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martes, 17 de septiembre de 2013

EEUU vs China, primacía mundial: quién ganará, realmente

El último estudio de investigación de mercado basado en encuesta cuantitativa global de Pew Research, sobre las percepciones que, en todo el mundo, se tiene sobre Estados Unidos y China, no deja lugar a dudas. Cada vez, son más los ciudadanos del mundo que creen que China acabará superando a Estados Unidos en poderío económico. Hasta los norteamericanos temen que, tarde o temprano, su país cederá el testigo de nación más rica y poderosa de la tierra a China. Hace tiempo que, en Estados Unidos, se encuentra muy extendido un sentimiento de falta de fe, en que el país puede seguir ostentando la primacía mundial. Hay mucha literatura al respecto,  especialmente desde 2008 hasta el día de hoy, que citaré más adelante. Aunque una cosa son las percepciones y, otra muy distinta, la realidad.

Tras la caída de Lehman Brothers, el 15 de septiembre de 2008, la percepción de que China va a ser la primera potencia económica de la tierra, se ha ido extendiendo entre millones de personas en todo el planeta. Esto no quiere decir que China sea una nación querida o estimada, o que lo sea más de lo que son queridos los Estados Unidos. América tiene un índice de favorabilidad mundial del 63%, frente al 50% de China. En otras palabras, Norteamérica sigue teniendo mucha mejor imagen positiva global que China. Uno de los motivos, es que todavía son muchos más los que piensan que Norteamérica sigue respetando más los derechos individuales de sus ciudadanos, enormemente más que China. 

El Estudio de Pew Research Center está fechado el 18 de julio de 2013, cuando ya se sabía en detalle, de las filtraciones que el ex trabajador para la CIA (Edward Snowden), había hecho acerca de los programas secretos de la Agencia de Seguridad Nacional, para recolectar datos a través de conversaciones telefónicas y tráfico en Internet. Sin embargo, estas actividades de Estados Unidos son, todavía, aprobadas por una mayoría de americanos: El 24 de junio, una encuesta de TIME/ABT SBRI mostraba que el 48% de estadounidenses estaban de acuerdo con que el gobierno “recolectara información de conversaciones telefónicas, correos electrónicos y búsquedas en Internet, al objeto de impedir ataques terroristas”. El 44% no estaba a favor. 

Más aún, frente a aquellos que consideran a Snowden un héroe, el 53% de americanos afirman que “el Gobierno debería llevar a juicio a aquellos que filtran material clasificado que pueda poner en riesgo la seguridad nacional”. Solo el 28% defienden a aquellos que, como el militar Bradley Manning, filtraron información secreta a Wikileaks: Manning ha acabado en los tribunales, acusado de “ayudar al enemigo”. El 70% de la población mundial opina que Estados Unidos respeta los derechos individuales de sus ciudadanos, versus el 36% que piensa lo mismo de China (10.000 ejecuciones al año).

Estados Unidos es visto más favorablemente que China en todas las regiones del planeta, con la sola excepción de Oriente Medio: aquí, solo el 21% de ciudadanos tienen en alta estima a Norteamérica, frente al 45% que “piensan bien de China”. Pero en Asia, donde se percibe a China como una nación “invasora”, el 64% tienen buena opinión de Estados Unidos, frente al 58%. Y en Latinoamérica, con naciones muy críticas con América, como Venezuela, Argentina, Bolivia y Ecuador, la mayoría de sus habitantes tienen buena imagen de los Estados Unidos: el 66% frente al 58% de China.

Uno de los principales motivos por los que se percibe más favorablemente a Estados Unidos que a China, es que son mayoría los que piensan que América es una nación amiga, frente a los que opinan que Estados Unidos es “el enemigo”: el 59% creen que América es nación amiga, frente al 39% que opinan lo mismo de China. 

El rasgo de imagen que más caracteriza a China es la de potencia económica en ascenso, que acabará por destronar a Estados Unidos. Todavía hoy, Estados Unidos sigue siendo percibida como la primera nación de la tierra, pero desde 2008 al 2013, las percepciones a favor de China han evolucionado mucho: en 2008, el 47% opinaban que Estados Unidos era la primera potencia del planeta, frente al 20% que pensaban lo mismo de China. En 2013, son el 41% y el 34%, respectivamente, los que mantienen esas percepciones.
Nos interesan, sobre todo, las opiniones, cara a futuro: el hecho de que se piense que, “en algún momento futuro, tarde o temprano, China será la primera nación económica de la tierra”. Hoy, hasta el 47% de los estadounidenses creen esta idea. Y, lo que es aún más llamativo, los principales socios económicos y comerciales de Estados Unidos también piensan de la misma manera: el 67% de los canadienses y el 57% de los europeos. 

Ya dije más arriba que es bastante abundante la bibliografía que, en los últimos años, ha alimentado la idea de que la supremacía de China es inevitable: “Chinamerica. Why the future of America is China” (Handel Jones, 2010, Mc Graw Hill), “A contest for supremacy: China, America, and the struggle for mastery in Asia”, de Aaron L. Friedberg (2011, Norton), “Advantage”, de Adam Segal (Norton, 2011), “The end of cheap China” (Shaun Rein, 2012, Wiley), “What Chinese want”, de Tom Doctoroff  (Palgrave, 2012), “The China Strategy”, de Edward Tse (2010, Basic Books), “As China goes, so goes the world”, de Karl Gerth (2010, Hill and Wang), y el más importante e impactante de todos los libros sobre la materia: “When China rules the world”, de Martin Jacques (“2009, Allen Lane). 

Mucho más recientemente, se han empezado a publicar libros que ponen en tela de juicio que el ascenso de China al puesto de número uno mundial sea inevitable. El historiador de Harvard David Shambaugh, tras tres décadas de estudiar la economía, política y sociología china, concluye que el poderío de China nunca será global, ni absoluto: El autor ha recogido sus experiencias en una obra publicada en febrero de 2013 titulada “China goes global: the partial power” (Oxford University Press, 2013). La desaceleración de la economía china, ya experimentada lentamente a lo largo de 2012, y de manera más clara en el primer semestre de 2013, podría abonar las teorías de Shambaugh, puesto que China está siendo víctima de sus fuertes desequilibrios sociales y políticos, que afectan al rendimiento y crecimiento de su economía.

Por último, hay una percepción muy fuerte a nivel mundial, cercana al 80%, que favorece a Estados Unidos, frente a China. Es lo que se denomina en anglosajón “soft power”, “poder suave”, versus el poderío militar. Es un concepto que se refiere a la primacía de Estados Unidos desde el punto de vista de la innovación y la tecnología, el sistema capitalista y la forma de hacer negocios, la cultura, el ocio, el cine y la música: todos estos elementos positivos atraen a una inmensa mayoría de ciudadanos del mundo, sin que China tenga nada parecido que ofrecer, para contrarrestar a Norteamérica.

Publicado previamente en mi Blog en Cinco Días EE.UU y mercados emergentes

Sociología, Economía y Política de Estados Unidos a mediados de julio de 2013

Durante cinco años, los índices de aprobación del presidente Obama, entre norteamericanos, han sido positivos: ni la polémica reforma sanitaria ni la reforma financiera le hicieron mella; de hecho, ambos programas fueron llevados a cabo en su primer mandato (2009-2012) y, a pesar de ello, Obama fue reelegido en noviembre de 2012 para un segundo mandato.

Sin embargo, entre abril, mayo y junio de 2013, la imagen del presidente Obama se ha resentido en Norteamérica. A mediados de julio de 2013, le aprueban el 44,6% y le suspende el 49,8%. Tiene, por tanto, un saldo negativo acerca de la percepción de su gestión como presidente, del -5,2%. Algo similar le sucede en los dos puntos fuertes de la política de Obama: economía y relaciones internacionales. Las encuestas de julio de 2013 valoran negativamente al presidente en ambos aspectos.

En cuanto a la economía, el 51% de los americanos piensa que dentro de un año su situación económica será peor que la actual, versus el 45% que opinan que, en doce meses, su calidad de vida mejorará. Dos de cada tres norteamericanos creen que el país se dirige “en la incorrecta dirección”, es decir, que el país está siendo mal dirigido. Solo el 30% creen que la nave económica norteamericana sigue un rumbo adecuado, como de hecho indican los datos: crecimiento económico, empleo, mercados de valores (bolsa, con todos los índices en positivo), construcción y vivienda, todos  en positivo.

Las relaciones internacionales admiten más matices y división de opiniones, porque el 40% están a favor de las políticas de Obama y el 35% están en contra. Unos dicen que Estados Unidos no debería intervenir militarmente en Siria; tampoco vender armas a los rebeldes contra Bashar Al Asad. Otros dicen que Obama debería impulsar el cambio democrático en Egipto, en vez de apoyar a los militares. Muchos creen que Estados Unidos debería ser más duro con Corea del Norte, versus los que piensan que Obama debería sentarse a negociar con Irán, ahora que un presidente menos radical acaba de ser elegido.

Lo que a todos preocupa es China. No solo porque sigue teniendo 1,264 trillones de deuda pública americana (el 26% del total o, si se tiene en cuenta solo la deuda pública que está en manos de inversores privados, excluido el gobierno, ese porcentaje alcanza el 47%), sino porque sigue queriendo disputar a Estados Unidos el papel de primera potencia económica del mundo. Las previsiones de Goldman Sachs, que anticipaban que en 2016 China alcanzaría en PIB a Estados Unidos (no en producto interior bruto per cápita) no se cumplirán, por mucho que Estados Unidos crezca sólo el 2,2% en 2013 y China alcance el 7%. La cuestión es que, para Norteamérica, ese crecimiento, siendo moderado, es suficiente, mientras que en el caso chino, pasar del 8% al 7%, significa poner de manifiesto los fuertes desequilibrios de su economía.

Los chinos están embarcados en una “guerra de ciberespionaje”, por la que organizaciones vinculadas al ejército (“The Comment Group”) espían los ordenadores del Pentágono, la CIA y empresas tecnológicas y medios de comunicación (Wall Street Journal y the New York Times, por ejemplo). Este espionaje ha sido objeto de conversaciones y disputas entre Barack Obama y el presidente chino, Xi Jinping durante todo el año 2013 y, en julio de este año, es el tema central de un encuentro sino-americano del máximo nivel.
Como hemos sabido por las revelaciones de Edward Snowden, también Estados Unidos ha espiado a países amigos y enemigos, al igual que lo hacen Rusia, China, Reino Unido y Francia, entre otros. El Gobierno americano no ha actuado solo, y tampoco lo ha hecho al margen de la ley. Las “Patriotic” y Surveillance” Acts, o Leyes Patriótica y de Vigilancia, permiten que los jueces den cobertura legal a las actuaciones del Gobierno: un total de 550 millones de personas han sido “espiadas en sus comunicaciones”. Siempre teniendo en cuenta que la Seguridad Nacional es lo que estaba en juego o, en otras palabras, evitar atentados terroristas y localizar a sus potenciales autores.

El Gobierno americano ha contado con la colaboración de empresas tecnológicas, operadoras de telecomunicaciones, conglomerados de Internet y redes sociales y los ISP o proveedores de acceso a Internet: Microsoft, Google, Facebook, Apple, Verizon, Yahoo y otras muchas empresas han colaborado con las autoridades: la CIA, la NSA o el FBI. Durante meses, la población general americana no ha penalizado al presidente Obama por ordenar llevar a cabo dichas escuchas; solo recientemente, en la primera mitad de julio, por un mínimo margen estadístico, son más los que no están de acuerdo con Obama –en este punto-, que los que le apoyan. El motivo es sencillo: Obama fue elegido presidente porque prometía “hope and change”, esperanza y cambio; un tipo de política muy diferente de la de su predecesor, George W. Bush. Esto le dio estatura moral y legitimidad: cuando propios y extraños se han dado cuenta de que Obama –como presidente, como comandante en jefe-, actúa de manera parecida a la de Bush, muchos en la izquierda se han llevado las manos a la cabeza. En cambio, Obama está haciendo todo lo posible por avanzar su agenda más liberal, en cuestiones morales, como el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo y el control de armas de fuego.

Esto explicaría una posible electoral demócrata si se celebraran hoy elecciones legislativas, que no tendrán lugar hasta noviembre de 2014. Hoy, al menos, en julio de 2013, los demócratas ganarían a los republicanos por un estrecho margen del +2,4%. Por supuesto, este dato hay que “cogerlo con pinzas”, porque aún falta mucho tiempo para que se celebren esas elecciones. Más aún, históricamente, el partido del presidente no suele ganar esas elecciones de mitad de mandato. Las excepciones más notables en el último siglo, las consiguieron los demócratas con Bill Clinton en 1998 y los republicanos con George Bush en 2002. En el primer caso, Clinton presidía un país en plena expansión económica, y, en el segundo, Bush tenía el apoyo de toda la nación tras los atentados del 11 de Septiembre de 2011.

En cualquier caso, son muchos los que están calentando motores, cara a las elecciones legislativas de 2014 y a las presidenciales de 2016. En el primer caso, los republicanos tienen que poner su casa en orden y, aparentemente, solo un hombre como Marco Rubio –senador por Florida- parece ser capaz de hacerlo, devolviendo a los republicanos su tan necesaria conexión con la actual realidad económica, política y social americana: los republicanos se apoyan en un electorado conservador, blanco y envejecido. Han dejado fuera al 15% de hispanos, el 13% de afroamericanos, y el 8% de asiáticos. Los estudios internos del partido republicano que ha conocido ADVICE Strategic Consultants, dicen a las claras que los republicanos necesitan conectar de nuevo con la sociedad si no quieren convertirse en un partido minoritario, sin posibilidades de gobernar.

En el campo demócrata, destaca Hillary Clinton: quienes la apoyan ya han puesto en marcha la maquinaria electoral, con un Political Action Comittee (PAC), compuesto por expertos de las dos campañas presidenciales de Obama. Clinton prepara su tercera biografía, centrada ésta en su paso por la Secretaría de Estado. Y no para –emulando a su marido- de dar conferencias por todo el país, cobrando por cada una no menos de 200.000 dólares. En una ocasión,  en abril de 2013, ingresó 750.000 dólares por una conferencia. A este ritmo, en 2016 tendrá suficiente dinero como para financiar una exitosa campaña presidencial, en el caso de que decida anunciar su candidatura a presidenta.

Publicado previamente en Mi Blog de Cinco Días EE.UU y Mercados Emergentes

viernes, 11 de junio de 2010

La reforma financiera de Obama y el diálogo con China

El 20 de mayo de este año Obama conseguía sacar adelante en el Senado su reforma del sistema financiero norteamericano. Posiblemente, un texto definitivo, refundido con las aportaciones de Senado y Cámara de Representantes, verá la luz durante el año 2010.

El pasado 22 de abril, en Cooper Union (Nueva York), en el mismo lugar en que –en campaña electoral, dos años atrás- Obama anunció por primera vez su deseo de reformar Wall Street, el presidente recordó: “Creo en el poder del libre mercado: pero el libre mercado nunca fue una carta blanca para conseguir cualquier cosa a cualquier precio”. Obama no pretender ponerle puertas al campo, con su reforma, sino evitar que vuelva a producirse otra debacle financiera como la crisis de crédito de 2007-2010. Con la nueva regulación de Wall Street, las entidades financieras no podrán crecer a toda costa y deberán mantener un mayor equilibrio entre su endeudamiento y su capital y reservas. Aplicando la llamada “Regla Volcker” (la que lleva el nombre del Presidente del Consejo Asesor de Recuperación Económica de Obama, y fue presidente de la Reserva Federal con Ronald Reagan, Paul Volcker), los bancos no podrán invertir los depósitos de sus clientes en los mercados. Se quiere evitar que, si esas inversiones resultan fallidas, con la caída de las instituciones financieras, se vean arrastradas también las familias y empresas que les han confiado sus ahorros.

A partir de ahora, no será el erario público quien rescate a los bancos, si éstos se hunden, como sucedió en 2008 y 2009. El sector financiero creará un fondo a tal efecto. Habrá más transparencia en productos derivados y se incrementará la protección de los consumidores, entre otras medidas, mediante la creación de la Agencia de Protección del Consumidor Financiero. En su discurso radiofónico de los sábados (15 de mayo de 2010), Obama pedía que se aprobara la reforma financiera como una forma fundamental de proteger a los ciudadanos: “La Reforma de Wall Street redundará en una mayor seguridad para la gente corriente”. Y Obama aludía a su responsabilidad como Presidente a la hora de evitar nuevas crisis económicas como la de 2007-2010, mediante su reforma financiera: “Mi responsabilidad como presidente no consiste solamente en sacar a nuestra economía de esta recesión. También consiste en asegurarnos de que una crisis financiera como la que causó la actual recesión no vuelve a suceder otra vez: esto es lo que la reforma de Wall Street nos ayudará a conseguir”.

Obama prometió al presidente chino, Hu Jintao, el 1 de abril de 2009, que Norteamérica reformaría su sistema financiero: en el mismo momento (20 de mayo de 2010) en que la Delegación norteamericana se dirigía a China para entablar el Diálogo Estratégico y Económico entre Estados Unidos y China, el Senado norteamericano aprobaba la reforma financiera de Wall Street. Una reforma apoyada también por más de dos tercios de la ciudadanía norteamericana, tanto demócrata como republicana.

Jorge Díaz-Cardiel. Tribuna publicada por el Diario Negocio el 10/06/2010

martes, 21 de julio de 2009

La imagen de Obama, y la reputación de los Estados Unidos, seis meses después de asumir la Presidencia


“Normalmente, un Presidente, tiene dos o tres cosas importantes que manejar a diario: yo, por el contrario, tengo que enfrentarme a siete u ocho cosas importantes y urgentes...; lo que me he encontrado, al llegar a la Presidencia de Estados Unidos, es un completo desastre”. Con estas palabras, explicaba, sin decirlo explícitamente, el porqué de las canas que habían convertido en casi blanco su pelo, a las pocas semanas de lo que en América llaman “The Inauguration”, la toma de posesión del Presidente, en enero de 2009. Me refiero, obviamente, a Barack Obama. Ahora se cumplen seis meses desde el inicio de su mandato.

Junto con JFK (Kennedy), Ronald Reagan y Bill Clinton, Obama es uno de los Presidentes más populares de Estados Unidos. Los dos primeros presidentes mencionados (JFK y Reagan) están fallecidos, pero siguen siendo los dos presidentes con mejor imagen del siglo XX, aún después de muertos. De Bill Clinton se destaca no sólo que fue el Presidente que más y mejor empujó el fenómeno económico de la Globalización, que más impulsó la Sociedad de la Información; el Presidente que consiguió la era económica más próspera para la Norteamérica del siglo XX, sino también que fue, junto con Kennedy, el Presidente más carismático de todos los tiempos. Su preocupación por su imagen y por la imagen percibida por los ciudadanos americanos le llevó a encargar encuestas semanales; a veces, muchas veces, incluso a diario para medir y tomarle el pulso a la opinión pública: sobre su imagen y sobre sus políticas. Es el primer presidente, más que a Kennedy y a Reagan, al que se “acusó” formalmente de gobernar la nación más poderosa de la tierra a base de encuestas.


Los retos de Kennedy, Reagan y Clinton


Al igual que Obama, todos estos presidentes tuvieron que enfrentarse a retos formidables: baste recordar, en el caso de Kennedy, la lucha por los derechos civiles, la lucha contra la extrema pobreza en el sur y centro de los Estados Unidos, el desastre de Bahía de Cochinos, a poco de asumir la presidencia, la construcción del muro de Berlín o la crisis de los misiles de Cuba, en el contexto de la Guerra fría. Si ahora celebramos el cuarenta aniversario de la llegada del hombre a la luna fue gracias a quien en su discurso de enero de 1961 prometió poner pie en tierra lunar antes de que acabara la década de los sesenta: “We choose to go to the moon...; we choose to go to the moon not because it is easy, but because it is hard”. “Elegimos ir a la luna no porque sea fácil sino porque es difícil”. Todo el discurso inaugural de Kennedy está lleno de referencias a los enormes retos que tenía por delante.

Reagan se empeñó en llevar la guerra contra “los soviets”, para acabar con lo que él llamó el “Imperio del Mal” (La extinta Unión Soviética) a todos los lugares del planeta: ayudando a los Contras frente al Gobierno sandinista de inspiración marxista en Nicaragüa, aliándose con los talibanes (Mujahadines) en Afghanistan frente a los soviéticos...; su firmeza frente a los soviéticos y sus iniciativas como la llamada “Guerra de las Galaxias” (un escudo antimisiles que protegería Estados Unidos de los misiles soviéticos en caso de una hecatombe nuclear) y sus continuas reuniones con el líder soviético Gorbachev finiquitaron, dieron la puntilla final al imperio soviético, que desaparició formalmente tres años después de que Reagan dejara la Presidencia.

Reagan sacó a los EEUU de la peor crisis económica desde la Gran Depresión, incurriéndo, eso sí, en los déficit públicos más formidables que América haya tenido que soportar..., hasta los generados por George W. Bush, diciséis años después. Ironías de la política americana: los republicanos generan los déficits, y los demócratas los enjugan: justo lo contrario de lo que derecha e izquierda hacen en España, por ejemplo.

Clinton es el primer presidente americano que tuvo que lidiar formalmente con un mundo sin guerra fría; poniéndo énfasis en el desarrollo económico de su país y, por ende, de todo el mundo, firmando más acuerdos de libre comercio que ningún otro presidente en la Historia de su país. Con razón, Alan Greenspan (Presidente de la Reserva Federal desde 1987 hasta 2006) se refiere a Bill Clinton como el gran paladín de la Globalización económica mundial.

Si Reagan tuvo que enfrentarse con Hizbullá en el Líbano y con la OLP en Palestina y con la invasión de El Líbano por Israel en 1982, por ejemplo; o solucionar la crisis de los rehenes en Irán; Clinton sufrió los primeros zarpazos de Al Qaeda: en Yemen, en las embajadas de los Estados Unidos en Kenia y en Tanzania; la voladura del HMS y la del World Trade Center...; también el desastre de los 17 marines de las Fuerzas Especiales en Somalia, Bosnia, el genocidio en Ruanda, etc. Fue el primer presidente que intentó poner en marcha una reforma (fallida) del sistema sanitario americano que, todavía hoy, deja sin cobertura médica básica a 44 millones de ciudadanos. Sus intentos fueron fallidos y sus escarceos amorosos extramatrimoniales pasarán a la historia como meras anécdotas frente a su extraordinario carisma como presidente. Como historiador y observador de la Presidencia de los Estados Unidos, querría escribir sin parar sobre estos temas, pero desgraciadamente no son objeto de este artículo.


Los retos del Presidente Obama


Obama ha tenido que enfrentarse con la peor y más grave crisis económica desde la Gran Depresión de 1929; crisis “de las que uno sólo ve una vez en la vida, cada cincuenta años o un siglo entero, según Greenspan”. Desde el primer momento se puso manos a la obra y sacó adelante un primer estímulo fiscal que supone más del doble de lo que Estados Unidos dedicó al Plan Marshall que ayudó a reconstruir Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Aún así, economistas como el Premio Nóbel 2008 Paul Krugman dicen que estas medidas son insuficientes y anima a Obama a multiplicar el deficit público de su país, para salir de la crisis.

En conjunto, es tal la cantidad de medidas que Obama ha puesto en marcha en estos seis meses que, aunque el paro no ha parado de aumentar, el decrecimiento económico en Estados Unidos ha empezado a desacelerarse. Sus ayudas a sectores críticos para la economía americana (el automóvil o la banca de inversión y la banca comercial) y la manga ancha que ha dado al Presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke (quien ha mantenido los tipos de interés en mínimos históricos para reactivar el crédito, la liquidez, la inversión y el consumo), se están demostrando eficaces. Pero no suficientes. ¿Por qué? Porque como indicaba Obama en la rueda de prensa a que hice referencia al principio de este artículo, la cantidad de retos a que ha tenido que enfrentarse ha sido monumental, y un presidente, un ser humano, aún tan carismático como Obama, no deja de tener sus limitaciones.


Un Presidente “revolucionario”, en lo doméstico


En el frente interior, además de poner en forma la economía, su principal reto, Obama quiere cambiar de arriba a abajo el estado del bienestar norteamericano, proporcionando un sistema nacional de salud a todos los ciudadanos. Ya hemos dicho que Bill Clinton lo intentó, poniendo tal iniciativa en manos de su esposa, Hillary, y por razones que sería largo de explicar, fracasó. Para Obama, hoy, esto es una prioridad. Como lo es la reforma de la educación, la investigación con células madre o el avance en los derechos civiles. Aunque no en la forma en que muchos creerían, respecto a este último punto: Obama será Demócrata, pero no es ni socialista ni de izquierdas. Cree tanto en la igualdad de oportunidades como en el sueño americano de que cualquiera, con esfuerzo (=trabajo esforzado) puede llegar a enriquecerse o al menos proporcionarse a sí mismo y a su familia un buen nivel de vida.

Obama cree en la meritocracia. Supongo que tan sólo un presidente de color podría dirigirse al lobby más importante afroamericano y decirle (esta misma semana pasada), a la cara, que él no cree en la discriminación positiva por razones de sexo o color y que, en la América del siglo XXI, como demuestra su llegada a la Casa Blanca (primer hombre de color en hacerlo, arrancando lágrimas al reverendo Jesse Jackson o a Oprah Winfrey en la noche en que fue elegido), todo el mundo puede llegar lejos trabajando duro y honestamente. Sus retos en política doméstica constituyen una lista (casi) interminable.


Ponerse el mundo por montera, en lo exterior..., tras la pesada herencia Bush


En política exterior, Obama tiene que restaurar la reputación de Estados Unidos en el mundo, tras ocho años de unilateralismo de la era Bush. Frente al “conmigo o contra mí”, Obama ha ofrecido multilateralismo, lo cual significa escuchar a los otros, incorporar al juego de la globalización a los países emergentes BRIC (Brasil, Rusia, India y China) y dotar de contenido real a Naciones Unidas; pero sin dejar de tener claro que los Estados Unidos, como lo fue España en el siglo XVI o Inglaterra en el siglo XIX, es la nación más poderosa de la tierra (en términos económicos y militares, que lo uno sin lo otro no vale para nada, en términos de ejercer influencia en política internacional) y que, en ese sentido, tiene sus obligaciones, como primera potencia mundial.

En Irak sigue habiendo atentados, pero Obama ha dado un giro de 180 grados a la política de Bush en ese país y ha dado más libertad de actuación a los comandantes militares sobre el terreno: esto ha supuesto una mayor eficacia de las operaciones militares, en Irak. Además, cumpliendo su promesa electoral, las tropas americanas, dejando primero las grandes ciudades en manos del ejército irakí, están iniciando poco a poco su repliegue y, en el plazo de dos a tres años, abandonarán Irak. Obama está poniendo su atención, sobre todo en Afghanistán, donde los talibanes amenazan el gobierno de Kabul impuesto por Washington (este mes de agosto habrá elecciones en el país) y, sobre todo amenazan al Gobierno de Pakistán, queriendo evitar a toda costa que sus armas nucleares caigan en manos de los extremistas islámicos. Obama ha sido más consciente que su predecesor de que, tras el 11S, la lucha contra el Terror no se circunscribe a la búsqueda de Osama Bin Laden y los líderes de Al Qaeda, sino que es necesario luchar en muchos más frentes al mismo tiempo: con la CIA..., y con la Diplomacia..., buscando aliados.

Corea del Norte ha cumplido sus amenazas y ha seguido adelante con sus pruebas nucleares, lanzando misiles al mar del Japón (a Dios gracias, no se trataba de misiles nucleares). A Obama no le ha temblado el pulso y, si bien fue Bush quien metió a los norcoreanos en el Eje del Mal, ha amenazado con actuar seriamente si Corea del Norte no da marcha atrás en sus agresiones a sus vecinos (sobre todo Corea del Sur y Japón, aliados de Estados Unidos). El mismo Obama que ha ordenado la mayor ofensiva contra los talibanes en Afghanistan hace dos semanas, tendrá la misma firmeza en actuar contra Corea del Norte, aun cuando “el actuar”, en su caso, siempre lleve consigo primero: diplomacia, sanciones y alianzas con los antiguos “amigos” de Corea del Norte: China y Rusia.

Irán sigue siendo un problema (lo ha sido para Norteamérica desde 1979, cuando estalló la revolución islámica) y, aunque Obama ha manifestado su deseo de sentarse a hablar, --sin condiciones, aunque pidiendo al régimen de los Ayatolás que dejen de lado su deseo de armarse nuclearmente-, ha tenido la enorme suerte de que el resultado de las recientes elecciones legislativas en Irán han dado un gran respiro al presidente americano. Irán podría ser un polvorín a punto de explotar debido a una sociedad no dividida, sino enfrentada: entre los que quieren reformas básicas y más libertades, y los que (gobernando ahora, con un impulsivo presidente a la cabeza) quieren que nada cambie en el régimen teocrático. Obama ha demostrado ser pragmático, en este caso, y dejar que las cosas en Irán, por ahora, se resuelvan por sí solas, antes de actuar: pero tarde o temprano, tendrá que hacer algo: porque Irán, o la antigua Persia, no quiere dejar de ser una gran potencia en Oriente Medio, utilizando su enorme influencia en el Islám “shiia”, cosa que molesta enormemente a las Monarquías y regímenes autoritarios Sunnies, aliados, por cierto, de Estados Unidos, como sucede con la Casa Real Al Saud, de Arabia Saudí.

El Conflicto en Oriente Medio continúa siendo una herida abierta y Obama no ha contentado a nadie al decir que desea tanto la seguridad de (su aliado) el Estado de Israel como que los palestinos tengan su propio Estado. Aunque nadie, claro está, espera que el actual presidente resuelva un conflicto en seis meses, que nadie ha podido solucionar desde 1948. Pero sus acercamientos al mundo islámico (como su discurso en El Cairo, dirigido a todos los musulmanes, chiies y sunnies, en que habla de una América que también tiene –integrados plenamente- ciudadanos musulmanes y que quiere llevarse bien con el mundo islámico) han hecho de él, también en los países árabes, el líder político mejor valorado a nivel mundial, como ya lo es en el mundo occidental. Estudios de Gallup, Pew e Ipsos, así lo demuestran.

El expansionismo chino en busca de materias primas con que nutrir su enorme producción industrial (única manera de mantener el crecimiento económico, sacar a cientos de millones de ciudadanos de la pobreza y, sobre todo, mantener la estabilidad social en el país) es otro quebradero de cabeza para Obama. China es ya una enorme potencia económica, con crecimientos del PIB superiores al 8%, incluso durante la crisis. China quiere el reconocimiento en la escena internacional que le otorga su economía boyante. Y, junto a ello, un mayor peso en los organismos internacionales (G-8, G-20, ONU, etc) y también mayor alcance militar para defender sus intereses, tal y como hacen los americanos (y los rusos). China es, junto con la Unión Europea, el partner económico más importante de los Estados Unidos. Con el añadido de que China financia la deuda y el déficit público americanos, gracias a sus bancos estatales y los fondos de inversión soberanos. Para Obama, los chinos son tanto aliados como son un problema en términos geopolíticos. Y necesitará de su enorme pragmatismo para sacar lo mejor para América de dicha relación dual y ambivalente.

Rusia también quiere su imperio. Imperio cercano a sus fronteras (en Asia Central y en el Cáucaso), pero Imperio. Rusia hoy cuenta en el mundo tanto porque sigue teniendo cabezas nucleares, como porque continúa siendo una potencia energética (gas y petróleo) de primer orden: que nos pone en vilo a todos, cuando llega el invierno... Putin sigue siendo el poder en la sombra y el presidente Medvedev, con quien se entrevistó Obama esta misma semana, es todavía una incógnita.


Un Presidente con mil frentes abiertos..., y una excelente imagen


Lo más destacado de todo lo que ha hecho Obama en estos seis meses no ha sido sólo su activismo imparable, sino su capacidad de atender a tantos frentes al mismo tiempo. Y, todo ello, con una filosofía sólida de fondo: la de intentar integrar a todos en el sistema multipolar de relaciones internacionales, en vez de dejar fuera a nadie que, como bien ha demostrado la era Bush, sólo consigue que el animal herido (=miembro del Eje del Mal, por ejemplo), sea capaz de dar zarpazos cuando se siente agredido y acorralado. Si Obama, en los tres años y medio de presidencia que le quedan, va a ser capaz de conseguir todos sus objetivos, en materia interior y exterior, es hoy imposible de saber.

Lo que sí sabemos es la forma en que los ciudadanos perciben sus políticas y su forma de llevarlas a cabo y comunicarlas. Obama sigue gozando de una enorme popularidad, parecida a la que tenía a principios de su mandato, hace seis meses: similar a las de Reagan, Kennedy o Clinton al inicio de sus presidencias. Pero, al igual que ellos, Obama es un presidente que ha sido elegido en el marco de una sociedad dividida: demócratas y republicanos están, continúan, francamente enfrentados. Y a Obama no le votó el 90% de todo el electorado, como de todos es sabido. Su buena imagen sigue incólume entre el electorado demócrata, que le volvería a votar muy mayoritariamente; mientras que los republicanos, que le otorgaron un voto de confianza nada más después de celebradas las elecciones, hoy se lo retiran, volviendo a la polarización de años previos. Encuestas distintas, tanto del Washington Post como del USA Today, publicadas hoy mismo en los Estados Unidos, muestran división entre los ciudadanos a la hora de apoyar las iniciativas de Obama en materia económica o su deseo de renovar el sistema sanitario.

Ya veremos cómo acaba todo. Gracias a que vivimos en un mundo interconectado, y existen internet, la telefonía móvil, las redes sociales, etc, y tenemos acceso a toda la información casi en tiempo real, seremos testigos, en vivo y en directo, de los éxitos y fracasos de Obama, que nos afectan a todos.

Además, con toda certeza, asistiremos a una de las presidencias más apasionantes de toda la historia de los Estados Unidos de América.



Fotografía Reuters