sábado, 14 de noviembre de 2009

"2012": la obligación moral de ayudar a los demás y un amor que mueve montañas


En el caso de que unos pocos (científicos, políticos) supieran que la Tierra va a ser destruida en un tiempo determinado..., ¿deberían compartir ese conocimiento con el resto de la Humanidad, aún a sabiendas de que la posibilidad de salvarse TODOS seguiría siendo la misma, es decir, mínima o ninguna, a pesar de saberlo? Y, en el supuesto de que hubiera que seleccionar a unos cuantos "elegidos", para que se salvaran de la hecatombe, ¿a quién le corresponde el inmenso poder, honor, obligación, responsabilidad de tomar la decisión de a quién salvar? ¿Y con qué criterio? ¿Deberían salvarse los "mejores": científicos, ingenieros, políticos, economistas, etc: colectivos capaces de reiniciar con éxito el curso de la Humanidad en una nueva etapa tras el desastre? ¿O habría que elegir a unos cuantos genéticamente "perfectos", para asegurar la continuidad de la especie?

Finalmente, Ronald Emmerich, en su película "2012" elige un criterio claro: los poderosos deciden que se salvan solamente quienes más dinero tienen y se lo pueden permitir: "Did you think that life is fair?" Le pregunta "el malo" de la película al científico "bueno" que pretende salvar a todo el mundo. Al final, como la vida misma, en el mundo real, Emmerich pone de manifiesto los aspectos cínicos de la existencia, donde los poderosos sobreviven y los que nada tienen, perecen o "hacen lo que buenamente pueden", para sobrevivir.

Pero hay otro aspecto interesante en la película de Emmerich: una vez más, este director pone al espectador frente al dilema moral (¿obligación moral?) de si ayudar o no a los demás "in the direst possible circumstances", en los momentos de mayor crisis posible. Tal y como muestra toda la cinematografía de Ronald Emmerich, la respuesta es diáfana: sí que hay que ayudar a los demás, aún a costa de uno mismo. Y, como en anteriores películas suyas, Emmerich nos propone un anti héroe que se acaba conviertiendo en héroe -muy a su pesar- impulsado por aquello que sólo por sí mismo puede mover montañas: el amor.

John Cusack interpreta a un escritor fracasado que trabaja como chófer de limusinas para un magnate ruso afincado en LA (Los Angeles). Separado de su mujer y sus hijos, hace lo que puede para tirar adelante, en lo personal y en lo profesional. En un fin de semana en que le toca pasar tiempo con sus hijos, estalla la peor crisis de la humanidad: debido a la influencia del sol, la corteza de la Tierra se desplaza miles de kilómetros, provocando simas, terremótos, tsunamis, etc, que cambian para siempre la faz del Planeta y matan a millones de personas. Emmerich, que sabe lo que en los Estados Unidos todos entienden qué significa ser un "loser", convierte a su particular perdedor, John Cusack, en un hombre que arriesga todo por salvar a su familia de manera extraordinaria, recuperando a cambio, el amor de su mujer y sus hijos.

Mientras tanto, ¿qué está sucediendo en la escena internacional? Los científicos han alertado a los Gobiernos de la que se nos viene encima, con tres años de antelación. ¿Cómo reaccionan los políticos? Acallan -matándolos- a quienes quieren descubrir la verdad y se dedican a vender tickets para que sólo los muy multibillonarios se salven, gracias a la construcción de unas inmensas naves a prueba de todo, como si de Arcas de Noé se tratara.

En "Independence Day, (1996), Emmerich nos pone en manos de la valentía de Will Smith y el conocimiento intelectual y científico de Jeff Goldblum. Ninguno de los dos quieren salvar a la Humanidad, pero como consecuencia del amor que sienten por los suyos, acaban salvando al planeta de la amenaza alienígena. En Godzilla (1998), nuestro salvador frente al inmenso monstruo es Mathew Broderick. Dos años más tarde, un Mel Gibson que no quiere volver a empuñar las armas ("esta será una guerra que no será librada en los campos de batalla, sino en nuestras propias casas"), es el "Patriota" que encabeza la guerrilla del Ejército Colonial que se enfrenta a los británicos en la Guerra de la Independencia americana. Mel Gibson sólo se decide a empuñar de nuevo el Tomahawk cuando un cruel británico mata a sangre fría a uno de sus hijos: "your actions have inspired more people than you can ever imagine, Benjamin", le dice un general americano a Mel Gibson, convertido ya en héroe de la independencia americana.

2004 es el año de "The day after tomorrow", cuando a efectos del cambio climático causado -según la película- por la acción de los hombres, lleva al planeta a experimentar una segunda glaciación que se lleva por delante a la mitad de la población mundial, que habita en el Hemisferio Norte. Dennis Quaid, una vez más un científico, atraviesa medio país congelado para salvar a su hijo, atrapado por un gigantesco tsunami en Nueva York. A "10.000 B.C." (2008) no le encontré mucho sentido, valga la redundancia, en ningún sentido. Mucho menos aún a la convivencia en el tiempo de los mammuts, los hombres de Neardental, los dinosaurios y las pirámides de Egipto. Insulto a la inteligencia de todos y, muy especialmente, de los historiadores. Al menos, la historia de amor, acaba bien.

"2012", que ha supuesto una inversión de 200 millones de dólares, muestra unos muy espectaculares efectos especiales. Que se quedan cortos, como si las escenas hubieran sido cercenadas a la mitad. Eso me lleva a pensar en una segunda versión extendida en DVD, tan común en estos tiempos de crisis para la industria del cine.

Pero los dilemas morales siguen en pie: still stand. John Cusack hace lo que tiene que hacer y salva, contra todo pronóstico, a su familia. Es recompensado por ello: no con honores ni dinero, sino con amor. El resto de personajes interpretan papeles formidables: Thandie Newton (Mission Imposible II); Woody Harrelson (¡qué formidable interpretación!); Chiwetel Ejiofor (Plan Oculto, Love Actually), etc.

Un John Cusack que, en la vida real es un actor comprometido con las causas sociales, cumple el papel que todo padre de familia, lleno de coraje en el momento más duro, querría desempeñar, salvando a los suyos de una muerte segura.

jueves, 12 de noviembre de 2009

“Los Diarios de Alistair Campbell”, Jefe de Prensa de Tony Blair (1994-2003)


No todo el mundo recuerda su nombre, pero, en Reino Unido, TODOS, reconocen su expresión: “La Princesa del Pueblo” (The Princess’ People), con que Tony Blair se refirió a Lady Diana, tras su fallecimiento en agosto de 1997. Pero la denominación no la acuñó el Primer Ministro británico, sino su Jefe de Prensa, estratega político más importante y mano derecha: Alistair Campbell. De hecho, en la película “The Queen”, protagonizada por Helen Mirren y dirigida por Stephen Frears, se aprecia no sólo la anécdota de la frase, sino el devenir de los acontecimientos que rodearon la muerte de Diana de Gales y, sobre todo, el inmenso poder que ejercía Alistair Campbell, en el manejo de la Opinión Pública.

Tanto y tan grande era el poder del Jefe de Prensa de Tony Blair, que hasta la mujer del Primer Ministro, Cherie Blair, se queja de ello públicamente en sus memorias, publicadas en junio de 2008. La visión de Alistair Campbell era simple: proteger la imagen y la reputación del Primer Ministro incluso de sí mismo y de sus más allegados. La visión de Cherie Blair es la de quien no está dispuesta a aceptar órdenes, intromisiones en la intimidad familiar o, simplemente la injerencia de un tercero, por parte del Jefe de Prensa de su marido.

Si un Jefe de Prensa, un Director de Comunicación o puesto similar (tanto en el sector público como privado) quiere saber lo que es no estar cerca del poder sino ejercerlo, le recomiendo que lea “The Blair years: Extracts from the Alistair Campbell diaries”, publicadas por Hutchinson en 2007. Yo compré el libro en Londres recién publicado, a principios de ese año, en la librería Hughes & Hughes, por 19,95 libras esterlinas. Hoy, en Amazon, el libro está a precio de saldo, con toda la comodidad que ofrece la compra por Internet. Son casi 800 páginas intensas, prietas, llenas de información…, tanto que parece que el autor, con tantos datos, está a punto de hacer explotar el libro por exceso de fechas, acontecimientos, conversaciones, lujo de detalles, etc.

Alistair Campbell, Jefe de Prensa de Tony Blair desde 1994 hasta 2003 mantuvo un diario durante toda la década que le llevó a construir y mantener la victoria del Nuevo Laborismo. Día tras día escribió por las noches el devenir de los acontecimientos de la campaña electoral de 1997, las relaciones con los miembros del Gabinete, las presiones de los grandes grupos de comunicación, la utilización de las encuestas (la mayor parte de ellas, provenientes de la empresa para la que trabajo, Ipsos Public Affairs) y tantas otras cosas más relacionadas con el Gobierno Británico y su Comunicación.

El libro no esconde, no oculta nada. Campbell era y es conocido por su franqueza, hasta por su brutal honestidad y sinceridad. Otra cosa es que, tanto obligado por ley, como vinculado por lealtad al todavía Partido Laborista aún en el poder, Campbell no publica todo, sino sólo una tercera parte de todo lo que escribió en aquellos años. Empieza su libro diciendo que algún día, cuando sea totalmente libre, publicará el contenido íntegro de sus Diarios. Yo lo estoy deseando: durante los dos primeros meses de 2007, no pude dejar de leer por las noches un libro que, en inglés, te apasiona, agarra, engancha, no te deja respirar: Campbell es un torrente de información pero tú, como lector, quieres aún más.

Cómo hacer política a gran escala. Cómo mangonear ministros. Cómo decirle a la mujer del Primer Ministro con quién debe o no mantener amistad. Cómo tratar con los dueños de los principales medios de comunicación mundiales. Cómo tratar con Bill Clinton, aliado y amigo. Cómo tratar con George Bush, aliado, que embarca a Reino Unido en las guerras de Afganistán e Irak. Cómo tratar con un Ministro de Economía (Gordon Brown, Chancellor of the Exchequer) que quiere quitarle el puesto al Primer Ministro…

Alistair Campbell no es un Jefe de Prensa que emita notas de prensa, aunque también lo hace. Es un personaje que quita y pone ministros. Otorga confianza y la quita. Genera reputación y la destruye. Es un Director de Comunicación en estado puro, con todas las herramientas del Estado a su disposición, para hacer lo que tiene que hacer: orientar a la opinión pública británica a favor del Gobierno Laborista, a través de los medios de comunicación.

Es una lectura obligada para cualquier Director de Comunicación culto que pretenda influir y ser tenido en cuenta en su ámbito de trabajo.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Berlín y Moscú, dos ciudades unidas por la Caída del Muro


Hoy, cuando se cumple el veinte aniversario de la Caída del Muro de Berlín, vienen a mi memoria los maravillosos y recientes recuerdos de mis dos visitas turísticas a ambas ciudades, que hicimos mi mujer y yo este verano pasado. Durante un mes, agosto, recorrimos varias ciudades de los Países del Este, entre ellas Berlín y Moscú.

Para mí era inevitable que esas visitas turísticas fueran sobre todo “históricas”. Tantas horas empleadas en las lecturas sobre el Comunismo, la Guerra Fría, el Muro…; y encontrarse de repente en los mismos lugares en que sucedieron algunos de los acontecimientos más importantes del siglo XX. Simple y llanamente, impresionante.

Karl Marx, en “El Capital”, expone muy bien su propia teoría filosófica del determinismo histórico y cómo, inevitablemente y como fruto de la Lucha de Clases, el Socialismo acabará triunfando sobre el Capitalismo. Sin embargo, no acertó en el diagnóstico final, al menos en lo que, muchos años después de publicadas sus obras, sucedió en la Unión Soviética y en sus países satélites. Lenin hizo una brillante y cruel Revolución en la Rusia de los Zares y el Estado Bolchevique fundado por él, sobrevivió durante siete décadas. Sin embargo, hoy, en Moscú, el único vestigio que queda del Comunismo es su Mausoleo, en la Plaza Roja, junto al Kremlin y frente a los Almacenes GUM.

Recuerdo mi emoción, al entrar en el Mausoleo de Lenin. Embalsamado, durante unos segundos, guardias uniformados al estilo soviético te permiten contemplar el cadáver de Lenin, sin pararte, apresuradamente, y, por supuesto, sin poder hacer fotos. A pocos metros del Mausoleo, en el Kremlin, gracias a su último inquilino de la época comunista, Gorbachev, se tomaron decisiones de cierta apertura y relativa libertad (glasnost, perestroika), que hicieron posible la Caída del Muro. Decisiones que posibilitaron que la libertad, en sentido democrático pleno, llegara a muchas repúblicas ex soviéticas, y a los países del Este de Europa. Gorbachev lo narra con todo detalle en una de sus autobiografías: “Memorias de los años decisivos, 1985-1992”. Nadie mejor que él para explicar lo que hizo y por qué lo hizo. Recomiendo vivamente la lectura de dicho libro: Gorbachev es diáfano, honesto, directo, aunque su prosa sea…, francamente aburrida.

El otro gran protagonista de la Caída del Muro, en mi opinión, es Ronald Reagan. Este Presidente norteamericano hizo de la derrota del Comunismo -“empire of evil”, lo denominó- un leit motiv de su Presidencia, al tiempo que impulsó con multitud de acuerdos la reducción de los arsenales nucleares de las dos super potencias. Amigo de frases rompedoras y conceptos sencillos pero poderosísimos, puso en marcha la llamada “Guerra de las Galaxias” o escudo antimisiles (Strategic Defense Initiative o SDI, en su denominación en inglés), que acabó por arruinar a los soviéticos en su lucha por alcanzar la paridad en materia de “nuclear deterrence”.

Pero sobre todo, Ronald Reagan (“An American life” y “The presidencial Diaries”, dos lecturas obligadas sobre el tema), el actor, fue capaz de impresionar para siempre al mundo cuando, teniendo como telón de fondo el Muro de Berlín, le espetó a Gorbachev: “Mr Secretary General, Mr Gorbachev, tear down that Wall!”, Señor Gorvachev, ¡derribe ese muro! ¿Quién no recuerda esta escena en televisión? Yo la tuve muy presente, en mi visita a Berlín de este verano pasado. Como tuve en la cabeza la imagen de Kennedy (JFK), dirigiéndose a miles de berlineses, nada más construido el Muro, por orden de Nikita Krushchev, y dijo aquello de: ¡“Yo también soy berlinés”!

Junto a la Puerta de Branderburgo y, muy cerca de donde estaba el Muro, se encuentran la Embajada de los Estados Unidos y el Museo Kennedy. Este Museo es reconocible a un kilómetro de distancia no porque se vea nada que recuerde al Presidente Kennedy, sino por una inmensa foto del Presidente Obama, que recuerda la visita que hizo a Berlín en el verano de 2008, en plena campaña electoral entre candidatos republicanos y candidatos demócratas, antes de las elecciones presidenciales, de noviembre de ese mismo año.

Obama, como Kennedy y Reagan antes que él, habló ante cientos de miles de berlineses sobre Libertad, que es lo que representa la Caída del Muro de Berlín.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Encuestas hoy: quién ganaría las elecciones; desconfianza en los políticos y nuevos liderazgos


La semana pasada, última del mes de octubre de 2009, el diario económico Expansión publicó una encuesta entre población general realizada por Ipsos Public Affairs España. De entre las encuestas publicadas en medios de comunicación en los últimos meses, la de Ipsos es la que más muestra tenía, con un índice de probabilidad estadística del 95,5 y un margen de error de +/- 3,2%: mil individuos elegidos aleatoriamente, entrevistados por teléfono, representando a los muchos millones de ciudadanos que vivimos en España y tenemos derecho a votar. Este dato es relevante y hay que tenerlo en cuenta cuando se realizan encuestas políticas en que se pregunta por intención de voto, y se hace estimación del voto.

Los resultados de la encuesta de Ipsos Public Affairs no han sido muy distintos, esencialmente, de los del resto de las encuestas publicadas en las últimas semanas. Si acaso, han sido aún más acertados, por la amplitud de la muestra, enormemente representativa de la población general española, desde el punto de vista estadístico y sociodemográfico. Básicamente, los ciudadanos con derecho a voto expresan que, de celebrarse elecciones generales hoy, le otorgarían la confianza al Partido Popular, frente al Partido Socialista, que perdería las elecciones y –quizá-, el Gobierno de la Nación. Pero todo esto, con matices. La diferencia en estimación de voto entre PP y PSOE es mínima y, casi, podría hablarse de empate técnico entre ambos partidos. Serían necesarios pactos post-electorales para que alguien formara gobierno. Hasta aquí, todo entra dentro de la normalidad de la vida ordinaria democrática.

Pero, al desgranar los datos, observamos hallazgos relevantes, que encierran verdades más profundas y graves. La población española en su conjunto no aprueba la labor que están llevando a cabo los dos grandes partidos. En el caso del PSOE, los ciudadanos son críticos con la que, entienden, es una mala gestión de la crisis económica. Y, por lo que se refiere al PP, no sólo no obtiene rédito electoral de la crisis económica, sino que se ve envuelto por los escándalos de corrupción, las trifulcas entre facciones del partido, luchas por el poder y crisis de liderazgo.

Cuando hablamos de población general, podemos desglosar y distinguir entre votantes del PSOE y votantes del PP. Unos y otros son críticos y negativos con sus partidos y con sus líderes. En el caso del PSOE y su líder, José Luís Rodríguez Zapatero, ambos son penalizados. En el caso de los votantes del PP, éstos son más críticos con su líder, Mariano Rajoy, que con el partido, aunque éste, tampoco salga bien parado. Sin embargo, en el PSOE no hay crisis de liderazgo, porque todos se lo otorgan sin paliativos a Zapatero, mientras que en el caso del PP ese problema sí que existe.

Alberto Ruiz Gallardón y Esperanza Aguirre siguen siendo más populares entre los votantes del PP que el propio Mariano Rajoy. Y, en el caso de celebrarse las elecciones generales ahora, el líder del PP con más posibilidades de derrotar a Zapatero sería Alberto Ruiz Gallardón. Los datos son tozudos y curiosos: Esperanza Aguirre atrae enormemente a los votantes de su propio partido, los aúna en torno a las siglas del PP. Alberto Ruiz Gallardón mantendría los votantes tradicionales del PP (si no tienen otra opción, ¿a quién van a votar, sino a Gallardón?) y, lo que es más importante, no alienaría a los votantes del PSOE. Por un lado, habría votantes del PSOE que estarían dispuestos a votar a un PP liderado por Gallardón. Por otro lado, habría votantes del PSOE que, presentándose Gallardón a las generales, se abstendrían de votar al PSOE y se quedarían en casa: este escenario dañaría mucho electoralmente al PSOE y, eventualmente, podría otorgarle la victoria al PP…, “por los pelos”. Todo ello, en un entorno en el que la participación electoral se reduciría mucho y la abstención se elevaría.

Lo que de verdad preocupa a los españoles

Sin embargo, desde un cierto punto de vista, todo lo anterior es irrelevante, a efectos prácticos: en principio, y si no hay adelanto electoral, no habrá comicios generales, hasta la primavera de 2012. Mucho camino queda por recorrer hasta entonces. Lo más importante, hoy, es saber qué preocupa verdaderamente a los españoles.

Las respuestas son claras y, casi, no haría falta realizar una encuesta para saberlas: a los españoles les preocupa muchísimo el paro y la economía; y el llegar a fin de mes. Dentro de este marco de preocupaciones tan concretas, los ciudadanos esperan y desean soluciones de los partidos y de los políticos. Sin embargo, no las encuentran. Lo que ven, es lo contrario de lo que quieren, y esto genera desconfianza entre los ciudadanos acerca de la política y los políticos.

A los ciudadanos no les interesa si va a haber elecciones generales hoy, sino mantener su puesto de trabajo, si lo tienen, o encontrar trabajo, si lo han perdido. Sin embargo, según Eurostat, a cierre de octubre, el paro en España superaba el 19%, más que doblando la media europea. 3.000 personas pierden su empleo en España cada día. Con independencia de cuál sea su intención de voto mañana, los ciudadanos observan inermes cómo las medidas del Gobierno para sacar España de la crisis, simplemente, no funcionan, no surten efecto, no son eficaces. Al mismo tiempo, Alemania, Francia y Estados Unidos (al menos, desde el punto de vista macroeconómico, su PIB empieza a crecer) empiezan a salir de la recesión. Quien gobierna tiene la obligación de solucionar los problemas: el PSOE no lo está haciendo y, por ello, lo pagaría (relativamente) caro en unas elecciones generales mañana.

¿Y en el PP? Ni siquiera sus propios militantes están contentos ni están satisfechos con la labor de oposición que hace el Partido Popular. Y la imagen de su líder, Mariano Rajoy (que no levanta cabeza por encima del 33% de buena imagen desde finales del 2004 hasta hoy), sigue por los suelos, alcanzando mínimos históricos. Dicen que Rajoy no quiere ni oír hablar de esto y que, sus “gurús” más cercanos le dicen solamente lo que él desea escuchar. Mientras tanto, a la crisis de liderazgo en la cúspide, se suceden escándalos de corrupción, enfrentamientos internos y liderazgos contrapuestos.

José María Aznar se ofreció amablemente a dar la fórmula mágica del triunfo a Rajoy: una triple receta consistente en “un proyecto, y no varios; un partido, y no varios, y, a ser posible, un líder y no varios; al menos a mí me fue bien de esta manera”, dijo Aznar. Como forma de solucionar los problemas del PP puede que los consejos del ex Presidente Aznar sean eficaces. Sin embargo, los españoles desconfían hoy de las actuales formas de hacer política.

La gran cuestión a dirimir es quién y cómo va a sacar del atolladero económico a los españoles. Si los españoles no confían en los políticos, ¿quién solucionará los problemas? Se imponen nuevos proyectos, partidos renovados y, por qué no, nuevos liderazgos. La ciudadanía se lo merece.

sábado, 31 de octubre de 2009

Ronald Reagan: ilusión y optimismo vital


Los expertos y estudiosos de la mente humana, como el psiquiatra Enrique Rojas dicen que lo que caracteriza a una persona deprimida es su constante mirar hacia el pasado, con nostalgia, echándolo de menos. Por contraste, el optimista es aquel que mira siempre hacia el futuro, teniendo en la cabeza y en las manos un proyecto vital. Ahí entra en juego la ilusión que, en opinión del mismo doctor Rojas, es el secreto de la felicidad.

Ronald Reagan es un ejemplo formidable de persona vitalista, con ilusión y enormemente optimista. Más allá de los topicazos, que identifican a Reagan con rasgos de político militarista (“warmonger”, dirían en Norteamérica), “fascista” (como si en América hubiera muchos fascistas) y otras imbecilidades sin fundamento, lo interesante es fijarse en el hombre, y no sólo en el político.


En sus memorias, publicadas en 1989 (“An American Life”) y en sus “Presidencial Diaries”, publicados hace un año, a finales de 2008, podemos descubrir al hombre, más allá del personaje público. Y he de decir que Reagan se revela como un tipo maravillosamente atractivo, en lo personal.

En el primero de los dos libros, vemos a un Reagan joven que nace y crece en el seno de una familia muy pobre. Reagan no se avergüenza de sus orígenes humildes. Cuando llega a ser Presidente de Norteamérica, se lo recuerda a unos y a otros, para dejar claro que el famoso sueño americano (“American Dream”) se basa en el trabajo duro y esforzado, con independencia de los orígenes sociales. Es el mismo Ronald Reagan que confía plenamente en el New Deal de FDR (Roosevelt, Presidente desde 1932 a 1945) y confía en que esas políticas públicas sacarán a América de la Gran Depresión. Reagan fue Demócrata durante tres décadas, hasta que se pasó al bando republicano. Fue Gobernador de California y uno de los Presidentes más y mejor valorados por los norteamericanos en el siglo XX, según TODAS las encuestas.

Todo el libro rezuma optimismo: ilusionado con su carrera de actor; ilusionado con su carrera política; ilusionado con acabar con el comunismo; ilusionado con poner en marcha su Strategic Defence Initiative (SDI o “Guerra de las Galaxias”); ilusionado con negociar con los Secretarios del PCUS acuerdos para reducir los arsenales nucleares; ilusionado con que “el sol vuelva a brillar de nuevo en América” (lema de su primera campaña electoral en 1980); ilusionado con que los americanos vuelvan a sentirse de nuevo orgullosos de su Nación y de ser norteamericanos: ilusión, ilusión e ilusión, como base y fundamento de la felicidad, porque se tiene un proyecto de vida por el que luchar.

En “The Presidencial Diaries”, vemos a un Reagan dedicando todas las noches (de 1980 a 1989) un buen rato a escribir un diario “up-close and personal”, íntimo y personal. Un Reagan que, incluso en los peores momentos de su Presidencia, mantiene el optimismo vital. ¿Por qué? Es fácil de identificar ese porqué en todas las entradas de su diario: su profundo y tierno amor a su esposa, Nancy Reagan, y su enorme fe y confianza en Dios. Esos dos pilares son el fundamento de su optimismo y, en última instancia, los motores de su ilusión y proyecto de vida.

domingo, 18 de octubre de 2009

Anthony Beevor y el Desembarco de Normandía



Anthony Beevor es un historiador británico experto en historia militar y con extraordinarios conocimientos acerca de la Segunda Guerra mundial. Cuando parecía imposible que ningún historiador aportara datos nuevos sobre el mayor conflicto bélico de la Historia, Beevor tiene la capacidad enorme de sorprender al lector, por mucho que éste crea que ya ha leído todo sobre el tema.

Varias características definen a Beevor: por un lado, en su lengua materna, el inglés, escribe maravillosamente bien. Leer sus obras es como leer una buena novela: te entretiene, te distrae, te lo hace pasar bien y no puedes dejar de leer. Además, es un autor “exhaustivo”: coge un tema y lo desgrana todo lo que se puede. Te ofrece la visión general y desciende al más nimio detalle.

Su aportación al conocimiento de la Segunda Guerra mundial es sustancial: gracias a él (y a otros autores, como Robert Service o Andrew Roberts), desde hace quince años, conocemos la perspectiva soviética de la Guerra. Durante la Guerra Fría, nunca supimos qué pasó realmente en el frente ruso. Sólo teníamos la versión de Occidente. Se dice, que durante los primeros años convulsos de la era post-soviétiva, cuando Boris Yeltsin era Presidente de la Federación Rusa, Beevor y Service fueron a los archivos de la antigua KGB “y se pusieron las botas” a fotocopiar archivos secretos. Gracias a estas fuentes de información, por ejemplo, Beevor ha aportado datos novedosos sobre batallas fundamentales de la Guerra que afectaban a los soviéticos: Stanligrado y Berlín (“The Downfall”), dos de sus obras, son buen ejemplo de ello.

A pesar de las negaciones públicas del ex Presidente Vladimir Putin, gracias a Beevor, hoy sabemos que los alemanes no fueron los únicos que se comportaron muy mal en la Segunda Guerra mundial. Según Beevor, el Ejército Rojo violó sistemáticamente a más de dos millones de mujeres alemanas, de todas las edades, durante y después de la batalla por tomar la capital del Reich, Berlín. Los soviéticos tenían ganas de vengarse de las atrocidades cometidas por los nazis en suelo ruso.

Ahora sabemos, gracias a la última obra de Beevor, que el desembarco de Normandía no fue el canto heroico y ridículamente pintado de rosa que muestran películas propagandísticas americanas como “El día más largo” (1962, John Wayne, Henry Fonda, Robert Mitchum, etc). Sino algo más parecido al drama dirigido en 1998 por Spielberg y protagonizado por Tom Hanks y Matt Damon, “Saving private Ryan”.

Según Beevor, la Batalla por Normandía llegó a ser tan barbaric como fue la guerra en el frente ruso: sangrienta, inhumana, despiadada, cruel, horrorosa. Para los alemanes, defender Normandía significaba evitar el desembarco de los aliados en el continente europeo, tras cuatro años de ocupación. Para los Aliados, ocupar el norte de Francia suponía abrir una autopista directa a la liberación de París y, de ahí, a la ocupación de Berlín y la finalización de la Guerra. Por los dos motivos opuestos, ambos bandos lucharon tan encarnizadamente en la Batalla de Normandía.

Beevor no se olvida de nuestra condición humana. Pone ejemplos que dan lugar a la esperanza: civiles franceses que, a pesar de haberlo perdido casi todo en los bombardeos, comparten lo poco que tienen, con infinita generosidad, con aquellos que no tienen nada. Médicos alemanes que atienden a soldados enemigos aliados. Norteamericanos que dan a los alemanes las garantías de la misma Convención de Ginebra, que los nazis no habían reconocido ni respetado.

Historia de dolor y heroismo, que recomiendo leer a cualquier persona interesada en el tema. Estoy seguro de que su lectura, no defraudará a nadie.

domingo, 4 de octubre de 2009

Sesenta años de la República Popular China: una visión personal desde Toledo


“Para nosotros, Mao Zedong es como un abuelo de la patria, además de Fundador de la República Popular China”, nos dijo una historiadora china, mientras comíamos con una familia de Beijing, en uno de los pocos “hutong” que aún quedaban en pie, en Peking, antes de la celebración de las Olimpíadas de agosto de 2008.

En agosto de 2007, mi mujer y yo pasamos varias semanas recorriendo ciertas regiones de China. Reconozco que vi poca pobreza. Pero también es verdad, que sólo visitamos aquellas ciudades en que, oficialmente, viven 400 millones de chinos que, gracias a la convivencia (¿o coexistencia pacífica?) de economía de mercado y socialismo de partido único, salieron de la pobreza en las últimas décadas, y viven con estándares parecidos a los de la clase media europea o norteamericana. Parecidos estándares es sólo un forma de hablar.

Antes de ir a China, mi visión del país estaba fuertemente influenciada por muchas lecturas acerca de Mao. La última, de 2005, titulada “The unknown story, Mao”, de Jung Chang, autora de “Wild swans”, cisnes salvajes, o lo que es lo mismo, la historia de un siglo reciente de China, vista a través de tres generaciones de mujeres (abuela, hija y nieta). La despiadada, cruel e inhumana política de Mao, contada por Jung Chang me dejó fuertemente influenciado. Acaba su biografía del Gran Timonel afirmando que “un gran retrato de Mao sigue presidiendo la Plaza de Tiannamen”, dando a entender que los actuales gobernantes de China siguen al dedillo los dictados del Fundador del Estado Chino. Mala influencia, según Chang, cuya madre y abuela fueron literalmente destrozadas por la Revolución de 1949 y la Revolución Cultural de los años sesenta, respectivamente.

Dos años más tarde, en agosto de 2007, lo que sabía de China estaba impregnado de lecturas económicas y financieras, acerca del país asiático: “China shakes the world, the rise of a hungry nation”, de James Kynge, periodista de Finantial Times. Este fue mi libro de cabecera, antes de ir a China: Capitalismo; economía de mercado. Fondos soberanos chinos invirtiendo en el exterior y financiando la deuda, pública y privada, americana; grandes malls comerciales; marcas de lujo en coches, joyería y ropa. Cierto que, cuando visité China aquel verano, no visitamos las paupérrimas provincias del interior, pero sí pudimos cenar en los restaurantes de moda de Shanghai y ver desde ellos el skyline del distrito financiero, con algunos de los edificios más altos del mundo. Me impresionó.

Vi tal poderío económico y tantas ganas de comerse el mundo (“the rise of a hungry nation...!”) que compré media docena de cursos para aprender a hablar chino mandarín desde el inglés. Al volver a España supe que media docena de amigos tenían a sus hijos estudiando mandarín, “pensando en el futuro”. ¿En qué futuro?

En el futuro que describe el autor económico británico Martin Jacques en su muy recientemente publicado, “When China rules the world: the rise of the Middle Kingdom and the end of the western world”. Pensé que Martin Jacques exageraba, pero su colega británico de Harvard, Niall Fergusson, autor de la mejor (en mi subjetiva opinión) historia del capitalismo, “The ascent of money”, afirma que “the rise of China may well prove to be the defining economic and geopolitical change of our time”.

Sesenta años se cumplen ahora del nacimiento de la República Popular China. No voy a juzgar si, como sostiene Jung Chang, Mao sigue inspirando las políticas del actual presidente Chino, Hu Jintao. Pero sí sé que, muchos otros y yo, estamos estudiando chino. Y mi familia no proviene de la Ciudad Imperial de Pekin, sino de otra Ciudad Imperial, Toledo, sita en Castilla, centro geográfico de España.