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viernes, 30 de enero de 2015

Este y Oeste: dos formas de crecer y generar empleo

Ilustración: un pulso entre dos brazos que representan a Estados Unidos y China.
En mis continuos viajes a Estados Unidos, desde junio de 2009, cuando comenzó la recuperación económica americana, todos los años he visto crecer la ansiedad estadounidense respecto al ascenso económico de China (When China rules the world, Martin Jacques, Allen Lane 2009,). Se refleja en los medios de comunicación, en los más de trescientos libros que he leído sobre la materia y en el sentir de la calle, proyectado en las encuestas que influyen en los políticos norteamericanos.

Según el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI) o The Boston Consulting Group, la economía china será mayor que la norteamericana en porcentaje de Producto Interior Bruto (PIB) mundial en 2019: China (18% del PIB) será la economía más grande del planeta, seguida de Estados Unidos (17%). En la primera página de la obra de Friedman y Mandelbaum (That used to be us, FSG 2011) se cita al presidente norteamericano Barack Obama: “No tiene sentido que China tenga mejores trenes que nosotros, o que Singapur tenga mejores aeropuertos que los nuestros. Sabemos que China tiene el ordenador más rápido del planeta: that used to be us, eso solíamos ser nosotros” (Obama, 3 de noviembre, 2010).

Desde la muerte de Mao, en 1977 –y el ascenso de Deng Xiaoping–, China ha creado 400 millones de puestos de trabajo: personas que salieron de la pobreza, y se incorporaron a la clase media (China goes global, David Shambaugh, Oxford University Press 2013). Ciertamente, en las últimas tres décadas, Norteamérica no ha creado tantos empleos. Por supuesto, puede argumentarse la obvia disparidad demográfica: el censo oficial del Partido Comunista Chino
–distinto del oficial del Buró de Estadísticas del Gobierno chino– muestra una población de 1.500 millones de chinos (versus 1,3 de la segunda fuente). El censo estadounidense de julio de 2013 habla de 311 millones de norteamericanos. Son realidades muy distintas, por tanto, que favorecen a Estados Unidos.

Aun así, la pregunta persiste: ¿alcanzará China a Estados Unidos como primera economía del planeta? Con Alan Greenspan (ex presidente de la Reserva Federal estadounidense: The map and the territory. Risk, human nature and the future of forecasting, Penguin Press 2013), afirmamos que no porque, de nuevo, hablamos de realidades diferentes. Demos la respuesta final: cuando, en 2019, China alcance a Estados Unidos en tamaño relativo del PIB mundial, los chinos seguirán siendo pobres y los norteamericanos seguirán siendo ricos…, incluso más ricos. Las mismas fuentes antes citadas (FMI, Banco Mundial) proyectan un PIB per cápita –basado en paridad de poder adquisitivo– de 16.000 dólares anuales para los chinos, versus 66.000 anticipados para los norteamericanos.
Como suele decir Jim O’Neill, inventor del acrónimo BRIC (Brasil, Rusia, India, China) en 2001, y más recientemente del acrónimo MINT (The Growth Map. Economic opportunity in the BRICs and beyond, Portfolio 2011: México, Indonesia, Nigeria, Turquía): “Un mercado de trabajo en ebullición suele ser síntoma de una economía boyante”, aunque no siempre. Y de acuerdo con Simon Baptist, economista jefe de The Economist Intelligence Unit y su director regional en Asia: “El crecimiento económico que genera empleo a lo largo del ciclo es empujado por cambios en la demanda (…); a largo plazo, el potencial de crecimiento económico de un país depende de la oferta: cuántos trabajadores tiene y cuán productivos son”.

Estados Unidos y China, modelos diferentes

Ambos expertos nos ayudan a entender las diferencias en crecimiento económico y generación de empleo entre Estados Unidos y China. Con menor crecimiento económico, Estados Unidos genera más empleo –en términos relativos– que China, a quien además se le acaba el fuelle económico: tras tres décadas creciendo a dos dígitos, la segunda década del nuevo siglo ha visto crecimientos del 7,7-7,5%, crecimiento insuficiente en PIB para generar empleo en China. Estados Unidos, en cambio, aumenta en empleo y productividad, mientras China desacelera en lo uno y en lo otro debido al aumento de los costes laborales y de producción. Este es uno de los motivos que lleva a gigantes corporativos americanos a volver al made in America y repatriar producción a Estados Unidos (Apple, GM, HP, Wal-Mart). En 2019, los costes de producción chinos aumentarán el 102%, versus el 96% estadounidense: los americanos seguirán siendo más productivos que los chinos, dentro de cinco años.

En los últimos 54 meses, las empresas han generado 10 millones de empleos en Estados Unidos: el más largo período de creación de empleo en el sector privado desde 1939 (Departamento de Trabajo estadounidense, septiembre 2014). Entre marzo de 2010 y agosto de 2014, la economía americana ha crecido una media del 2,2% en PIB y cada mes se han creado, también de media, 186.000 empleos netos. Cierto, ambas citas son medias, porque la economía americana creció en el último trimestre un 4,2% (venía de una contracción del -2,9%) y en agosto solo se crearon 142.000 puestos de trabajo, dejando la tasa de paro en el 6,1%. Nuestras predicciones son que Norteamérica alcanzará la ansiada tasa de desempleo del 5,5% (objetivo de la Reserva Federal, con Ben Bernanke y, ahora, con Janet Yellen) a mediados de 2016, lo que podría facilitar que otro presidente demócrata sucediera al actual.

Esto abundaría en las tesis de los economistas de Princeton, Alan Blinder y Mark Watson, que sostienen que la economía americana crece más y genera más empleo con presidentes demócratas que con republicanos, habiendo estudiado la evolución del PIB anualizado y la generación de empleo desde Truman a Obama: “Desde 1961…, los republicanos han dirigido la Casa Blanca 28 años; los demócratas, 24 –dijo Bill Clinton, en 2012. En estos 52 años, el sector privado ha generado 66 millones de empleos. ¿Cuál es el saldo? Los republicanos, 24 millones; los demócratas, 42 millones”. Concluye Blinder: “Y Obama ha añadido (2012-2014) otros cinco millones al saldo.

Blinder (After the music stopped: The Financial Crisis, the Response, and the Work Ahead, Penguin 2013) y Michael Grunwald (The New, New Deal, Simon & Schuster 2012) atribuyen a motivos distintos la creación de 10 millones de puestos de trabajo en Norteamérica con Obama. Blinder, que trabajó con Clinton y con Greenspan, compara la era Obama con la de Clinton y concluye que son los incrementos de productividad, gracias a las tecnologías de la información (TIC), los que más aportan al empleo. Grunwald defiende la tesis de que el paquete de estímulo a la economía (787 billones de dólares) de febrero de 2009, que salvó el automóvil, los bancos, las aseguradoras, la construcción e invirtió en infraestructuras, TIC y energías verdes –por simplificar–, es el motivo de la generación de empleo de Obama.

TIC y empleo en Estados Unidos

Para Bernanke, ex presidente de la Reserva Federal (The FED and the financial crisis, Princeton 2013) y Timothy Geithner, ex secretario del Tesoro (Stress Test, Crown 2014), la respuesta adecuada sería una mezcla de ambas tesis: el crecimiento con empleo de los últimos cinco años ha sido resultado de la inversión pública y privada, el moderado incremento del consumo (70% del PIB americano), bajos precios del petróleo y fuertes aumentos de productividad. En este último punto, ponen énfasis tanto Blinder (demócrata), como Bernanke (libertario, versión más extrema del republicanismo).

Según Blinder, en los años noventa, América se benefició de uno de los crecimientos económicos más fuertes, superior al 3%, gracias a una fuerza laboral que se expandía a más del 1% anual, debido a incrementos de productividad anual del 3%, fruto de la implementación de las TIC en las empresas e Internet. Entre febrero de 1996 y abril de 2000 (segundo mandato del presidente Clinton), la creación de trabajo fue de 240.000 empleos mensuales (como en la primera mitad de 2014). Para ver una recuperación mayor, hay que remontarse a principios de los años cincuenta, cuando hubo un período de 13 meses en que se generaron 315.000 empleos cada mes, con bajo crecimiento económico.

En Estados Unidos, en los años cincuenta y noventa del siglo XX y entre 2009 y 2014 se han producido aumentos de productividad gracias a las tecnologías de la información, que han facilitado el crecimiento económico y la generación de empleo. Por supuesto, la inversión pública y privada, el desarrollo de las infraestructuras y, en última instancia, la capacidad de consumo de los norteamericanos han hecho el resto, pero las TIC son el común denominador que une los tres períodos de expansión. Y es el parámetro que se echa en falta en la economía china –que apostó muy fuerte por el factor trabajo a muy bajo precio, durante tres décadas- y en las BRIC y MINT– de Jim O’Neill, antes mencionadas.

En Why Nations Fail: The Origins of Power, Prosperity, and Poverty (Crown 2013), dos economistas de Harvard, Daron Acemoglu y James Robinson, aseveran que las nuevas tecnologías explican el triunfo del Imperio Romano sobre sus contemporáneos, o la primacía de Estados Unidos sobre la Unión Soviética en la Guerra Fría, entre otros ejemplos.

El capitalismo de estado chino, con instituciones políticas que no son inclusivas de la ciudadanía –a pesar de ser el segundo país del mundo con millonarios, 1,5 millones versus los 7,3 millones de Estados Unidos, según The Boston Consulting Group, en junio de 2014–, tiene el germen de la desaceleración de su crecimiento económico, sin el cual China es incapaz de generar empleo (ya vimos que Norteamérica era capaz de crear puestos de trabajo con poco crecimiento). La expansión de China por toda Asia, sus inversiones en América Latina, la compra de materias primas en África hacen que su alcance sea global (As China goes, so goes the world, Karl Gerth, Hill & Wang 2010) y que, por tanto, su potencial ralentización económica pudiere afectar al resto de países BRIC y MINT.
En cambio, la influencia de Estados Unidos –por ejemplo, a través del Acuerdo de Libre Comercio o TTIP con la Unión Europea– en Europa podría ser beneficiosa en términos de PIB y empleo para ambas partes, aunque esta temática se saldría del ámbito de nuestro artículo.

Nota: Este artículo fue escrito durante la primera semana de septiembre.

Publicado previamente en Catalunya Económica

martes, 7 de octubre de 2014

Economía China: de la armonía de Hu Jintao, al dilema de Xi Jinping

XiJinping ascendió a la Secretaría General del Comité de Central del Partido Comunista Chino (marzo 2013) prometiendo un programa de reformas que permitieran seguir creciendo la economía. No es que su promesa fuera electoral y tuviera que rendir cuentas a los votantes. Su compromiso era con los dos pilares que garantizan la estabilidad en un país de 1.500 millones de personas: el Partido Comunista y el Ejército. Ahora bien, una excesiva divergencia entre esos dos baluartes en que se asienta el sistema y la sociedad, podría provocar un cisma con consecuencias sociales imprevisibles. 

De aquí que la economía entre en la ecuación como un factor esencial de la estabilidad del país. Las revueltas estudiantiles en Hong Kong son una broma -más bien, un mosquito- para el Gobierno chino, que podría acabar con ellas con más rapidez y eficacia que con la Revuelta de la Plaza de Tiannamen.
El capitalismo de estado chino ha generado crecimientos económicos de dos dígitos durante tres décadas. 400 millones han salido de la pobreza. Una incipiente clase media -todavía, con ingresos netos anuales situados en un 25% de los norteamericanos o europeos- que se agrupa en la costa, y un millón de personas con más de un millón de dólares -por eso, se les llama millonarios- han cambiado la realidad de China que conoce el mundo exterior. Shanghai es un "show room" con impresionante distrito financiero, altísimos rascacielos, escenario de películas de acción y espionaje occidentales (Skyfall, Misión Imposible...), pero China no es Shanghai, como tampoco es Pekín. Y tampoco la inmensa China se identifica con los espectaculares centros de producción de Guangdong o Chongquing, con fábricas de 800.000 trabajadores...

La primera conclusión del crecimiento económico chino iniciado en 1979 por Deng Xiaoping es los enormes desequilibrios que ha generado dicho ascenso: la sociedad china no es el paraíso comunista -espejismo falso de la realidad- en que todos tienen de todo: unos pocos tienen muchísimo, unos cuantos, tienen algo, una inmensa mayoría apenas tiene. En esto, China no se diferenciaría en demasía del resto del mundo desarrollado, a no ser por el tamaño, las dimensiones.

A los desequilibrios sociales se une otra conclusión: la divergencia entre demanda interna y la externa. Hasta ahora, la gran fábrica del mundo que es China ha producido muy barato para exportar a bajo coste. Las exportaciones han expoleado el PIB, hasta ahora, cuando la economía mundial -lo dijo el 2 de octubre de 2014 el FMI- empieza de nuevo a ralentizarse, excepto en Estados Unidos. Xi Jinping no prometió un crecimiento armonioso -"sociedad armoniosa"-, como el de su predecesor, Hu Jintao. Su gran reto ha sido, desde marzo de 2013, aumentar la capacidad de consumo de los chinos para incrementar el consumo interno y compensar la caída de las exportaciones. Para eso, es menester hacer crecer el poder adquisitivo de los ciudadanos. Lo cual, en China, es opuesto a una política de altísima productividad basada en mucho factor trabajo a bajísimo coste salarial. De hecho, en los últimos doce meses, los costes laborales chinos ha  aumentado, por lo que sus fábricas son menos productivas. Gigantes americanos -Apple, Wall-Mart- han aprovechado para "volver al cacareado y popular (populista) made in America" y devolver significativa producción a Estados Unidos, lo que explica -solo muy parcialmente- la caída del desempleo en Norteamérica.

La realidad es que Xi Jinping está teniendo que elegir, entre seguir con sus reformas o espolear el crecimiento económico. No puede hacer ambas al mismo tiempo, por los vicios innatos al sistema chino, que no es inclusivo en sus instituciones, por no ser democrático ("Why nations fail", 2012, Harvard). Las medidas de estímulo económico puestas en marcha por Xi han tenido impacto, solo inmediato, y la segunda economía del mundo en tamaño, no va a poder evitar una fuerte caída del mercado inmobiliario, y un mayor descenso de la producción industrial: en agosto pasado, aquella cayó el 6,9% -año sobre año-, el crecimiento más bajo desde la Recesión de 2008.

El Gobierno no puede impulsar paquetes de estímulo de estilo de los de Barack Obama en Estados Unidos (787 billones de dólares en febrero de 2009; 400 billones adicionales en septiembre de 2011): se encuentra con altísimos niveles de endeudamiento de bancos -entre los mayores del mundo-, empresas -muchas, estatales- y gobiernos, a todos los niveles de la administración.

El PMI chino, en septiembre, permaneció en el mismo nivel que el mes de agosto: el 51,1. ¿Anecdótico? No, sintomático: es ya una tendencia, en 2014. La cuestión es qué va a hacer Xi Jinping ahora. Tiene dos opciones: tomar fuertes medidas, como recortar mucho los tipos de interés, al igual que Estados Unidos y Europa, o aceptar (resignarse) a la ralentización de la economía, con aumento del desempleo y menor crecimiento. Esto segundo no es una opción,  para un Secretario General del Comité Central del Partido Comunista Chino. Hoy, las "purgas" no son como las de Mao, son más amables, sutiles y..., armoniosas..., pero las hay.

Sería la primera vez que China no cumpliera, en un escenario hipotético, con su objetivo de crecimiento económico, del 7,5%, para este año. En Europa, acogeríamos ese crecimiento como maná llovido del cielo, pero para la economía china es un nivel ligeramente por encima del recesivo: China necesita expandirse dos dígitos, pero crecimientos de estos, "are long forgotten", han quedado en el olvido. Bloomberg, Wall Street Journal, Barclays, The Economist Intelligence Unit, HSBC..., todos coinciden en que, o Xi Jinping, timonel -grande o pequeño, no sabemos, pero todo indica, que mediano tirando a grande- tendrá que tomar decisiones pronto, y que serán drásticas, para estimular el crecimiento.

Los estudiantes de Hong Kong manifestados con teléfonos móviles, no cualifican ni como "china (piedra) en el zapato de China"...

Publicado previamente el 3 de Octubre en mi Blog de Cinco Días EE.UU y mercados emergentes

lunes, 6 de octubre de 2014

Movilidad, Robótica, Impresión 3D y TIC Digital revolucionan el Made in America

Si hay una característica virtuosa que define el espíritu norteamericano es "resilience": fortaleza para soportar los golpes, ánimo para seguir luchando, levantarse siempre, sacudirse el polvo y tirar para adelante. Gracias a esa resilience, Estados Unidos ha salido de muchas crisis de distinta naturaleza, mientras que sus competidores, incapaces de tal perseverancia combinada con el genio inventivo americano, se quedaban atrás.

En los años 80' muchos daban por muerta a Norteamérica, frente a la exitosa Japón, reina de la electrónica de consumo y las tecnologías de la información. Los famosos conglomerados japoneses desembarcaron en Estados Unidos, comprando todo lo que se les ponía por delante. Sony adquiría Columbia, icono del cine americano. Hasta Steve Jobs se maravillaba del "Walkman" y lo definía como el mayor invento tecnológico de todos los tiempos. El fundador de Apple llegó a plantear a Sony que, en su compañía fabricante de ordenadores personales, utilizaran su sistema operativo, el de Apple. Los japoneses, altivos, dueños del mundo, dijeron que no. Japón se hizo con el Rockefeller Center, en Nueva York y todo hacía indicar que el Imperio del Sol Naciente le daría la vuelta a la tortilla de su humillante derrota en la Segunda Guerra Mundial. La industria cinematográfica norteamericana, siempre haciéndose eco de "los temas de moda de cada momento", lanzó películas en que se manifestaba esa superioridad empresarial económica y empresarial norteamericana: "La Jungla de Cristal" (Bruce Willis), "Sol Naciente" (Sean Connery), entre otras.

Sin embargo, pocos años después, Estados Unidos salía de la "malaise" de la que habló de manera ignominiosa el presidente Carter y, con el liderazgo de Reagan, primero, y de Bill Clinton, esencialmente, después, volvía a crecer y a pasar por la izquierda a Japón: El Imperio del Sol Naciente iniciaba un período de dos décadas de estancamiento económico, y sus empresas -muy especialmente las tecnológicas- estaban en franca retirada. El "ipod" de Apple destronó al "Walkman" de Sony. Los ordenadores Vaio de Sony ya no pertenecen a esta compañía, que los vendió a un fondo de inversión que pierde dinero con ellos. Las tabletas de Sony no son rentables, frente al líder de la categoría, el "ipad" de Apple.

Sony, Panasonic, Sharp... todas están pasando a mejor vida, mientras las empresas tecnológicas norteamericanas florecen y triunfan, como Facebook, Google, Apple y Amazon. La movilidad, hoy, es el "todo absoluto". Todas estas empresas, y las tradicionales del sector tecnológico norteamericano, ganan dinero gracias a la movilidad. El último caso ha sido Facebook, que anunció a finales de julio de 2014 beneficios más del doble de lo estimado por los analistas e ingresos récord por noveno mes consecutivo: el 62% de sus ingresos publicitarios ahora vienen de anuncios en teléfonos móviles y tabletas. Amazon anuncia que lanza su propio teléfono móvil para no tener que depender de Android (Google). Apple acaba de obtener beneficios formidables gracias, esencialmente, a la venta de teléfonos inteligentes, más que ninguna otra línea de negocios, incluída la de ipads.

Hay una lección en todo esto. Los norteamericanos viven en continuo estado de paranoia y, como escribió en 1997, el presidente de Intel, Andry Grove, "only the paranoids survive", solo los paranoicos sobreviven. Esa paranoia es el secreto de su éxito: En los años 80' fue Japón quien amenazó la primacía mundial norteamericana; Estados Unidos reaccionó, como hemos visto, y Norteamérica vuelve a liderar en crecimiento económico y empresarial. Para triunfar, Estados Unidos, un país eminentemente competitivo por naturaleza, necesita un enemigo al que batir: durante la Guerra Fría fue la extinta Unión Soviética, que espoleó la carrera espacial y el desarrollo tecnológico: en los años 70', IBM o Kodak dominaban el mundo tecnológico y de la fotografía, respectivamente, mientras los soviétivos apenas sabían lo que eran los ordenadores personales. En consecuencia, la productividad norteamericana aumentó exponencialmente, y el sistema soviético, viciado económicamente en sus cimientos, se vino abajo.

El enemigo hoy es China, que junto con otros emergentes, quiere disputar la primacía mundial a Estados Unidos. Ya hablamos de ello en "Obama y el liderazgo pragmático" (2010) y "La Reinvención de Obama" (2011). En 2008 había tratado el tema Fareed Zakaria, en "The Post American World". China, convertida en la gran fábrica del mundo, gracias a los costes de fabricación, hasta ahora baratos, pero cada vez más equiparables a los de Occidente: la diferencia, antes abismal, es hoy de un 15%. Es por ello, que las empresas estadounidenses vuelven a poner énfasis en la manufactura local: un informe de Brookings Institution enfatiza que la robótica, la impresión 3D y la tecnología digital están transformando la fabricación norteamericana, versus la china que depende fundamentalmente de la mano de obra.

Eso explica que muchos fabricantes estadounidenses estén llevándose de nuevo la producción a casa: Walmart ha anunciado que va a vender 50 billones de dólares más de productos "made in America", durante los próximos diez años y the Boston Consulting Group estima que un 30% de la producción americana en el extranjero volverá a casa.

Bendita sea la competencia con los chinos, que ha hecho reaccionar a Norteamérica y, como afirmó el presidente Obama en su Discurso de la Unión de 2011: "It used to be us" o, lo que es lo mismo, los que tenemos que liderar somos nosotros, los norteamericanos, y no los chinos.

Publicado previamente el 24 julio 2014 en mi blog de Cinco Días: EE.UU y Mercados Emergentes

lunes, 21 de julio de 2014

China, 7,5, EEUU, 3: gana USA..., en PIB, por supuesto

El Gobierno chino se había propuesto que, este año, la economía creciera el 7,5%. Así lo ha hecho en el segundo trimestre, versus el 7,4% del trimestre anterior. Estados Unidos, que venía de un fuerte retroceso en el primer trimestre (-2,9%, PIB), crecerá muy posiblemente el 3%. El estudio de los datos muestra una realidad que no es evidente: Estados Unidos fortalece su recuperación y China tiene que mantenerse a flote con gran esfuerzo para cumplir sus objetivos.

Si pudieran establecerse comparaciones homogéneas, nos daríamos cuenta que estamos hablando de realidades distintas, al analizar el crecimiento del PIB americano y el de China. Un crecimiento del 3% en Estados Unidos, con fuerte creación de empleo como la actual, llevaría a un período prolongado de prosperidad, con equilibrio fuerte en sectores de actividad y en regiones. En cambio, para China, crecer por debajo del 7% sería lo equivalente a una recesión en Estados Unidos.

Hay que tener en cuenta que el poder de compra en Estados Unidos, la renta per cápita y el nivel de vida sigue siendo muy superior en Norteamérica por comparación con el chino. De 1.500 millones de chinos (200 millones más que los que reconoce el censo oficial del Gobierno) solo 400 millones podrían tener niveles de renta relativamente equivalentes a los de los norteamericanos, con unos ingresos medios anuales de 36.000 dólares, por comparación con la media estadounidense, de 51.000 dólares: y, aún así, hay una fuerte divergencia. Y, verdaderamente, el problema no es ése, sino los restantes 1,1 billones de chinos (casi tantos como población tiene la India, con 1,2 billones), que todavía viven en relativa pobreza. Además, los chinos más ricos viven en la costa, donde se agolpan en ciudades como Shanghai, versus el interior del país, que es rural y francamente pobre. Hay fuertes desequilibrios regionales, en China.

Xi Jinping -presidente chino- prometió corregir los desequilibrios económicos y sociales de China, pero está descubriendo que no solo no es fácil, sino que -todavía peor-, para mantener el ritmo de crecimiento, China ha de estimular esos mismos desequilibrios con los que tiene que acabar. Por ejemplo, "la burbuja del crédito". Se supone que China debe empujar el consumo interno -ahora, los chinos que ganan dinero, dedican la mitad de sus ingresos al ahorro, tanto por cuestiones culturales como por miedo al futuro- para compensar un crecimiento muy basado en las exportaciones. Dado que el resto del mundo compra poco, animar el consumo interno se convierte en inminente necesidad. Pues bien, cada vez que el PIB baja ligeramente -y lleva haciendo desde 2010-, el gobierno chino estimula el crédito, creando una gran burbuja que ya preocupa el Occidente, dado que los bancos chinos se encuentran entre los más grandes del mundo por activos. No es menos preocupante que el gobierno china tenga invertidos 1,3 trillones de dólares en activos del Tesoro norteamericano.

El crecimiento económico norteamericano en el segundo trimestre se ha basado en los siguientes componentes: producción acelerada, aumento del consumo de las familias y la inversión y la recuperación del turismo nacional y extranjero. La creación de empleo en el trimestre ha sido de 272.000 nuevos puestos de trabajo al mes, de media. En cambio, China, a pesar de aumentar en una décima su crecimiento, sigue estancada. Más aún, la evolución del crecimiento en cada país en los últimos cuatro años no podía ser más divergente: el PIB chino creció el 12% en 2010, cuando Estados Unidos aún luchaba por salir de la recesión y su crecimiento no llegaba al 2%. Del 12% del 2010, China ha pasado al 7,5% del 2014, mientras Estados Unidos ha aumentado del 2% de media al 3% con el que acabará el año: las diferencias esenciales hay que encontrarlas en las ventas del comercio minorista y en la producción industrial: las ventas al por menor, en China aumentaron el 22% en 2010, mientras este año se han acelerado el 12%. El crecimiento de la producción industrial en China fue del 18% en 2010 versus el 8% de 2014.

En cambio, ambos componentes son fuertes y equilibrados en el caso americano: la producción industrial estadounidense, según la Reserva Federal aumenta este año el 5,5%, contribuyendo un 12% al PIB. El Libro Beige de la Reserva Federal de 16 de julio, constata el aumento del consumo y de las ventas al por menor en todo  el país, así como el fuerte incremento de la actividad industrial. Solo el mercado inmobiliario muestra desequilibrios según la zona del país de que se trate e, incluso, dentro de cada estado y ciudad. Cosa que no deja de ser una obviedad, porque en una ciudad de 14,5 millones de habitantes como Los Ángeles, los precios de la vivienda en Beverly Hills han aumentado un 45% (una de las zonas más ricas del país), mientras que en los extrarradios los precios apenas han aumentado.

El "S&P/Case-Shiller 20-City Composite Home Price Index" -que mide el valor del mercado inmobiliario en las 20 mayores áreas metropolitanas de Estados Unidos: Atlanta, Boston, Charlotte, Chicago, Cleveland, Dallas, Denver, Detroit, Las Vegas, Los Angeles, Miami, Minneapolis, New York, Phoenix, Portland, San Diego, San Francisco, Seattle, Tampa y Washington, D.C.- muestra un crecimiento del valor de la vivienda medio del 10,8% en los seis primeros meses del año, pero con fuertes variaciones según ciudades.

El crecimiento económico en Estados Unidos, que va acompañado de fuerte creación de empleo muestra una evolución positiva en los últimos años, porque se está acelerando: esto llevará a la FED a no sólo seguir reduciendo la compra de deuda pública y terminar con el Quantitative Easing en octubre de este año, sino también, aumentar los tipos de interés, que ahora están cerca del 0%. En cambio el crecimiento chino, que se ha reducido a la mitad en los últimos seis años, habrá de seguir fundamentándose en el crédito (ha aumentado el 16,2% en lo que va de año, según el Banco Central Chino), con la consiguiente formación de una burbuja.

Lo dijimos en estas mismas páginas en 2010, lo reiteramos en 2012 y volvemos a insistir en 2014: "ésta" es una carrera a largo plazo, en la que China empieza a dar síntomas de cansancio; por el contrario, Estados Unidos empieza a coger carrerilla y acelerar el paso de su crecimiento.


Publicado previamente el 18 de julio en mi blog en Cinco Días EE.UU y Mercados Emergentes

jueves, 19 de septiembre de 2013

Crónicas desde USA (II)

En el ámbito macroeconómico hay varias cuestiones fundamentales. Los hogares norteamericanos han reducido enormemente sus niveles de endeudamiento, volviendo a la situación que vivían en 2006. El índice de confianza del consumidor ha vuelto a mejorar en julio, junto con los datos de empleo y de venta de viviendas, de tal manera que la demanda interna (ventas minoristas, consumidores, inversión empresarial, etc) se ha incrementado por cuarto mes consecutivo, subiendo en julio un 0,5%. 

Las reformas financiera y sanitaria -en cambio- siguen sin arrancar en la práctica, a pesar de haber sido aprobadas legislativamente. Obama acaba de llamar la atención a los reguladores financieros para que impulsen la puesta en marcha de la Ley Dodd-Frank, aprobada en julio de 2010: el 60% de los plazos
previstos en la ley no se han cumplido, y solo un 38,9% de las provisiones establecidas en la normativa han sido puestas en marcha. Ni siquiera la famosa “ley Volcker”, que lleva el nombre de su autor, expresidente de la Reserva Federal, y que impide que los bancos lleven a cabo inversiones arriesgadas con su propio dinero –es decir, el de los clientes-, ha entrado en vigor. “Obama ha vuelto a dejar claro que la reforma financiera debe entrar en vigor para evitar que una crisis como la Gran Recesion, vuelva a producirse”.
Esto sucede cuando JP Morgan vuelve a estar en el ojo del huracán, fruto de supuestas prácticas ilegales que dos de sus ejecutivos habrían denunciado a las autoridades a cambio de cierta impunidad. 

La reforma de la sanidad (“Affordable Care Act” u Obamacare), tardará en aplicarse, porque como ya dijimos, Obama ha retrasado a enero de 2015 su puesta en marcha para las empresas, porque éstas le hicieron llegar el mensaje de que no estaban preparadas para proveer de seguro médico a sus empleados. Sin embargo, una encuesta encargada por el diario estadounidense USA Today, de finales de agosto de 2013, dice que ocho millones y medio de personas estarían dispuestas a acudir a los seguros médicos que, según Obamacare, han de proveer los estados mediante un sistema de mercado abierto y
competitivo presente en Internet en páginas web especificas creadas a tal efecto. A esos 8,5 millones de personas se sumarian los 30 millones de nuevos asegurados que deberían estar cubiertos por las empresas. Por tanto, en torno a 48 millones de personas –de los 50 millones- que no tienen hoy cobertura médica, deberían tener un seguro médico a partir de 2015, como establece la ley.

La política internacional preocupa mucho a Obama (posible intervención en Siria, la inestabilidad en Egipto), y los frentes abiertos son muchos. El más importante, aunque es aquel del cual menos se ha hablado, es el económico. Hay noticias positivas y negativas. Es muy bueno para América que la Eurozona haya salido de la recesión económica en que vivía desde hace 18 meses. En el segundo trimestre de 2013, la Eurozona “creció” en términos de PIB, el +0,3%, impulsada por el dato de producción industrial de junio, del +0,7% y por los crecimientos de Alemania (+0,7%), Reino Unido (+0,6%) y Francia (+0,5%). El principal motor sigue siendo Alemania, cuya economía sigue impulsada por la manufactura (supone el 24% de su PIB, frente al 13% de España), el consumo interno, la inversión y las exportaciones. Francia, en cambio, arroja dudas, debido a su agresiva política fiscal, que castiga a las rentas más altas, con hasta un 75% de impuestos, pudiendo provocar una fuga de capitales. En cualquier caso, Europa sigue siendo el principal socio comercial de Estados Unidos y lo que es bueno para uno, es bueno para otro. 

Las cosas son distintas en China, donde la ralentización del crecimiento económico en los últimos doce meses, pone presión al gobierno chino para que cumpla con el objetivo de crecimiento anual del 7,5%, conseguido en el segundo trimestre del año, tras el 7,7% del primer trimestre. El capitalismo de estado chino tiene obvias y grandes limitaciones. A los graves desequilibrios internos a los que ya hemos aludido en ocasiones previas (campo atrasado, versus desarrollo en la ciudad; bajo consumo interno y elevadas tasas de ahorro familiar, junto al muy relevante de peso las exportaciones), se suma el advenimiento del previsible estallido de su propia burbuja inmobiliaria, el excesivo endeudamiento del sector público, muy deficientes sistemas educativos y sanitarios, y de seguridad social, y la rampante corrupción de altos cargos del Partido Comunista Chino (PCH), como bien pone de manifiesto el juicio del ex dirigente-estrella Bo Xilai: no se producía un proceso legal contra un dirigente político chino, de tanto nivel como el actual, desde que, en 1980, se juzgó a la mujer de Mao Zedong y la llamada “Banda de los Cuatro”. 

China va a necesitar profundas reformas económicas, si quiere cumplir sus objetivos de crecimiento, ya de hecho revisados a la baja: mayor competencia, reforma financiera, desregulación y privatizaciones. En realidad, este programa reformista podría resumirse en una palabra: libertad, aunque el vocablo no esté en el vocabulario de los comunistas chinos. China se está volviendo muy agresiva, al menos con la Unión Europea, adoptando políticas proteccionistas, que afectan a sectores tan dispares, como al vino y el acero. China,necesitada de Estados Unidos, no se atreve a llegar tan lejos: mientras continúe la relación de mutua dependencia por la que China (que tiene 1,296 trillones de dólares americanos en bonos y otros activos del Tesoro americano) financia el consumo americano, el “Dialogo Económico y Estratégico” entre ambos países que Obama y Hu Jintao inauguraron en Londres en abril de 2009, continuará. Es lo que, con gran acierto, el gran historiador de Harvard (Niall Fergusson) denominó como “Chimerica”. 


Publicado previamaente el 27 de agosto de 2013 en mi blob en Cinco Días EE.UU y mercados emergentes

martes, 17 de septiembre de 2013

Desequilibrios de la economía china

En la medida en que el crecimiento económico y del empleo, y otros indicadores, no se sitúen por debajo de nuestras expectativas, y la inflación no supere ciertos límites, seguiremos impulsando nuestro programa de reformas”, explicó el primer ministro chino, Li Keqiang, a líderes provinciales del partido, en la segunda semana de julio de 2013.

Por ahora, los datos que conocemos de la economía china se mantienen dentro de los parámetros establecidos por el gobierno. El crecimiento económico (en términos de Producto Interior Bruto) del segundo trimestre de 2013, fue del 7,5%, que es el objetivo establecido para el conjunto del ejercicio. El trimestre previo vio un crecimiento del 7,7% y, en 2012, el PIB aumentó el 8%. Los datos muestran que la economía china se está desacelerando. Lo anticipamos desde ADVICE Strategic Consultants en Cinco Días en el año 2012: si se confirma el objetivo de crecimiento para 2013, se tratará del peor año de la serie histórica desde 1990.

Los desequilibrios de la economía china, de que tanto hemos hablado, se ponen cada vez más de manifiesto, y son la causa de la desaceleración. China había apostado fuertemente por las exportaciones, en las dos últimas décadas: sin embargo, se han reducido el 3,1%, en el segundo trimestre del año, debido a una menor demanda de productos y servicios de Estados Unidos y la Unión Europea. 

En la primera mitad del año se han creado siete millones de puestos de trabajo nuevos, aunque el departamento de estadísticas chino solo provee datos referidos a los empleos generados en las ciudades, optando por ignorar lo que sucede en las zonas rurales, de las que solo dice que “se sigue produciendo un éxodo progresivo de trabajadores del campo a las ciudades”.

Hasta ahora, el patrón de crecimiento chino se apoyaba en la producción industrial y en la inversión, fundamentalmente. La primera creció el 8,9% (la previsión era el 9,1%) y la segunda aumentó el 20,2%, versus las expectativas del 20,2%: cuando hablamos de la segunda economía del mundo, con más de mil trescientos millones de personas, las décimas cobran un enorme significado y relevancia. La construcción de barcos y la producción de acero, esenciales para componer el índice de producción industrial chino, vieron una progresiva desaceleración, que se remonta a los dos últimos trimestres de 2012.

En cambio, el consumo privado, en el mercado doméstico, aumentó hasta el 13,3%, aun cuando se redujo la renta disponible de los hogares –una vez más, en las ciudades-, hasta el 6,5%, desde el 9,7% del mismo período del año anterior (2012). Una de las razones más relevantes que explican por qué aumenta el consumo, aunque los individuos han visto cómo disminuye su poder adquisitivo, está en el hecho de que, en China, no todos consumen por igual. El mercado del lujo es el segmento que más ha crecido, pero afecta relativamente a unos pocos, aunque sean cientos de miles de personas: empresarios, funcionarios del partido, militares y personas cercanas al régimen. El Gobierno prevé que los mayores crecimientos en la demanda, provengan del consumo de “comida y coches”. 

Posiblemente, cuando el presidente chino y secretario general del partido comunista (Xi Jinping) dice que quiere corregir los desequilibrios en la economía, también está pensando en que cambien los patrones de consumo. En su caso, que el aumento de la demanda de coches y comida se aplique a las masas, y no solo a unos cuantos privilegiados. Aunque se trate de un supuesto igualitario paraíso comunista en el que, parafraseando a George Orwell “The Animal Farm”, todos son iguales, pero unos más iguales que otros.

Publicado previamente en mi Blog de Cinco Días EE.UU y mercados emergentes

EEUU vs China, primacía mundial: quién ganará, realmente

El último estudio de investigación de mercado basado en encuesta cuantitativa global de Pew Research, sobre las percepciones que, en todo el mundo, se tiene sobre Estados Unidos y China, no deja lugar a dudas. Cada vez, son más los ciudadanos del mundo que creen que China acabará superando a Estados Unidos en poderío económico. Hasta los norteamericanos temen que, tarde o temprano, su país cederá el testigo de nación más rica y poderosa de la tierra a China. Hace tiempo que, en Estados Unidos, se encuentra muy extendido un sentimiento de falta de fe, en que el país puede seguir ostentando la primacía mundial. Hay mucha literatura al respecto,  especialmente desde 2008 hasta el día de hoy, que citaré más adelante. Aunque una cosa son las percepciones y, otra muy distinta, la realidad.

Tras la caída de Lehman Brothers, el 15 de septiembre de 2008, la percepción de que China va a ser la primera potencia económica de la tierra, se ha ido extendiendo entre millones de personas en todo el planeta. Esto no quiere decir que China sea una nación querida o estimada, o que lo sea más de lo que son queridos los Estados Unidos. América tiene un índice de favorabilidad mundial del 63%, frente al 50% de China. En otras palabras, Norteamérica sigue teniendo mucha mejor imagen positiva global que China. Uno de los motivos, es que todavía son muchos más los que piensan que Norteamérica sigue respetando más los derechos individuales de sus ciudadanos, enormemente más que China. 

El Estudio de Pew Research Center está fechado el 18 de julio de 2013, cuando ya se sabía en detalle, de las filtraciones que el ex trabajador para la CIA (Edward Snowden), había hecho acerca de los programas secretos de la Agencia de Seguridad Nacional, para recolectar datos a través de conversaciones telefónicas y tráfico en Internet. Sin embargo, estas actividades de Estados Unidos son, todavía, aprobadas por una mayoría de americanos: El 24 de junio, una encuesta de TIME/ABT SBRI mostraba que el 48% de estadounidenses estaban de acuerdo con que el gobierno “recolectara información de conversaciones telefónicas, correos electrónicos y búsquedas en Internet, al objeto de impedir ataques terroristas”. El 44% no estaba a favor. 

Más aún, frente a aquellos que consideran a Snowden un héroe, el 53% de americanos afirman que “el Gobierno debería llevar a juicio a aquellos que filtran material clasificado que pueda poner en riesgo la seguridad nacional”. Solo el 28% defienden a aquellos que, como el militar Bradley Manning, filtraron información secreta a Wikileaks: Manning ha acabado en los tribunales, acusado de “ayudar al enemigo”. El 70% de la población mundial opina que Estados Unidos respeta los derechos individuales de sus ciudadanos, versus el 36% que piensa lo mismo de China (10.000 ejecuciones al año).

Estados Unidos es visto más favorablemente que China en todas las regiones del planeta, con la sola excepción de Oriente Medio: aquí, solo el 21% de ciudadanos tienen en alta estima a Norteamérica, frente al 45% que “piensan bien de China”. Pero en Asia, donde se percibe a China como una nación “invasora”, el 64% tienen buena opinión de Estados Unidos, frente al 58%. Y en Latinoamérica, con naciones muy críticas con América, como Venezuela, Argentina, Bolivia y Ecuador, la mayoría de sus habitantes tienen buena imagen de los Estados Unidos: el 66% frente al 58% de China.

Uno de los principales motivos por los que se percibe más favorablemente a Estados Unidos que a China, es que son mayoría los que piensan que América es una nación amiga, frente a los que opinan que Estados Unidos es “el enemigo”: el 59% creen que América es nación amiga, frente al 39% que opinan lo mismo de China. 

El rasgo de imagen que más caracteriza a China es la de potencia económica en ascenso, que acabará por destronar a Estados Unidos. Todavía hoy, Estados Unidos sigue siendo percibida como la primera nación de la tierra, pero desde 2008 al 2013, las percepciones a favor de China han evolucionado mucho: en 2008, el 47% opinaban que Estados Unidos era la primera potencia del planeta, frente al 20% que pensaban lo mismo de China. En 2013, son el 41% y el 34%, respectivamente, los que mantienen esas percepciones.
Nos interesan, sobre todo, las opiniones, cara a futuro: el hecho de que se piense que, “en algún momento futuro, tarde o temprano, China será la primera nación económica de la tierra”. Hoy, hasta el 47% de los estadounidenses creen esta idea. Y, lo que es aún más llamativo, los principales socios económicos y comerciales de Estados Unidos también piensan de la misma manera: el 67% de los canadienses y el 57% de los europeos. 

Ya dije más arriba que es bastante abundante la bibliografía que, en los últimos años, ha alimentado la idea de que la supremacía de China es inevitable: “Chinamerica. Why the future of America is China” (Handel Jones, 2010, Mc Graw Hill), “A contest for supremacy: China, America, and the struggle for mastery in Asia”, de Aaron L. Friedberg (2011, Norton), “Advantage”, de Adam Segal (Norton, 2011), “The end of cheap China” (Shaun Rein, 2012, Wiley), “What Chinese want”, de Tom Doctoroff  (Palgrave, 2012), “The China Strategy”, de Edward Tse (2010, Basic Books), “As China goes, so goes the world”, de Karl Gerth (2010, Hill and Wang), y el más importante e impactante de todos los libros sobre la materia: “When China rules the world”, de Martin Jacques (“2009, Allen Lane). 

Mucho más recientemente, se han empezado a publicar libros que ponen en tela de juicio que el ascenso de China al puesto de número uno mundial sea inevitable. El historiador de Harvard David Shambaugh, tras tres décadas de estudiar la economía, política y sociología china, concluye que el poderío de China nunca será global, ni absoluto: El autor ha recogido sus experiencias en una obra publicada en febrero de 2013 titulada “China goes global: the partial power” (Oxford University Press, 2013). La desaceleración de la economía china, ya experimentada lentamente a lo largo de 2012, y de manera más clara en el primer semestre de 2013, podría abonar las teorías de Shambaugh, puesto que China está siendo víctima de sus fuertes desequilibrios sociales y políticos, que afectan al rendimiento y crecimiento de su economía.

Por último, hay una percepción muy fuerte a nivel mundial, cercana al 80%, que favorece a Estados Unidos, frente a China. Es lo que se denomina en anglosajón “soft power”, “poder suave”, versus el poderío militar. Es un concepto que se refiere a la primacía de Estados Unidos desde el punto de vista de la innovación y la tecnología, el sistema capitalista y la forma de hacer negocios, la cultura, el ocio, el cine y la música: todos estos elementos positivos atraen a una inmensa mayoría de ciudadanos del mundo, sin que China tenga nada parecido que ofrecer, para contrarrestar a Norteamérica.

Publicado previamente en mi Blog en Cinco Días EE.UU y mercados emergentes