
parecía insostenible; hoy es “business as usual”, porque los republicanos nos tienen acostumbrados con su comportamiento. Lo curioso es que el candidato presidencial republicano en 2012, Mitt Romney, haya llamado la atención a sus correligionarios para que se comporten de manera responsable y no provoquen un
cierre temporal del Gobierno: “hay que tener en cuenta las consecuencias del día después; que los soldados no puedan cobrar, se cierren los hospitales o el FBI deje de funcionar”.

Los republicanos tienen un fuerte debate interno, que se refleja en los medios de comunicación, sobre cómo reinventarse para seguir siendo un partido de referencia nacional. La evolución demográfica de Estados
Unidos va en contra del partido republicano (GOP) y pesos pesados del partido (Chris Christie, gobernador de New Jersey y Rand Paul, senador de Kentucky) debaten agriamente entre sí sobre cómo ganar el apoyo de los ciudadanos. Los demócratas –a quienes apoyan latinos, afroamericanos y asiáticos- están ajenos
a estas cuestiones y ponen énfasis en la economía, puesto que las encuestas dicen que economía y empleo son las dos prioridades de los estadounidenses.

Como dijo Obama a The New York Times en una entrevista de finales de julio: “he decidido hablar de economía, al menos una vez por semana; si no, otros temas de menor interés para el público acaban dominando el debate político”. En Estados Unidos, todo lo importante, siempre, se reduce en una palabra: economía.

Publicado el 9 de agosto de 2013 en mi Blog en Cinco Días EE.UU y mercados emergentes

martes, 17 de septiembre de 2013

EEUU vs China, primacía mundial: quién ganará, realmente

El último estudio de investigación de mercado basado en encuesta cuantitativa global de Pew Research, sobre las percepciones que, en todo el mundo, se tiene sobre Estados Unidos y China, no deja lugar a dudas. Cada vez, son más los ciudadanos del mundo que creen que China acabará superando a Estados Unidos en poderío económico. Hasta los norteamericanos temen que, tarde o temprano, su país cederá el testigo de nación más rica y poderosa de la tierra a China. Hace tiempo que, en Estados Unidos, se encuentra muy extendido un sentimiento de falta de fe, en que el país puede seguir ostentando la primacía mundial. Hay mucha literatura al respecto,  especialmente desde 2008 hasta el día de hoy, que citaré más adelante. Aunque una cosa son las percepciones y, otra muy distinta, la realidad.

Tras la caída de Lehman Brothers, el 15 de septiembre de 2008, la percepción de que China va a ser la primera potencia económica de la tierra, se ha ido extendiendo entre millones de personas en todo el planeta. Esto no quiere decir que China sea una nación querida o estimada, o que lo sea más de lo que son queridos los Estados Unidos. América tiene un índice de favorabilidad mundial del 63%, frente al 50% de China. En otras palabras, Norteamérica sigue teniendo mucha mejor imagen positiva global que China. Uno de los motivos, es que todavía son muchos más los que piensan que Norteamérica sigue respetando más los derechos individuales de sus ciudadanos, enormemente más que China. 

El Estudio de Pew Research Center está fechado el 18 de julio de 2013, cuando ya se sabía en detalle, de las filtraciones que el ex trabajador para la CIA (Edward Snowden), había hecho acerca de los programas secretos de la Agencia de Seguridad Nacional, para recolectar datos a través de conversaciones telefónicas y tráfico en Internet. Sin embargo, estas actividades de Estados Unidos son, todavía, aprobadas por una mayoría de americanos: El 24 de junio, una encuesta de TIME/ABT SBRI mostraba que el 48% de estadounidenses estaban de acuerdo con que el gobierno “recolectara información de conversaciones telefónicas, correos electrónicos y búsquedas en Internet, al objeto de impedir ataques terroristas”. El 44% no estaba a favor. 

Más aún, frente a aquellos que consideran a Snowden un héroe, el 53% de americanos afirman que “el Gobierno debería llevar a juicio a aquellos que filtran material clasificado que pueda poner en riesgo la seguridad nacional”. Solo el 28% defienden a aquellos que, como el militar Bradley Manning, filtraron información secreta a Wikileaks: Manning ha acabado en los tribunales, acusado de “ayudar al enemigo”. El 70% de la población mundial opina que Estados Unidos respeta los derechos individuales de sus ciudadanos, versus el 36% que piensa lo mismo de China (10.000 ejecuciones al año).

Estados Unidos es visto más favorablemente que China en todas las regiones del planeta, con la sola excepción de Oriente Medio: aquí, solo el 21% de ciudadanos tienen en alta estima a Norteamérica, frente al 45% que “piensan bien de China”. Pero en Asia, donde se percibe a China como una nación “invasora”, el 64% tienen buena opinión de Estados Unidos, frente al 58%. Y en Latinoamérica, con naciones muy críticas con América, como Venezuela, Argentina, Bolivia y Ecuador, la mayoría de sus habitantes tienen buena imagen de los Estados Unidos: el 66% frente al 58% de China.

Uno de los principales motivos por los que se percibe más favorablemente a Estados Unidos que a China, es que son mayoría los que piensan que América es una nación amiga, frente a los que opinan que Estados Unidos es “el enemigo”: el 59% creen que América es nación amiga, frente al 39% que opinan lo mismo de China. 

El rasgo de imagen que más caracteriza a China es la de potencia económica en ascenso, que acabará por destronar a Estados Unidos. Todavía hoy, Estados Unidos sigue siendo percibida como la primera nación de la tierra, pero desde 2008 al 2013, las percepciones a favor de China han evolucionado mucho: en 2008, el 47% opinaban que Estados Unidos era la primera potencia del planeta, frente al 20% que pensaban lo mismo de China. En 2013, son el 41% y el 34%, respectivamente, los que mantienen esas percepciones.
Nos interesan, sobre todo, las opiniones, cara a futuro: el hecho de que se piense que, “en algún momento futuro, tarde o temprano, China será la primera nación económica de la tierra”. Hoy, hasta el 47% de los estadounidenses creen esta idea. Y, lo que es aún más llamativo, los principales socios económicos y comerciales de Estados Unidos también piensan de la misma manera: el 67% de los canadienses y el 57% de los europeos. 

Ya dije más arriba que es bastante abundante la bibliografía que, en los últimos años, ha alimentado la idea de que la supremacía de China es inevitable: “Chinamerica. Why the future of America is China” (Handel Jones, 2010, Mc Graw Hill), “A contest for supremacy: China, America, and the struggle for mastery in Asia”, de Aaron L. Friedberg (2011, Norton), “Advantage”, de Adam Segal (Norton, 2011), “The end of cheap China” (Shaun Rein, 2012, Wiley), “What Chinese want”, de Tom Doctoroff  (Palgrave, 2012), “The China Strategy”, de Edward Tse (2010, Basic Books), “As China goes, so goes the world”, de Karl Gerth (2010, Hill and Wang), y el más importante e impactante de todos los libros sobre la materia: “When China rules the world”, de Martin Jacques (“2009, Allen Lane). 

Mucho más recientemente, se han empezado a publicar libros que ponen en tela de juicio que el ascenso de China al puesto de número uno mundial sea inevitable. El historiador de Harvard David Shambaugh, tras tres décadas de estudiar la economía, política y sociología china, concluye que el poderío de China nunca será global, ni absoluto: El autor ha recogido sus experiencias en una obra publicada en febrero de 2013 titulada “China goes global: the partial power” (Oxford University Press, 2013). La desaceleración de la economía china, ya experimentada lentamente a lo largo de 2012, y de manera más clara en el primer semestre de 2013, podría abonar las teorías de Shambaugh, puesto que China está siendo víctima de sus fuertes desequilibrios sociales y políticos, que afectan al rendimiento y crecimiento de su economía.

Por último, hay una percepción muy fuerte a nivel mundial, cercana al 80%, que favorece a Estados Unidos, frente a China. Es lo que se denomina en anglosajón “soft power”, “poder suave”, versus el poderío militar. Es un concepto que se refiere a la primacía de Estados Unidos desde el punto de vista de la innovación y la tecnología, el sistema capitalista y la forma de hacer negocios, la cultura, el ocio, el cine y la música: todos estos elementos positivos atraen a una inmensa mayoría de ciudadanos del mundo, sin que China tenga nada parecido que ofrecer, para contrarrestar a Norteamérica.

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Sociología, Economía y Política de Estados Unidos a mediados de julio de 2013

Durante cinco años, los índices de aprobación del presidente Obama, entre norteamericanos, han sido positivos: ni la polémica reforma sanitaria ni la reforma financiera le hicieron mella; de hecho, ambos programas fueron llevados a cabo en su primer mandato (2009-2012) y, a pesar de ello, Obama fue reelegido en noviembre de 2012 para un segundo mandato.

Sin embargo, entre abril, mayo y junio de 2013, la imagen del presidente Obama se ha resentido en Norteamérica. A mediados de julio de 2013, le aprueban el 44,6% y le suspende el 49,8%. Tiene, por tanto, un saldo negativo acerca de la percepción de su gestión como presidente, del -5,2%. Algo similar le sucede en los dos puntos fuertes de la política de Obama: economía y relaciones internacionales. Las encuestas de julio de 2013 valoran negativamente al presidente en ambos aspectos.

En cuanto a la economía, el 51% de los americanos piensa que dentro de un año su situación económica será peor que la actual, versus el 45% que opinan que, en doce meses, su calidad de vida mejorará. Dos de cada tres norteamericanos creen que el país se dirige “en la incorrecta dirección”, es decir, que el país está siendo mal dirigido. Solo el 30% creen que la nave económica norteamericana sigue un rumbo adecuado, como de hecho indican los datos: crecimiento económico, empleo, mercados de valores (bolsa, con todos los índices en positivo), construcción y vivienda, todos  en positivo.

Las relaciones internacionales admiten más matices y división de opiniones, porque el 40% están a favor de las políticas de Obama y el 35% están en contra. Unos dicen que Estados Unidos no debería intervenir militarmente en Siria; tampoco vender armas a los rebeldes contra Bashar Al Asad. Otros dicen que Obama debería impulsar el cambio democrático en Egipto, en vez de apoyar a los militares. Muchos creen que Estados Unidos debería ser más duro con Corea del Norte, versus los que piensan que Obama debería sentarse a negociar con Irán, ahora que un presidente menos radical acaba de ser elegido.

Lo que a todos preocupa es China. No solo porque sigue teniendo 1,264 trillones de deuda pública americana (el 26% del total o, si se tiene en cuenta solo la deuda pública que está en manos de inversores privados, excluido el gobierno, ese porcentaje alcanza el 47%), sino porque sigue queriendo disputar a Estados Unidos el papel de primera potencia económica del mundo. Las previsiones de Goldman Sachs, que anticipaban que en 2016 China alcanzaría en PIB a Estados Unidos (no en producto interior bruto per cápita) no se cumplirán, por mucho que Estados Unidos crezca sólo el 2,2% en 2013 y China alcance el 7%. La cuestión es que, para Norteamérica, ese crecimiento, siendo moderado, es suficiente, mientras que en el caso chino, pasar del 8% al 7%, significa poner de manifiesto los fuertes desequilibrios de su economía.

Los chinos están embarcados en una “guerra de ciberespionaje”, por la que organizaciones vinculadas al ejército (“The Comment Group”) espían los ordenadores del Pentágono, la CIA y empresas tecnológicas y medios de comunicación (Wall Street Journal y the New York Times, por ejemplo). Este espionaje ha sido objeto de conversaciones y disputas entre Barack Obama y el presidente chino, Xi Jinping durante todo el año 2013 y, en julio de este año, es el tema central de un encuentro sino-americano del máximo nivel.
Como hemos sabido por las revelaciones de Edward Snowden, también Estados Unidos ha espiado a países amigos y enemigos, al igual que lo hacen Rusia, China, Reino Unido y Francia, entre otros. El Gobierno americano no ha actuado solo, y tampoco lo ha hecho al margen de la ley. Las “Patriotic” y Surveillance” Acts, o Leyes Patriótica y de Vigilancia, permiten que los jueces den cobertura legal a las actuaciones del Gobierno: un total de 550 millones de personas han sido “espiadas en sus comunicaciones”. Siempre teniendo en cuenta que la Seguridad Nacional es lo que estaba en juego o, en otras palabras, evitar atentados terroristas y localizar a sus potenciales autores.

El Gobierno americano ha contado con la colaboración de empresas tecnológicas, operadoras de telecomunicaciones, conglomerados de Internet y redes sociales y los ISP o proveedores de acceso a Internet: Microsoft, Google, Facebook, Apple, Verizon, Yahoo y otras muchas empresas han colaborado con las autoridades: la CIA, la NSA o el FBI. Durante meses, la población general americana no ha penalizado al presidente Obama por ordenar llevar a cabo dichas escuchas; solo recientemente, en la primera mitad de julio, por un mínimo margen estadístico, son más los que no están de acuerdo con Obama –en este punto-, que los que le apoyan. El motivo es sencillo: Obama fue elegido presidente porque prometía “hope and change”, esperanza y cambio; un tipo de política muy diferente de la de su predecesor, George W. Bush. Esto le dio estatura moral y legitimidad: cuando propios y extraños se han dado cuenta de que Obama –como presidente, como comandante en jefe-, actúa de manera parecida a la de Bush, muchos en la izquierda se han llevado las manos a la cabeza. En cambio, Obama está haciendo todo lo posible por avanzar su agenda más liberal, en cuestiones morales, como el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo y el control de armas de fuego.

Esto explicaría una posible electoral demócrata si se celebraran hoy elecciones legislativas, que no tendrán lugar hasta noviembre de 2014. Hoy, al menos, en julio de 2013, los demócratas ganarían a los republicanos por un estrecho margen del +2,4%. Por supuesto, este dato hay que “cogerlo con pinzas”, porque aún falta mucho tiempo para que se celebren esas elecciones. Más aún, históricamente, el partido del presidente no suele ganar esas elecciones de mitad de mandato. Las excepciones más notables en el último siglo, las consiguieron los demócratas con Bill Clinton en 1998 y los republicanos con George Bush en 2002. En el primer caso, Clinton presidía un país en plena expansión económica, y, en el segundo, Bush tenía el apoyo de toda la nación tras los atentados del 11 de Septiembre de 2011.

En cualquier caso, son muchos los que están calentando motores, cara a las elecciones legislativas de 2014 y a las presidenciales de 2016. En el primer caso, los republicanos tienen que poner su casa en orden y, aparentemente, solo un hombre como Marco Rubio –senador por Florida- parece ser capaz de hacerlo, devolviendo a los republicanos su tan necesaria conexión con la actual realidad económica, política y social americana: los republicanos se apoyan en un electorado conservador, blanco y envejecido. Han dejado fuera al 15% de hispanos, el 13% de afroamericanos, y el 8% de asiáticos. Los estudios internos del partido republicano que ha conocido ADVICE Strategic Consultants, dicen a las claras que los republicanos necesitan conectar de nuevo con la sociedad si no quieren convertirse en un partido minoritario, sin posibilidades de gobernar.

En el campo demócrata, destaca Hillary Clinton: quienes la apoyan ya han puesto en marcha la maquinaria electoral, con un Political Action Comittee (PAC), compuesto por expertos de las dos campañas presidenciales de Obama. Clinton prepara su tercera biografía, centrada ésta en su paso por la Secretaría de Estado. Y no para –emulando a su marido- de dar conferencias por todo el país, cobrando por cada una no menos de 200.000 dólares. En una ocasión,  en abril de 2013, ingresó 750.000 dólares por una conferencia. A este ritmo, en 2016 tendrá suficiente dinero como para financiar una exitosa campaña presidencial, en el caso de que decida anunciar su candidatura a presidenta.

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EE UU: déficit público y recortes

Fareed Zakaria, autor de The post American World, defiende en el último número de la revista Foreign Affairs (febrero, 2013) que “el principal problema de las economías de Occidente es la esclerosis”.
Zakaria expone su tesis dándole dos sentidos. Por un lado, se trata de la polarización política, que deriva en que muchos gobiernos no toman decisiones: esto es lo que le ha sucedido a Estados Unidos en los dos últimos años, en lo que a la reducción del déficit público se refiere. La segunda acepción del término esclerosis se refiere al envejecimiento progresivo, pero rápido, de las sociedades occidentales.

El ejemplo más obvio es Japón, hoy con 127 millones de habitantes, y que culminará el siglo con 47 millones de ancianos. Una de las grandes cuestiones a resolver en el futuro inmediato es cuántos trabajadores en activo habrá, para mantener a los pensionistas. Y es una de las cuitas que más afectan al déficit público, y a la suma de todos los déficits, la deuda.

Dos tercios del gasto público en la última década van destinados, cada año, al cuidado de la gente mayor
En Estados Unidos, hoy hay 4,7 trabajadores para cada pensionista, que es una proporción muy saludable y que se mantendrá en el futuro, gracias a la inmigración trabajadora.

Otra cosa es que dos tercios del gasto público en la última década, van destinados, cada año, al cuidado de la gente mayor, el pago de las pensiones y su atención médica.

En 1960, los programas sociales suponían un tercio del gasto público. La proporción se ha invertido y, de ahí, entre otros motivos, la necesidad de la aprobación de una reforma de la sanidad como la que hizo el presidente Obama en marzo de 2010.

El excesivo gasto en programas sociales genera posiciones muy encontradas entre republicanos y demócratas. Los economistas Laurence Kotlikoff y Scott Burns, en The clash of generations. Saving ourselves, our kids and economy (2012, MIT), sostienen que Estados Unidos es un país en bancarrota, debido al despropósito que suponen los enormes gastos sociales.

El déficit público americano, en 2010, era elevado, del 10,1% sobre el Producto Interior Bruto (PIB), pero acabará 2013, según la Oficina Presupuestaria de Congreso, en el 5,3% del PIB: por poner las cosas en un contexto conocido para los españoles, España cerró 2012 con un déficit público del 7%. La deuda pública, en Estados Unidos, es del 70% y, durante los próximos 25 años oscilará entre el 72 y el 77%. En Japón, hoy, es del 200%, por ejemplo.

"Los recortes suponen 1,5 trillones de dólares, de los que 500.000 millones irán a Defensa”

En cualquier caso, demócratas y republicanos están de acuerdo en que hay que reducir el déficit público. Ciertamente, se oponen en cómo, cuándo y dónde hacerlo. Esta es una cuestión que se remonta a las negociaciones de agosto de 2011, cuando Obama y el Speaker of the House, el republicano John Boehner intentaron llegar a un gran acuerdo sobre la reducción del déficit y la cuestión fiscal y, lo que consiguieron fue evitar que, el 1 de agosto de aquel año, Estados Unidos incurriera en un default o suspensión de pagos del gobierno federal. Eso sí, decidieron posponer la adopción de medidas drásticas de reducción del déficit público, por importe de 1,5 trillones de dólares hasta el 1 de marzo de 2013.

La cifra no fue elegida al azar, sino que se basa en las recomendaciones de la Comisión Simpson-Bowles, que el presidente nombró en 2010 para que, con ideas y acuerdos de los dos partidos políticos, el gobierno fuera capaz, mediante combinación de reducción de gastos y subidas de impuestos a los más pudientes, de reducir de manera escalonada el déficit público, en un período de diez años. Los republicanos se oponen a las subidas de impuestos.

La forma en que, tanto las recomendaciones de la Comisión, como el acuerdo entre Obama y Boehner, se llevaron a la práctica fue la siguiente: si la Casa Blanca, junto a las dos Cámaras del Congreso no llegan a un acuerdo mediante negociación, recortes automáticos –no negociables– entrarán en vigor el 1 de marzo de 2013. Los recortes suponen 1,5 trillones de dólares, de los cuales, 500.000 millones van directamente al Departamento de Defensa. El resto, a gastos discrecionales, es decir, reducción de gastos en programas federales como la prevención de incendios, policía, FBI, mantenimiento de prisiones, pago de pensiones, sanidad, cuidado de los mayores, etc.

La opinión pública no desea que, por una cuestión ideológica, casi un millón de personas vayan al paro

Según la compañía de análisis económicos predictivos, Macroeconomic Advisers, si esos recortes entran en vigor, el PIB americano en 2013 podría retraerse un -0,6%, y 750.000 personas podrían perder su puesto de trabajo. América está creciendo a una media mensual del 2%, y restarle 0,6% al PIB podría poner en peligro el crecimiento económico.

El presidente Obama quiere, como en el verano de 2011, según narra en su libro sobre la materia Bob Woodward, (The Price of politics, Simon & Schuster, 2012), un enfoque más equilibrado en el que sí haya reducciones de gastos por importe de 1,5 trillones de dólares a lo largo de 10 años, pero al mismo tiempo, haya subidas de impuestos para los que el premio nobel de Economía Joseph Stiglitz denomina “el 1%”, en su obra The Price of inequality (2012, Allen Lane).

Los republicanos, desde la revolución conservadora de Ronald Reagan, agrupan a tres grandes facciones electorales: los conservadores sociales, los conservadores económicos y los conservadores en defensa. En las elecciones legislativas de mitad de mandato de 2010, muchos congresistas del Tea Party, fundamentalmente conservadores económicos que pedían grandes reducciones de impuestos, llegaron a Washington dispuestos a cambiar la orientación política y el gobierno. Los tres grupos conservadores se unen ahora contra Obama, dispuestos a que el gobierno federal pueda tener que cerrar –como ya le sucedió a Bill Clinton en 1995– y que entren en vigor los recortes de gastos.

La opinión pública no desea que, por una cuestión ideológica, casi un millón de personas vayan al paro y vuelva la recesión económica. En esto, la ciudadanía americana está a favor del presidente: su popularidad es del 51% y el 48% opinan que trabaja para unir a los americanos, frente al 22% que dicen lo mismo de los republicanos.

Publicado previamente el 28 de febrero en Cinco Días

Obama II, puro sabor americano

Obama juró como presidente para un segundo mandato, reivindicando la actualidad de los ideales norteamericanos, escritos en los textos fundacionales de la gran nación americana. Fue, es, un Obama que vuelve a los orígenes, como cuando entre los años 2004 a 2008, citaba la Constitución y la Declaración de Independencia como los documentos que inspiran la vida económica, social y cultural americana.

Su discurso, en la ceremonia de inauguración del 21 de enero de 2013, tuvo mucho contenido económico. Obama no es comunista, tampoco socialista. Cree en el progreso económico, que requiere inversión: "Una economía moderna necesita ferrocarriles y autopistas para acelerar los viajes y el comercio". El presidente cree firmemente en la necesidad de la educación para promover el progreso económico y social, de "escuelas y universidades que formen a los trabajadores", porque a mayor formación, mayor empleabilidad.
Obama sabe que la economía de libre mercado es el mejor sistema para generar riqueza y empleos, y que solo puede ser exitosa "cuando hay normas que garantizan la competencia y el juego limpio".

De manera similar a la que Bill Clinton declaró que "los tiempos del gobierno grande" se terminaron, Obama sabe que el Estado no es la solución a todos los problemas. No es así como piensan los americanos, siempre escépticos ante el poder centralizado: "No hemos sucumbido a la ficción de que todos los problemas de la sociedad pueden ser solucionados a través del gobierno, solamente". Y, en la más pura tradición americana, afirma que "nuestra celebración de la iniciativa privada y de empresa; nuestra insistencia en el trabajo duro y la responsabilidad personal son constantes en nuestro carácter".

Obama sabe que para que la economía de mercado sea exitosa, deben existir fuertes instituciones inclusivas, que beneficien a todos y no solo a una minoría. América solo triunfará económicamente si la clase media se beneficia de la prosperidad: "La riqueza de América debe descansar sobre los hombros de una creciente clase media". Y, en el más genuino estilo Obama, la afirmación del Sueño Americano, que trasciende clases, razas y género: "Somos fieles a nuestros ideales cuando una niña nacida en la pobreza tiene las mismas posibilidades de triunfar que los demás, porque es americana, es libre, es igual ante Dios, y también, ante nuestros ojos".

El Sueño Americano no es gratuito, requiere "trabajar más duro, aprender nuevas capacidades y aspirar siempre a mejorar". Pero, a cambio, y por contraste con otras sociedades en que la movilidad social se queda solo en ensoñación, EE UU es un país que premia a sus ciudadanos ejemplares: "Somos una nación que premia el esfuerzo y la determinación de cada uno de los norteamericanos".

El presidente explica que luchará contra el cambio climático. También, a favor de la integración de los inmigrantes. Lo quiso hacer en el primer mandato, pero optó por sacar adelante las reformas sanitaria y financiera. Además, tuvo fuerte oposición republicana, especialmente en las elecciones de medio mandato de 2010, cuando el casi desaparecido Tea Party alcanzó su máximo apogeo. Y, con reminiscencias de los ideales de Roosevelt, Kennedy y Clinton, afirma que "debemos ser una fuente de esperanza para los pobres, los enfermos, los marginados y las víctimas de los prejuicios", todos ellos mandatos evangélicos a favor de "la tolerancia, la oportunidad, la dignidad humana y la justicia". Eso es lo que requiere, citando al presidente Kennedy, "peace in our time", "paz en nuestra época" en castellano. Obama quiere controlar, también, el uso de armas de fuego.

Obama no elude las responsabilidades de la primera nación de la Tierra. Se compromete a apoyar la democracia en todo el mundo: en Oriente Medio, Asia, África y las Américas. Es un ideal que comparten demócratas y republicanos. Le diferencia su disposición para no ir a la guerra.

Empezó su discurso recordando que, con la retirada de las tropas de Afganistán, acaban diez años de conflictos. La elección de dos veteranos de Vietnam -Kerry y Hagel, en Estado y en Defensa respectivamente, optan por la negociación diplomática- garantiza que América se centrará en reconstruirse por dentro, poniendo el foco en el crecimiento económico, la manufactura, las exportaciones y el empleo, para garantizar que EE UU mantiene incólume su primacía, sin declarar la guerra. Lo que no significa quedarse de brazos cruzados: John Brenan, que ya fue consejero sobre antiterrorismo en la Casa Blanca, dirigirá la CIA. Aumentará el uso de los aviones no tripulados y las fuerzas especiales contra talibanes y líderes de Al-Qaeda.

Si Norteamérica es fuerte económicamente, podrá ejercer su influencia con China, y presionar a Corea del Norte para que pare su programa nuclear. Lo mismo, con Irán, ahora que EE UU no está atado a Iraq y Afganistán. Orden en Siria, impedir una revolución en Jordania, mantener la estabilidad en Líbano, embarcar de nuevo a israelíes y palestinos en el proceso de paz, estrechar lazos comerciales con la Unión Europea y mejorar las relaciones con Rusia. Todo es más fácil si EE UU prospera.

Obama explica que su política internacional estará basada en la negociación, no en el enfrentamiento: "Mostraremos el coraje de procurar resolver nuestras diferencias pacíficamente". EE UU es la parte más fuerte de una negociación cuando tiene las finanzas en orden porque, así, "renovaremos esas instituciones que extienden nuestra capacidad para gestionar crisis en el extranjero, ya que nadie se juega más en la apuesta por un mundo en paz, que la nación más poderosa de la Tierra".

Obama suena como Reagan, a quien parafraseó en su discurso de la noche electoral del 6 de noviembre: "Lo mejor, aún está por venir", porque "cada promesa, cada oportunidad, todavía es de oro en esta tierra. Y, a través de esa puerta de oro, nuestros hijos pueden caminar hacia el futuro con la certeza de que a nadie le va a ser negada la promesa que es América" (Ronald Reagan, 1984).

Y, como Reagan, Obama grita alto la excepcionalidad de América: "Lo que nos hace excepcionales; lo que nos hace Americanos es nuestra creencia de que todos hemos sido creados iguales por Dios".

Publicado previamente en Cinco Dias el 24 de enero del 2013

Retos de Estados Unidos en política interior en 2013

Tras el acuerdo fiscal, es necesario enderezar el déficit público estructural americano.

Y, después, llevar a cabo la reforma migratoria, de acceso y uso de armas de fuego, reforma energética, y dedicarse a resolver los retos en política exterior. El partido republicano tiene cuatro años por delante para adaptarse a los cambios demográficos y sociales, y recuperar la Casa Blanca. Los mercados de valores estadounidenses –y de todo el mundo- subieron como la espuma el 2 de enero de 2013, al conocerse el acuerdo entre Casa Blanca, Senado y Cámara de Representantes norteamericanos sobre el pacto fiscal. Los impuestos para los que ingresan anualmente más de 400.000 dólares (450.000 si son matrimonio y declaran conjuntamente a Hacienda) subirán del 35 al 39,6% -tipo marginal de la renta. Las ganancias de capital y dividendos subirán la fiscalidad un 5%, del 15 al 20%. El impuesto sobre patrimonio aumenta, según el valor de la propiedad, aunque restringido a las grandes fortunas. El subsidio de desempleo se amplía un año para dos millones de personas.

La Hacienda Pública (IRS, por sus siglas en inglés) recaudará 620 billones de dólares a lo largo de los próximos diez años. Es una cantidad pequeña, comparada con los diez trillones de dólares que supondrá, en términos absolutos, la deuda pública para Estados Unidos en 2023, en una década, por tanto. O el 75% sobre el Producto Interior Bruto. Es lógico que las bolsas se entusiasmaran con el acuerdo fiscal: los inversores viven al día y el acuerdo fiscal les alegró la mañana. Además, los mercados de valores pusieron el acuerdo fiscal –mentalmente- en un mismo marco conceptual: La economía está creciendo, en Norteamérica, un 2,2% de media mensual desde junio de 2009. Se han creado ya, en el sector privado, seis millones de puestos de trabajo netos. Otros seis millones serán creados hasta 2016, debido a que las exportaciones norteamericanas doblarán su tamaño en el segundo mandato de Barack Obama como presidente.

El mes de diciembre arrojó varios datos positivos, que por repetirse a lo largo de los últimos cuatro meses de 2012, constituyen una pequeña tendencia: el consumo de los hogares se ha incrementado, parejo al índice de confianza de los consumidores; estos gastan & consumen más porque tienen más confianza económica, en su presente y en su futuro. En diciembre, el sector privado generó 155.000 nuevos empleos: la tasa de paro está en el 7,8% y acabará el segundo mandato del actual presidente en el 6%. En total, entre junio de 2009 y noviembre de 2016 se habrán creado 12 millones de puestos de trabajo: 8,5 millones provenientes de los empleos destruidos por la crisis entre 2007 y 2009; 3,5 millones son nuevas incorporaciones al mercado laboral fruto del –lógico- aumento de la tasa de actividad económica.

El mercado inmobiliario norteamericano se ha estabilizado (los precios han dejado de bajar) y empieza a fortalecerse (aumento de los precios de un 3,5% en el último cuatrimestre de 2012). La Reserva Federal sigue con su política de inyección de liquidez en la economía, mediante la compra de bonos ligados a hipotecas, por importe de 85 billones de dólares al mes, como dijo su presidente, Ben Bernanke, “hasta que el desempleo baje sustancialmente”, es decir, alcancé el 6% de la población activa.

Muchos, desde la izquierda y desde la derecha, critican la tenue recuperación  norteamericana. Comparan el crecimiento económico actual (2,2%) y la creación de empleo (6 millones, en tres años) con los logros de la época de Clinton: crecimiento del 3,5% y 20 millones de nuevos puestos de trabajo. La explicación de la divergencia es sencilla: entonces, tras la caída del Muro de Berlín, Norteamérica era la única superpotencia económica y militar y, sobre todo, los países BRIC (Brasil, Rusia, India y China) todavía no habían despegado, con crecimientos anuales en PIB, de un mínimo del 5% (Brasil, Rusia) e intervalos del 7% (India) al 10% (China). La revolución tecnológica más importante desde la Primera Revolución Industrial (1707), con la invención de la máquina de vapor, tuvo lugar entre 1993 y 2000: le explosión del uso intensivo de las tecnologías de la información en el ámbito del consumo y de la empresa, de la mano de HP, Microsoft, Intel, Sun, Oracle, SAP y otras grandes empresas TIC; el nacimiento de Internet para el público general y su utilización masiva en el ámbito corporativo. Hasta la segunda revolución tecnológica, que tuvo lugar en 2004, 2005 y 2006, de la mano de Amazon, Google, Facebook y Apple, no volvió a verse una “exuberancia irracional” (Alan Greenspan, “The age of Turbulance”, 2007 y 2008) de creación de riqueza y valor económico para individuos, familias y empresas.  En 2007 llegó la crisis inmobiliaria que, en Europa, dura hasta bien entrado 2013. Como escriben y demuestran los economistas de Princeton, Reinhart  y Rogoff, “Esta crisis es diferente” (2009), y, por serlo, también es distinta la recuperación: más lenta, más estable, con menos puntas y picos.

El acuerdo fiscal alcanzado el 1 de enero en Estados Unidos es solo un primer paso, una primera etapa, en un camino de negociaciones y acuerdos que tendrán ocupados a los políticos estadounidenses hasta el 1 de abril de 2013. El acuerdo fiscal se ha centrado en una mayor –aunque tenue, leve- recaudación de más impuestos, que pagarán los más adinerados (1% de los contribuyentes), versus el 99% que verán congelados sus impuestos permanentemente, conforme las dos reformas/rebajas de impuestos temporales que hizo George Bush en 2001 y 2003, cuando Estados Unidos experimentó dos breves recesiones económicas y el presidente quiso dinamizar la economía con bajadas de impuestos. La subida de impuestos para los que más ingresan, en 2013, es la primera subida real e importante de impuestos que sucede en Norteamérica en 20 años (1993, siendo Bill Clinton presidente) y que ha sido votada por los republicanos. Evidentemente, no por todos (los 80 legisladores de la Cámara de Representantes que tienen el apoyo del cada vez más pequeño Tea Party no votaron a favor), aunque sí por muchos, algunos muy significativos, como el presidente de la Cámara de Representantes, John Boerner, (Speaker of the House), el líder de la minoría republicana en el Senado, Mitch McConnell y el candidato a vicepresidente con Mitt Romney, el conservador y católico coherente, Paul Ryan.

Entre febrero y marzo, los legisladores y la Casa Blanca tendrán que ponerse de acuerdo acerca del techo de gasto del gobierno, sobre el recorte de gasto público en defensa y en programas sociales, y en la financiación de las operaciones y funcionamiento diario del Gobierno Federal en 2013. Las tres cuestiones, consideradas como un todo, son un marco para solucionar el problema mucho más grande que supone el enorme déficit público norteamericano. Estados Unidos no ha tenido superávit desde los últimos tres años de presidencia de Bill Clinton (con Reagan, el déficit público se multiplicó por tres, debido a los gastos en defensa y la “guerra de las galaxias” que acabó con la Guerra Fría y arruinó a la extinta Unión Soviética): 1998, 1999 y 2000. Con George Bush y los incrementos del gasto público en defensa, fruto de más seguridad derivada de los atentados terroristas del 11S de 2001, y las guerras de Iraq y Afganistán, que supusieron para el fisco –cada una- más de un trillón de dólares en contribución al déficit público, según cálculos del premio Nobel, Joseph Stiglitz (“The one trillion dollars wars”, 2008).

Timothy Geithner, secretario del Tesoro estadounidense, hizo público por carta a finales de diciembre que Estados Unidos habían alcanzado ya su techo de gasto (endeudamiento, realmente, puesto que las cuentas públicas están en rojo y no en superávit), sobrepasando el límite de 16,389 trillones de dólares. La Casa Blanca y los demócratas querrán aumentar ese techo de gasto/endeudamiento público, para no volver a vivir el miedo al “sovereign default” o que el gobierno no pueda hacer frente a sus obligaciones financieras, incurriendo en una suspensión de pagos soberana. Este peligro –como narra muy bien el dos veces premio Pulitzer Bob Woodward en “The Price of politics”, 2012- se evitó el 2 de agosto de 2012, con un acuerdo de última hora entre demócratas y republicanos. Se evitó la suspensión de pagos soberana y una de las tres agencias de calificación crediticia estadounidense, Standard & Poor, degradó en un punto la deuda pública norteamericana o, lo que es lo mismo, la capacidad del gobierno americano de pagar sus deudas. Ahora vuelve el mismo fantasma, y es la agencia de calificación crediticia Moody’s quien amenaza el gobierno americano con hacer lo mismo que Standard & Poor.

Para que el presidente Obama y los demócratas puedan aumentar el límite de endeudamiento del gobierno, necesitan de los votos a favor de los republicanos, en Senado y Cámara de Representantes. Es fácil intuir que los republicanos cedieron en la subida de impuestos a 750.00 contribuyentes (en un país de 311 millones de personas, algo menos del 1% de contribuyentes) a cambio de grandes concesiones demócratas en lo que al recorte del gasto público se refiere. Con seguridad, el límite del techo de gasto del gobierno se aumentará con acuerdo. A cambio, los demócratas habrán de ceder a las peticiones republicanas de recorte del gasto público en programas sociales: Medicare, Medicaid y Seguridad Social. También en gastos de defensa, con énfasis en reducción del número de tropas regulares y aumento de las fuerzas especiales y el uso de las nuevas tecnologías.

Para resolver el problema de déficit público de Estados Unidos, el acuerdo habrá de contemplar reducciones en el gasto público, en la próxima década, en un intervalo de 2,4-3,4 trillones de dólares. La esencia del problema es sencilla: Estados Unidos es un país “pensado y diseñado” para tener un estado pequeño, con énfasis en dos puntos fundamentales, defensa y relaciones internacionales, dejando lo demás en manos de la iniciativa privada. Por este motivo, los impuestos en Estados Unidos no pueden –a no ser que se produzca un cambio de modelo, del capitalista norteamericano al estado del bienestar europeo-, ni podrán jamás sostener por sí solos el peso creciente de los programas sociales.

Más aún, la evolución demográfica de Estados Unidos sigue la tendencia del resto de países ricos, es decir, es decreciente. La tendencia es más suave en Norteamérica que en Europa, porque América recibe mucha inmigración de Iberoamérica, personas jóvenes y trabajadores que, además, tienen familia, hijos: en Estados Unidos dos trabajadores mantienen con sus contribuciones sociales a un pensionista; en España, 1,9 trabajadores mantienen a un pensionista. En enero de 2013, los hispanos legales suponen el 17,9% del censo estadounidense. Y, entre 11 y 15 millones de hispanos ilegales están en camino de convertirse en ciudadanos.

Cuando se produzcan los acuerdos sobre el recorte de gastos del sector público y el aumento del techo de endeudamiento del Gobierno federal y éste pueda financiar sus operaciones diarias sin miedo a un cierre gubernamental, el presidente pondrá su mirada en las cuatro grandes reformas que van a ser el eje de su mandato en política interior: la reforma de la inmigración, la reforma energética, reforma del acceso y uso de armas de fuego y la reforma del estado y su organización y gasto. Las cuatro, por motivos distintos, son reformas de gran calado.  La reforma de la inmigración tiene componentes sociales, económicos, demográficos y electorales. Estados Unidos necesita más trabajadores y el mundo latino se los provee. Los hispanos son trabajadores y se mezclan con los caucásicos sin problema. Su forma de pensar no difiere sustancialmente de la del norteamericano original, donde el Cristianismo y su sistema de valores siguen siendo mayoritarios. Los latinos proveen de demografía a Estados Unidos, con una media de dos hijos por familia. Y los hispanos actúan de puente entre el Norte y el Sur de Río Bravo.

Obama consiguió el 71% del voto hispano, porque los latinos comparten sus valores, porque se sienten amenazados por el aparato tradicional de partido republicano y porque Obama les prometió su ansiada reforma de la inmigración que pondrá las primeras piedras para el reconocimiento legal de entre 11 y 15 millones de latinos ilegales. Mitt Romney y el partido republicano, en las elecciones de 6 de noviembre de 2012 consiguieron un 44% menos de apoyo por parte de los latinos. También recibieron menos apoyo de las mujeres, de las minorías y de los católicos, cuyo voto está dividido por la mitad: 48% a los republicanos y 44% a los demócratas. Si los republicanos no quieren convertirse en un partido de minorías y, por tanto, sin acceso a la presidencia, tendrán que adaptarse a los nuevos tiempos, olvidarse de la América gloriosa de la época de Reagan, que ya no existe y reconocer, por ejemplo, que el 12,9% del censo lo componen Afroamericanos –como Obama- que, en un 98% votaron a los demócratas. Y que los hispanos suponen el 17,9% del censo y los asiáticos el 10%. Como, con amargura, hubo de reconocer el comentarista de la cadena de noticias Fox News, al final de la noche electoral del 6 de noviembre de 2012, “la América tradicional ya no existe”.

Y, ciertamente, echar de América a hispanos, negros y asiáticos no parece que sea ni una buena opción ni una alternativa realista. De hecho, el día en que los republicanos asuman que muchos latinos y asiáticos pueden compartir sus valores (trabajo esforzado que ha de ser premiado, capitalismo y economía de libre mercado como sistema mejor para generar riqueza; principios cristianos para inspirar la vida individual y familiar, así como la esfera pública y la política), mejorarán sus perspectivas electorales. Al igual que el reconocimiento de la existencia de 80 millones de católicos. Diez millones más que los evangélicos. No es casualidad que el presidente de la Cámara de Representantes, y el máximo responsable del presupuesto en el Congreso, Paul Ryan sean católicos coherentes. Es un mero reflejo estadístico de la realidad. Como lo es que el recién constituido Congreso número 113 tiene un mayor número de mujeres, afroamericanos, latinos y asiáticos que ninguno previo. Y, mayoritariamente, en las filas demócratas.

La reforma de la energía recupera la idea original del presidente Nixon de buscar la independencia energética, en petróleo, gas, nuclear y renovables. El objetivo es que América produzca más energía para consumo propio y para exportar, dependiendo menos de los países árabes y de Rusia. La reforma del acceso a las armas de fuego y su uso no estaba en el programa electoral de nadie en las elecciones presidenciales del pasado mes de noviembre, pero los asesinatos de 22 personas –muchos niños-, en un colegio la pasada Navidad ha puesto en primera línea esta cuestión y, haya o no demagogia y/u oportunismo político, la realidad es que habrá de ser regulada porque hay demanda social, a pesar de lo que diga el lobby de las armas.

La reducción del déficit público estructural norteamericano no se va a arreglar en dos meses, pero al menos se pondrán las bases para encaminarlo, como hemos explicado más arriba.

Todos estos son retos de naturaleza doméstica, de política interior, que son los que más preocupan al presidente, a los dos grandes partidos y a la población general. Lógicamente, los mismos problemas de política exterior de 2012, se mantienen ahora, pero Estados Unidos debe limpiar su propia casa y mantenerla en orden, si quiere seguir liderando el mundo. Solo entonces podrá recuperar el Diálogo Estratégico y Económico con China. Presionar a Israel y a la Autoridad Nacional Palestina para que avancen en el proceso de paz. Buscar una solución a la guerra civil de Siria, que afecta a todo Oriente Medio, especialmente a los países limítrofes como Líbano, Israel, Palestina, Egipto, Iraq, e Irán. Impedir que Irán desarrolle un arma nuclear o que Israel lleve a cabo este año un ataque preventivo para impedirlo.
América todavía tiene que retirarse con éxito y honor de Afganistán y entender lo que ha supuesto la Primavera Árabe: los países revolucionados, con la democracia en el bolsillo, han votado a partidos islamistas que quieren imponer teocracias sunníes en vez de dedicarse a jugar alegremente en las redes sociales en Internet. Las relaciones entre Norteamérica y la Unión Europea no pasan por su mejor momento: los americanos siguen viendo como una amenaza para la economía estadounidense la crisis del euro y de deuda pública de Italia, España, Portugal, Irlanda y Francia. Europa no habla con una sola voz con América y solo Alemania, con su poderío económico, puede hacerlo.  Reino Unido mantiene una nominal relación especial transatlántica con Estados Unidos, pero es más simbólica que real.

Los retos en política exterior para América son muchos y merecen ser tratados de manera diferenciada, en otro artículo. Al menos, hoy, ya sabemos con certeza una cosa: Hillary Clinton no seguirá al frente al departamento de Estado, sino que el senador John Kerry será quien lo haga. Kerry fue quien aupó a Obama al estrellato público en agosto de 2004, cuando el partido demócrata celebró su convención en Boston para elegir a Kerry como candidato presidencial frente a George Bush, y dio a Obama la oportunidad de dar el más importante discurso de la convención. Y, de aquella oportunidad nació el mito Obama, y el “Yes we can” y la doble victoria electoral del actual presidente, en 2008 y en 2012, aupando al primer afroamericano a la presidencia de Estados Unidos. Mujer o hispano, católico/a…, el siguiente presidente no tiene porqué ser blanco, alto y rubio y protestante: una nueva normalidad se ha impuesto en Norteamérica.

Publicado previamente en el Confidencial Digital el 8 de enero del 2013

Pacto fiscal, victoria de Obama

Aún no ha tomado posesión Barack Obama -lo hará el próximo 20 de enero- como presidente, para liderar Estados Unidos en un segundo mandato, y ya ha conseguido su primera victoria legislativa. 

En la madrugada del martes al miércoles, día 2 de enero de 2013, la Cámara de Representantes aprobó por 257 frente a 167 votos un acuerdo fiscal por el que las exenciones fiscales que puso en marcha George Bush hace 13 años no se aplicarán a los individuos que ingresen más de 400.000 dólares, ni a los matrimonios que ganen -conjuntamente- 450.000 dólares anuales, o más. Su tipo impositivo se incrementará del 35% al 39%, de media.

Para el presidente Obama este acuerdo es una victoria legislativa importante, puesto que fue reelegido en las elecciones del 6 de noviembre de 2012 con la promesa electoral de reducir el déficit público mediante -entre otras medidas- la subida de los impuestos a los norteamericanos que más ingresan. Es la primera subida de impuestos real que se produce en 20 años, cuando Bill Clinton tomó posesión como presidente, en enero de 1993.

La Cámara de Representantes está en manos republicanas, desde su victoria electoral en las elecciones de mitad de mandato de noviembre de 2010. Entre los republicanos que han votado a favor de la propuesta del presidente demócrata están el presidente de la Cámara, John Boehner, y Paul Ryan, excandidato republicano a la vicepresidencia. En cambio, el líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, Eric Cantor, votó en sentido negativo.

Hay que recordar que -en las negociaciones de julio de 2011 para evitar el abismo fiscal, que muy bien relata Bob Woodward en su obra The Price of politics, 2012- ya se manifestaron claramente las posturas de unos y otros: Boehner quiso alcanzar un acuerdo, pero se encontró con una revuelta entre las filas republicanas, mientras que Cantor, entonces y ahora, se manifestó en contra de llegar a ningún acuerdo con el presidente Obama. Paul Ryan, máximo responsable del presupuesto federal en la Cámara de Representantes, tuvo altura de miras, como Boehner, al votar a favor del pacto fiscal.

Este acuerdo evita el famoso abismo y es una gran victoria para Obama. El presidente inicia su segundo mandato -antes de ser inaugurado- con un acuerdo fiscal que ha sido aprobado por amplia mayoría en el Senado y el Congreso, con votos demócratas y republicanos. Obama culminó su primer mandato con un índice de eficacia legislativa -capacidad de aprobar leyes propias en las dos Cámaras del Congreso- del 97%. A pesar de las críticas del Tea Party, Obama, con el apoyo de demócratas y republicanos, podría culminar un segundo mandato aún mejor que el anterior.

Obama tiene por delante aprobar un gran pacto para reducir gastos en Defensa y en programas sociales -Medicaid, Medicare y Seguridad Social-, ha de alcanzar un acuerdo con el Congreso sobre la reducción del techo de gasto del Gobierno, que ya ha alcanzado su límite de 16,4 trillones de dólares. Cuando consiga ambos acuerdos, el presidente Obama se dedicará a conseguir la prometida -a los hispanos, que suponen el 17,9% del censo norteamericano de julio de 2012, con 311 millones de ciudadanos- reforma de la inmigración.

El acuerdo fiscal conseguirá 620 billones de dólares en nuevos ingresos para el erario público americano, a lo largo de los próximos 10 años. Esta cantidad es insuficiente para reducir el déficit público, por lo que un acuerdo sobre el techo de gasto del Gobierno federal, así como recortes de gastos en defensa y programas sociales, son necesarios en el plazo de mes y medio a dos meses, para que el peligro del abismo fiscal desaparezca del horizonte. En el corto plazo, el acuerdo provee la reducción de gastos por importe de 15 billones de dólares, cantidad ínfima, para resolver los problemas de déficit público norteamericano.

Los futuros acuerdos entre Casa Blanca, Cámara de Representantes y Senado contemplan reducciones del gasto público de un mínimo de 1,4 y 3,4 trillones de dólares en la próxima década. Las Fuerzas Armadas serán más eficientes y los servicios públicos, más acordes con la evolución demográfica estadounidense y la incorporación de más cotizantes, tanto al fisco como a la Seguridad Social, vía crecimiento económico y generación de empleo.

Al menos, en el corto plazo, se evita que Estados Unidos vuelva a la recesión, restando 600.000 billones de dólares al producto interior bruto norteamericano o, lo que es lo mismo, reduciendo el PIB estadounidense en un 5% anual. Esto es fundamental para volver a la senda del equilibrio económico en la primera potencia de la tierra: aumentar del 2,2% al 3,5% el crecimiento del PIB hasta 2016 y reducir la tasa del desempleo del 7,7% actual al 6%, creando 5 millones de nuevos puestos de trabajo, gracias a las exportaciones. Obama tendrá que emplearse a fondo con congresistas y senadores, para conseguir acuerdos en la reducción del techo de déficit e impedir que Estados Unidos se siga endeudando por encima de sus posibilidades, al tiempo que reduce -racionalmente-, los gastos sociales y de ¬defensa.

Obama ha conseguido el apoyo del líder de los republicanos en el Senado, Mitch McConnell, al igual que de destacados líderes conservadores en el Senado y en la Cámara de Representantes, aumentando su popularidad entre una opinión pública que mira con preocupación el año que empieza -según datos de Gallup, de enero de 2013, uno de cada dos norteamericanos cree que 2013 será año de dificultades económicas y no de prosperidad-. Obama, según Gallup, es el hombre más admirado de 2012 (datos del 1 de enero de 2013) y Hillary Clinton es la mujer más admirada de 2012, en el mundo: Obama ocupa ese puesto desde hace cinco años, y Hillary Clinton desde el año 2001. El índice de aprobación de Obama, hoy, es del 53,4%.

Publicado previamente en Cinco Días el 3 de enero de 2013