martes, 11 de mayo de 2010

Karl Rove o la comunicación al servicio de ganar elecciones

"Los libros del enemigo", dice un pie de foto en el diario El País, del viernes 26 de marzo de 2010. En la fotografía se puede ver al presidente norteamericano, Barack Obama sosteniendo en sus manos un par de libros: "Buscaba libros para sus hijas, Sasha y Malia, pero se encontró con munición ideológica del enemigo. Barack Obama posa en una librería de Iowa con las obras del ex candidato presidencial republicano Mitt Romney y el estratega de George Bush, Karl Rove. La fotografía está firmada por la agencia de noticias Reuters.

En su libro sobre las elecciones presidenciales de 2008, el director de campaña de Obama, David Plouffe ("The audacity to win"), habla con muchísimo respeto de Karl Rove. Sin entrar en controversias ni en juicios sobre la moralidad o inmoralidad de las actuaciones de Rove (siempre objeto de debate), Plouffe admira el genio del principal consejero de George W Bush. Incluso cita a Obama alabando las campañas dirigidas por Rove, especialmente la de 2004, que llevó a la reelección a George Bush, frente al demócrata John Kerry. Una de las grandes hazañas de Karl Rove, según parece dijo Obama, fue conseguir la total unidad del equipo que trabajaba a favor de la reelección del presidente. En la campaña electoral de 2008, las superestrellas del equipo de Hillary Clinton se disputaron entre sí la primacía; en el tándem electoral republicano de John McCain y Sarah Palin, hubo más que disensiones y enfrentamientos, como puso de manifiesto en su propio libro de memorias Sarah Palin ("Going rogue. An American life").

Sabiendo que la desunión es germen de derrotas, Obama dio instrucciones a sus consejeros para que siguieran el ejemplo de la disciplina impuesta por Karl Rove en sus campañas electorales. Y no le faltaba razón al presidente, porque al aplicar la receta al pie de la letra, Obama consiguió la presidencia en noviembre de 2008. Al igual que la alcanzó George Bush en 2000 y 2004. Incluso mucho antes, porque, gracias a Karl Rove, George Bush ganó las elecciones a gobernador del estado de Texas en 1994 y en 1998. Y Texas, tradicionalmente, había sido mayoritariamente, un estado demócrata: el ex presidente Lyndon B. Johnson era tejano y, hasta que ganó Bush hijo sus primeras elecciones a gobernador, en 1994, lo habitual era que los tejanos votaran en clave demócrata. Rove consiguió para Bush sus victorias electorales, al igual que lo hizo para más de setenta senadores y congresistas republicanos para quienes trabajó desde su propia empresa ("Rove + Company") a lo largo de diecinueve años. Debido a tanta victoria electoral a él atribuida, se dice que George Bush hijo le dio el apodo de "El Arquitecto". Otros, más preocupados por las presuntas actuaciones (faltas de ética) de Rove, le han denominado "Maquiavelo" o "Príncipe de las Tinieblas".

No sé si tanto para despejar dudas sobre la moralidad de sus maquinaciones, como teniendo por objetivo dejar claro lo formidable y eficaz de sus actuaciones, Karl Rove publicó en marzo de 2010 sus memorias. Tituladas "Courage and Consequence. My Life as a Conservative in the Fight" ("Coraje y Consecuencias. My Vida como un Conservador en la Lucha", de Threshold Editions), sus 598 páginas -en la versión en inglés de tapas duras- son un manual del perfecto consultor político, experto en marketing electoral, que utiliza todas las herramientas de que dispone, al objeto de que sus clientes ganen elecciones. Frente a quienes se les llena la boca con "la gestión de intangibles", Rove da lecciones prácticas sobre cómo utilizar la comunicación, las relaciones públicas, el marketing electoral, las encuestas políticas, las estadísticas y hasta los conocimientos de historia de la presidencia de Estados Unidos, al servicio de un solo fin: ganar elecciones.

Muchos buscan en este tipo de libros el conocer más cosas sobre el presidente al que sirvieron los autores de las obras. Otros intentan desentrañar "los misterios de la historia". La autobiografía de Karl Rove ciertamente da algunos datos interesantes sobre George W. Bush y aporta datos relevantes sobre la historia de Estados Unidos a lo largo de dos décadas. Sin embargo, esas dos características no son las más importantes del libro, ni mucho menos. Cualquier persona interesada en política y economía de Norteamérica sabrá mucha de la información que, con respecto a esos dos temas, cuenta Karl Rove en su libro. En cambio, cómo ha puesto en marcha de manera exitosa tantas campañas electorales "el Arquitecto", no es moneda de cambio corriente de la sabiduría popular.

¿Cuáles son los pilares de una campaña electoral exitosa? Rove describe la hoja de ruta que hay que seguir al pie de la letra para ganar elecciones. Primero, la campaña debe girar en torno a grandes ideas que reflejen la filosofía del candidato y que, al mismo tiempo, sean percibidas por los votantes como importantes y relevantes.

Segundo, la campaña debe tener clara conciencia de las actitudes del electorado, así como conocer en detalle las fortalezas y debilidades tanto del candidato propio como las de los competidores.

Tercero, la campaña tiene que basarse en datos históricos; Rove afirma que "las campañas electorales del pasado pueden ayudarte a entender lo que podría pasar en las campañas electorales del futuro".

En cuarto lugar, Rove recomienda el uso de sofisticados métodos de modelización, que permitan identificar potenciales votantes, a los que hacer propuestas que les atraigan, y garanticen que van a votar a tu candidato. Esto supone disponer de formidables bases de datos en que estén localizados millones de potenciales votantes, así como tantos rasgos que les definan como sea posible.

La quinta característica de una campaña eficaz y exitosa es el asumir que hay formas correctas y formas incorrectas de criticar a tu oponente. No piense el lector que Rove está refiriéndose a la presunta moralidad o inmoralidad en la manera de atacar al enemigo. A lo largo de todo el libro Rove da a entender que no le preocupa tanto la ética (el deber ser de las cosas) como la eficacia. Cuando tantos le han criticado por -presuntamente- haber llevado a cabo actuaciones ilícitas (contra Mc Cain, por ejemplo, senador por Arizona, contrincante electoral de George Bush en las primarias republicanas del año 2000), Karl Rove parece despreciar tales críticas. No presta atención a la (supuesta) falta de ética de sus actos: a Rove sólo parece preocuparle la eficacia de lo que hace.

Es tanto como decir: "¿Cómo es posible que me acusen de hacer tal o cual cosa inmoral si, en realidad, es una estupidez?". No lo dice abiertamente, pero Rove aparentemente está de acuerdo con aquello de que "el fin justifica los medios". De hecho, y a modo de ejemplo, Rove critica a Nixon -presidente acusado de haber sido el más inmoral y anti ético de todo el siglo XX, en Estados Unidos, y que tuvo que dimitir por el caso Watergate- no por sus inmoralidades, sino por cometer estupideces. Como en una ocasión dijo un historiador: "es como criticar a Hitler no por la inmoralidad de asesinar a seis millones de judíos, sino por la imbecilidad de enfrentarse al mismo tiempo con los soviéticos y los norteamericanos".

El sexto rasgo de la perfecta campaña electoral es que debe tener un plan estratégico, disciplina y la inclinación constante a actuar: "Una campaña roviana fija objetivos y continuamente mide su consecución".

En séptimo lugar, Rove recomienda utilizar las tecnologías de la información de manera intensiva, así como reclutar voluntarios tanto como sea posible.

Por último, el autor destaca que una campaña dirigida por él debe centrarse en tres recursos vitales: conocimiento e información para el candidato; voluntarios dispuestos a salir a la calle a conseguir votos; y el dinero necesario para hacer realidad los dos primeros elementos.

Sabiendo ya cómo lleva a cabo Karl Rove sus campañas electorales, es verdaderamente fascinante leer cómo consiguió que un estado habitualmente demócrata como Texas votara por un candidato republicano como George Bush. Es impresionante comprobar cómo Rove domina las artes demoscópicas: estudia las tendencias de evolución demográfica en Texas (uno de los más grandes estados de la Unión) y llega a la conclusión de que, en 1994 Texas es un estado mucho más conservador de lo que se piensa. Y, al igual que hizo Obama muchos años después, en su campaña presidencial de 2008, Rove "fue a pescar votos" a caladeros distintos de los habitualmente republicanos: Latinos, Afroamericanos, católicos, demócratas conservadores y hasta independientes. Rove sale de las grandes ciudades y busca el voto rural. Identifica los deseos de la población tejana de disponer de una educación mejor, una sanidad distinta, un mayor crecimiento económico, y se lo ofrece en la persona de George Bush hijo. Es apreciable en los relatos de Karl Rove que, en realidad, su candidato es un producto que él tiene que vender a la opinión pública.

En la campaña presidencial del año 2000, Rove, junto a la asesora de comunicación Karen Hughes, encuentra "el Dorado" de los lemas electorales que llevarán a George Bush hijo a la presidencia: "the compassionate conservatism" ("conservadurismo compasivo", sería la traducción literal). Dice Rove que, en una ocasión, el ex presidente demócrata Bill Clinton "le dijo a George Bush hijo que cuando escuchó ese lema por vez primera en sus labios, supo que los demócratas corrían peligro de perder las elecciones presidenciales del año 2000".

Un libro tan extenso es prolijo en anécdotas, experiencias y ejemplos. De ahí que, junto al hecho de estar muy bien escrito -al menos en su versión original, en inglés- sea un libro que recomiendo leer despacio, para saborearlo y tomar notas.

En otro orden de cosas, la propia experiencia vital del autor muestra que no es cierta la tan manida y tradicional visión conservadora de América que muestra uniformidad en el perfil de la sociedad americana. El autor reconoce que la gran mayoría de la sociedad americana es conservadora, lo cual no significa que no haya una enorme diversidad. Karl Rove cuenta en su libro, que aún a día de hoy no tiene claro si su padre fue o no homosexual; dice que no entiende cómo es posible "la falta de perspectiva vital de mi madre, que decidió abandonarse, y acabó suicidándose"; él mismo ha sido protagonista de dos matrimonios fracasados: sus dos esposas, la segunda muy recientemente, le han abandonado. La historia personal de Karl Rove, en sus propias carnes, muestra que no todas las familias americanas -al menos no el 100 por cien, como pretenden hacer creer ciertos políticos y políticas americanos, conservadores y conservadoras- viven el Sueño Americano en sus vidas personales.

Rove, que fue principal asesor del presidente del 2000 al 2007 ("Senior Advisor") y "Deputy Chief of Staff" del 2004 al 2007 ("Subdirector de Personal" de la Casa Blanca, literalmente), repasa con detalle las primarias y las presidenciales del 2000 y del 2004, dando lecciones magistrales sobre cómo ganar elecciones. Ya en la Casa Blanca, Rove cuenta la intrahistoria -que diría Unamuno- de las jornadas que siguieron al 11 de Septiembre de 2001; explica las decisiones de ir a la guerra en Afganistán y en Irak -por las cuales, lejos de pedir perdón a lo que él denomina "la progresía liberal", muy al contrario, saca pecho, con orgullo-; da razón de la actuación de la Administración para la que trabajó, en la solución del desastre del Huracán Katrina de agosto de 2005; y, por último, da su versión de los hechos a propósito de la filtración a la prensa de la identidad de la agente de la CIA, Valerie Plame debido a la afirmación del marido de ésta -embajador Wilson- de que la Administración Bush había inventado las pruebas que demostraban la existencia de armas de destrucción masiva ("WMD", en sus siglas inglesas), que fueron la justificación utilizada por George Bush para invadir Iraq.

Ciertamente, la versión de los hechos de Karl Rove contrasta enormemente con la del ex Director de la CIA por aquellos años, George Tenet ("At the center of the Storm", "En el centro de la Tormenta", que es el título de su libro de memorias) y del ex jefe de prensa de Bush, Scott McClellan ("What happened", biografía en que da su versión de los hechos): ambos ex colaboradores de Bush dicen - de manera complicada, como quien no tiene certeza, ni el cien por cien de la información disponible- que el organizador del entuerto, fue el propio Karl Rove.

Más allá de disputas, y de las ideas políticas de cada uno, este libro es una lectura obligada para cualquier experto en marketing electoral que quiera aprender cómo poner en marcha una campaña eficaz y dar un buen uso a los recursos demoscópicos y de comunicación.

En la actualidad, Rove escribe en The Wall Street Journal, en el semanario político Newsweek y participa en las tertulias -y es entrevistado con frecuencia- de la cadena de televisión Fox, donde también colabora Sarah Palin.

martes, 4 de mayo de 2010

Obama: reformas y elecciones de noviembre de 2010

“Eso es, echemos a los inmigrantes ilegales de Norteamérica. Pero no nos olvidemos de decirles, antes de que se vayan, que recojan la basura de las calles y rieguen nuestros jardines”. Con palabras como éstas, el fallecido senador demócrata Ted Kennedy solía ridiculizar la postura de quienes se negaban –entonces y ahora- a regularizar la situación de millones de inmigrantes de origen hispano, en Estados Unidos.

El último intento de llevar a cabo una regularización –de derecho- de una situación –de hecho-, que afecta a millones de latinos que viven al norte del Río Bravo, se llevó a cabo en 2006; la iniciativa partió del entonces Presidente, George Bush hijo, y contaba con el apoyo de John Mc Cain (senador por Arizona, estado epicentro de la polémica, hoy, en lo referido a la reforma de la inmigración, en Estados Unidos) y de Ted Kennedy (senador demócrata por Massachussets). Pero aquel año fue electoral, el presidente perdió el control de las dos Cámaras, que fueron a manos demócratas, y la reforma quedó aparcada.

Cuatro años después, en mayo de 2010, la situación (en limbo legal) de 10 millones de hispanos, pende de un hilo. Millones de latinos miran a Obama: los que le votaron en 2008 (12% del electorado, a nivel nacional; 15% en estados fronterizos con México, como Arizona o Texas) le preguntan ahora el tan manido “¿qué hay de lo mío?”.

Y de esta manera terminó Obama el primer trimestre del año e inicia el segundo, de 2010, camino a las elecciones legislativas de noviembre de este año. Obama encara su carrera hacia las legislativas de noviembre de 2010 habiendo conseguido sacar adelante una parte importante de su programa electoral: habiendo cumplido con un buen número de sus promesas electorales, por un lado, empezando a encauzar ahora el resto de políticas “que le llevaron a querer ser presidente, en primer lugar”, como el propio Obama suele recordar.

A pesar de la oposición del partido republicano y de una parte muy importante de la sociedad americana, Obama y el partido demócrata aprobaron en el Congreso y en el Senado la reforma sanitaria. En un ejercicio de realismo práctico, Obama prefirió que saliera adelante una ley que no era tan ambiciosa como la que él había prometido, que dejaba fuera la opción pública de cobertura médica, pero que garantizaba la cobertura a 31 millones de americanos. A finales de marzo de 2010, tras año y tres meses de debates, enfrentamientos, encuestas a favor y en contra, se aprobaba la ley más importante en materia social desde la puesta en marcha de Medicare y Medicaid (en 1965, con Lyndon B. Johnson, como presidente) y la creación de la Seguridad Social, por Roosevelt, en los años treinta del siglo pasado.

Para aprobar su reforma sanitaria, Obama tuvo que consumir mucho capital político y llegar a muchos compromisos, tanto con miembros de su propio partido (demócratas católicos opuestos a la financiación pública de los abortos, por ejemplo) como con legisladores republicanos. Hoy, a principios de mayo de 2010, hasta el gobernador republicano del estado de California, Arnold Schwarzenegger, apoya la reforma sanitaria federal de Obama.

Una parecida capacidad de alcanzar compromisos y acuerdos va a necesitar Obama para impulsar tanto la reforma de la inmigración como la reforma reguladora del sistema financiero. Tanto a favor como en contra de Obama se cuenta lo muy predecible de su comportamiento. En la medida en que ambas reformas estaban presentes en sus discursos de 2006 y 2007, así como en su programa electoral (“Change we can believe in. Barack Obama’s plan to renew America’s promise”, “El cambio en que podemos creer. El plan de Barack Obama para renovar la promesa americana” de 2008), es fácil prever que el presidente hará todo lo posible para sacar las reformas adelante.

Las reformas de la inmigración y de la regulación del sistema financiero presentan diferencias esenciales, cara a su aprobación, frente a la reforma sanitaria que salió adelante en marzo de 2010. En el caso de la reforma de la inmigración, aún cuando demócratas y republicanos –por motivos electorales, fundamentalmente, aunque no solamente por eso- no se pongan de acuerdo, todos ven la necesidad de hacer algo al respecto. Ya hemos dicho que el presidente Bush, en 2006, quiso impulsar una reforma similar a la de Obama. Tener en la ilegalidad a 10 millones de latinos que viven en Estados Unidos, muchos de ellos trabajando de facto y están cobrando un salario por el que no pagan impuestos, no parece tener mucho sentido, desde el punto de vista económico. Para los republicanos, hay cuestiones ideológicas de por medio; para los demócratas, son muy importantes los derechos civiles de las minorías.

Reconociendo su existencia legal, seguramente se recaudaría más por afiliaciones a la Seguridad Social, y se aumentaría la recaudación de impuestos. Además, atendiendo a consideraciones sociológicas y “electorales”, los hispanos se integran fácilmente en las comunidades en que viven, quieren formar parte del Sueño Americano y desean prosperar, en vez de vivir al margen de la ley y de la sociedad americana. La ley que ha aprobado en Arizona la gobernadora republicana Jan Brewer, y que permite a la policía detener a cualquier inmigrante sin papeles (frente a la legislación federal que lo permite, siempre y cuando se piense con fundamento que el detenido ha podido cometer un delito), podría arrojar el voto hispano en brazos de Obama, en las elecciones legislativas de noviembre de 2010, si el presidente y su partido se convierten, durante los próximos meses, en los defensores de los derechos de los inmigrantes.

En el caso de la reforma de la regulación del sistema financiero que quiere aprobar Obama, los republicanos están contra las cuerdas. Los dos grandes partidos están básicamente de acuerdo en sacar adelante la reforma, pero los republicanos se oponen a darle la razón al presidente. Actuando así, aparecen ante la opinión pública como los defensores de los bancos de inversión y de los que –el imaginario popular y los medios de comunicación- entienden que fueron causa del desaguisado económico más desastroso para América y el mundo, desde la Gran Depresión de 1929. Muchas encuestas dicen que la mayoría de la población americana está a favor de la reforma reguladora del sistema financiero que quiere impulsar Obama.

Una encuesta publicada por el semanario The Economist (de YouGov, publicada el 1 de mayo de 2010) dice que dos tercios de la sociedad norteamericana están de acuerdo en no volver a rescatar a los bancos con dinero público (con impuestos de los contribuyentes) si tuvieran problemas, como en el 2008. Igualmente, una mayoría de americanos apoyaría que el gobierno federal dejara caer bancos con problemas serios; apoyan que se rebajen por ley los riesgos que los bancos pueden permitirse en sus inversiones; están a favor de que se regulen las inversiones más complejas (derivados, por ejemplo, que Warren Buffet denomina como “armas financieras de destrucción masiva”); creen que hay que poner límites a las remuneraciones de los altos ejecutivos de Wall Street, y quieren que se cree la Agencia de Protección del Consumidor Financiero, impulsada por Obama.

Con un apoyo tan abrumador de la opinión pública a la reforma financiera de Obama, por mucho que los republicanos no quieran dar oxígeno al presidente, tarde o temprano tendrán que apoyar con matices la ley del presidente, si no quieren ser ellos los asfixiados por una opinión pública muy enfadada y resentida con Wall Street. Otra encuesta de las mismas fechas, publicada por ABC News/Washington Post decía que el 65% de los norteamericanos apoyan los actuales esfuerzos por meter en vereda a Wall Street. Más les vale a los republicanos tomar buena nota de lo que piden sus propios electores: según la encuesta de YouGov para The Economist, entre votantes registrados, si las elecciones legislativas de noviembre se celebraran hoy, un 48% votaría demócrata y un 42% votaría republicano. Cierto que las encuestas no son artículos de fe, ni las elecciones se van a celebrar hoy: las encuestas son semáforos de colores (verde, ámbar, rojo), que indican a los políticos “el por dónde van los tiros”, para que –si quieren- puedan tomar decisiones basadas en información.

Tampoco Obama pasa por su mejor momento demoscópico, según las encuestas. Un sondeo de Real Clear Politics (RCP), publicada por Newsweek el 1 de mayo de 2010, muestra que la nación está dividida, con respecto al presidente: un 47,9% aprueban su gestión; el 46% la desaprueban. La encuesta de The Economist da resultados similares en cuanto a la polarización de la sociedad y es aún más negativa para Obama: el 45% de americanos aprueban la gestión del presidente y un 48% la desaprueban. Por quinto mes consecutivo, el tracking político mensual de Pew da al presidente índices de aprobación inferiores al –saludable- 50%. Cosa curiosa: la encuesta de The Economist afirma que el 51% cree que Obama dice lo que realmente cree, y, según el 49%, Obama sólo dice lo que la gente quiere escuchar. Son mayoría los que otorgan credibilidad al presidente, quien en cualquier caso, incluso contra marea, va sacando adelante sus promesas electorales:

Obama prometió ponerse a trabajar para solucionar la crisis económica. Por tercer trimestre consecutivo, la economía norteamericana da signos positivos: en el primer trimestre de 2010, en términos anualizados, el Producto Interior Bruto americano creció el 3,2%, impulsado por el consumo privado, de las familias (y no tanto por la inversión de empresas). Menor al crecimiento experimentado en el último trimestre de 2009 (5,6%) y con una tasa de paro aún en el 9,7%. Pero, con tres trimestres en positivo y con el índice de confianza de ciudadanos y empresas subiendo ligeramente, cabe decir que –desde el punto de vista macroeconómico- Norteamérica ha salido de la recesión y está poniendo las bases para empezar a tener un crecimiento sano, basado en el consumo (dos tercios del producto interior bruto americano) y la inversión.

Obama, que en los últimos meses ha viajado más por el ancho mundo que por dentro de Estados Unidos, ha dado pasos importantes en materia de seguridad nacional y relaciones internacionales. El presidente “empezó” por dejar claro a su principal aliado en Oriente Medio, Israel, que los asentamientos judíos en Jerusalén Este (zona musulmana, palestina) y en Cisjordania, no eran conforme a derecho, constituían una injusticia y, desde un punto de vista práctico, eran un obstáculo para la paz entre árabes y judíos. Hoy, en mayo de 2010, dos meses después de la trifulca, los israelíes han paralizado (de hecho) las construcciones en Jerusalén Este. Obama –si el desastre ecológico y económico que ha causado el colapso de la plataforma petrolera de BP en las costas del Golfo de México lo permite- está en disposición de presentar ahora, en breve, un plan de paz para Oriente Medio. Ha demostrado a los países árabes moderados que Estados Unidos es capaz de enfrentarse a Israel; al mismo tiempo, Obama ha mantenido la presión sobre la principal amenaza para la seguridad de Israel: Irán.

Durante el mes de abril de 2010, Obama firmó con el presidente ruso, Medvédev, un acuerdo para controlar las armas nucleares, reduciendo en un 30% el número de armas nucleares ofensivas de ambos países. Obama, tal y como prometió en Praga en abril de 2009, “committed America to seek the peace and security of a world without nuclear weapons”, “comprometió América a buscar la paz y seguridad que se derivan de un mundo sin armas nucleares”. A mediados de abril de 2010, Obama convocó a docenas de países a una Cumbre en Washington sobre Seguridad Nuclear. El objetivo fue frenar o parar la proliferación nuclear. Estados Unidos se auto impuso normas sobre cómo y cuándo utilizar su arsenal nuclear. Esas normas hacen posible un mundo más seguro entre naciones que –al menos, aparentemente- quieren la paz: Estados Unidos, Rusia, China, etc. Pero excluyen a aquellos países que deciden ir por libre y amenazan la paz mundial, como es el caso de Irán o Corea del Norte.

En mayo de 2010, a punto de celebrarse en el seno de Naciones Unidas, la Conferencia de revisión del Tratado de No Proliferación, Estados Unidos busca aliados para imponer más sanciones a Irán, si el país persa persiste en su intención de desarrollar su programa nuclear. Con matices y equilibrios, China y Rusia parecen dispuestos a apoyar a Estados Unidos. Si Obama lo consigue, será una gran victoria para él en política internacional.

Mientras tanto, en el frente interno, los dos partidos calientan motores cara a las elecciones legislativas de noviembre de 2010. El partido de Obama, que ocupa la Casa Blanca y aún tiene mayoría en el Congreso y el Senado, se muestra unido frente a la opinión pública: es lógico que sea así, porque es el que tiene más que perder. No así los republicanos, que se enfrentan a un potencial y peligroso “split” o división del voto conservador: el movimiento popular auto denominado “Tea Party” (en referencia a los descargadores de té en Boston, que en 1773 iniciaron la revuelta contra los británicos que culminó con la Declaración de Independencia de 1776) podría desgarrar el voto republicano en las elecciones de noviembre de 2010.

Este movimiento popular conservador amenaza con retirar su apoyo a los candidatos republicanos que, bien no sean suficientemente conservadores, bien lleguen a acuerdos con los demócratas y/o con el presidente Obama. Como en las elecciones a presidente de 1992 y 1996, la aparición de un candidato conservador al margen del partido republicano (Ross Perot, entonces), restó posibilidades de ganar a George Bush padre (1992) y al senador por Kansas, Bob Dole (1996), entregando la presidencia, en ambas ocasiones, al demócrata Bill Clinton.

La única persona, líder político, que parece capaz de aunar al partido republicano, a sus bases tradicionales y a las más conservadoras del “Tea Party” es Sara Palin. Ella no se presenta a candidata en noviembre de 2010, pero mantiene alto su perfil público y su popularidad con el electorado conservador, gracias a su participación en mítines organizado por el Tea Party, el éxito de su libro autobiográfico (“Going rogue”) y su programa de televisión en la cadena FOX.

Sara Palin es una incógnita cara al futuro: como abierta está aún la carrera electoral de noviembre de 2010.

lunes, 21 de diciembre de 2009

“The audacity to win”: David Plouffe, Campaign Manager, Obama for America


The inside story and lessons of Barack Obama’s historic victory

“Say you are a business trying to expand your percent of market share against an established brand-name product. Your competitor’s customers have been buying their product for decades and are unlikely to sample something new. How do you outsell that competitor without converting their customers? You have to recruit new buyers”. Ampliar la base electoral (tanto del bando Demócrata, como Republicano e Independientes) fue la piedra angular, fundamental, sobre la que el Director de Campaña “Obama for America”, David Plouffe, construyó el edificio que permitió a Barack Hussein Obama ganar las primarias y las elecciones de 2008 y convertirse en el Primer Presidente Afro Americano de los Estados Unidos de América.

En “The Audacity to win”, título a propósito extraído de la añada de libros autobiográficos de Obama (del segundo, “The Audacity of Hope”), David Plouffle cuenta, explica y describe, con todo lujo de detalle, cómo él y su equipo, consiguieron batir a Hillary Clinton en las primarias del Partido Demócrata, primero, y ganar a John McCain en las elecciones presidenciales de noviembre de 2008, después. El libro se acaba de publicar hace poco más de un mes y, gracias a la cortesía del autor, he podido leerlo muy rápidamente, al hacerlo llegar a mis manos poco después de salir a las librerías y estar él todavía de “tour”, promocionando el libro en Estados Unidos.

Con independencia de las ideas políticas de cada uno, creo sinceramente que éste es un libro que hará las delicias de Directores de Comunicación de diversas procedencias (también de periodistas): Dircoms , de la empresa privada que buscan nuevos métodos sobre cómo comunicar; para aquellos que trabajan en el sector público o en la política y quieren innovar en estrategias y/o en tácticas; para Directores de Comunicación (Dircom) que tienen inquietudes intelectuales y quieren leer un libro muy bien escrito que, en última instancia y, en palabras del autor, es “the inside story and lessons of Barack Obama’s historic victory”. Porque la gracia de todo este libro es que, gracias a lo que David Plouffe explica a lo largo de 390 páginas, Obama ganó las elecciones. A toro pasado, todos sabemos por qué ganó las elecciones y cómo lo consiguió. Más aún si, como un servidor y tantos otros, en su momento seguimos la campaña electoral durante los años 2007 y 2008, día tras día. Plouffe recoge toda esta historia política y electoral única en América en este volumen que, aseguro, se lee muy rápido, porque de lo bien que está escrito “te engancha desde el principio”.

Ampliar la base electoral del candidato Barack Obama, decíamos al principio. Incorporar a las minorías étnicas y raciales, así como a los grandes alejados de la política: los jóvenes. Este fue el gran reto que el Director de Campaña de Obama se fija desde el año 2006, cuando él y sus colegas de la firma dedicada a consultoría electoral, AKP, acarician la posibilidad de que Obama sea candidato presidencial dos años más tarde. ¿Por qué esa estrategia electoral? Porque desde el primer momento, queda claro que el enemigo a batir se llama Hillary Rodham Clinton. Para el Equipo de Obama, Hillary Clinton es sinónimo de varias cosas terroríficas: tiene en sus manos la maquinaria electoral y la organización más potente de todo el Partido Demócrata. Su nombre, su apellido, Clinton, es el de más popularidad de todo el país: conocimiento espontáneo y sugerido, además de notoriedad, mucha imagen y buena imagen, en general. Hillary está rodeada de un equipo de gente muy experta, ducha en muchas campañas electorales. Y, sobre todo, Hillary tiene mucho dinero y, junto con su marido, es una avezada conseguidora de fondos multimillonarios para sus campañas electorales. Dos grandes defectos identifica Plouffle en la candidatura de Hillary Clinton: su equipo lo componen “primma donnas” que luchan entre sí por tener poder y acceso a los Clinton, por un lado y, por otro, Hillary pertenece a “lo peor”, que para Plouffe es pertenecer al Establishment de Washington.

Plouffe quiere derrotar a Hillary Clinton desde el principio. Para ello, sabe que tiene que poner en práctica un nuevo tipo de campaña electoral. Primero, lo que en América llaman “a grassroots campaign”, con cientos, miles, millones de voluntarios en todo el país dispuestos a dejarse la piel trabajando para evangelizar, puerta a puerta, a favor de la candidatura de Obama. Segundo, mediante la utilización de las nuevas tecnologías. El planteamiento de Plouffe es sencillo…, y poderoso: si la tecnología forma parte de la vida ordinaria de las personas y, cada vez más, la población general utiliza las nuevas tecnologías para tantas cosas en su vida, ¿por qué dejar fuera la política de las nuevas tecnologías? Una buena website y la utilización intensiva de las redes sociales online iba a ser esencial para conseguir adeptos y levantar fondos para la campaña.

En opinión de Plouffe, la gente de Clinton sería incapaz de hacer nada de esto: llevaban demasiados años sin estar implicados personalmente en campañas electorales y estaban “out of touch with the new realities”. En otras palabras, les llama anticuados y considera que están fuera de juego. Peor aún, la perspectiva de la gente de Obama es que los Clinton estaban tan confiados en que iban a ganar que, como en la fábula de la liebre y la tortuga, cuando los Clinton quisieron ponerse las pilas, ya era demasiado tarde.

¿Quién es la gente de Obama? En el libro, Plouffe cita muchas personas, pero yo me quedo con dos, además del autor: con David Axelrod, socio de Plouffe y senior strategist de la campaña, y Robert Gibbs, Director de Comunicación. Estos tres mosqueteros son “the inner circle” de la campaña de Obama for America. A lo largo del libro aprendemos a conocerlos bien, así como a la familia Obama, con multitud de anécdotas inéditas, conversaciones, reuniones, conference calls, etc.

Desde los inicios, para Plouffe hay un objetivo fundamental: las primarias se ganan al principio y eso significa arrasar en Iowa, sobre todo, y en New Hampshire. Como sabemos, Obama, para sorpresa de todos, ganó en Iowa y Hillary hizo lo propio en New Hampshire. Plouffe partía de la premisa de que los Clinton no iban a hacer nada en Iowa, lo cual les daba la oportunidad a los de Obama de patearse las calles para apelar al votante registrado demócrata y persuadirle de que votara por Obama.

A lo largo de todas estas páginas descubrimos muchas cosas interesantes: las dudas del matrimonio Obama, sobre si presentarse o no a las elecciones (¿Cómo afectará la campaña a nuestra vida familiar? ¿Seremos capaces de organizar una campaña ganadora o será todo un esfuerzo inútil?); nos damos cuenta del “odio” que Plouffe y sus gentes profesan a Hillary y su entorno; el desprecio insultante que sienten por Sarah Palin o, sorprendentemente, el enorme respeto que les despierta el Presidente Bush y sus logros electorales durante dieciséis años.

Para los que nos dedicamos al oficio de las encuestas, descubrimos el inmenso valor que el Equipo de Obama daba a las encuestas pre-electorales y a las electorales. Las encuestas deben ser diarias, cercanas (en cada ciudad, estado, etc) y con muestras muy amplias y representativas, para que el margen de error sea muy pequeño y el índice de confianza y probabilidad, muy elevado: ¡qué gran lección! Plouffe se ríe de los Clinton a este respecto, porque “confiaban en las encuestas nacionales de Gallup”, y así les fue, que perdieron las primarias en estados clave…

Obama tenía enormes dudas sobre si presentarse o no. Impuso sus condiciones antes de tomar una decisión: sólo lo haría si eran capaces de organizar una campaña creíble. Obama y sus gentes debían responder a las demandas de cambio que exigía la sociedad americana, en 2006 y en adelante. La campaña, frente al “conventional wisdom” debía ser totalmente innovadora. Las vidas matrimoniales y familiares de los Obama no debían sufrir consecuencia de la campaña. Y, en última instancia, una actitud muy sana de higiene mental y de humildad: “si no ganamos, tampoco pasa nada”.

En el libro, insisto, muy bien escrito y con muchísimos datos y detalles, descubrimos cómo se gestó el lema electoral de “change we can believe in”, como si el cambio que propugnaba Hillary Clinton no fuera creíble. También aprendemos a conocer al autor y al Presidente. Eso sí, bajo una luz demasiado positiva, para ambos, como si no tuvieran defectos. Y este es una de las críticas que, en mi opinión, se le pueden hacer al libro. Consciente o inconscientemente, Plouffle se describe a sí mismo y a Obama demasiado positivamente y, muchas veces, “los demás” (los Clinton, Sarah Palin, McCain, etc.) son muy malos y tontos. Tanto maniqueísmo llega a ser molesto.

Al menos, y esto es mucho, el libro hace que encajen las piezas del puzzle y descubramos todos los entresijos de una campaña electoral exitosa. El libro puede dividirse en dos partes: las primarias contra Hillary Clinton y la campaña electoral contra McCain. En ambos casos destacan dos cuestiones: la importancia de las encuestas, como ya he dicho antes, y el estilo de Obama a la hora de tomar decisiones: es deliberativo, no es impulsivo, escucha todos los puntos de vista y, por fin, decide un rumbo concreto, asumiendo la responsabilidad.

En última instancia, el libro podría resumirse en lo siguiente: es una coctelera de la victoria de Obama, cuyos ingredientes son un candidato carismático y buen comunicador; una campaña y una maquinaria electoral innovadoras; millones de voluntarios adictos, enganchados y comprometidos a una causa; el uso inteligente de Internet , las nuevas tecnologías y las redes sociales online; un electorado deseoso de cambio; errores de bulto y demasiada confianza en las campañas de Clinton y McCain y conseguir dinero a raudales.

Es una lectura imprescindible, conseguible en inglés en Amazón (editorial Viking) por casi 28 dólares aunque, al escribir esto, descubrí una oferta de 16 dólares. Go for it! – Yes, you can!

lunes, 14 de diciembre de 2009

“P.S.” Pierre Salinger, Jefe de Prensa de John Kennedy y LB Johnson, y Director de Campaña de Robert Kennedy


El Dircom más completo y polifacético del siglo XX

“If Pierre knows, the press knows”, le dijo el asesor Kenny O’Donnell al Presidente Kennedy, a propósito de la gestión de la Crisis de los Misiles, de octubre de 1962. La frase está sacada de la película “Trece días”, dirigida por Roger Donaldson y protagonizada por Kevin Costner (2001). El 90% de la película se basa en la trascripción original de las cintas que grabaron las conversaciones, deliberaciones y discusiones del Presidente Kennedy con su Gabinete, en la gestión de la Crisis de los Misiles. En la película se aprecia que, la relación de Pierre Salinger con los periodistas era tan estrecha que, si el Jefe de Prensa de la Casa Blanca sabía lo que estaba pasando, los medios de comunicación se enterarían de inmediato. Y Kennedy y sus asesores querían resolver la crisis sin generar un pánico general entre la población, al tiempo que negociaban en secreto con “los Soviets”. Aunque, en los inicios de la Crisis, Pierre Salinger no estuvo involucrado, sí lo estuvo durante toda su gestión (trece días) y fue testigo y co-protagonista de cómo Kennedy, y sus más allegados asesores, la resolvieron.

Pierre Salinger es uno de los Directores de Comunicación más completos y polifacéticos, interesantes y fascinantes del siglo XX. Trabajó con JFK desde el inicio de su campaña presidencial, en 1960, hasta que el Presidente fue asesinado, el 22 de noviembre de 1963. Durante esos años, Salinger formó parte del círculo de personas más cercano al Presidente, de aquello que muchos llamaron “la Corte de Camelot”. Como afirma Clint Eastwood, refiriéndose al Presidente Kennedy, en su película “In the line of fire”, “Kennedy was different, the whole country was different” (1993): Kennedy dio a la Casa Blanca, y a la Presidencia de Norteamérica, un glamour inigualable. Pierre Salinger es testigo ocular de lo que sucede en aquella Casa Blanca, dirigida por un Presidente tan excepcional, al tiempo que, en ocasiones, Salinger se convierte en co-protagonista de los acontecimientos.

A sus años en la Casa Blanca, con Kennedy, primero y con LBJ’s, después (fue Jefe de Prensa de Johnson durante los primeros meses de su presidencia), Salinger dedica su primer libro de memorias, publicado en 1967: “With Kennedy”. A lo largo de sus casi cuatrocientas páginas, vemos a un Jefe de Prensa innovador en materia de gestión de comunicación, al servicio de un Presidente igualmente en vanguardia. Son Kennedy y Salinger los primeros en utilizar la televisión como medio más eficaz para transmitir mensajes políticos a las masas. Con Ike (Eisenhower), el Presidente anterior a Kennedy, las ruedas de prensa presidenciales, se entregaban a los medios grabadas en una cinta. Kennedy y Salinger deciden hacer una rueda de prensa presidencial cada semana, en directo y, habitualmente, con preguntas en vivo de los periodistas acreditados en la Casa Blanca. Ahí empezó la tradición, convertida en costumbre, que deriva casi en obligación (aunque no ley).

Salinger es el primer Jefe de Prensa de la Casa Blanca del siglo XX que establece una relación directa, cordial y de confianza con los periodistas que cubren informativamente al Presidente. Seguramente, hoy, sus métodos de relación con los medios nos parecen “de Perogrullo” o “de ordinaria administración”. Pero a principios de los años sesenta del siglo pasado, fueron revolucionarios y, por ello, tienen un enorme valor histórico.

En realidad, Salinger, es un avezado en casi todo. Un adelantado a su tiempo. Con pocos años, como Mozart, ya tocaba perfectamente el piano. A los diecinueve años, dirigía & comandaba un submarino en plena Guerra Mundial (la Segunda). Siendo periodista joven, decide embarcarse en la aventura de desenmascarar al líder sindical mafioso Jimmy Hoffa. Esta actuación le hará intimar con Robert Kennedy, quien dirige una Comisión de Investigación sobre el mismo asunto en el Senado. Gracias a este encuentro de intereses, comienza una relación con la familia Kennedy que incluye a Salinger en el “sancta sanctorum” de personas más allegadas al futuro Presidente Kennedy.

Desde esta cercanía, en “With Kennedy” descubrimos muchas interioridades de la Administración de JFK. La crisis de Bahía de Cochinos, nada más asumir la Presidencia, la lucha por los derechos civiles, las cumbres con los líderes soviéticos para reducir armamento nuclear o, como ya hemos dicho, la gestión y solución de la Crisis de los Misiles. Sin embargo, Salinger describe un Kennedy demasiado positivo. Y se pinta a sí mismo bajo la mejor de las luces posibles. Se ve que Salinger quiere mantener vivo el mito de “la Corte de Camelot”. Y, ciertamente, aporta una perspectiva muy interesante de su trabajo como Jefe de Prensa de Kennedy y de su Presidencia. Sin embargo, no es la biografía adecuada para conocer verdaderamente al Presidente. Cuando menos hay que complementarla con la monumental obra “A thousand days: John Kennedy in the White House” de Arthur M. Schlesinger y, sobre todo, con la más reciente biografía de Robert Dallek “An unfinished life” (2003), que acudiendo a archivos y fuentes de información totalmente nuevas, aporta datos definitivos y sorprendentes sobre el Presidente Kennedy.

Salinger no estuvo junto a Kennedy cuando éste fue asesinado, en noviembre de 1963. Salinger solía acompañar habitualmente al Presidente en sus viajes, dentro y fuera del país. En aquel fatídico día en Dallas, Salinger estaba en un avión acompañando al Secretario de Estado, Dean Rusk, para preparar la primera visita de estado de un presidente americano a Japón, desde la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, la actividad profesional de Salinger no acaba con el asesinato de su idolatrado jefe y amigo. Más bien, su trabajo en la Casa Blanca es un aperitivo, un “springboard”, un trampolín desde el que hacer cosas mayores y trascendentes. Con el nuevo Presidente, Johnson (LBJ), Salinger continúa siendo Jefe de Prensa, pero no había sintonía entre ambos (tampoco la hubo entre Kennedy y LBJ) y, a los pocos meses, lo deja. Decide entrar en política y, durante unos meses es Senador demócrata, sustituyendo a un amigo senador recientemente fallecido. Cuando llegan las elecciones al Senado, las pierde, frente a su contrincante republicano. Salinger llega a pensar en presentarse él mismo a las elecciones presidenciales, pero es consciente de sus limitaciones. Como afirma en su segundo y definitivo libro de memorias (P.S. de 2001), “la prensa no respeta la vida privada de los políticos, y yo he tenido una vida privada muy complicada”. Según Salinger, los medios hubieran destrozado un candidato presidencial que tuvo cuatro esposas y era conocido por sus continuas infidelidades conyugales.

En 1968, Salinger está de nuevo en la carretera, esta vez como Director de Campaña de Robert (Bobby) Kennedy. A dicha experiencia, dedica un nuevo libro: “An honorable profession: a tribute to Robert F. Kennedy”. Aquí cuenta las interioridades de una campaña electoral dura y reñida, en que la lucha contra la pobreza y acabar con la guerra de Vietnam son las dos grandes causas del candidato Kennedy. Pero, una vez más, el asesinato trunca las esperanzas. Robert Kennedy fue asesinado a tiros en la cocina del Hotel Ambassador, en California (ver “Bobby”, de Emilio Estevez, protagonizada por Anthony Hopkins, Helen Hunt, y Demi Moore, entre otros) justo después de saber que había ganado las primarias demócratas en dicho estado, -sustancialmente crítico para ganar las primarias presidenciales- y, en última instancia, la Casa Blanca. En esta ocasión, Salinger estaba a cuatro pasos del amigo, Bobby, cuando éste fue asesinado.

Salinger decide abandonar el país y, durante más de dos décadas, trabaja como corresponsal y “Bureau Chief” para ABC News en París. No hay que olvidar que Pierre Salinger es de madre católica francesa y, él mismo católico y, “afrancesado”. Durante muchos años vuelve a construir una reputación formidable de sí mismo como periodista: se implica en la crisis de los rehenes de Irán de 1979 y hasta entabla negociaciones “con los de Hizbulá”, cuando estos cogen rehenes americanos en el Líbano, ya con Reagan como Presidente. Salinger culmina su carrera trabajando como Vicepresidente para una gran agencia de relaciones públicas con sede en Washington, B-M.

Niño prodigio, extraordinariamente culto, periodista político, corresponsal de guerra, jefe de prensa de la Casa Blanca, Director de Campañas electorales, político él mismo…, Pierre Salinger aporta en sus libros de memorias, con humildad (a veces, eso sí, con cierta vanidad propia de quien se sabe muy inteligente) una ingente cantidad de datos e información útil para quien quiera ser “el perfecto y completo Director de Comunicación”. Sus memorias condensan cinco décadas de experiencia profesional junto a varios de los hombres más influyentes de la política y el periodismo del mundo.

martes, 1 de diciembre de 2009

“Right from the beginning” Pat Buchanan, Director de Comunicación de Ronald Reagan (1985-1987)


El Director de Comunicación que quiso ser Presidente


Patrick (“Pat”) J. Buchanan, periodista, es autor de más de media docena de libros sobre política, relaciones internacionales y el papel de América en el mundo. Sobre todo, es abanderado de un tipo de revolución conservadora radical que se sitúa a la derecha de Ronald Reagan y los llamados “neocons” o neoconservadores que le sucedieron.

En su primer libro de memorias, “Right from the beginning” (publicado en diciembre de 1988) llama extraordinariamente la atención que Buchanan apenas dedique atención –es decir, espacio, páginas-, a sus “jefes”. A Nixon, para quien trabajó durante ocho años como “senior political advisor”, le despacha en un capítulo: insisto, brevedad absoluta sobre ocho años de vida profesional, trabajando muy cerca de uno de los Presidentes más polémicos de Norteamérica, en todo el siglo XX (Nixon es equivalente a, por ejemplo: el Caso Watergate que le llevó a dimitir, la apertura de las relaciones con China, la crisis del petróleo en 1973 y la Guerra árabe-israelí de Yom Kippur, la Guerra de Vietnam y las tormentosas relaciones entre Nixon y su mano derecha en política exterior, Henry Kissinger, entre otras muchas cosas).

Con Gerald Ford, que sucedió a Nixon en la Presidencia y duró poco en el cargo, trabajó muy pocos años y, quizá, Buchanan no consideró importante mencionar su trabajo para un Presidente “irrelevante”.

En el caso de Ronald Reagan, la ausencia de referencias es todavía más sangrante debido a la enorme relevancia de la Presidencia de Reagan para la historia de América. Buchanan trabajó como senior political advisor, para Reagan. Y fue su Director de Comunicación entre 1985 y 1987. Sin embargo, en este libro de memorias publicado en diciembre de 1988 (justo cuando Reagan va a dejar de ser Presidente y le va suceder George Bush Padre), Buchanan apenas menciona a Ronald Reagan. Extraño y curioso, al menos.

Una primera lectura, poco atenta, podría llevar a interpretar el silencio de Buchanan hacia Reagan, el gran autor, inventor y motor de la Revolución Conservadora en el Partido Republicano, como un pasar por alto un período profesional poco brillante para Buchanan. En los años en que sirvió a Reagan, Buchanan fue un Director de Comunicación muy polarizador: acuñó la frase “I am a Contra, too”, “yo también soy un Contra”, para apoyar la política del Presidente, a favor de los Contras en Nicaragua, frente a los Sandinistas de Daniel Ortega. En dicha frase, Buchanan ya se va retratando: más que transmitir política que hacen otros (Reagan), Buchanan quiere articular su propia agenda. De hecho, su libro de memorias es más un libro sobre sus propias ideas políticas, que sobre los Presidentes a los que sirvió. Buchanan se da más importancia a sí mismo que a sus Jefes.

Como Director de Comunicación de Reagan, Buchanan defendió públicamente a Oliver North, el comandante que, bajo órdenes del “entorno más cercano al Presidente”, vendió armas a Irán, a cambio de la liberación de rehenes americanos en el Líbano (presos de Hizbulá, grupo chií muy cercano a los ayatolás de Irán) y, con ese dinero, financió la guerra ilegal americana y de los “Contras” en Nicaragua, frente al gobierno marxista de Daniel Ortega. Todo esto no es cuestión baladí: este escándalo casi le costó la Presidencia a Ronald Reagan. “Alguien” se saltó la ley a la torera y llevó a cabo actos ilegales para cumplir supuestos mandatos presidenciales. Reagan negó todo conocimiento de los hechos, aunque sus políticas eran claras y explícitas: luchar contra la expansión del comunismo en el continente americano, con todos los medios a su alcance. Varios miembros del Staff de Reagan tuvieron que dimitir, por el “escándalo Irán-Contra”. No fue el caso de Buchanan, único miembro del Equipo Presidencial que dio la cara y defendió abiertamente a Oliver North, quien a las órdenes de Bud McFarlane (Asesor del Presidente en el Comité de Seguridad Nacional), fue brazo ejecutor de las más negras políticas de Reagan.

Buchanan está asociado a la polémica, como Director de Comunicación. Cuando, en 1985, Reagan visitó el cementerio germano de Bitburg, en que además de soldados del Ejército Alemán, había 48 miembros de las Waffen SS, Buchanan hace unas declaraciones explosivas…, letales para el Presidente Reagan: “no podíamos dejar que la opinión pública creyera que el Presidente había cedido a las presiones del lobby judío”. ¿Se puede ser más políticamente incorrecto? Cuando Reagan anunció que iba a visitar dicho cementerio, aún no sabía que había soldados de las SS (asesinos de judíos, víctimas del Holocausto nazi). La opinión pública mundial se le echó encima. Reagan cuenta en sus memorias que “hasta Nancy mostró su oposición a mi visita: Ron, tengo el presentimiento de que, en esto, estás equivocado”. Pero Reagan no quiso dar su brazo a torcer e, incluso, cuando supo quiénes estaban enterrados allí, mantuvo su decisión de acudir al cementerio, para no ofender a los alemanes. El objetivo de la visita era recuperar las relaciones con el antiguo enemigo, Alemania, mediante la honra a los soldados caídos. Pero a Reagan el tiro casi le salió por la culata, porque, efectivamente, el lobby judío americano se le echó encima y, con él, la prensa y la opinión pública mundial. Casi, ni siquiera es Reagan quien tiene que defenderse o explicar sus actos: es Buchanan quien lo hace por él. Buchanan, realmente, no defiende al Presidente: El Dircom defiende su propia visión geopolítica.

La “gracia” del asunto es que Ronald Reagan, en su propio libro de memorias “An American life”, publicado en 1990, un año largo tras dejar de ser Presidente, tampoco hace mención de Pat Buchanan. Y, en su larguísimo y muy detallado volumen (censurado parcialmente por Nancy Reagan) de “Diarios Presidenciales”, publicado a finales de 2007, Reagan apenas habla de Buchanan. Esto es muy llamativo, porque Reagan desciende a mucho detalle en sus diarios presidenciales, que abarcan de 1980 a 1989. Habla de todos y cada uno de los personajes que le rodean en la Casa Blanca, excepto de su Director de Comunicación.

¿Por qué unos (Presidentes) y otro (Dircom) se ignoran mutuamente en sus respectivas memorias? Por una muy sencilla razón: porque Buchanan quería ser él mismo Presidente y, de hecho, tuvo y tiene en muy poca estima a los Presidentes a los que sirvió. En otras palabras, Buchanan cree que el único y verdadero merecedor del cargo de Presidente era él y no Nixon, Ford o Reagan. Con razón no habla de ellos en sus memorias: el protagonista es él y sus ideas, no unos presidentes indignos del cargo, en su opinión, enormemente subjetiva, por cierto.

En 1986, aún siendo Reagan Presidente, y él todavía Director de Comunicación, Buchanan da un discurso en que afirma que “sólo el tiempo dirá si, verdaderamente, el Presidente Reagan ha iniciado una Revolución Conservadora que durará décadas”. En realidad, es Buchanan quien desea liderar esa revolución. Considera que Reagan es demasiado “soft”; que no está suficientemente a la derecha. Sin embargo, el paso de los años acabará dando la razón a Reagan y no a Buchanan. Reagan gobernó ocho años; le sucedió el Vicepresidente Bush Padre. Clinton gobernó ocho años, gracias a la aparición de un independiente (Ross Perot, en 1992 y 1996) que robó millones de votos a los republicanos que, además, estaban divididos. En 2000 y 2004, George Bush Hijo devolvía la Casa Blanca a los republicanos. En 2008, por un margen no demasiado elevado, Obama recupera la Casa Blanca para los Demócratas. En América, se considera que, el último cuarto de siglo ha sido Republicano, conservador.

Sin embargo, ¿Quién lidera la Revolución Conservadora de estos últimos 25 años? ¿Buchanan, el periodista, comunicador y Dircom, o el Presidente Reagan? La respuesta la dieron todos los candidatos republicanos a las elecciones presidenciales de 2008. En los diversos debates electorales que celebraron en la Ronald Reagan Presidencial Library, todos, uno detrás de otro –incluido McCain, por supuesto-, afirmaron ser dignos sucesores de la herencia Reagan. Nancy Reagan tuvo que hacer un endorsement (apoyo) de todos y cada uno, para que hubiera paz en el bando republicano. Ninguna mención a Buchanan. El vencedor fue el actor/comunicador Ronald Reagan, no el intelectual/extremista, Pat Buchanan.

Buchanan se presentó como candidato republicano presidencial en 1992 y 1996, pero no consiguió ganar las primarias, frente a George Bush Padre y Bob Dole, respectivamente. En 2000, se presentó como independiente, por el Partido de la Reforma. En el 2004 volvió al Partido Republicano.

Pat Buchanan es autor de más de media docena libros y, posiblemente, miles de artículos. En todos ellos deja claras sus ideas políticas, que le sitúan más a la derecha que el propio Partido Republicano. Católico tradicionalista, critica a la Iglesia Católica americana, “por tibia”. En su momento, apoyó las políticas del “apartheid” del régimen racista de Sudáfrica. Condenó moralmente a las víctimas del sida y pidió que no hubiera control de armamentos, ni negociaciones sobre la carrera nuclear.

Hoy es un comentarista político de la cadena de televisión MSNBC y continúa escribiendo y publicando libros y artículos. Este año, por ejemplo, ha publicado su última obra, “Churchill, Hitler, and the unnecessary war”.

Resignado a su papel de comunicador, parece haber entendido, finalmente, que se quedó a las puertas de la grandeza, sin alcanzarla. Y que la gloria, otorgada a otros y a él negada, fue bien merecida. Lección de humildad que, si aprendida, es bienvenida: él es, sólo, el Director de Comunicación que quiso ser Presidente.

sábado, 28 de noviembre de 2009

“Alan Greenspan: the age of turbulence”: sesenta años de historia económica


Cuando Alan Greenspan publicó su segundo libro de memorias (“Alan Greenspan: the age of turbulence”), aún no había estallado la tormenta financiera, ni el credit crunch, ni la consiguiente crisis económica. El capitalismo estaba en “full swing”, a tope, reverberante, triunfante, sin un modelo económico alternativo que le hiciera competencia. El Producto Interior Bruto Mundial disparado, el crecimiento del empleo, desbocado, y los mercados financieros, funcionando eficazmente. Es en este contexto en el que Greenspan decide condensar, en un extenso volumen, sus sesenta años de experiencia en el mundo económico.

A Greenspan se le conoce, sobre todo, por sus casi 20 años como Presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos. Como él mismo reconoce, desde ese puesto, tuvo acceso a información privilegiada, amén de poder consultar muchas y variadas fuentes. Para un economista voraz de datos, eso es un lujo asiático, un manjar exquisito, despierta una sana envidia formidable. Pero la historia “económica” de Greenspan comienza mucho antes. Cuenta sus experiencias como analista y como consultor de empresas. Es proveedor de información fiable, de datos. El muestra lo que hay: variables macro económicas, modelos de predicción y anticipación, explica qué va a pasar con la economía o con sectores de actividad económicos concretos. Pero otros toman las decisiones. Durante cuarenta años, Greenspan es proveedor de datos. Esto es fundamental para entender correctamente su papel en la Reserva Federal y su proceso mental en la toma de decisiones.

Para mí, esto es más importante que su conocimiento de los Presidentes o líderes internacionales a los que trató. Para Greenspan, es la psicología la que induce a las crisis económicas: si hay pánico entre la población general, la gente deja de consumir y, por tanto, las empresas dejan de producir. La consecuencia es clara: la economía se para. Me llama la atención la sincera forma en que Greenspan explica las cosas: “antes de que me trajeran las estadísticas económicas, yo siempre pedía encuestas, para saber la confianza de los Consumidores”. Todo buen economista maneja “hard data” (variables macro) y “soft dat`” (índices de confianza del consumidor). El inventó la categoría, como suele decirse, y acabó manejándola con maestría. Ayer (21 de noviembre de 2009), trabajando con el Servicio de Estudios de La Caixa, pude apreciar la misma (sabia) filosofía.

Una segunda lección aprendida por el autor y que nos transmite a los lectores: los humanos somos insaciables, siempre queremos más. Cuando conseguimos un cierto nivel de vida, de bienestar económico, casi automáticamente, lo damos por hecho y pasamos a otra cosa: ya conseguido ese objetivo, ahora quiero más. No consolidamos el terreno conquistado. Ansiamos más confort, más dinero, mejor vida, mejores vacaciones. Greenspan cree que la economía de libre mercado, el capitalismo, son las mejores formas de proveer a los ciudadanos esos “goodies”.

Pero a Greenspan se le fue la mano: desreguló demasiado los mercados y dio demasiada manga ancha a los bancos de inversión americanos. Permitió invertir a través de Internet sin control, sin límites, con exceso de información no contrastada. Extraños productos financieros fueron comercializados sin que nadie les hubiera dado el visto bueno, o estudiado su posible riesgo. Un año después de publicado su libro (por The Penguin Press, 2007), la prensa –y medio mundo- le exigía responsabilidades por la crisis económica. Newsweek publicaba su foto en portada y el titular decía: “Blame it on him!”, o “¡Cúlpele a él!”.

Greenspan ha reconocido que, habiéndose dejado llevar por el entusiasmo del triunfo del capitalismo, bajó la guardia, dejó hacer y pecó de dar demasiada libertad a “la mano invisible” de Adam Smith. Ha publicado una nueva edición de su libro con un capítulo dedicado a la crisis, en que entona su particular mea culpa.

Sin embargo, nada de esto, empaña, para mí, la gran aportación de su libro que, como todos los que me gustan, he leído dos veces: sesenta años de historia económica norteamericana y mundial condensada en un libro.

¿Qué más se puede pedir cuando te apasiona la economía?

miércoles, 25 de noviembre de 2009

"All too human", de George Stephanopoulos Senior Advisor on Policy and Strategy & Communications Director de Bill Clinton


Las delicias de los amantes de "El Ala Oeste de la Casa Blanca” & el Director de Comunicación que decidió no vender su alma al diablo

Para los amantes y seguidores de la famosa serie de televisión "El Ala Oeste de la Casa Blanca" o "The West Wing", este libro será la traducción exacta al papel, de lo que han visto en televisión. El gran mérito -entre otros muchos- de esta obra publicada en 1999 es que el autor recrea con todo lujo de detalles la vida en la Casa Blanca. Matizo: llegas a conocer a la perfección "la vida y milagros" de los miembros más importantes del Equipo de Bill Clinton. Tanto de aquellos que (como David Wihelm y James Carville, junto a G. Stephanopoulos) hicieron posible la primera victoria electoral de Clinton, en noviembre de 1992, como de los que, desde dicha fecha hasta diciembre de 1996 (cuando el autor abandona la Casa Blanca) trabajan día y noche para hacer realidad la visión política de Clinton, incluso a pesar de Clinton. (Con sus escándalos constantes de todo tipo, no sólo sexuales, Clinton parecía empeñado en arruinar su propia Presidencia).

Confieso que leí este libro varios años después de haber sido publicado, en contra de mi costumbre de comprar un libro, y estudiarlo, nada más salir a las librerías. En este caso, mi fascinación por el Presidente Clinton me llevó a leer, en 2004, su autobiografía en un par de ocasiones. La segunda lectura, mientras descansaba en el Cortijo de unos íntimos amigos en la Semana Santa de aquel año. Mis amigos no entendían por qué, en vez de dormir, devoraba las páginas de la autobiografía del, para mi gusto, uno de los mejores Presidentes de Norteamérica del siglo XX. Pero claro, como todos, también Clinton tenía sus defectos. Algunos defectos, conocidos por casi más de la mitad de la Humanidad, que ya es decir.

Una de las cosas que me llamó la atención en "My life" (Bill Clinton, 2004) es que, a toro pasado, pide perdón a su primer Jefe de Prensa, George Stephanopoulos, "por haberle puesto encima demasiada presión”, durante los años que trabajó para él (entre septiembre de 1991 y diciembre de 1996, cuando Stephanopoulos dimite y abandona la Casa Blanca). Clinton piensa que los problemas personales de Stephanopoulos (su Senior Political Advisor y Communications Director), fueron consecuencia de las excesivas cargas de trabajo que él, Clinton, como Presidente, puso sobre los hombros de su colaborador.

Con la fama que Clinton (los dos Clinton) tenía de quemar a sus equipos, matándoles a trabajar, las "apologies" (disculpas) del Presidente me llamaron poderosamente la atención. Más aún, Clinton también hace referencia en sus memorias, a la tormentosa relación que tuvo, durante muchos años, con su particular Pedro Arriola, Dick Morris, el encargado de las encuestas para el Presidente; quien, en varias obras publicadas, se despacha a gusto de los Clinton y "ajusta cuentas con ellos". En otras palabras, Morris habla muy mal del matrimonio Clinton. Aunque esto es objeto de otro artículo.

Dos referencias tan concretas de un Presidente tan polémico y polarizador, como Bill Clinton, a dos de sus colaboradores "acusándose a sí mismo de quemarlos" (profesionalmente, se entiende), ya eran demasiadas, como para no despertar mi atención. Así que decidí leer las obras de Stephanopoulos y de Morris. En este artículo, me referiré solamente a la del Dircom, es decir, a la del primero.

Llama la atención la transparencia con que Stephanopoulos habla de sí mismo: sus problemas con la bebida, su parálisis facial, debido al estrés que le causaba trabajar para Clinton y, en última instancia, su depresión. En una sociedad, y en un mundo orientado a la comunicación, y al "venderse bien", no es habitual encontrar un personaje conocido capaz de desnudar su alma ante el público.

La historia comienza en septiembre de 1991, cuando el autor y Clinton se encuentran por vez primera. Y el relato acaba en diciembre de 1996, cuando G. Stephanopoulos dimite de su trabajo en la Casa Blanca. Entre ambas fechas, median dos campañas electorales, vitales para la vida política de Estados Unidos: la de 1992 (que celebré en la fiesta que organizó en Madrid la Embajada americana en España, en el Hotel Intercontinental de Madrid) y la de 1996. Conocemos a un Stephanopoulos que comienza como Jefe de Prensa de Clinton, a las órdenes de Dee Dee Myers, y acaba como Senior Advisor on Policy and Strategy.

Más allá de conocer las interioridades del trabajo de los más estrechos colaboradores de Clinton, con muchísimo lujo de detalle, éste es un libro cuya columna vertebral no son los datos, sino un formidable dilema moral: Stephanopoulos es un hombre extremadamente religioso (que estudió Teología ortodoxa griega y pensó en hacerse sacerdote de dicha religión) que tiene que elegir, entre continuar en el trabajo de sus sueños, o traicionar su conciencia. El autor, finalmente, se decide por la mejor opción: quiere tener la conciencia tranquila y resuelve su profundo conflicto moral dimitiendo de su puesto.

Stephanopoulos es claro y directo: "Clinton es un hombre muy complicado. Responde a las presiones y placeres inherentes a la vida pública de una manera, que es tan impresionante como repulsiva".

He aquí al Director de Comunicación que prefirió no vender su alma al diablo. La apuesta, incluso profesionalmente, le salió bien. En 1997, Stephanopoulos empezó a trabajar en la Cadena de Televisión ABC. Hoy, es uno de los hombres más influyentes de América, con más de media docena de programas dirigidos o participados por él, en dicha cadena. Es News' Chief Washington Correspondent y presentador de "This Week with George Stephanopoulos", uno de los más afamados y con más altas audiencias "Sunday morning talk shows" de las televisiones americanas. En "The Week", Stephanopoulos ha entrevistado a todos los políticos más influyentes de Washington, y de medio mundo, desde 1997 hasta el día de hoy. Tiene 600.000 seguidores en Twitter.

Su éxito profesional es una lección de humildad para aquellos que, siendo poderosos en un momento dado, maltratan a los que tienen por debajo. Como recomienda un influyente amigo mío, "trata bien a todo el mundo, que nunca sabes con quién, y cómo, te vas a encontrar en el futuro".

El libro, publicado en octubre de 1999 por Back Bay Books, puede comprarse en Amazon por 21,40 dólares, en su versión de “tapas duras”, que es la que recomiendo.