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lunes, 16 de noviembre de 2009

Scott McClellan, White House Press Secretary (2003-2006) o la incauta fascinación del Poder


“What happened: Inside the Bush White House and Washington’s Culture of Deception” (Public Affairs Books, 2008) son las memorias del que durante tres años fue Jefe de Prensa de la Casa Blanca (2003 a 2006). Bien es verdad que Scott McClellan era un hombre que trabajaba para Bush desde los años noventa, cuando éste era Gobernador de Texas.

Su nombre se puede asociar al del grupo de personas más cercano al Presidente: el gran experto electoral Karl Rove (artífice de las victorias de Bush en Texas y en las Presidenciales de 2000 y 2004), Condoleezza Rice, Karen Hughes (Dircom o Directora de Comunicación de Bush, muchos años), Andy Card (White House Chief of Staff), Dick Cheney (Vicepresidente) y Donald Rumsfeld (Secretario de Defensa).

Leí las memorias de Scout McClellan nada más publicadas en Estados Unidos, a mediados del año pasado, 2008, durante una estancia de mi mujer y yo en Londres. Su libro causó tanta polémica en los Estados Unidos que McClellan tuvo que testificar varias veces ante Congreso y Senado. ¿Por qué? La respuesta es un drama al estilo Shakespeare.

La historia viene de muy atrás, de cuando este experto en comunicación y relación con medios se embarca en una aventura profesional vinculada al entonces Gobernador de Texas, George W. Bush. McClellan se deja atraer, fascinar, por un político que, en Norteamérica se denomina como “bipartisan”, es decir, que pone los intereses de los ciudadanos, de su Estado o de la Nación, por encima de los de su Partido, en este caso, el Republicano. Además, Bush acuña un concepto muy poderoso y atractivo, que le hace ganar elecciones: es el “Compassionate Conservatism”. En una sociedad liberal en extremo, dividida entre “winners y losers”, entre los que tienen –gracias a la economía de libre mercado, máximo exponente del capitalismo- y los que están excluidos del sistema, Bush dice que sus políticas son inclusivas: “nobody will be left behind”. McClellan se siente muy atraído por ese político que no polariza opiniones y muestra misericordia con los pobres. Así lo demuestran las encuestas. Para McClellan, Bush personifica (“embodies”) el buen samaritano, las bienaventuranzas del Evangelio…

Sin pensárselo dos veces, McClellan, trabaja día y noche para Bush, primero en Texas y luego en la Casa Blanca. Siempre, en el Equipo de Comunicación del Gobernador & luego Presidente. Sin embargo, comete un error garrafal, de los que uno acaba pagando “dearly”, muy caramente: McClellan, como profesional de la comunicación, como Jefe de Prensa de Bush, piensa -está convencido-, de que forma parte del “inner circle of the President”. Cegado por la luz que emana del Poder, es incapaz de darse cuenta de que, realmente, él no forma parte de ese “sancta sanctorum” de verdaderos elegidos que sí son realmente los más cercanos al Presidente Bush. El gran error de McClellan es el de “creérselo”, como comúnmente se dice.

McClellan es un simple Portavoz de la Casa Blanca. Dicho así, suena aparentemente contradictorio: muchos Jefes de Prensa y Portavoces de la Casa Blanca han tenido y tienen mucho poder. Porque, como en su momento Pierre Salinger con JFK (Kennedy), eran, y son, “The President’s ear”: estaban/están presentes en el momento en que se tomaban/toman las decisiones políticas más importantes, y participaban/participan de ellas. Como consecuencia, llegado el momento, transmitían/transmiten a los medios de comunicación (en Estados Unidos, “The Fourth Power”) y a la Opinión Pública, dichas decisiones con conocimiento de causa, y con toda la información, y todos los ases en la manga.

McClellan debió pensar que él era para Bush lo que Salinger fue para Kennedy. Y se equivocó de la A a la Z. McClellan es una mera correa de transmisión (más bien el último eslabón de la cadena) de decisiones que han tomado otros. El, lleno de vanidad, porque está cerca del Poder, transmite desde el Podio de la White House a los medios de comunicación, pensando inconscientemente dos cosas: primero, que él tiene toda la información; segundo, que lo que está comunicando a los periodistas acreditados en la Casa Blanca es, radical y simplemente, “la verdad” (con minúsculas).

Tarde y amargamente se da cuenta McClellan, de “La Verdad” (con mayúsculas). Un buen día se cae del guindo y empieza a darse cuenta de cosas: bien se trate del Huracán Katrina o de la Guerra de Irak, curiosamente, los periodistas más avezados acreditados en la Casa Blanca, saben más que él sobre esos temas. Caso inédito en la Historia de la Comunicación de la Presidencia de Norteamérica. Eso significa dos cosas, primero, concluye McClellan: los periodistas tienen “otras” fuentes de información, distintas y más fiables que él, dentro de la Casa Blanca, que están filtrando información: sin que él se entere. En otras palabras, el Jefe de Prensa de Bush está siendo “puenteado” en el desempeño de su trabajo de comunicador. Y, en segundo lugar, McClellan, empieza a entender que esas mismas fuentes (“gargantas profundas”, podríamos decir, como en el Caso Watergate de Nixon) a él le están engañando y, como consecuencia, él está (inconscientemente, involuntariamente) engañando a Medios de Comunicación y Opinión Pública.

Los Medios de Comunicación le ponen en evidencia, primero privadamente, y después en público, varias veces. McClellan aparece ante los periodistas como un hombre desinformado. Su prestigio ante los medios, dice él, no se vio empañado, “porque ellos sabían que yo no les mentía a propósito, sino que yo mismo era objeto de engaño”. La cuestión es que, engañar a los Medios y la Opinión Pública Americana en temas como la Guerra de Irak (¿de verdad que, “sí había & no había”, armas de destrucción masiva que justificaran la invasión de Irak?) es una cuestión muy grave. Y, por eso, en el verano de 2008, Congreso y Senado exigen a McClellan que testifique ante Comisiones Especiales (Special Hearings) para explicar realmente qué pasó y si, de verdad, el Pueblo Americano fue engañado.

McClellan nunca llegó a saber a ciencia cierta quién le mintió. Al menos eso dice en su libro. Exonera de culpa al Presidente Bush directamente, pero no a su entorno más cercano. Indirectamente apunta hacia dos de los consejeros más cercanos al Presidente: al consultor y experto electoral Karl Rove (cuyas memorias espero como agua de mayo, en breve) y al Jefe de Gabinete, Andy Card. McClellan, de manera muy naive, les pregunta varias veces a ambos dos “si ellos le han mentido, cuando le han hecho comunicar ciertas cosas al Pueblo Americano, que luego se han demostrado falsas”. Lógicamente ellos siempre (se) lo niegan y McClellan queda en la eterna duda: “To be or not to be”… (Hamlet, Shakespeare).

“What happened: Inside the Bush White House and Washington’s Culture of Deception” es un libro de memorias indispensable para todo Jefe de Prensa y/o Director de Comunicación (Dircom) que quiera evitar la terrible situación en que se encontró el autor del libro: engañado por sus Jefes, comunicó mal y pagó por ello (tuvo que dimitir, por “vergüenza torera”); y, sobre todo, enseña a ser humilde y no creérselo: estar cerca del Poder no significa ser o tener poder.

jueves, 12 de noviembre de 2009

“Los Diarios de Alistair Campbell”, Jefe de Prensa de Tony Blair (1994-2003)


No todo el mundo recuerda su nombre, pero, en Reino Unido, TODOS, reconocen su expresión: “La Princesa del Pueblo” (The Princess’ People), con que Tony Blair se refirió a Lady Diana, tras su fallecimiento en agosto de 1997. Pero la denominación no la acuñó el Primer Ministro británico, sino su Jefe de Prensa, estratega político más importante y mano derecha: Alistair Campbell. De hecho, en la película “The Queen”, protagonizada por Helen Mirren y dirigida por Stephen Frears, se aprecia no sólo la anécdota de la frase, sino el devenir de los acontecimientos que rodearon la muerte de Diana de Gales y, sobre todo, el inmenso poder que ejercía Alistair Campbell, en el manejo de la Opinión Pública.

Tanto y tan grande era el poder del Jefe de Prensa de Tony Blair, que hasta la mujer del Primer Ministro, Cherie Blair, se queja de ello públicamente en sus memorias, publicadas en junio de 2008. La visión de Alistair Campbell era simple: proteger la imagen y la reputación del Primer Ministro incluso de sí mismo y de sus más allegados. La visión de Cherie Blair es la de quien no está dispuesta a aceptar órdenes, intromisiones en la intimidad familiar o, simplemente la injerencia de un tercero, por parte del Jefe de Prensa de su marido.

Si un Jefe de Prensa, un Director de Comunicación o puesto similar (tanto en el sector público como privado) quiere saber lo que es no estar cerca del poder sino ejercerlo, le recomiendo que lea “The Blair years: Extracts from the Alistair Campbell diaries”, publicadas por Hutchinson en 2007. Yo compré el libro en Londres recién publicado, a principios de ese año, en la librería Hughes & Hughes, por 19,95 libras esterlinas. Hoy, en Amazon, el libro está a precio de saldo, con toda la comodidad que ofrece la compra por Internet. Son casi 800 páginas intensas, prietas, llenas de información…, tanto que parece que el autor, con tantos datos, está a punto de hacer explotar el libro por exceso de fechas, acontecimientos, conversaciones, lujo de detalles, etc.

Alistair Campbell, Jefe de Prensa de Tony Blair desde 1994 hasta 2003 mantuvo un diario durante toda la década que le llevó a construir y mantener la victoria del Nuevo Laborismo. Día tras día escribió por las noches el devenir de los acontecimientos de la campaña electoral de 1997, las relaciones con los miembros del Gabinete, las presiones de los grandes grupos de comunicación, la utilización de las encuestas (la mayor parte de ellas, provenientes de la empresa para la que trabajo, Ipsos Public Affairs) y tantas otras cosas más relacionadas con el Gobierno Británico y su Comunicación.

El libro no esconde, no oculta nada. Campbell era y es conocido por su franqueza, hasta por su brutal honestidad y sinceridad. Otra cosa es que, tanto obligado por ley, como vinculado por lealtad al todavía Partido Laborista aún en el poder, Campbell no publica todo, sino sólo una tercera parte de todo lo que escribió en aquellos años. Empieza su libro diciendo que algún día, cuando sea totalmente libre, publicará el contenido íntegro de sus Diarios. Yo lo estoy deseando: durante los dos primeros meses de 2007, no pude dejar de leer por las noches un libro que, en inglés, te apasiona, agarra, engancha, no te deja respirar: Campbell es un torrente de información pero tú, como lector, quieres aún más.

Cómo hacer política a gran escala. Cómo mangonear ministros. Cómo decirle a la mujer del Primer Ministro con quién debe o no mantener amistad. Cómo tratar con los dueños de los principales medios de comunicación mundiales. Cómo tratar con Bill Clinton, aliado y amigo. Cómo tratar con George Bush, aliado, que embarca a Reino Unido en las guerras de Afganistán e Irak. Cómo tratar con un Ministro de Economía (Gordon Brown, Chancellor of the Exchequer) que quiere quitarle el puesto al Primer Ministro…

Alistair Campbell no es un Jefe de Prensa que emita notas de prensa, aunque también lo hace. Es un personaje que quita y pone ministros. Otorga confianza y la quita. Genera reputación y la destruye. Es un Director de Comunicación en estado puro, con todas las herramientas del Estado a su disposición, para hacer lo que tiene que hacer: orientar a la opinión pública británica a favor del Gobierno Laborista, a través de los medios de comunicación.

Es una lectura obligada para cualquier Director de Comunicación culto que pretenda influir y ser tenido en cuenta en su ámbito de trabajo.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Encuestas hoy: quién ganaría las elecciones; desconfianza en los políticos y nuevos liderazgos


La semana pasada, última del mes de octubre de 2009, el diario económico Expansión publicó una encuesta entre población general realizada por Ipsos Public Affairs España. De entre las encuestas publicadas en medios de comunicación en los últimos meses, la de Ipsos es la que más muestra tenía, con un índice de probabilidad estadística del 95,5 y un margen de error de +/- 3,2%: mil individuos elegidos aleatoriamente, entrevistados por teléfono, representando a los muchos millones de ciudadanos que vivimos en España y tenemos derecho a votar. Este dato es relevante y hay que tenerlo en cuenta cuando se realizan encuestas políticas en que se pregunta por intención de voto, y se hace estimación del voto.

Los resultados de la encuesta de Ipsos Public Affairs no han sido muy distintos, esencialmente, de los del resto de las encuestas publicadas en las últimas semanas. Si acaso, han sido aún más acertados, por la amplitud de la muestra, enormemente representativa de la población general española, desde el punto de vista estadístico y sociodemográfico. Básicamente, los ciudadanos con derecho a voto expresan que, de celebrarse elecciones generales hoy, le otorgarían la confianza al Partido Popular, frente al Partido Socialista, que perdería las elecciones y –quizá-, el Gobierno de la Nación. Pero todo esto, con matices. La diferencia en estimación de voto entre PP y PSOE es mínima y, casi, podría hablarse de empate técnico entre ambos partidos. Serían necesarios pactos post-electorales para que alguien formara gobierno. Hasta aquí, todo entra dentro de la normalidad de la vida ordinaria democrática.

Pero, al desgranar los datos, observamos hallazgos relevantes, que encierran verdades más profundas y graves. La población española en su conjunto no aprueba la labor que están llevando a cabo los dos grandes partidos. En el caso del PSOE, los ciudadanos son críticos con la que, entienden, es una mala gestión de la crisis económica. Y, por lo que se refiere al PP, no sólo no obtiene rédito electoral de la crisis económica, sino que se ve envuelto por los escándalos de corrupción, las trifulcas entre facciones del partido, luchas por el poder y crisis de liderazgo.

Cuando hablamos de población general, podemos desglosar y distinguir entre votantes del PSOE y votantes del PP. Unos y otros son críticos y negativos con sus partidos y con sus líderes. En el caso del PSOE y su líder, José Luís Rodríguez Zapatero, ambos son penalizados. En el caso de los votantes del PP, éstos son más críticos con su líder, Mariano Rajoy, que con el partido, aunque éste, tampoco salga bien parado. Sin embargo, en el PSOE no hay crisis de liderazgo, porque todos se lo otorgan sin paliativos a Zapatero, mientras que en el caso del PP ese problema sí que existe.

Alberto Ruiz Gallardón y Esperanza Aguirre siguen siendo más populares entre los votantes del PP que el propio Mariano Rajoy. Y, en el caso de celebrarse las elecciones generales ahora, el líder del PP con más posibilidades de derrotar a Zapatero sería Alberto Ruiz Gallardón. Los datos son tozudos y curiosos: Esperanza Aguirre atrae enormemente a los votantes de su propio partido, los aúna en torno a las siglas del PP. Alberto Ruiz Gallardón mantendría los votantes tradicionales del PP (si no tienen otra opción, ¿a quién van a votar, sino a Gallardón?) y, lo que es más importante, no alienaría a los votantes del PSOE. Por un lado, habría votantes del PSOE que estarían dispuestos a votar a un PP liderado por Gallardón. Por otro lado, habría votantes del PSOE que, presentándose Gallardón a las generales, se abstendrían de votar al PSOE y se quedarían en casa: este escenario dañaría mucho electoralmente al PSOE y, eventualmente, podría otorgarle la victoria al PP…, “por los pelos”. Todo ello, en un entorno en el que la participación electoral se reduciría mucho y la abstención se elevaría.

Lo que de verdad preocupa a los españoles

Sin embargo, desde un cierto punto de vista, todo lo anterior es irrelevante, a efectos prácticos: en principio, y si no hay adelanto electoral, no habrá comicios generales, hasta la primavera de 2012. Mucho camino queda por recorrer hasta entonces. Lo más importante, hoy, es saber qué preocupa verdaderamente a los españoles.

Las respuestas son claras y, casi, no haría falta realizar una encuesta para saberlas: a los españoles les preocupa muchísimo el paro y la economía; y el llegar a fin de mes. Dentro de este marco de preocupaciones tan concretas, los ciudadanos esperan y desean soluciones de los partidos y de los políticos. Sin embargo, no las encuentran. Lo que ven, es lo contrario de lo que quieren, y esto genera desconfianza entre los ciudadanos acerca de la política y los políticos.

A los ciudadanos no les interesa si va a haber elecciones generales hoy, sino mantener su puesto de trabajo, si lo tienen, o encontrar trabajo, si lo han perdido. Sin embargo, según Eurostat, a cierre de octubre, el paro en España superaba el 19%, más que doblando la media europea. 3.000 personas pierden su empleo en España cada día. Con independencia de cuál sea su intención de voto mañana, los ciudadanos observan inermes cómo las medidas del Gobierno para sacar España de la crisis, simplemente, no funcionan, no surten efecto, no son eficaces. Al mismo tiempo, Alemania, Francia y Estados Unidos (al menos, desde el punto de vista macroeconómico, su PIB empieza a crecer) empiezan a salir de la recesión. Quien gobierna tiene la obligación de solucionar los problemas: el PSOE no lo está haciendo y, por ello, lo pagaría (relativamente) caro en unas elecciones generales mañana.

¿Y en el PP? Ni siquiera sus propios militantes están contentos ni están satisfechos con la labor de oposición que hace el Partido Popular. Y la imagen de su líder, Mariano Rajoy (que no levanta cabeza por encima del 33% de buena imagen desde finales del 2004 hasta hoy), sigue por los suelos, alcanzando mínimos históricos. Dicen que Rajoy no quiere ni oír hablar de esto y que, sus “gurús” más cercanos le dicen solamente lo que él desea escuchar. Mientras tanto, a la crisis de liderazgo en la cúspide, se suceden escándalos de corrupción, enfrentamientos internos y liderazgos contrapuestos.

José María Aznar se ofreció amablemente a dar la fórmula mágica del triunfo a Rajoy: una triple receta consistente en “un proyecto, y no varios; un partido, y no varios, y, a ser posible, un líder y no varios; al menos a mí me fue bien de esta manera”, dijo Aznar. Como forma de solucionar los problemas del PP puede que los consejos del ex Presidente Aznar sean eficaces. Sin embargo, los españoles desconfían hoy de las actuales formas de hacer política.

La gran cuestión a dirimir es quién y cómo va a sacar del atolladero económico a los españoles. Si los españoles no confían en los políticos, ¿quién solucionará los problemas? Se imponen nuevos proyectos, partidos renovados y, por qué no, nuevos liderazgos. La ciudadanía se lo merece.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Obama, Alberto Ruiz Gallardón y la Candidatura Olímpica Madrid 2016


La semana pasada fue especialmente relevante para la Presidencia de Obama y para los Estados Unidos. En muchos aspectos, la segunda semana de septiembre de 2009 pasará a la historia como la más simbólica de todo el año, para Barack Obama.

En el frente doméstico, Obama presentó oficialmente su Plan para la Sanidad en Estados Unidos. Desde un punto de vista comunicativo, eligió la fórmula más solemne a disposición de los presidentes norteamericanos, además del discurso del Estado de la Nación y de los discursos inaugurales: un discurso (de 47 minutos) ante Congreso y Senado juntos. A modo de ejemplo, Roosevelt lo hizo en 1941, cuando declaró la guerra a las potencias de Eje, tras el ataque japonés a Pearl Habour; LBJ se dirigió al poder legislativo tras el asesinato de Kennedy; Ronald Reagan fue recibido por ambas cámaras tras el atentado contra su vida, en 1981. George W Bush fue aclamado por ambas, tras los atentados del 11S.

Obama pudo haber anunciado su Plan para la Sanidad norteamericana de muchas maneras, evitándose incluso la agonía de un verano plagado de tertulias en los medios de comunicación y town halls por todo el país en que expertos, periodistas, políticos y opinión pública/población general han opinado apasionadamente sobre un plan del que apenas sabían nada. La forma en que Obama está haciendo las cosas demuestra su inteligencia política. En serio. Ahora lo veremos.

Por un lado, el Presidente quiere evitar los errores que cometió Bill Clinton. También este Presidente quiso revitalizar y renovar la Sanidad norteamericana. Pero lo hizo de manera inapropiada e ineficaz, generando críticas incluso entre su propio partido y entre sus votantes, “matando” el capital político ganado tras las elecciones en que derrotó a George H. W. Bush, en 1992.

Primero, encargó a su mujer (First Lady, pero sin cargo electo) que, de manera “secretista”, elaborara un plan complejo al margen del proceso legistativo y gubernamental, con expertos no elegidos por los ciudadanos –anatema, en América-. Segundo, se comprometió a presentar un plan y aprobarlo en un tiempo récord: 100 días, en 1993. El Plan con el que apareció Hillary Clinton al cabo del período comprometido era extremada complejo. Y difícil de explicar y “vender” a la sociedad americana. Tercero, Clinton no se aseguró de tener el apoyo de los congresistas y senadores de su propio partido, que se sintieron alienados por su propio Presidente. Cuarto, al hacer las cosas de manera “secretista”, Clinton no tuvo el apoyo de la opinión pública, absolutamente necesario. Aquello de “gobernar para el pueblo pero sin del pueblo”, de antaño, no vale en una América cuya Constitución empieza con un plural “we, the American people...”: los americanos llevan muy mal que no se les consulte y no se cuente con ellos: después de todo, son la primera democracia de la tierra, en todos los órdenes.

Las consecuencias de los errores de Clinton y su mujer son bien conocidos: la reforma sanitaria no fue aprobada ni en el Congreso ni en el Senado; Clinton perdió mucho apoyo popular; tuvo enormes conflictos dentro del partido y, cuando se celebraron –en 1994- las llamadas midterm elections, los demócratas perdieron el control de las dos Cámaras, por vez primera desde finales de la Segunda Guerra mundial. Tanto Hillary, en “Living History” (2003), como Bill Clinton, en “My life” (2004) reconocen sus errores en la forma en que hicieron las cosas, en esta materia.

Obama, en cuanto a la reforma sanitaria, no ha querido cometer los mismos errores. Más aún, creo que ha querido imitar a dos Presidentes expertos en ganarse el favor de congresistas y senadores, de ambos partidos: LBJ (Johnson) y Ronald Reagan (ver “The Presidents: the transformation of the American Presidency from Theodore Roosevelt to George W. Bush”, de Stephen Graubard, 2004). Obama lleva todo el verano llamando a unos y otros, entrevistándose con ellos y tratando de conseguir su apoyo. Y sus continuas explicaciones y apelaciones (aún siendo todavía genéricas) a la población general están dando sus frutos: todas las encuestas publicadas tras su discurso del miércoles 9 de septiembre por la noche, le dan ratios de aprobación superiores al 60%. Esto no significa que aún no le quede mucho terreno que recorrer, pero al menos, ha cerrado un ciclo favorable en favor de su reforma. El propio Clinton dice, en su biografía, que tras su debacle con la sanidad, fue acusado de gobernar a base de encuestas, de lo mucho que se apoyaba en ellas.

Sin llegar a tanto, claramente Obama está teniendo en cuenta lo que piensa la gente. Especialmente, porque Obama sabe que el individualismo corre por las venas de los norteamericanos y que la intervención del Estado en sus vidas, a demócratas y republicanos, provoca sarpullidos innecesarios y no buscados. Por eso, Obama camina con mucho cuidado en este camino de la reforma sanitaria. Y, al final, con su pragmatismo habitual, sacará adelante una reforma de compromiso que contente a todos.

Aunque este fin de semana haya habido manifestaciones de gentes contrarias a su plan en Washington (también las tuvo Bush en contra de la guerra de Irak o Nixon contra la de Vietnam o Clinton por su reforma de la Administración que enervó a los funcionarios americanos), creo que el Presidente busca una comunicación eficaz: mejor aún, ha supeditado la comunicación al servicio de su fin último, que es sacar adelante la reforma sanitaria y que sus senadores y congresistas mantengan sus escaños, en las elecciones del año que viene: sin ellos, la reforma no saldrá adelante y su capacidad de gobernar se verá seriamente comprometida. En ese sentido, Obama demuestra que, más que gestionar intangibles, la comunicación debe estar al servicio de algo superior que contribuya al bienestar de la gente, de la sociedad, de las empresas y los individuos.

A nadie se le oculta que su reforma sanitaria tiene un enorme coste económico, además de político: muchos billones de dólares. Sin entrar en el detalle, -para nada- de las mil páginas que Obama ha presentado al Congreso, sí diré, que lo que se gasta o pretende gastar Obama en sanidad es mucho menos de lo que la Reserva Federal (FED) se ha gastado desde marzo de 2008 (Bearn Stearns, ¿recuerdan?) en rescatar bancos y estabilizar el sistema financiero. Y todo experto en economía, de derechas y de izquierdas, está de acuerdo en que esta intervención del estado en la economía financiera, era necesaria para que el dinero fluyera a familias y empresas (“la financiación es la sangre de la economía", afirma Alan Greenspan, en “The age of Turbulence”, 2007). Lo que se gastaría Obama en sanidad, de sacar adelante su plan, es mucho menos de lo gastado en la guerra de Irak, como demuestra en su obra maestra el premio Nóbel de Economía Joseph Stiglitz “The Three Trillion Dollar War: the true cost of the Iraq conflict” (2008).

Y, además, hay muchos americanos que sí están de acuerdo en reformar la sanidad americana, con ciertas condiciones: dando más cobertura, ofreciendo una alternativa pública a las de las aseguradoras privadas, haciendo la Sanidad más eficiente y reduciendo sus costes (América gasta 1,5 más en Sanidad que la Unión Europea, por ejemplo, y, sin embargo, tiene 47 millones de personas fuera del sistema sanitario, frente a nuestro sistema de cobertura universal), al tiempo que la convierte en fuente de revitalización de la economía y generación de empleo. Porque estos parámetros –y no otros- son los que definen, a grandes rasgos, los objetivos de la reforma sanitaria de Obama. Las soflamas -no ciertas- de que Obama es socialista y quiere introducir el comunismo en los Estados Unidos son absolutamente fuera de lugar y sin sentido, por mucho que tantos, de izquierda (en Europa) y de derecha (en América), se empeñen en repetirlo.

Además de la reforma sanitaria, Obama honró a los asesinados por Al Qaeda en el 11 de septiembre de hace ocho años. Y, con su retórica, que no es la de su predecesor, reafirmó su intención y determinación de acabar con el terrorismo islamista y que no le temblará la mano a la hora de luchar contra Bin Laden y sus secuaces. Obama será demócrata, pero no de izquieras: antes que nada es norteamericano y, por tanto, patriota. Si Bill Clinton bombardeó los campamentos de Bin Laden en el desierto, Obama perseguirá al saudí hasta los confines de la tierra, aunque respetando la ley y sin torturas.

También en el ámbito económico, la semana pasada ha sido importante para Obama y para América. El secretario del Tesoro Timothy Geirthner, afirmó que la economía americana empezaba a ver la luz al final del túnel. Por contraste con algunos comentarios que vemos y escuchamos en otras latitudes más cercanas, Geirthner fundamentó sus afirmaciones en datos, estadísticas y estudios. El estímulo económico del Presidente, por ejemplo generó más de 1,5 millones de empleos, en lo que llevamos de año. Desgraciamente en España, este mes pasado ha generado más desempleo y, según nuestro ministro de Trabajo, Corbacho, la tasa de paro podría alcanzar el 20% de la población activa. En marzo de 2008, Zapatero hablaba de pleno empleo, para esta legislatura, en víspera de elecciones.

En Comercio Exterior Obama tomó una decisión histórica: subir los aranceles a la importación de neumáticos chinos. Desde que Nixon y Kissinger iniciaran la política del deshielo con Mao y la China comunista, los gobiernos americanos habían tenido una relación cordial con los chinos: con la excepción del conflicto por Taiwan, americanos y chinos se llevan bien en lo económico; ya se habla del G-2, frente al G-20. No hay que olvidar que China financia buena parte de la deuda estadounidense (deuda pública, deuda de los bancos, deuda del consumo, deuda de la inversión, deuda de las familias, etc). Por ese motivo, la reacción airada de las autoridades chinas, que no se ha hecho esperar, tiene especial relevancia: la decisión de Obama, en defensa de los intereses económicos americanos (los sindicatos de los sectores afectados ya han mostrado su alegría por la medida, porque se salvarán muchos puestos de trabajo en América, al tiempo que se perderán en China: así es el juego de las redes y de la globalización) podría interpretarse como proteccionista y despertar una guerra comercial que no sería buena para nadie. Sin embargo sospecho que la sangre no llegará al río y que Obama se sentará a hablar con los chinos, antes de que comiencen los problemas.

Al igual que ha dicho que está dispuesto a sentarse a hablar con norcoreanos y con iraníes para parar sus programas nucleares. El diálogo ya empezó con su predecesor, pero a Bush, su retórica del “eje del mal” no le ayudó a la hora de establecer ciertas relaciones diplomáticas. La visión multilateral de Obama será de gran utilidad para resolver conflictos internacionales.

Por último, una decisión curiosa y de índole interna podría afectarnos mucho a los españoles. Obama anunció esta semana que su mujer, Michelle, y no él, acudiría a Copenhage a defender la Candidatura de Chicago para los Juegos Olímpicos de 2016. Esta decisión podría tener muchas repercusiones: a los miembros del COI, que se reúnen el próximo 2 de octubre en Copenhage, les gustan las representaciones de muy alto nivel, a la hora de defender candidaturas olímpicas.

En el caso de Madrid, nuestra candidatura, que presentará el Alcalde Alberto Ruiz Gallardón, irá encabezada por la Familia Real al pleno (la única enteramente olímpica, por cierto: todos sus Miembros han participado en alguna Olimpiada). La Candidatura Olímpica Madrid 2016, con su lema “tengo una corazonada o I feel it in my bones” es la que más apoyo popular tiene de las cuatro opciones, con más del 90% de la población española a favor, según las encuestas.

Sin Obama, nuestra Candidatura, ya de por sí sólida y fuerte, podría verse seriamente reforzada a los ojos del COI. Ojalá sea así y, ganando por sus propios méritos, Madrid se convierta en la sede de los Juegos Olímpicos de 2016.

Fotografía  EFE