martes, 17 de septiembre de 2013

Lo mejor está por llegar

Obama ha entrado en la historia. La sociología del siglo XX dice que las comunidades se transforman según ciclos de 8-10 años. Con su reelección, Obama tiene cuatro años más para cumplir su promesa (20 de enero de 2009: tomó posesión como presidente), para transformar Norteamérica. Con sus propias palabras, dichas con la alegría del que ya se sabe vencedor de una dura, cara y disputada campaña electoral, "lo mejor está por venir". Lo cual no quiere decir que su segundo mandato vaya a ser un camino de rosas: los retos y problemas de ayer siguen necesitando ser acometidos y solucionados. Y con urgencia, dada la envergadura de las cuitas estadounidenses. Romney, reconociendo la victoria de su oponente, dijo -entre aplausos y abucheos- que vienen tiempos duros en que los conservadores y los demócratas habrán de negociar para sacar adelante el país. Y, hasta en cuatro ocasiones, afirmó que rezaría por Obama y pidió oraciones para el presidente. Obama, por teléfono, y también públicamente, agradeció a Romney su magnanimidad.

No es menester explicar cómo y por qué Obama ganó las elecciones. Este diario, en las mismas páginas de su sección de Opinión, anticipó el resultado electoral, hace tres días: estimación de voto, delegados, estados bisagra, intención de voto de los diversos colectivos y segmentos de población según variables sociodemográficas, participación y otros datos que, hoy, publicarán el resto de medios de comunicación. La capacidad de predicción de este periódico permite que nos centremos en lo esencial: lo que aun está por venir.

La Constitución norteamericana establece un equilibrio entre poderes por el que, aun siendo Estados Unidos una nación presidencialista, la Cámara de Representantes y el Senado, y el Poder Judicial, impiden que el presidente pueda hacer enteramente lo que quiera. La negociación es consustancial a la organización del Estado y su estructura de poder. Obama deberá negociar con la Cámara de Representantes, en manos republicanas, y con el Senado, donde los demócratas retienen una mayoría simple. La cuestión más urgente, que requiere de negociación y acuerdo, es evitar que Estados Unidos caiga por el precipicio fiscal, el 1 de enero de 2013: hay que impedir que se pongan en marcha los aumentos de impuestos y reducción del gasto, acordados por la Comisión Simpson-Bowles, que, en colaboración con la Cámara de Representantes y Senado, Obama nombró tras la debacle de los demócratas en las elecciones de mitad de mandato de noviembre de 2010. Es inconcebible que alguien en Estados Unidos desee un mal cierto para la economía, si no hay acuerdo antes de que finalice 2012: Estados Unidos decrecería en la próxima década un 5% anualizado en PIB; se volvería a la recesión.

Esta será la primera labor de Obama, con la colaboración de los dos partidos, a quienes ya ha tendido la mano. El presidente quiere una reducción "equilibrada" del déficit público (hoy supone un 7,9% del PIB, y la deuda es el 103% de la riqueza del país), jugando con subidas y bajadas de impuestos (las primeras, para los más pudientes; las segundas, para el 98% de los contribuyentes). Se examinarán los recortes del gasto público en todas sus partidas, tanto programas sociales como defensa. Aunque Obama, en la noche electoral, dejó claro que quiere que Estados Unidos tenga unas Fuerzas Armadas más sofisticadas y poderosas. Este es un mensaje que no habrá pasado desapercibido a Irán -empeñado en desarrollar armas nucleares propias-, Corea del Norte, Siria y sus aliados de Hezbolá en Líbano, y Hamás, en Palestina.
Tampoco a China, a punto de cambiar su liderazgo. China tiene el Ejército más grande de la tierra -aunue no el más poderoso, que sigue siendo el estadounidense-, para mantener la paz social. El crecimiento armónico enunciado por su antecesor (Hu Jintao), será el gran reto del nuevo presidente chino, Xi Jinping: China es la segunda potencia en PIB, 400 millones de personas son de clase media..., pero, en renta per cápita, China es una país pobre, y 1.100 millones de chinos viven en la penuria. China tendrá que fomentar el consumo interno para dinamizar la economía, y depender menos de las exportaciones: esto, cuando Obama quiere doblar sus exportaciones made in America, en su segundo mandato, y crear dos millones de empleos. Rusia y Estados Unidos deberán profundizar en el acuerdo Start, de reducción de armas nucleares, al tiempo que Obama empleará a fondo sus dotes negociadoras para disipar las dudas de Putin respecto al Escudo Antimisiles, que Rusia cree que Norteamérica dirige contra ella.

El segundo mandato -como para Clinton y para Bush- deberá ser el del intento de Obama por conseguir la paz en Oriente Próximo, cumpliendo Israel con las resoluciones de la ONU, y garantizando los palestinos y los árabes, la seguridad del Estado judío.

La economía debe seguir la senda del crecimiento y acelerar el paso. Esto sucederá en 2014, cuando Norteamérica crecerá al 3%, durante varios años, y se crearán otros 5,5-6 millones de empleos, con bajos tipos de interés, la inflación controlada y la Reserva Federal inyectando liquidez para resucitar el crédito a familias y empresas. Será tiempo de impulsar de nuevo la manufactura en Estados Unidos.

El cambio climático, que exigirá un nuevo modelo energético, menos contaminante; las nuevas tecnologías, y los retos de la globalización que plantean a Norteamérica los países BRIC requerirán un tipo nuevo de trabajador, que aporte mayor valor añadido, sea más productivo y genere más competitividad. Para ello, la reforma educativa que promoverá Obama será vital y demandará la colaboración de los sectores público y privado: está en juego que Estados Unidos continúe siendo la primera potencia económica. Las reformas sanitaria y financiera están para quedarse: Obama controla el Senado; y tiene poder de veto. Queda pendiente la reforma de la inmigración: el 70% de los hispanos han votado a Obama con esa esperanza. Doce millones de latinos ilegales, -trabajan y pagan impuestos- habrán de tener estatus legal. Para ellos, como para el resto de norteamericanos y, hasta que Hillary Clinton sea candidata en 2016, lo mejor está, aún, por llegar.

Publicado previamente el 7 de noviembre de 2012 en Cinco Días

La victoria depende de un 1%

Faltan 48 horas para saber quién será presidente en Estados Unidos. Durante meses hemos leído muchas encuestas publicadas por los medios de comunicación. Las encuestas preelectorales no suelen predecir el resultado: tienen poca muestra, índice de confianza bajo y demasiado margen de error. Además, medios y partidos políticos las utilizan para influir en el electorado: movilizar el propio y desmoralizar al contrario. Su utilidad es señalar tendencias, no acertar el _resultado.

El empate técnico en voto popular entre Romney y Obama (47%) es tal que, por vez primera en décadas, los institutos de opinión están haciendo buenas encuestas, a dos días de celebrarse las elecciones, con sobremuestra, índice de confianza del 95,5% y margen de error del 2,3%. Son consultas nacionales y, también, hechas en los estados bisagra más relevantes, para inclinar la balanza a favor de un candidato u otro: Ohio, Florida, etc.

Prestando atención solo a estas encuestas -una docena- de entre las más de 60 publicadas por diversas fuentes, entre el 1 y el 4 de noviembre, es posible apreciar conclusiones interesantes sobre cuál podría ser el resultado. Las encuestas más sólidas dan la victoria a Obama en estimación de voto popular, en un 3% sobre Romney. Las menos sólidas otorgan la victoria al presidente por el 1%. Solo una buena encuesta da la victoria a Romney (+1%). El voto popular, en una situación de empate técnico, no es significativo de cara a la victoria final, puesto que lo verdaderamente relevante es obtener más de 270 delegados en el colegio electoral: Obama podría ganar en voto popular -donde la media aritmética de las mejores últimas encuestas, que no son las de Real Clear Politics, le dan la victoria pírrica del +1,3%, en toda la nación- y perder en número de delegados. O no.

Lo mejor de las buenas encuestas es lo que el ojo no ve, pero la mente concluye, al estudiar las intimidades de los estudios. Así, la probabilidad estadístico-matemática de que Obama gane es del 86,3% (a Romney le quedaría el 13,7%); el presidente obtendría el 50,6% del voto popular versus el 48,5% de Romney; Obama ganaría 307,2 delegados y Romney, 230,8. Según este modelo, Obama habría ganado Ohio y Florida (los dos estados bisagra con mayor número de delegados), obligando a Romney a, necesariamente, vencer en el resto de swing states, potencial realidad plausible, aunque estadísticamente improbable: hasta en el estado de Massachusetts, del que Romney fue gobernador, las buenas encuestas dan 20 puntos de ventaja al presidente Obama. No sería así en Nevada o en Wisconsin, donde Obama vencería solamente por un punto.

Como Kennedy versus Nixon en 1960, Obama necesita un 1% de voto popular de ventaja frente a Romney, para llevarse de calle el colegio electoral. Y en ese 1% estarían incluidas las victorias de Obama -aun simbólicas, incluso por un voto- en estados tan bisagras y claves como Ohio, Florida, Nevada, Virginia, Iowa, New Hampshire y Wisconsin.

Se ha hablado hasta la saciedad de que, por este orden, la economía y el paro, la sanidad y la política exterior decidirán el resultado electoral. Cierto; pero quien tiene una visión concreta sobre estos temas no es un ente amorfo llamado población general registrada con intención de votar. Con una participación estimada del 57%-58%, en línea con elecciones anteriores, cada votante tiene una idea concreta sobre su visión de Estados Unidos, el sueño americano, su situación económica personal, la de su familia, cuánto le cuesta la gasolina y la cesta de la compra, si su salario ha aumentado, decrecido o mantenido estable en estos años, si tiene más o menos poder adquisitivo y/o de compra, si puede ahorrar o no, pagar la hipoteca o, por el contrario, le han desahuciado y se ha quedado en la calle. Son 100 millones de votos, grosso modo. Imposible hablar de cada uno de ellos en esta tribuna. Podemos escribir de estados y de segmentos de población según variables sociodemográficas.

De los estados bisagra ya hemos dado una pincelada. Los hispanos: 50 millones ciudadanos americanos, según el censo de julio de 2012. Pueden votar 23,7 millones o un 7,8% del censo electoral nacional. Hoy, el 70% votaría por Obama y un 25% por Romney.

La campaña republicana se ha propuesto aumentar ese porcentaje en 5 puntos y obtener el 30% del voto latino. No hablamos de los 12 millones de hispanos ilegales, lógicamente. Aunque las leyes sobre inmigración de estados como Arizona -permiten detener, pedir papeles y expulsar del país a una persona si la policía piensa que es latino ilegal o alien, tan solo por su aspecto físico- han alienado -sin cursiva- el voto latino de los republicanos y lo han arrojado en brazos demócratas. En Florida hay 2,089 millones de hispanos con derecho a voto (15,9% del censo); en Nevada son 268.000 hispanos (15,1%), y en Colorado hay 484.000 hispanos o 13,7% del censo electoral registrado y con intención de votar.

Católicos: suponen un tercio de los votantes registrados con intención de votar. Aunque los católicos no son un bloque uniforme, blancos, humildes, de clase trabajadora y origen irlandés, como hace 60 años, es obvio que ningún candidato podría ganar si tuviera en contra el voto de los católicos: hoy, un 48% votaría por Obama y un 44% a favor de Romney.

Si a los hispanos les preocupaba la inmigración y la reunificación familiar, resumiendo hasta el infinito, a los católicos les importan dos cuestiones: a unos, los temas morales como el aborto, el divorcio o el matrimonio entre personas del mismo sexo; a otros, la justicia social en un país con 50 millones de pobres, que viven de la beneficencia pública. Los primeros votan a Romney y los segundos, a Obama.

También hay mujeres, jóvenes, minorías (afroamericanos, asiáticos) y blancos de clase media y trabajadora que mayoritariamente votarán a Obama: si estos colectivos, junto a católicos e hispanos, acuden a votar en masa, se cumplirán las estimaciones arriba mencionadas y Obama ganará las elecciones: en voto popular, siquiera por un 1% y en delegados electorales.

Publicado previamente el 6 de noviembre del 2012 en Cinco Días

Elecciones para prevenir una recaída planetaria

El día 6 de noviembre los estadounidenses elegirán presidente. Obama ya ha pasado a la historia por ser el primer afroamericano que se convierte en jefe de estado de la primera potencia económica y militar de la tierra, con un 22% del PIB mundial. En las elecciones más ajustadas desde 1960 (Kennedy versus Nixon), con Obama y Romney empatados en estimación de voto en un 47%, serán 12 estados bisagra, mujeres, trabajadores, católicos, evangélicos, jóvenes, latinos y otras minorías quienes decidirán el resultado electoral.
Dependiendo de quién gane, se impondrá una visión multipolar del mundo, inclusiva hacia terceros y negociadora en cuestiones de comercio mundial e intercambio de capitales, bienes y servicios, como la de Obama. Si gana Romney, la creencia en la excepcionalidad de Norteamérica podría traducirse en aislacionismo internacional, dureza en las relaciones comerciales, y un capitalismo más agresivo que desmonte el ya endeble estado del bienestar americano. Sea como fuere, el resultado electoral afectará a los 7 billones de habitantes del planeta: según el Fondo Monetario Internacional, en 2012 y 2013, el crecimiento económico mundial se ralentizará y, si Alemania es la locomotora económica de Europa, EE UU lo sigue siendo de todo el mundo.

Entre junio de 2009 y octubre de 2012 Norteamérica no ha estado en recesión y el PIB avanzó, de media, el 2,2%. El crecimiento del tercer trimestre de 2012 fue del 2%: 1,3% (consumo de hogares; 71% del PIB) y 0,7% (inversión pública en Defensa). Si demócratas y republicanos se ponen de acuerdo y evitan el precipicio fiscal -que, de producirse, restaría un 5% anual al PIB y llevaría a la recesión-, Norteamérica crecerá en 2013 otro 2,2% y creará 140.000 empleos al mes. En 2014, el crecimiento alcanzará el 3% y se mantendrá estable hasta 2016, sea quien sea el presidente.

Desde que Estados Unidos abandonó la recesión, se han creado 5 millones de puestos de trabajo, en el sector privado; el empleo en el sector público se ha expandido un 0,8%, creando 22.000 empleos y destruyendo 560.000. La tasa de paro, hoy, es del 7,9%, mismo porcentaje que el 20 de enero de 2009, cuando Obama tomó posesión: aquel enero, la recesión destruyó 818.000 empleos. El mes anterior, los despedidos fueron 803.000. En el último trimestre de 2008, en las postrimerías del segundo mandato de Bush, el PIB se contrajo el 8,9%. Durante los 8 años de la era Bush, se generaron 3,5 millones de empleos. Con Obama, se han creado 5 millones.

Si los datos económicos son mejores con Obama que con su antecesor ¿por qué muchos definen Estados Unidos como un país en decadencia? Los republicanos son muy críticos con la política económica de Obama y sus resultados. La población general otorga al presidente un índice de aprobación superior al de desaprobación, y considera que tiene muchos factores positivos, humanos y de liderazgo. Su porcentaje de favorabilidad dobla al de Romney. Sin embargo, el 51% considera que el republicano gestionaría mejor la economía que Obama (45%).

Muchos factores explican por qué la gestión económica del presidente no es reconocida; destacan dos: primero, los estadounidenses creen en el Sueño Americano, según el cual todos tienen la oportunidad de triunfar, porque hay movilidad social y económica. El ansia de triunfar forma parte del ADN norteamericano. Desde este punto de vista, la población compara la situación actual con los 23 millones de empleos que generó Clinton y sienten nostalgia, recordando tiempos mejores. Alan Greenspan escribió en "La edad de la turbulencia" que Clinton fue el mejor presidente, en lo económico, del siglo XX.

Segundo, hay que tener en cuenta a los países que el economista de Goldman Sachs, Jim O'Neill, denominó BRIC (Brasil, Rusia, India y China). Cuando se comparan los logros de Obama con los de Reagan, muchos olvidan que, hace 30 años, los BRIC eran irrelevantes y el G-7 dominaba económicamente el mundo. En 2012, los emergentes -aunque ahora experimenten una cierta desaceleración, fruto de la falta de demanda de Occidente- han crecido mucho en las últimas décadas: toda la riqueza y empleos que no han generado las economías más desarrolladas la han generado ellos. Por eso, Obama se ha propuesto dos objetivos: impulsar la manufactura y las exportaciones americanas, doblando estas últimas en 5 años y creando, así, 2 millones de empleos.

La herencia económica que recibió Obama fue la crisis más profunda desde la Gran Depresión. Obama tuvo que salvar aseguradoras, automovilísticas, bancos y poner en marcha tres paquetes de estímulo económico de 787.00, 400.000 y 200.000 millones de dólares cada uno para conseguir que América pasara de decrecer el 8,9%, a crecer el 2,2%, en PIB, y de destruir 800.000 empleos mensuales, a crear una media de 140.000. Esta revitalización económica, aunque leve para los estándares americanos ha incrementado el déficit público en 5 billones de dólares. Bush le entregó un déficit de 13,5 billones de dólares y Obama lo ha aumentado hasta los 16,4 (7% del PIB); la deuda pública (suma de todos los déficits acumulados) es el 103% del PIB.

¿Cuál es el balance económico de Obama? El PIB, en términos absolutos, es de 15,6 billones de dólares (+12%); el paro es del 7,9% y se han creado 5 millones de empleos; los mercados de valores se han disparado entre enero de 2009 y el 31 de octubre de 2012: el Dow Jones se ha revalorizado un 70% y el S&P 500 ha doblado tamaño; los hogares han destinado 8,6 billones de dólares al ahorro (+4,4%). Cada vez que la Reserva Federal anunciaba uno de sus programas de estímulo y bajadas de tipos de interés, las Bolsas se disparaban. Los consumidores, gracias a la Reforma Financiera Dodd-Frank, tienen más información, existe una Agencia de Protección al Consumidor Financiero, los bancos están más recapitalizados y, según la "norma Volcker", las entidades financieras no pueden especular con recursos propios, ni con el dinero de sus clientes.

El regulador es consciente de los riesgos sistémicos y, aun así, los 5 bancos más grandes de Estados Unidos tienen activos que equivalen al 56% del PIB. El mercado inmobiliario se recupera (+11% a lo largo del mandato; 15% en septiembre y 14,4% en octubre de 2012). El comercio ha aumentado, gracias a los acuerdos con Panamá, Colombia y Corea del Sur. EE UU ha aumentado en un 10% su independencia energética -algo que planteó por vez primera Nixon-, aumentando su producción de petróleo y gas en un 25% y reduciendo proporcionalmente importaciones de Irán, Venezuela y Arabia Saudí.

Gracias a la reforma sanitaria, 30 millones de personas tendrán cobertura médica desde 2014. Los salarios se han incrementado un 7% de media (lejos del 221% de los máximos ejecutivos del S&P 500), y los ingresos por hogar se han mantenido estables en los 50.800 dólares. El 1% de los americanos acumula el 70% de la riqueza, y el 0,1%, el 40%. Frente a la visión de los republicanos -según la encuesta de The Economist entre economistas y expertos financieros, de octubre de 2012-, el 51% prefieren la política económica de Obama a la de Romney. Después de todo, ser capitalista no es sinónimo de ser republicano.

Publicado previamente en Cinco Días el 2 de noviembre del 2012

La sanidad, clave en las elecciones USA

El 51% de los americanos cree que Obama gestionaría mejor la Sanidad que Romney. 

Romney dice que, si gana las elecciones, abolirá la Reforma de la Sanidad que Obama convirtió en ley el 23 de marzo de 2010. En el primer debate electoral, Romney añadió que, durante sus dos primeros años, Obama malgastó energías en sacar adelante una ley que los norteamericanos no necesitaban, en vez de centrarse en solucionar el penoso estado de la economía y el desempleo. En sus afirmaciones, hay parte de verdad y parte de distorsión de los hechos. Hasta junio de 2012, para un 70% de estadounidenses, la Sanidad no era una cuestión electoral relevante, pero Obama no sólo aprobó Obamacare, sino también planes de estímulo de la economía, rescate de sectores económicos, Reforma Financiera, finalización de las guerras de Irak y Afganistán, etc.
Obamacare dio lugar al Tea Party, que en 2009 y 2010, generó mucho debate en torno a la Reforma Sanitaria y la intervención del Estado en la vida de las personas, sobre todo en cuestión de impuestos. Fue la consideración de impuesto –la obligación que impone la ley de que toda persona tenga seguro médico–, lo que salvó la constitucionalidad de Obamacare, el 28 de junio de 2012, según sentencia del Tribunal Supremo.

 Hoy la Sanidad es el segundo asunto electoral más importante para los votantes tras su preocupación por la economía y el desempleo. El 50% de electores creen que Obama tiene un buen plan sanitario, frente a un 44% de Romney. En los 12 estados bisagra, al igual que en toda la nación, el 51% cree que Obama gestionaría mejor la Sanidad que Romney. Los motivos son los siguientes: la ley tiene por objetivo que, en dos décadas, el 100% de la población tenga seguro médico. Hoy, de 311 millones (censo de julio de 2012), 50 millones no disponen de cobertura sanitaria.

Gracias a Obamacare, 32 millones de personas la tendrán en 2013. Obama quiere reducir el déficit público acabando con ineficacias e ineficiencias en el sistema sanitario, en 2012, reduciendo gastos –imputables a las aseguradoras– en 716.000 millones de dólares. Hasta la entrada en vigor de la ley, las aseguradoras expulsaban a los hijos de los seguros médicos familiares, cuando cumplían 19 años. En cambio Obamacare ya ha hecho posible que tres millones de jóvenes puedan tener cobertura médica gracias a sus padres hasta los 26. Muchas aseguradoras no aceptaban a algunos pacientes y no cubrían ciertas enfermedades si la persona tenía una dolencia previa a la firma de la póliza del seguro. Obamacare garantiza la cobertura sanitaria.

¿Por qué, a pesar de la polémica que acompañó a la aprobación de Obamacare, una mayoría de americanos está hoy del lado del presidente y no de Romney? Por varios motivos: Estados Unidos tiene una población cada vez más envejecida y, en un cuarto de siglo 100 millones de personas serán mayores de 65 años. En estados bisagra –y electoralmente vitales, como Florida–, el número de jubilados es elevado. No han escuchado de Romney un plan concreto –aunque sí de Obama– sobre la Sanidad y, en cambio, han oído hablar del plan de reducción del déficit público del candidato a vicepresidente republicano, Paul Ryan, que mete un tijeretazo monumental al Estado del Bienestar. Aunque las medidas de Romney-Ryan van dirigidas a los menores de 55 años, muchos jubilados están asustados, incluidos porcentajes muy elevados de republicanos. Obama recuerda que, para redactar su Ley Sanitaria, se inspiró en la reforma de la sanidad que hizo Romney cuando era gobernador de Massachusetts: ambas leyes son (casi) idénticas. Esto preocupa a muchos conservadores, que piensan que Romney no tiene principios y que, en cuestiones morales, es un candidato que cambia de opinión si le conviene electoralmente: sea con el aborto, la contracepción o el matrimonio entre homosexuales. 

El índice de aprobación del presidente es positivo por los pelos (49% frente al 48%) y, hoy, de siete encuestas nacionales, Romney gana en cuatro y Obama en tres. La media aritmética de los datos de las siete encuestas daría como resultado un empate técnico entre candidatos, ambos con un 47,3% de estimación de voto, metodología que no es científica, pero que refleja lo ajustado que será el resultado de la elección. Previamente al primer debate, Obama superaba a Romney en seis puntos –voto popular– y le arrasaba en delegados; ahora, la distancia es mínima: 201 delegados a 191.

Tras el segundo debate, siguen empatados en un 47% y su capacidad para atraer a los votantes hacia su visión sobre la economía, la sanidad y la política internacional decidirá el resultado junto a dos factores tan sencillos como esenciales: Reagan demostró que las elecciones se ganan cayendo bien a la gente, y no inundándola con datos, y que el electorado premia a candidatos que tienen sólidos principios éticos, morales y religiosos, y son coherentes con ellos.

Publicado previamente el 17 de septiembre de 2013 en La Gaceta

jueves, 7 de marzo de 2013

martes, 25 de septiembre de 2012

Sprint final hacia la Casa Blanca

Si hoy hubiera elecciones presidenciales en Estados Unidos, Barack Obama ganaría a Mitt Romney por tres puntos: 48,5% versus 45,5%, en voto popular. Esa diferencia porcentual está dentro del margen de error de cualquier buena encuesta preelectoral: sería un empate técnico. Hay precedentes: en 1960, Nixon versus Kennedy, y en 2000, Kerry y Bush. Pero el sistema electoral estadounidense es indirecto y, en cada Estado, se eligen delegados que forman el colegio electoral: ellos eligen al presidente.

Nuestras estimaciones, basadas en un tracking diario nacional, y otro en cada uno de los Estados, conforme la información provista por media docena de encuestas diarias, nos dan un par de intervalos: en el primero, Obama consigue 237 delegados y Romney, 191; en el segundo, el presidente gana 332, y Romney, 206. La diferencia entre ambas mediciones se explica porque, en un caso se tienen en cuenta solo los Estados en los que sabemos, con certeza, la intención de voto (primer intervalo) y, en el segundo, están incluidos los 12 Estados en que hay un 10% de independientes (media aritmética), cuyo voto es difícil predecir. A finales de septiembre es más fiable el primer intervalo que el segundo. Nunca la sociedad americana había estado tan polarizada y enfrentada.

Obama, además de ganar por votos y delegados, también cae bien a una gran mayoría de americanos. En Europa, este factor es menos relevante en unas elecciones, pero en Estados Unidos es muy importante: tanto que, sin este parámetro, no se entienden las victorias de Ronald Reagan o Bill Clinton, los dos presidentes, junto a JFK (Jack Kennedy), más populares, simpáticos, atractivos y carismáticos según los potenciales votantes. En el caso de Clinton, este dato alcanza hoy el 66%, porque incluye un 25% de republicanos, que recuerdan con nostalgia la era Clinton de bonanza económica: mercados de valores al alza; empresas tecnológicas disparadas; globalización; desregulación financiera; Estados Unidos como única superpotencia del mundo, sin la URSS; crecimientos del PIB del 3,5%, durante ocho años, y 23,1 millones nuevos empleos.

Obama cae bien al 50,4% y cae mal al 43,4%. Romney, cae bien y mal, por igual, al 43,8% de votantes registrados. Nuestras encuestas se han realizado un día antes de que se hiciera público el vídeo en que Romney dijo que el 47% de los votantes de Obama "no le importan y que no les convencerá jamás: creen que tienen derecho a trabajo, comida y ropa gratis, proveída por el Estado. No creen en la responsabilidad personal"; y "si mi padre tuviera apellidos mexicanos, mis posibilidades de ser elegido se doblarían". Veremos en breve cómo estas declaraciones influyen en los votantes de clase media y las minorías: afroamericanos, asiáticos y, por supuesto, hispanos, todos proclives a votar a Obama.

Durante julio y agosto, la campaña estuvo protagonizada por la carrera de los candidatos para conseguir dinero, la publicidad positiva y negativa de ambas partes, las convenciones, y por el debate en torno a los temas que hoy preocupan a la sociedad americana. Casi todos estos asuntos eran nacionales (domésticos, dicen en EE UU) y tan solo ha entrado en liza la política internacional (donde Obama, en todas las encuestas diarias desde que tomó posesión, ha obtenido calificaciones positivas superiores al 50%), cuando el mundo musulmán se ha enfadado, atacando intereses norteamericanos y occidentales (alemanes y británicos, entre otros), tras la emisión de un vídeo que denigra al profeta Mahoma.

Por lo demás, el verano político se centró en varios asuntos, tanto entre la opinión pública como entre la opinión publicada. Lo sé, no solo porque hago seis encuestas diarias en Estados Unidos y leo muchas publicaciones americanas, sino porque pasé el mes de agosto recorriendo los 12 Estados en que se decidirá el resultado final de la elección: pocas veces la preocupación de las personas normales, de la calle, coincide con lo que dicen los medios de comunicación, manifiestan las encuestas y, ya el colmo, es idéntico al discurso de los políticos. Me pareció un fenómeno digno de estudio y que diferencia esta campaña presidencial de todas las demás: solo es equiparable a la que, en 1980, enfrentó a Carter y a Reagan, y en 1960 a Kennedy con Nixon, por conquistar el alma de Estados Unidos.

¿Qué preocupa hoy a los electores? La supremacía mundial de América; el tamaño del Estado; la mayor o menor intervención del Gobierno en la economía; el desempleo (ahora, en el 8,1%, a pesar de la creación de 4,5 millones de empleos netos entre junio de 2009 y agosto de 2012, que se explica por el aumento de la tasa de actividad y el de la población activa que busca trabajo); inmigración (América tiene 50 millones de ciudadanos hispanos y 15 millones de ilegales o aliens latinos); las reformas sanitaria (Obamacare) y financiera; el recorte del gasto público y en qué partidas (¿defensa o programas sociales?); impuestos; el equilibrio presupuestario (sobre lo que Paul Ryan, candidato a vicepresidente con Romney, tiene un plan muy austero y draconiano) para volver a crecer en PIB por encima del 3%, con el que Estados Unidos conseguiría el pleno empleo; en el exterior, lo de siempre: Irán, Corea del Norte, la esquizofrénica relación de amor y odio con China (la financiación china mantiene el exiguo consumo americano), y los precios de la vivienda y de la gasolina, muy relevantes en Estados Unidos. Por supuesto, las relaciones con Israel, empañadas con los demócratas por el deseo judío de atacar a Irán antes de que obtenga la bomba atómica, lo que provocaría consecuencias imprevisibles en Oriente Medio y torpedearía el proceso de paz palestino-israelí, hoy estancado.

Las elecciones las decidirán 12 Estados y diversos segmentos sociodemográficos de votantes: jóvenes, mujeres, desempleados, latinos (los hispanos legales suponen el 17,9% de la población, según el censo de julio de 2012), veteranos, clase trabajadora y los milmillonarios que aportan fondos a cada candidato. Versus 2008, los 15 millones de seguidores de Barack Obama en Twitter, y el millón de Mitt Romney, tienen poco que decir en las elecciones de 2012. Dinero manda.

Publicado previamente en Cinco Días el 24 de septiembre de 2012

sábado, 12 de mayo de 2012

Elecciones en USA: lo que motiva a los electores


Si hoy se celebraran las elecciones presidenciales estadounidenses, Obama (46,7%) ganaría a Romney (45,4%) por 1,3%. Estadísticamente hablando, es un empate técnico. No es el recuento total del voto popular lo que decide las elecciones, porque el sistema americano es indirecto, sino el número de delegados que, en el llamado Colegio Electoral, apoyan a uno u otro candidato: para ser presidente, son necesarios, al menos, 270.

Nuestra proyección actual para Obama es de 253 y de 170 para Romney; 115 están en el aire, en estados del Centro y el Sur. En estados que inclinan la balanza de las elecciones (Florida, Ohio, Virginia), Obama también gana a Romney por estrecho margen.

Es relevante saber qué preocupa a los electores de ambos partidos, hoy. Nuestras encuestas destacan las siguientes prioridades de los electores, sin mencionar las que están por debajo del 50%: la economía (71%), el precio de la gasolina (65%), el gasto federal y el déficit público (60%), el acceso a -y el poder permitirse- un seguro médico (60%), y el desempleo (55%). Es más fácil entender que Obama vaya en cabeza, sabiendo que el 50% de los americanos confían más en el presidente, que en Romney (42%), a la hora de gestionar la economía. Cierto: ese índice, cuando Obama tomó posesión, en enero de 2009, era del 71%; ha perdido 21 puntos. El índice de aprobación global de la gestión del presidente arroja hoy un saldo neto negativo del -0,6%, por vez primera desde agosto de 2011. Todo tiene que ver con la economía.

Desde que Estados Unidos abandonó la recesión, en junio de 2009, los 11 siguientes trimestres han sido de un crecimiento medio del PIB del 2,5%. Las comparaciones son odiosas, pero tras la recesión de los años ochenta, el aumento medio del PIB, con Ronald Reagan, en los 11 trimestres posteriores a la salida de la crisis, fue del 6,1%. Es verdad que, entonces, el mundo era distinto: el G-8 dominaba el planeta, había dos Superpotencias (Guerra Fría) y no existían, ni el G-20, ni los Países Emergentes. China solo cambió su política económica radicalmente, a favor del capitalismo de Estado, en 1983. Con Clinton, el crecimiento medio (1993-2001) fue del 3,5%, y se crearon 21 millones de empleos: media neta mensual de 200.000 puestos de trabajo.

Entre septiembre y diciembre de 2011, América creó 200.000 empleos netos mensuales. En el primer trimestre de 2012, la media neta mensual fue de 150.000 nuevos empleos (los números de marzo han sido ya revisados al alza), con crecimientos del PIB del 3% (último trimestre de 2011) y 2,2% en 2012. 

La economía es la primera preocupación de los electores. Obama mantiene su base electoral intacta: aumenta el apoyo femenino y baja un poco el hispano, porque aun no hay –la prometida- ley de Inmigración. El problema lo tiene Romney: ha de convencer a 4 colectivos para que le voten: americanos del MidWest (donde Santorum arrasaba), los republicanos más conservadores, los muy religiosos y los jóvenes. Si lo consigue, quizá gane las elecciones.

Publicado previamente en La Gaceta el 11/05/2012